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La generación que estamos enterrando

Veo algunas imágenes en estos momentos difíciles y se me parte el corazón por algunas personas, las más jodidas. Las que siguen sin pedir, las que siguen dando.

Me refiero a la generación de nuestros abuelos. No es la primera epidemia que sufren, de hecho toda su vida ha sido una resistencia heroica. Nacieron en una España en ruinas, reventada por dentro y por fuera. La primera epidemia que pasaron fue la del hambre. Fueron los supervivientes de una brutal selección natural, por la cual lo habitual era tener un nacimiento y un entierro de un niño -un enterrico- al año en cada familia. Como modesto dato en la de mi abuelo materno nacieron doce pero sobrevivieron solo cuatro.

Comían lo que había, que era nada. Sus chuches eran las mondas de naranja que encontraban con suerte rebuscando en las vías del tren. Comían harina de almortas un día y el siguiente también, con suerte. Sufrieron muchas deficiencias vitamínicas y nutricionales que les convirtieron en bajitos y reconcentrados. Pasaron frío y los afortunados supieron lo que es el aceite de ricino y las pomadas para los sabañones. Preguntadles a los jóvenes si saben qué es eso. Caminaban descalzos al colegio y solo antes de entrar se ponían las alpargatas porque tenían que durar muchos años. Algunos tenían unos pantalones un poco más lustrosos que se ponían para salir los domingos, y se turnaban para compartirlos con los hermanos distribuyendo horarios para su uso.

Trabajaron como animales. Literalmente. Arañaban la tierra con rejos poco afilados o con manos desnudas de uñas negras; a veces sustituyendo a las bestias, con más ansia que estas porque se trataba de simple supervivencia. Jamás se quejaron. Al contrario, aprovechaban cada ocasión para compartir la miseria o un trago de vino o de cecina con un compañero convirtiendo cada ocasión en una fiesta, valorando los pequeños momentos como si fueran los últimos.

Fueron optimistas pero cautos, ahorradores. Acumularon cada migaja, pero no las disfrutaron, porque se las cedieron con gusto a la siguiente generación para que existiera futuro, para que tuvieran la oportunidad de progresar que ellos no tuvieron. Así los viejos aperos se cambiaron por máquinas, por tractores o cosechadoras que sustituyeron a las mulas, a las hoces y a las trillas. Cuando tuvieron que dejar de trabajar porque estaban literalmente reventados avalaron con su propia casa los préstamos de sus hijos para ampliar las fincas, comprar más maquinarias o montar un negocio. Incluso cuidaron de sus nietos o bisnietos porque sus padres habían malvendido herencias o patrimonios, y la siguiente generación fue de funcionarios o de familias mileuristas que tenían que sobrevivir trabajando explotados mientras los abuelos renqueantes seguían al frente, al cuidado de los pequeños. También avalaron los préstamos de los nietos para pisos carísimos de cincuenta metros con la ya vieja casa familiar. Hasta entonces los acogieron y siguieron haciendo tortillas y croquetas con manos temblorosas por el párkinson o devastadas por la artritis. Seguían tirando del carro, sin quejarse. Incluso ahora cosen mascarillas cuando serían descartados en los triajes por criterios de supervivencia. Pero saben que pueden ayudar y es su forma de vivir: aportar sin pedir nada y sin negar nada. Hasta el final.

Muchos de ellos cuando se dieron cuenta que no podían ser útiles, que eran una carga, tomaron la decisión de irse a la residencia con el corazón roto, pero sin dudar un segundo y sin derramar una lágrima porque era lo que tocaba. Allí están ahora.

Como a lo largo de su vida, también en estos momentos les ha tocado la peor parte. Cuando percibieron la gravedad de la situación (antes que nosotros) fueron los primeros que nos dijeron que no fuésemos a verlos a las residencias, para no propagar la enfermedad, pese a que sabían desde el principio que posiblemente ya no nos volverían a ver. Aguantan la cuarentena solos, enfermos, pero siguen sin quejarse. Con una atención precaria por el colapso sanitario. Están cayendo uno a uno. No les pueden velar sus familias. Como ejemplo paradójico de su infinito sacrificio se están enterrando solos, aquellos a los que les debemos todo, a los que hicieron posible que tuviéramos esta oportunidad. Y encima si pudieran nos animarían: “Son cosas que pasan”, es la ley de la vida que aprendieron a golpes. Pero te aseguro, amigo, que no los vamos a olvidar, aunque sea por propio egoísmo.

Me pregunto qué vamos a hacer sin ellos. Me pregunto cómo se va a sostener el primer mundo que nos regalaron cuando ya no estén. Para que lo despilfarrásemos todo. Para que dilapidásemos todo como si no hubiera un mañana, porque siempre los teníamos como red. Para que algunos egoístas sobreprotegidos de sucesivas generaciones olvidasen lo que cuesta ganar cada migaja que se llevan a la boca porque pagan otros. Para que encima algunos jóvenes que se creen inmortales al virus, se rían de ellos con sonrisa estúpida bromeando ignorantes con el IPhone que les regaló “el abu”, adivina con cuántos sueldos juntados de su paga de mierda. Y me preocupo seriamente por el futuro, igual que ellos se preocupan por el panorama que dejan. Reflexiono sobre las cosas que vemos estos días (y mucho antes), pensando que a nuestros abuelos no se las habrían hecho de jóvenes. Ni mucho menos, a gente con aquellos cojones y aquellos ovarios ni por asomo. Porque ganaron cada derecho literalmente con sangre. Porque cuando decían una cosa quedaba dicha para siempre. Porque protegían a los débiles, porque dentro de la miseria eran capaces de reconocer a la gente a la que había que promocionar por pura supervivencia del grupo. Porque hacían lo que había que hacer y punto. Porque aquellos hombres y mujeres despreciaban a los traidores y a los cobardes.

El ingeniero y el charco

(Historia real dedicada como homenaje a los del gremio del transporte y del taxi, que llevan trabajando como servicio público más de cien años. Os aseguro que son personas normales.)

Os he hablado antes de él. Era un Ford modelo T, de matrícula CR-13. No número 0013 no; sino 13, a secas. Hace mucho tiempo, ¿verdad? Tenía los radios de las ruedas y la estructura de madera, por lo que los meses de verano había que regarlo como a los geranios, para se hinchara el material y no cogieran holgura las juntas. Lo llamaban “el saltacharcos”. Había que arrancarlo acoplando una manivela por la parte delantera con cuidado de que no te partiera la muñeca al girar. Si no os habéis dado cuenta ya, era un coche con alma.

Cuando el camino lo hacías tú.

En ese “Forito” transcurrieron los mejores años de la vida de Ignacio. Transitaba por caminos de tierra, a una velocidad ridícula si la consideramos hoy en día. Grave error, porque en aquellos años lo importante era el camino. En aquella época era algo más que un taxista. Era portador de noticias, de encargos. Hacía trueques, era ambulancia, transporte de mercancías, correo. Siempre llevaba la escopeta al lado del asiento para cazar una perdiz o una liebre, porque se podía disparar perfectamente a la velocidad de crucero. También el Forito fue testigo de los peores momentos de su vida, en los que fue requisado junto al conductor para dar el paseíllo a algunas personas que digamos, dejaron de serlo. Pero esa es otra historia. La de hoy narra el hecho feliz de su participación en los emplazamientos de colonización.

Ganando tierra de cultivo al campo. Si hace falta se hace el surco arañando con las manos.

Durante la posguerra el instituto de colonización creó una serie de pueblos o emplazamientos para ganar espacio al campo (imaginaos la cantidad de campo que había entonces). Se intentaba favorecer el desarrollo rural, los cultivos que tanta falta hacían para mitigar el hambre y de paso se ponía cerco a los dominios serranos de los maquis. La actividad estaba siempre supervisada por un ingeniero, un ser que para los aldeanos normales parecía un extraterrestre. Todas las personas entendían lo que era un médico y sabían respetar e incluso venerar esa labor más allá de las formas o los buenos ropajes, o del impresionante coche de caballos en los que hacía las visitas. El cochero con fusta o la flexión de las ballestas al bajar el doctor del pescante eran cosas que quedaban marcadas de por vida para un niño. Todos entendíamos que el médico curaba, pero lo del ingeniero no estaba tan claro. Este hombre parecía un militar de alto rango pero sin ser militar, o un obispo pero sin los trastos de oficiar, nada. Lo que sí tenía era un cuello tan estirado que más que almidón parece que usaba cemento en la impecable camisa blanca. No saludaba a nadie y gastaba una soberbia y un mal carácter que le hacía estar quejándose constantemente por cosas que la mayor parte de nosotros considerábamos un privilegio; como las sábanas de la mejor habitación de la posada, las comidas con los mejores condimentos, los vinos guardados para las ocasiones. Mi abuela, que tenía el don de retratarlo todo con un par de palabras (de ella es la genial descripción de un señor gordo como “abalconao”), decía de él que parece que se había metido un palo por el culo. Cabalico.

Director general de Agricultura, junto al Ingeniero jefe de la Granja y al Alcalde de Ciudad Real. (Vida Manchega, 1912)

Por supuesto, el único coche del pueblo se destinó a dar servicio al señor ingeniero. Este se limitaba a visitar posibles emplazamientos en el campo y luego supervisar el trabajo de los ayudantes que miraban por unos aparatos raros con trípode y tomaban notas en un cuaderno de cuero, muy nerviosos porque el jefe siempre les echaba la bronca, desde que se bajaba del Forito hasta que subía la ventanilla para visitar la siguiente cuadrilla. En el coche seguía el rosario de quejas, hasta que se quedaba amodorrado por el ruido del motor. Ese humor era un desafío a los dioses y tuvo que pasar lo que pasó.

Una tarde, al regresar al pueblo el coche se quedó atascado en el barro de un enorme charco de la parte baja del arroyo, era imposible sacarlo. Ignacio tuvo que despertar al ingeniero y decirle, estrujando la gorra con mucha vergüenza, que se habían quedado atascados y que la única forma de salir era empujando el coche. Para ser tan listo tardó el ingeniero un rato en darse cuenta que era él quien tenía que empujar, porque Ignacio debía manejar el coche, a lo que se negó despotricando como un poseso. Y tardó otro buen rato esperando encabronado a que llegara alguien para hacerlo, también maldiciendo el campo, los aldeanos y todo lo que se ponía a tiro de su enorme soberbia. Al final tuvo que ceder antes de que se le hiciera de noche, meter sus botas altas e inmaculadas en el charco y empujar con ganas, mientras Ignacio gobernaba el auto, que se revolvía como un potro salvaje, incapaz de salvar el obstáculo. En el último arreón del ingeniero, para aquel entonces ingeniero sudado, el Forito traccionó lo suficiente para atravesar el arroyo. El problema es que lo hizo arrastrando una lluvia de barro sobre el señor ingeniero y que, además, el arranque repentino del coche lo pilló de improviso, con lo que por un momento se quedó empujando en el aire para aterrizar en las frías aguas manchegas.

Esos caminos… Fotografía actual de una calle de Ciudad Real

Paradójicamente el señor ingeniero dejó de despotricar durante el camino de vuelta. Sólo tenía la cara roja y los ojos rojos muy abiertos que parecían a punto de reventar. Emitía un sonido extraño de rechinar de dientes. No sé si enfermó a causa del enfriamiento o lo destinaron a otro sitio, el caso es que no se le volvió a ver por el pueblo.

Mi abuela Concha (centro), la mujer de Ignacio.

Aquella noche, ya bastante tarde, la mujer de Ignacio algo rumiaba en su cabeza durante la cena. Una fuente de sopas de pan con suero de oveja y azúcar a la que se había trazado una raya con la cuchara que delimitaba milimétricamente las lindes de la ración para cada comensal. Ni con los cacharros con trípode del ingeniero se hubiera hecho mejor la partición. La mujer preguntó de sopetón: “Ignacio, ¿Qué ha pasado con el ingeniero?” A lo que Ignacio respondió muy tranquilo, sin darle importancia ni dejar de sorber las sopas: “Pues nada, Concha, que no se quedó atascado el forito. Lo atasqué yo aposta”. Su mujer no le contestó y siguió comiendo. Esa cena no le importó que Ignacio se saltara la linde con la cuchara. Pese a la seriedad del rostro de la mujer y del cuchareo intranscendente, una mueca de sonrisa maliciosa asomaba por la comisura de sus labios.

Requesón y suero de oveja. Cuando comer era comer.

Cuestión de valores

Asisto por segunda vez en poco más de un mes al acto de graduación de la Facultad de Ciencias y Tecnologías Químicas. En este caso es el que corresponde a la promoción que se graduó este año. En el artículo que escribí sobre la promoción anterior justifiqué muchas cosas, pero en este permitidme que simplemente me remita a una imagen y a sentimientos absolutamente subjetivos. En este escenario las palabras sobran y cobran protagonismo los sentimientos.

El escenario de los sentimientos

No sé si sois conscientes de la enorme calidad del evento al que asistimos, y llevo ya unos cuantos para poder comparar. Es difícil superarlo, os lo aseguro. Porque es más que un acto académico. Se convierte en algo que engloba a la familia y a la región, que es abarcarlo todo. La razón de este pequeño milagro son los protagonistas, que no hacen discursos pomposos sobre tiempos pasados desde un pedestal de superioridad, al contrario. Hablo de madrinas como Yolanda que te hacen apuntar tus sueños en un papel. Vicerrectoras que hablan con ternura como madres, compañeras o amigas, felicitando a los antiguos alumnos de la primera promoción de Tecnología de los Alimentos al cumplir sus 25 años. Habla de valentía, de motivación, de trabajo, de trazabilidad. De continuo esfuerzo como clave para el éxito actual y mantener esa actitud para perdurar y ser mejores que nosotros. Que en momentos de tormenta o de duda siempre regresemos a nuestra casa del pueblo, a nuestra región, donde siempre encontraremos cobijo. Un director general de universidades que no hace un discurso político y habla desde el corazón, recordando el logro que supone el acceso a la universidad que no pudieron tener nuestros abuelos. Que en ese sentido cualquier tiempo pasado no fue siempre mejor y que la excelencia y la calidad, el fin de la universidad, es la razón para seguir avanzando, aunque algunos digan que corren malos tiempos para la lírica.

El espejo

Porque lo lógico es que todo avance a mejor, y en ese sentido estoy convencido de que seréis mejores que nosotros. También los discursos de los representantes de los egresados son cada vez de mayor nivel, con más estilo, con más clase. Sabéis a lo que me refiero. Y por eso, aunque sea de naturaleza quisquillosa, no puedo estar más satisfecho. Porque un examen, o incluso el papel certificado de un título universitario se podrán adquirir ilegalmente con pocos escrúpulos morales; pero el dinero no compra el esfuerzo, el compañerismo, la amistad. Lo que sois, en lo que os habéis convertido, no se compra. Escuchar el Gaudeamus con la Beca recién puesta delante de vuestra familia es algo más que ir a un concierto. Ahora me entendéis.

Acto de la ceremonia de graduación

Y como resumen de todo, una imagen de lo que sucede detrás de las cortinas, justo al bajar del escenario, cuando el acto está apenas acabado y el auditorio casi vacío.  Disculpadme por haberos robado un momento de intimidad, pero esta imagen de emoción lo muestra todo. Un profesor y una alumna que ya no lo son, porque ya son dos compañeros. Para él, ella es un ejemplo de superación que le ha servido de ayuda para mejorar cada día como profesor. Uno de los muchos ejemplos de flipped learning o aprendizaje invertido, cuando un alumno te enseña cosas verdaderamente importantes para la vida. Ella, por su parte, ha encontrado durante estos años a personas maravillosas que siempre le han ayudado a crecer, a madurar y sobre todo, a no rendirse jamás. Manos tendidas para sobrepasar unos límites que al final resulta que no existían. Ángela, Francisco, estamos orgullosos de vosotros y de esta imagen. Porque esta foto no es sobre la universidad. Esta foto es la Universidad.

Agradeciéndose mutuamente lo aprendido a lo largo del camino.

Si vis pacem…

Si quieres la paz, prepárate para la guerra.

En la historia de la humanidad, cada logro se ha conseguido literalmente con sangre. Desde el jamón de mamut que permite sobrevivir al invierno hasta el derecho a la prestación sanitaria o las vacaciones. Pero en la sociedad actual, tan aséptica, la que inculca que todo es por derecho divino en un entorno virtual en el que meamos colonia, no mola hablar de estas cosas. Desde hace tiempo, con la especialización y organización de trabajos, estas tareas recayeron en el ejército y posteriormente también en los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado. Malo, malo. Esas palabras son tabúes. Algunos intentan envolver en papel de fumar una función simple y clara, en celofán de miles de colores. Enterrar su labor imprescindible en miles de eufemismos: los soldados del amor, etc.

Los cimientos de la sociedad

Error. Los que tenéis hijos y habéis visto cuando les clavan la aguja para la prueba del talón ya os habéis dado cuenta de que sois capaces de matar. Que como dice Barricada, cuando aprendes a llorar por algo también aprendes a defenderlo. Hasta lo que haga falta. Y esa es la misión de las FFCCSE. Hasta donde haga falta, incluido la muerte. Tal cual. Tan simple.

Foto: El periodico.com

Y en esas estamos en un planeta que siempre mira para otro lado. Porque todo es blandito, todo es megasuperosea. Palabras vanas de borregos dirigidos por una brisa hacia donde indica una veleta de plástico; reciclable, claro. Pero por fortuna aquellos permanecen, los bendecidos con el don de la agresividad pero la firme determinación de proteger al rebaño, los perros pastores. No os confundáis, siguen vigilantes aunque no se hable de ellos. Os acordaréis cuando la cosa se ponga jodida de verdad, cuando revientan volcanes o ríos. Cuando te despeñas en una sierra perdida o te quedas tirado en la carretera. Incluso cuando hay que arriesgar la vida para sacar tu imprudente cadáver de un pantano. O cuando nos ataquen, no lo dudéis. Allí aparecerán, como decía Napoleón sobre nuestros compatriotas, como un solo hombre de honor.

Los perros pastores frente a los lobos

No es broma. El problema es que en esta sociedad sin valores tener un valor supremo ofende. Os pongo algunos ejemplos. Cuando el atentado de las torres gemelas se informa que un avión comercial secuestrado se dirige a la Casa Blanca. Dos pilotos de F18 despegan inmediatamente a interceptarlo, uno de ellos es una mujer. Hasta ese día no se consideraba necesario que esos aparatos estuvieran equipados con misiles, por lo que la misión de derribar al avión implicaba embestirlo, sacrificarse. Los dos pilotos eran conscientes de lo que significaba la orden y ni pestañearon al despegar. Por fortuna para ellos y sus familias, el avión comercial se estrella antes de que lleguen. Son soldados.

En nuestro país tenemos ejemplos a cascoporro. Mujeres que tiraban de navaja para degollar franceses en Madrid o enardecen a los combatientes a cañonazo limpio en Zaragoza. Soldados como Esteban de Mondragón, que solos entre todo un ejército se lanzan a un canal con la espada entre los dientes bajo una llovizna de balas para que pueda cruzar el Emperador el paso bloqueado. Y los siete soldados de su pelotón se tiran al agua tras él maldiciendo, más por vergüenza de dejarlo solo en el trance que por valentía. Como aquel oficial de Rocroi, que responde al enemigo a la pregunta de cuántos quedáis: «Pardiez, contad los muertos…» Aquella fue una capitulación con condiciones relativamente buenas, por el miedo a las enormes bajas que podíamos causar antes de ser aniquilados por completo.  

Rocroi.

Así se comportan, fieros pero reportados, y hoy hasta sufren que les hablen alto. Son los que acuden hacia el fuego de artillería y el humo cuando todos escapan de él. Son los que hacen sendero al caer. Los que nunca abandonan, como aquel soldado que encontraron muerto en su puesto cuando la erupción del Vesubio, porque no acudieron a relevarlo. O como el Teniente Hiroo Onoda, que permaneció 30 años en la jungla filipina manteniendo la posición, sin enterarse de que había acabado la guerra. Solo abandonó su puesto cuando se lo ordenó en persona su comandante, que para entonces tenía una librería en Osaka. Fue recibido como un héroe en Japón, pero declaro que sentía vergüenza por no haber cumplido su misión.

Hiroo Onoda

Soldados que conservan como un tesoro el pintauñas rojo que te regala una madre por ser el primer hombre que defiende a su hija frente a otros hombres en un país en guerra. Los que manchan sus mocasines de barro u organizan un operativo para rescatar un chupete. Gente que arriesga su vida sin dudarlo, por los mismos que los apedrean o que los insultan mil veces. Incluso te saludan afectuosos, aunque les estalle la cabeza porque acaban de reventar a un compañero. Ellos siguen ahí, anónimos. Mal pagados, por tradición. Tratando de ser lo más y aparentar lo menos. La clase de gente que nunca pide y nunca niega. La red protectora, la línea de vida que permite que los acróbatas de la libertad hagan saltos cada vez más arriesgados sin miedo a las consecuencias. En definitiva, como dijo Calderón, una religión de hombres honrados.

boceto de Augusto Ferrer-Dalmau

Los cerros de Úbeda

Esta es en realidad una carta de disculpa por mi posible comportamiento dentro de unos años, a este paso no muchos. Mis antecedentes familiares barruntan tormenta: bisabuela loca (de atar, literalmente), abuelo con demencia senil y madre con demencia senil. La rueda gira. No es una muerte gloriosa frente a un muro de bayonetas o mi deseado accidente ciclista pasados los 90 años volviendo borracho (no copiéis el ejemplo por favor, es la edad) de una comida. Sobre todo cuando la culpa no es tuya y es que se te ha cruzado un jabalí cuando tomabas la curva a más de setenta por hora. Eso tiene pinta de que no va a ser así de glorioso, pero…

Vislumbro una época de mi vida un poco divertida para mí, pero en la que os puedo resultar un poco plasta. Por eso os pido disculpas desde ahora. Dentro de unos años veréis un (más) viejo que os da la tabarra y no os suelta hablándoos de la bici que se va a comprar o de las cubiertas que se acaba de pedir. De teorías sobre entrenamiento con potenciómetro y la linealidad en la frenada de los seguro obsoletos frenos de disco. Que quiere quedar con vosotros para salir a entrenar, siempre que me esperéis, claro. Asegurando que conoce las mejores rutas y los mejores sitios para desayunar, aunque el problema es que esos sitios ya no estén abiertos. O que ese señor que soy yo dentro de unos años no pueda montar en bicicleta, o ni siquiera andar. Tampoco me toméis en cuenta si me encontráis husmeando con la chorra al aire, es lo que tiene la genética en sus diferentes grados.

El efecto del tiempo o de las pendientes

Lo que sucede es que mi mente no estará del todo en la realidad del futuro. Se habrá estancado en un tiempo pasado, que resulta que es este presente. Ahora. Un tiempo en que pertenecía a un grupo de amigos que salía a montar en bici. A la Peña Ciclista el Prado.

Cuando éramos reyes…

Gente de todas las clases y colores que no tenían diferencias disfrazados de ciclista, salvo las que impone la cruda realidad de la carretera, que nos iguala a todos. Unos tiempos en los que salías con los amigos, hacías el tonto. Volvías reventado a veces y te tomabas cervezas y tapas jodiendo el plan dietético que habías contratado en la Quebrantahuesos, pero daba igual, porque era lo que tocaba.

Pequeño lapsus de la dieta. Flequillo NO retocado digitalmente.
Apurando el líquido isotónico. Antes mareado o reventado que con una pájara.

Una época en la que soñabas con rutas de cientos de kilómetros a la costa en busca de El Dorado, que en algunos ambientes ciclistas se llamaba “Cocoloko”. Días muy largos que comenzaban con madrugones y viajes en furgonetas con olor a palmeras y a cochura.

Abriendo la monodosis de gel energético

Barritas energéticas consistentes en jamón y un par de huevos fritos regados con vino de pitarra. Brócoli sospechosamente cárnico en Valenzuela. Tentempiés a base jamón recién cortado, de rosquillos y café con leche condensada que jodieron la dieta de alguno. La vida misma.

Un café rápido y nos vamos

Estabas en todas las tontás, a la última de las cosas para la bici y por supuesto de los complementos en equipación. Todo eso quizás habrá desaparecido cuando os cuente batallitas del pasado que a vosotros o a vuestros hijos ya no os interesen. Pero es que la mente es caprichosa, y yo seguiré viviendo en esta época.

Kit de emergencia en la Bilbao-Bilbao

En una época en la que salía con amigos, en la que disfrutábamos con la bici. Aprendías de enciclopedias vivientes de ciclismo que salían a tu lado. En las que salíamos de domingo a domingo y contábamos los minutos para volver a vernos. En la que no faltábamos ninguno. Ni había enfermedades, en la que éramos jóvenes o lo parecíamos. No me toméis en cuenta, repito. Era una época en la que fui feliz.

Memento

Hoy os quiero contar un par de enseñanzas que me legó mi padre, para compartirlas con vosotros si es que las queréis valorar. Son sutiles, como a mí me gustan. Una vida en cuatro consejos. A vosotros os corresponde opinar si son tonterías, refranes trasnochados o auténticos mapas para movernos en el extraño paraje de la vida que, desgraciadamente, no siempre es amigable aunque lo parezca.

El primer consejo es que cuando busques espárragos lo hagas mirando las matas con la cabeza inclinada, y a media altura. De esta forma eres capaz de ver los espárragos grandes, los que crecen dentro de las matas y a veces sobresalen. Si miras hacia la base de la esparraguera quizás harás una tortilla, pero para un moje fijo que no te dará. La razón de lo de inclinar la cabeza es que aumentas la percepción tridimensional al no tener los ojos a la misma altura. Ni idea, preguntad a un físico, pero la cosa es que funciona. Como seguro vais sospechando la cosa va de campo y de buscarse la vida por su cuenta para sobrevivir. A los jóvenes de piel fina y a los ninis maduros les dará risa esto. Seguid riendo, seguid. Que vienen curvas.

Con integrantes de la Peña Ciclista «El Prado»

El segundo es un refrán añejo: “Cosa vieja, vino, jamón y teja (…)”. Solamente. El resto de cosas viejas (incluidas las personas) a ser reemplazadas cuanto antes mejor. Que a los ríos, incluido el de la vida, hay que dejarlos fluir, mirad lo que pasa si les ponemos urbanizaciones en los cauces. Imaginad si el dicho se aplicase en la política, o a los jefes apoltronados en los puestos directivos contando batallitas de la juventud, reproduciendo comportamientos de cuando Franco era cabo furriel. El problema es que no los despegas de los sillones ni con agua caliente…Parece un poco simple el refrán, pero sacadle punta a la luz de mi reflexión. Es sutil.

La otra frase es: “Dar pan a perro ajeno, predicar en el desierto y machacar el hierro frío, trabajo perdío (…)” Pese a lo obvio si se reflexiona un poco se cae en la cuenta de que es sabio reconocer que habrá cosas que nunca se podrán conseguir, y que aprender a discernir en qué usar los esfuerzos, los dineros, y lo más valioso que tenemos, el tiempo, es un arte. Y que a pesar de todo tendremos que aceptar que muchas veces predicamos en el desierto o que machacamos el hierro frio. Y esa aceptación de injusticias, de asimetrías en el reparto de recursos o incluso de la climatología no me diréis que no es un carácter genuinamente manchego. Tenemos la piel gruesa, curtida por miles de heladas y miles de soles abrasadores. Por eso dicen que somos los vascos del sur. O simplemente manchegos.

Poco más. Os dejo unas fotos para que le pongáis cara los que no lo conocierais. En la foto da muestras de su talento violinista pero al estilo manchego, no nos vamos a poner puristas con el solfeo a estas alturas. Parte de ese arte implicaba comprar los jamones más baratos del centro comercial, casi a precio de carne sólo porque estaban blandos. Si los dejas curar en las galerías de casa y tienes siempre preparados, cuando te comes el tercero ya tiene la curación que debe. Vamos, que compras uno crudo, lo cuelgas el primero y coges el tercero ya curado. Pagas uno crudo y comes uno curado. Ese proceso en ingeniería química se llama proceso semicontinuo. Me descubro.

Solo de violín al estilo manchego.

Espero que os aprovechen los consejos. Es curioso lo que uno va descubriendo con la edad. No sé si serán los genes, la rueda de la vida o el karma. Uno literalmente acaba convirtiéndose en sus padres. Reproduces sus gestos, sus errores y sus aciertos. Mantienes sus prejuicios y sus virtudes. Y no es que vivan en tus actos, es que literalmente te vas transformando en ellos. Que no tienes que esforzarte en pensar en ellos. Simplemente tienes que mirar cada día la persona que te contempla desde el espejo.

La próxima generación

El otro día me comentaba un compañero que estamos en una situación histórica desafortunada. Apuntaba que en este país va a suceder por primera vez que nuestros hijos van a vivir peor que nosotros. Y la razón no es sólo debida al enorme pufo de deuda que les vamos a dejar, no. A fin de cuentas, el dinero se resuelve con dinero, esa cosa que va y viene caprichosamente y que como decía el amigo de Alatriste, que cualquier necio confunde valor con precio. El problema es que la siguiente generación, pese a tener todo a su alcance -cosas que sus padres no soñaban y que sus abuelos ni podían siquiera entender-, no tiene la voluntad ni las ganas de quererlo. Piel fina, blanditos, muy blanditos. Hablaba de sobreprotección en el grado máximo, de la que te imposibilita para las cosas importantes de la vida. Esas cosas claritas para los de antes, por las que sudaron nuestros padres y por las que nuestras abuelas se reventaron literalmente sus enormes ovarios de granito. Pues no. Dame móvil con 5G o te denuncio, y así todo. Y esa actitud es fantástica para capear el temporal que nos viene encima, ya te digo.

La única que disfruta el presente.

Andaba refunfuñando, hecho inaudito en mí (modo sarcasmo on, para los despistados), cuando casi por inmersión asisto al acto de graduación de los alumnos de la Facultad de Ciencias y Tecnologías Químicas del curso académico 19/20. No la del 20/21, que se celebra en breve, sino la que se tenía que haber celebrado hace un año y se canceló por razones obvias.

Fue emotiva, muy emotiva. Implicó el reestreno del paraninfo de la universidad para este tipo de actos, cumpliendo con todas las medidas de seguridad pertinentes. Con menos aforo. Había algo de miedo, de respeto escénico. De sensación extraña por lo que acontece un poco fuera de tiempo, como un amor tardío. Pero esas sensaciones pasaron, al igual que los malos tragos en su momento. Porque allí estaban ellos. En los que no había reparado porque los tenía delante, como cuando dices que los árboles te impiden ver el bosque. Bueno, el año pasado nos vimos al otro lado de la pantalla y gracias; porque no perdimos NI UNA hora de clase al decretarse el confinamiento un viernes y empezar en modo online un lunes. Me refiero a los alumnos. Allí estaban ellos.  

El relevo lógico

Y me di cuenta de la clase de personas y de profesionales que estamos formado. Mejor dicho, de los compañeros ya que hemos formado. Del respeto, de los valores que les hemos inculcado los profesores y sobre todo los padres. De la ilusión y las ganas de comerse al mundo que tienen, como debe ser, pese a que les digan que esto va a ser difícil. Caigo en la cuenta de que la generación siguiente de la que hablaba antes la forman ellos, entre otros. Y que de ellos me siento absolutamente orgulloso. Eligen como madrina a una profesora, Elena Villaseñor, a alguien de los míos, en el sentido más amplio, porque aparte de profesora es amiga. Compañera de promoción. De una promoción de la que sentirse orgulloso de la que ya hablé aquí. Del grupo de amigos que afrontamos hace tiempo el mismo reto de estudiar fuera de casa que acaban de culminar ellos. Y eso es bueno, porque significa que el relevo se ha producido y que, al contrario de lo que pensaba al principio, los valores prevalecen y las sucesivas hornadas (futuros profesores y profesionales), van mejorando.

Cuarta promoción, hace pocos años.

Elena pronuncia su discurso de madrina. Un discurso sencillo, sin pretensiones de lucimiento. Desde el corazón. Como profesora, madre, compañera, antigua estudiante o confidente. Da unos consejos, unas indicaciones o reflexiones simples, pero que encierran TODO a lo que se puede aspirar en la vida. Todo el legado que uno carga sobre sus espaldas en lo afectivo y en lo profesional. Por eso es el mejor discurso que he escuchado jamás, y llevo unos cuantos, creedme. Porque brilla sin pretenderlo, porque resuena en nuestras cabezas pese a pronunciarse en voz queda, casi un susurro. Un testimonio que hace que el Rector raje delante de nosotros el texto que tenía preparado, e improvise las palabras que le dicta el corazón en ese momento, porque no puede ser de otra forma. Ese es el camino. Estamos orgulloso de ti, Elena.

Elena Villaseñor (foto: @artemacario)

Las miradas vidriosas de padres, abuelos y compañeros bendicen la ceremonia. Felicidad por pertenecer a una tierra manchega y a una Universidad que asocian valores y progreso. Por eso caigo en la cuenta de que estaba equivocado cuando refunfuñaba al principio sobre la próxima generación. Ya está aquí y en casos como este es mejor que la anterior. Lo que ocurre es que, si a nivel general no se tiene esa impresión, si lo que vemos en la televisión o en nuestro día a día no nos lo confirma, a lo mejor es porque simplemente no les hemos dado la posibilidad que merecen estos nuevos profesionales. Quizás es el momento de renovar a la gente que usurpa el puesto que ellos debían ocupar desde ya. Puede que el mundo no mejore simplemente porque no les damos su oportunidad.

El espejo.

Esas malditas alcantarillas

Por desgracia las conozco de memoria. Son 9 desde la rotonda del Quijote Power Ranger hasta la de la entrada a la avenida del hospital. La primera hay que tomarla por el centro para no despegar con el coche, la segunda y la tercera por la izquierda, la cuarta por la derecha. El resto alternativas a izquierda y derecha. La entrada a la residencia es triste. Conduzco al hospital una silla de ruedas con un radio roto y dos cubiertas desgastadas y reventadas por el uso. La silla zigzaguea y se queja más que el enfermo. No sabéis la humillación que resulta eso para un ciclista que compra hasta las últimas estupideces como yo. Y no por el vehículo, sino por lo que supone para el paquete que llevas. Maldigo la pala para apoyar los pies que no funciona y hace que mi padre arrastre el pie derecho y se lo pille a ratos debajo de la silla. Que a la quinta vez que se lo coloco le haga daño y sea consciente en ese preciso momento, por su mirada que aguanta el dolor, que ese recuerdo me va a perseguir toda la vida. Maldigo al malnacido que ha aparcado en la rampa y hace que tenga que cruzar por la acera. Avanzo por una entrada llena de chicles sucios, de papeleras sin recoger, de gente que fuma delante de los carteles de espacio libre de humos. Pero esta gente no me molesta.

Estado de la cubierta de la silla de ruedas que ofrece la residencia

No me molesta la gente que te hace esperar tres horas para la sesión de radioterapia porque no sé qué cosa le ha pasado a la máquina. Me molesta que a las tres menos diez, cuando vas a pasar, tengas que esperar otros cuarenta minutos, con tu padre ya cagado, porque hay cambio de turno y el operario no puede salir cinco minutos más tarde, que eso no está en el convenio. Blasfemas y rezas a la vez a dios y al diablo esperando que el Karma un día le depare lo mismo al simpático operario. O más fácil, sólo les pides a tus amigos del infierno que te permitan encontrarlo una noche en una esquina sin farola un minuto antes de que esto reviente. El resto lo pongo yo.

Reconoces a esa extraña fauna que aparece fruto de la necesidad, de la enfermedad o del sufrimiento. Un buen número de personas que existen, pero que nadie quiere reconocer. Carne de cañón para ser estafadas por su dolor, el mejor de los negocios. Es fácil descubrir la mirada de los corredores de fondo de camino de la desgracia, de los desahuciados. Es la misma mirada de los soldados viejos, hace mucho que no se quejan.

Reconoces el valor de una sonrisa entre los enfermeros o celadores que doblan o triplican la carga de trabajo; porque el doble la hicieron los recortes, pero el triple la constituye el compañero que se escaquea. A los asistentes que lloran de rabia a escondidas porque no dan abasto a atender a los ancianos, a pesar de que sus jefes presumen que les pueden dedicar todo el tiempo del mundo a cada uno por separado. A los médicos que en segundos se percatan de tu situación y se hacen cargo de un paciente más que has traído desplazado, porque en otro sitio no se quieren comer el marrón, o hay que hacer caso a los políticos que dicen que hay que ahorrar en resonancias. Aquellos tendrán un gran futuro. Salvo por lo de la esquina, claro. Te das cuenta de todo. De lo fácil que está planteado el sistema para morirte sin que te dejen un ratito antes en una esquina a ajustar cuentas o puedas llamar a la casa de un político para conversar un minuto sobre dignidad. ¿He repetido mucho la esquina? De lo simple que es decir: “Hala está muerto, los papeles y fuera. A esperar abajo”. A la zona donde los buitres vuelven a colocarte mercancía en forma de cajas de madera. Y pese a todo te das cuenta que no estás solo. Te das cuenta cuando el de la cafetería nota que es la última vez que te tiene como cliente y al no tener suelto para pagar la puta tila no te la cobra y te devuelve las gracias con un nudo en la garganta.

Los amigos de verdad nunca te abandonan

Estás maravillado por el enorme peso que aguantan unas espaldas tan débiles, tan acostumbradas a decir “no pasa nada, venga da igual, cinco minutos más; yo lo hago sin cobrar, uno más no importa…”. Por escuchar con una sonrisa tu historia, que para ellos es la número 32.000, a pesar de que a ellos tú no les has preguntado cuál es su cruz. Esa inmensa cantidad de profesionales mal pagados ―entre tantos otros médicos, sanitarios, soldados, guardias civiles, maestros, policías—, que aguantan el peso de todo el sistema. Y el día que se cansen, ese día el frágil equilibrio se va a desbordar y todos nos daremos cuenta de quiénes eran el pegamento que hace que esta cosa que llamamos país no reviente.

Los mocasines manchados (historia de @MoniquillaMB sobre Afganistán)

Salimos de noche, con todo el equipo. Nos toca lo más difícil, asegurar la retirada. Es nuestro trabajo. Casi todos dormimos en el suelo del avión, ya sabéis el dicho: hay que dormir cuando se pueda, porque nunca sabes cuándo podrás volver a hacerlo. Soy un GEO y estamos a punto de aterrizar en Afganistán.

La tensión estos días ha sido enorme. Pocas veces compruebas tres veces que llevas los torniquetes encima, porque hay muchas posibilidades de que los utilices. Vives constantemente con la certeza de ser objetivo de un ataque terrorista, escudriñando las filas de personas en el suelo con un ojo, mientras que tienes otro pendiente de la silueta de los tejados, de las ventanas y de la línea de la carretera. El arma a punto, el dedo estirado encima del gatillo. Cargador largo montado y unido por cintas a un segundo cargador para que puedas recargar en dos segundos. Hace un calor de mil demonios. Huele a orines y hay un rumor uniforme que lo llena todo: un rio de gargantas roncas de gritar y de llorar.

Dos combatientes talibanes

Y allí está ella. La segunda al mando de la embajada. La última en abandonar el barco junto con el embajador cesado, que pese a ser destituido hace meses decidió continuar en su puesto. Está dando instrucciones delante de mí, organizando la fila o lo que sea. Tiene una apariencia frágil, pero es solo apariencia, os lo dice uno que entiende de estas cosas. Está rodeada de hombres armados que esperan encontrarse en cualquier momento bajo fuego Talibán o reventados por una bomba yihadista. Ella va sin casco y lleva un chaleco antifragmentos sin abrochar sobre una blusa. Pantalones de género y mocasines manchados de barro. Sabes lo que eso significa en el caso probable de una explosión o de un disparo: que no la cuentas. Ella también lo sabe.

Los mocasines manchados (www.elmundo.es)

Tiene los ojos rojos, de dormir alguna hora con suerte en los últimos cuatro días. Con la mirada del soldado viejo, la misma de miles de caras en miles de guerras. Vuelvo a fijarme en sus mocasines de oficina, el atuendo de las reuniones en la embajada, manchados de barro Afgano y he de confesaros que la imagen me llega a emocionar. No sé si sospecháis lo que supone eso para alguien como yo. Lo que implica que el político al mando se meta literalmente en el lodazal junto a nosotros. Que sude (que quizás sangre) y que pase miedo junto a ti en la primera línea de combate.

Meterse en el barro

Sientes una punzada de afecto especial por esa persona, que en pocas horas se convierte en franca camaradería. Gente que hace más allá de lo estrictamente necesario, de eso sabes un rato. La clase de personas que además de comportarse de forma honrada, se comporta con honor. Sabes que independientemente de lo profesional, serías capaz de cruzar el infierno por seguir a esa persona o por defenderla. Y sabes -porque lo sabes-, que dado el caso de que pintasen bastos, le darías sin dudar tu arma corta, si tocase luchar espalda contra espalda antes de diñarla. Mujeres como ella han sido los pilares sobre los que se asentaron nuestros infinitos horizontes. Las que, cuando toca, son las que disparan un cañón enardeciendo a combatientes que flaquean, o hasta tiran de navaja para degollar franceses. Tal cual.

Paula Sánchez y Gabriel Ferrán Carrión, exembajador (www.elmundo.es)

Regresas en el último avión abarrotado, con ella revuelta junto a todos nosotros. Rota por el cansancio, pero con la cara seria. Pensando en los que se han quedado atrás.  Se llama Paula Sanchez Díaz, diplomática vocacional apasionada por la seguridad en Oriente Medio y por la defensa de los derechos humanos. Culta y comprometida con el progreso de la mujer en los países islámicos. En sus actividades profesionales nunca llevaba velo. Eso sí era una forma real de ayudarlas. Un símbolo. Como sus mocasines manchados de barro con los que desembarca al llegar a casa, con la misma ropa. Solo cambia el chaleco por una chaqueta ligera y una pequeña maleta. Para las fotos se sitúa discretamente detrás del embajador, en segundo plano. Nos saluda uno por uno para despedirse de nosotros y me doy cuenta de que su cabeza sigue a miles de kilómetros de distancia.

El regreso a casa (www.abc.es)

Percibo claramente dos cosas. Que con esos mocasines manchados seguimos siendo la mejor infantería del mundo. Y de que, si mujeres con esos ovarios de granito hubiesen sido nuestros gobernantes alguna vez, otro gallo nos hubiera cantado a lo largo de nuestra historia.

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Camino a Lordsburg

Este es el desenlace de la penúltima carga a caballo (con los fotogramas al hombro) de ese ejemplo de tantas cosas que es Jose Luis Vázquez, crítico de cine. Hace unos meses os hacía partícipes aquí de su crítica situación. Hice un llamamiento Fordiano a resistir junto al último cinéfilo en nuestro Álamo particular, y he de decir que la respuesta y su difusión en redes fue espectacular. Obrasteis el milagro. Acudisteis en legión, cabalgando en columna de a dos con el sol del desierto poniéndose a vuestra espalda desde muchos rincones de España y de otros 24 países. El artículo en este modesto blog tuvo más de 6500 entradas y pudimos (utilizo el plural porque este éxito es fundamentalmente vuestro) comprobar por una vez como todo el mundo hace piña para arrimar el hombro. Para salvar una situación injusta. Dicen que las afrentas o los favores que te hacen a ti son fáciles de encajar, pero los que se hacen a alguien que aprecias nunca se olvidan. Por eso os doy las gracias a nivel personal por vuestra respuesta.

José Luis Vázquez

Aparte de por esta vía, se recibieron miles de correos emocionantes y llamadas para intentar salvar del incendio esa filmoteca andante que es Jose Luis como persona; que como institución estamos hablando de la historia diaria del cine en Ciudad Real durante más de tres décadas. En alguno de esas propuestas planteabais soluciones como una que llegó hasta a tener nombre: “la taquilla de José Luis”. Ceder el simbólico precio de una entrada para pagarle, digamos, un molar. Conociendo su percal de ser honesto y de además parecerlo, sabía que esto no iba a ser posible. Pero lo que quedó claro es que la solución ideal debería a ser posible generar un espacio que cultura que perdurara más que nosotros.

La idea que sí fue aceptada fue la de crear un cinefórum como asociación que trascienda el hecho de ver películas y que en algún momento pueda llegar a ser además un foro de discusión y de libertad. Algunos añorábamos un espacio llamado “La Clave”, los que peináis canas sabéis de lo que hablo. Pues este fue el Álamo en el que decidimos resistir. Y crear una asociación cultural sobre cine, justo en el peor momento en el que las salas están cerradas, tiene poco de rentable. Una temeridad. Pero hay que ir a Lordsburg.

Proyección el 7 de septiembre SOLO PARA SOCIOS

Y la primera batalla comienza el 7 de octubre, pero nos acompañará en esta lucha perdida la última leyenda viva. Un viejo pistolero llamado Clint Eastwood. Porque los fordianos a la hora de elegir causas pedidas siempre tuvimos suerte. Dada la situación de aforo limitado y otras particularidades se ha optado por una opción formal. No sé si será la mejor, pero es lo que hay. Por el momento se va a emitir una película a la semana solamente para socios, de forma que por 5,5€ de entrada se vea una película de estreno (La primera es Cry Macho, la nueva de Eastwood), precio que incluye 2€ para gastar en consumiciones de los locales del cine. La cuota de socio anual es de 50€. Se podía haber hecho fraccionado o de otra forma, pero es lo que hay, ya no podemos transformar el sable en un arado. Para hacerse socio hay que seguir estas instrucciones.

Por eso os convoco al 7 de octubre. Y si consideráis que podéis ayudar haciéndoos socios aunque no podáis venir, siempre seréis bien recibidos en nuestro Innisfree. Los que nunca valoraron (ni pagaron) la cultura, los de la calle mayor, huyeron en desbandada desde hace mucho. Esto esto no tiene que ver con los que quieran asomarse puntualmente a estas sesiones. En cuanto se resuelvan los problemas sobre aforos de resolverá este problema. Para los que nos queráis acompañar o difundir esta lucha, poco más tengo que deciros. Un abrazo Fordiano.

El pintauñas rojo (una historia real de @fortachi1932)

Dedicado a @fortachi1932 y a todos los que sirvieron en Afganistán

Me llamo Kamila. Soy una niña afgana de 9 años. Mi hermana se llama Sama y tiene 6 años.

No tenemos muchas cosas divertidas que hacer. Ponemos barcos de papel en un gran charco que hay en la carretera y vemos como los mueven las olas que provocan los coches que pasan. Siempre que jugamos en la calle viene algún niño y nos manda callar, o que dejemos de hacer lo que estamos haciendo. De reír. Nos gusta jugar con los soldados. Los que hay ahora son un poco más pequeños que los que había antes. Más morenos. Son más como nosotros. Por eso nos dejan jugar con ellos. Nos traen caramelos, piruletas, bollos de chocolate, zumos y bolsas llenas de golosinas con colores como nunca hemos visto. También nos sonríen, nos miran a los ojos y juegan con nosotros. Nos dejan ponernos sus cascos y nos suben en el techo de sus coches o incluso a hombros. Siempre están rodeados de niños, cuando aparecen por el pueblo todos corremos detrás de ellos. No les molesta. Vienen de un país que se llama España.

Repartiendo los zumos de la comida

Los niños siempre esperan a que les den las bolsas de caramelos. En cuanto nos dan alguna a una niña nos pegan y nos las quitan enseguida. El otro día un soldado muy alto con barba pelirroja estuvo esperando a que se fueran los chicos para darnos una bolsa grande a mi hermana y a mí. La cogimos y volvíamos corriendo a casa, muy cerca, pero los chicos estaban pendientes de nosotras y vinieron a quitarnos los caramelos, como siempre. Antes de que les diésemos la bolsa, el soldado, que también estaba pendiente, vino corriendo y se interpuso entre el corro de niños y nosotras dos. Empezó a vociferar e incluso llegó a empujar a algún niño de los más grandes hasta que todos desaparecieron. Entramos en casa con la bolsa como si fuera un tesoro sin que nos quitara el ojo de encima.

Mi madre ha estado viendo la escena desde una rendija de la puerta. Cinco minutos después me manda a darle una cosa a aquel hombre. Me acerco al transporte y le digo a otro soldado que quiero hablar con el hombre alto pelirrojo. Que tengo un mandado de mi madre. El artillero interpreta mis gestos mejor que mis palabras y asiente con la cabeza. Va a buscar al soldado. Yo no lo entiendo, pero le dice con sorna: “mi sargento primero, tiene visita”. Aparece de nuevo el de las chuches y me mira con cara de estupor. Le entrego el recado de mi madre con mucha vergüenza y mirando al suelo. Cuando mira lo que le doy se queda estupefacto: es un pintauñas rojo. El hombre enorme balbucea y dice que no con la cabeza, pero encuentra la silueta de mi madre en la puerta entreabierta hacia donde señalo. Mi madre asiente con la cabeza. El hombre parece comprender, se pone rojo y se guarda el frasco. Yo vuelvo corriendo con ella.

El pintauñas rojo

Aquel día, hace ya muchos años, no entendí bien el gesto de mi madre y si aquel soldado lo había malinterpretado, o si incluso lo consideró una estupidez. Hoy entiendo que mi madre quisiera enseñarnos que se debe agradecer al primer hombre que nos había defendido delante de otros hombres. Yo tenía 9 años, en cuanto tuviera el período cambiaría el pañuelo blanco por el velo que me tapa toda la cara y me casarían. Nunca volvería a jugar. Por eso recuerdo buscar aquella tarde a mi madre azorada en la caja de las cosas prohibidas. En esa caja había una foto en blanco y negro de unas mujeres con las piernas al aire. De esa caja sacó el pintauñas rojo y me pidió que se lo llevara al hombre que nos había defendido de los otros niños para que no nos quitaran los caramelos. Era muy importante que nadie salvo el soldado viera lo que era.

Hoy sé que ese regalo tenía además una carga de orgullo para mi madre, porque una de las mujeres que llevaban minifalda en la foto tomada en 1970 era ella. Aquel pintauñas era suyo, y quería recordar a los soldados que en algún tiempo vivió como en el sitio de donde ellos venían, en aquella España lejana. Quizás algún día yo podría ser como mi madre o como las familias de aquellos soldados.

Mujeres afganas en 1970

Aquel sargento de la ISAF entendió el gesto a la perfección y conservó el pintauñas de la foto toda su vida. Fue el objeto más valioso que trajo de Afganistán. Años después, las noticias tristes como las actuales hacen imposible el deseo de aquella niña. Pero aquello no fue en balde. Kamila siempre se acordará de aquel sargento y del pintauñas de su madre. Siempre tendrá la esperanza de que algún día otro de aquellos soldados devuelva un pintauñas, quizás el mismo, para que alguna de sus hijas lo pueda utilizar. Ojalá sea el soldado pelirrojo, o aquellos otros españoles que jugaban con ella y su hermana. Los echa de menos. Nunca los olvidará.