El señor Amato y los plantones de olivo

Esta es otra historia real de un personaje digno de aparecer en los libros. Me encontraba de vacaciones en Sicilia, disfrutando de la invitación de mi amigo Giuseppe en su casita de campo en la preciosa isla de Favignana. Esta tiene forma de mariposa, con un pueblo al que se accede en ferry y una pequeña porción de terreno donde se diseminan casas de verano como la suya a lo largo de unos 20 km, todo lleno de recovecos y de playas y calas desiertas. No se puede llevar el coche en el ferry, allí solo funcionan unos pocos vehículos viejos para residentes que se conducen pausadamente y muchas motos y bicicletas. Para que intuyan el ritmo de vida en la isla, mi amigo se dejaba el reloj en su casa de Palermo cuando iba de vacaciones y se regía allí por el horario de su metabolismo. La casa era modesta, pero no soy capaz de calcular el valor –ni el precio- de una residencia en una isla declarada reserva natural, en la que desde la terraza del primer piso se ve el mar. Y encima tuvo suerte, porque pudo hacer un pozo y mantener un jardín extraordinario, dado que allí no se puede regar con agua potable. El caso es que un día me pidió que lo acompañara a comprar plantones de olivo al vivero. Cuando llegamos me guiñó un ojo y me dijo que iba a conocer a un personaje: el señor Amato.

Este era un hombre de unos sesenta y pico años, de pelo blanco, bajito. Amable y charlatán. Pero el tipo de personas que saben hasta cuándo hablar y cuándo no decir todo lo que se sabe; con ojos expertos cercados por arrugas, que miran inteligentes, que sopesan. Como todo en Italia, lo de la compra de los plantones era lo de menos, la excusa perfecta para la conversación, sobre todo cuando hay un extranjero de por medio. –Buen país, España, buen país –aseveraba serio. Al final el negocio pareció un favor mutuo entre amigos con mucha crítica al gobierno de por medio. Después del día anterior esas cosas ya no me causaban extrañeza, puesto que había sido testigo de una enorme sesión de filosofía por parte del albañil que mi amigo había contratado para hacer unas reparaciones. Por supuesto el arreglo no lo había acabado, pero me había dejado pensando el resto de la noche: la necesidad vital de trabajar, la tendencia del hombre a volver al mar, de donde vinimos evolutivamente, soluciones anarcoliberalistas a los problemas de la sociedad… El albañil filósofo, el ruido del mar y la vista de las lagartijas que cazaban mosquitos sobre una pared iluminada (el sustituto perfecto de la televisión para mi amigo), fueron una experiencia fascinante.

Y pese a todo el señor Amato superó lo anterior. Giuseppe me comentó que había luchado en la guerra colaborando muy joven con la resistencia frente a los alemanes. La que empleó las redes de información de la mafia para usar Sicilia como cabeza de puente en la entrada de los aliados por el sur de Europa. Allí estaba el señor Amato, que tuvo una vida muy dura. Cuando nos tomó confianza, relató que hace unos meses se habían presentado con una moto unos críos de unos 16 o 17 años para pedirle el pizzo, la cuota a pagar a la mafia, después de tantos años. El señor Amato se encogió de hombros y suspiró. Había visto demasiado, sobrevivido a una guerra y a tantas cosas en la vida para saber lo que hay que hacer y aceptar en cada momento. Afirmó pensativo y sonrió: “Sí, sí. Claro. Está bien. ¿Les puedo ofrecer un café? Voy a coger el dinero a la caja registradora y lo preparo”. Lo que sacó de la máquina fue un enorme revólver que puso en la sien del más alto de los chicos. “Desnudaos. En calzoncillos. Bien, ahora volvéis andando y le decís a vuestro jefe que venga a hablar conmigo si quiere cobrar”. Los chicos volvieron estupefactos, desnudos y a pie. A la semana siguiente se presentaron un par de adultos a cobrar con los que sí se tomó un café. Les explicó tranquilamente y mirándoles a los ojos que no les iba a pagar, que podían recoger la ropa de los chicos, pero que la moto se la quedaba por las molestias. Todo ello con la mano derecha en el bolsillo y con mucho respeto, con la misma seriedad con la que conversaba vendiendo plantones. El jefe de los cobradores regresó al coche y se despidió con una sonrisa fiera que mostraba un diente de oro. No volvieron a molestarlo.

La última la tuvo con el de la gasolinera. Cuando subieron otra vez el precio del gasoil llenó el depósito de su vieja furgoneta y pasó a ver al dueño de la gasolinera. “Vengo a decirte que eres un ladrón. Y que para compensar todo lo que me has robado estos años no te voy a pagar el depósito. He pasado a decírtelo para que no pienses que se me había olvidado por descuido. Hasta Luego. Arriverderci.” Con un par. Y ahí lo dejó boquiabierto y reflexivo. Así es el señor Amato. Qué pena que no tengamos uno en cada pueblo. Imagínenselo, incluso, de alcalde. Je, je, esto no sería España, obviamente. Sería un país de filósofos, como el albañil. O uno en el que se hubiera ahorcado a los ladrones y a los cobardes. Imagínenselo.

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

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