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La generación que estamos enterrando

Veo algunas imágenes en estos momentos difíciles y se me parte el corazón por algunas personas, las más jodidas. Las que siguen sin pedir, las que siguen dando.

Me refiero a la generación de nuestros abuelos. No es la primera epidemia que sufren, de hecho toda su vida ha sido una resistencia heroica. Nacieron en una España en ruinas, reventada por dentro y por fuera. La primera epidemia que pasaron fue la del hambre. Fueron los supervivientes de una brutal selección natural, por la cual lo habitual era tener un nacimiento y un entierro de un niño -un enterrico- al año en cada familia. Como modesto dato en la de mi abuelo materno nacieron doce pero sobrevivieron solo cuatro.

Comían lo que había, que era nada. Sus chuches eran las mondas de naranja que encontraban con suerte rebuscando en las vías del tren. Comían harina de almortas un día y el siguiente también, con suerte. Sufrieron muchas deficiencias vitamínicas y nutricionales que les convirtieron en bajitos y reconcentrados. Pasaron frío y los afortunados supieron lo que es el aceite de ricino y las pomadas para los sabañones. Preguntadles a los jóvenes si saben qué es eso. Caminaban descalzos al colegio y solo antes de entrar se ponían las alpargatas porque tenían que durar muchos años. Algunos tenían unos pantalones un poco más lustrosos que se ponían para salir los domingos, y se turnaban para compartirlos con los hermanos distribuyendo horarios para su uso.

Trabajaron como animales. Literalmente. Arañaban la tierra con rejos poco afilados o con manos desnudas de uñas negras; a veces sustituyendo a las bestias, con más ansia que estas porque se trataba de simple supervivencia. Jamás se quejaron. Al contrario, aprovechaban cada ocasión para compartir la miseria o un trago de vino o de cecina con un compañero convirtiendo cada ocasión en una fiesta, valorando los pequeños momentos como si fueran los últimos.

Fueron optimistas pero cautos, ahorradores. Acumularon cada migaja, pero no las disfrutaron, porque se las cedieron con gusto a la siguiente generación para que existiera futuro, para que tuvieran la oportunidad de progresar que ellos no tuvieron. Así los viejos aperos se cambiaron por máquinas, por tractores o cosechadoras que sustituyeron a las mulas, a las hoces y a las trillas. Cuando tuvieron que dejar de trabajar porque estaban literalmente reventados avalaron con su propia casa los préstamos de sus hijos para ampliar las fincas, comprar más maquinarias o montar un negocio. Incluso cuidaron de sus nietos o bisnietos porque sus padres habían malvendido herencias o patrimonios, y la siguiente generación fue de funcionarios o de familias mileuristas que tenían que sobrevivir trabajando explotados mientras los abuelos renqueantes seguían al frente, al cuidado de los pequeños. También avalaron los préstamos de los nietos para pisos carísimos de cincuenta metros con la ya vieja casa familiar. Hasta entonces los acogieron y siguieron haciendo tortillas y croquetas con manos temblorosas por el párkinson o devastadas por la artritis. Seguían tirando del carro, sin quejarse. Incluso ahora cosen mascarillas cuando serían descartados en los triajes por criterios de supervivencia. Pero saben que pueden ayudar y es su forma de vivir: aportar sin pedir nada y sin negar nada. Hasta el final.

Muchos de ellos cuando se dieron cuenta que no podían ser útiles, que eran una carga, tomaron la decisión de irse a la residencia con el corazón roto, pero sin dudar un segundo y sin derramar una lágrima porque era lo que tocaba. Allí están ahora.

Como a lo largo de su vida, también en estos momentos les ha tocado la peor parte. Cuando percibieron la gravedad de la situación (antes que nosotros) fueron los primeros que nos dijeron que no fuésemos a verlos a las residencias, para no propagar la enfermedad, pese a que sabían desde el principio que posiblemente ya no nos volverían a ver. Aguantan la cuarentena solos, enfermos, pero siguen sin quejarse. Con una atención precaria por el colapso sanitario. Están cayendo uno a uno. No les pueden velar sus familias. Como ejemplo paradójico de su infinito sacrificio se están enterrando solos, aquellos a los que les debemos todo, a los que hicieron posible que tuviéramos esta oportunidad. Y encima si pudieran nos animarían: “Son cosas que pasan”, es la ley de la vida que aprendieron a golpes. Pero te aseguro, amigo, que no los vamos a olvidar, aunque sea por propio egoísmo.

Me pregunto qué vamos a hacer sin ellos. Me pregunto cómo se va a sostener el primer mundo que nos regalaron cuando ya no estén. Para que lo despilfarrásemos todo. Para que dilapidásemos todo como si no hubiera un mañana, porque siempre los teníamos como red. Para que algunos egoístas sobreprotegidos de sucesivas generaciones olvidasen lo que cuesta ganar cada migaja que se llevan a la boca porque pagan otros. Para que encima algunos jóvenes que se creen inmortales al virus, se rían de ellos con sonrisa estúpida bromeando ignorantes con el IPhone que les regaló “el abu”, adivina con cuántos sueldos juntados de su paga de mierda. Y me preocupo seriamente por el futuro, igual que ellos se preocupan por el panorama que dejan. Reflexiono sobre las cosas que vemos estos días (y mucho antes), pensando que a nuestros abuelos no se las habrían hecho de jóvenes. Ni mucho menos, a gente con aquellos cojones y aquellos ovarios ni por asomo. Porque ganaron cada derecho literalmente con sangre. Porque cuando decían una cosa quedaba dicha para siempre. Porque protegían a los débiles, porque dentro de la miseria eran capaces de reconocer a la gente a la que había que promocionar por pura supervivencia del grupo. Porque hacían lo que había que hacer y punto. Porque aquellos hombres y mujeres despreciaban a los traidores y a los cobardes.

Cuentos del Cabo Hueso (V). El polluelo nini

Aquel polluelo que no abandonó el nido salvó la vida de Poli. Pese a que era ya demasiado grande y postergaba indefinidamente levantar el vuelo, sus padres le seguían alimentando, al igual que sucede en el caso de la especie humana. Qué se le va a hacer. A la madre no le importaban las miradas reprobadoras de su pareja; da igual si es un águila macho o si se llama Manolo. Ellos no lo entienden porque no los han parido. Pues gracias a este polluelo nini, junto a la inteligencia que da el hambre de un niño manchego, descubrí una de las historias más increíbles que jamás he escuchado en mi vida. Veraz, por supuesto. Demasiado real y dura para que la veáis en el celuloide. Mucho más que las películas de Almodóvar y tantas otras, donde parece que se exagera, aparentemente, sobre un tiempo remoto. Si se llevase a la pantalla no sería creíble, sobre todo para los chicos de hoy en día.

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Poli vivió su niñez coincidiendo con la posguerra de una España en ruinas. Desde muy pequeño fue pastor. Y a pesar de todo tuvo suerte, porque en el campo había más comida que en los grandes pueblos y en las ciudades. Si eras avispado para encontrarla, claro. Recuerdo a Poli como un señor bajito siempre tocado con un sobrero blanco al estilo tirolés con una pluma de adorno. Era muy amable y vivaracho. Coincidía con mis padres en los viajes del IMSERSO. Como no se podía estar quieto, hacía figuritas de madera forradas con tela de escay de colores clavada con chinchetas. Los caballos se le daban bastante bien.

Recuerdo escucharlo contar historias a mis padres sobre su vida en el campo. Había sido muy dura, pero nunca hablaba con rencor. Siempre silenciaba u omitía las cosas que después entendí que estaban relacionadas con la miseria. Hoy pienso que cada uno de aquellos silencios merece un monumento. La vida de Poli debería ser una asignatura o al menos de lectura obligatoria a los estudiantes de primaria si tuviésemos gobernantes con dos dedos de frente, pero eso es otra historia. El caso es que siempre se las ingeniaba para encontrar comida y tened en cuenta que era un niño que no empleaba armas de fuego. Me fascinaba como explicaba la forma en la que usaba trampas con lazo o como pescaba en los arroyos con cualquier cosa.

Lo del polluelo ocurrió cuando Poli se dio cuenta que cerca del cortijo había un nido de águilas sobre una enorme encina. Y dado que las rapaces traían presas en abundancia, supuso que debían tener polluelos grandes. Azuzado por el hambre, con ayuda de una escala trepó al nido y se percató que el infante era un único polluelo bastante crecido y bien alimentado. De modo que le ató la pata al nido con una cuerda de pita y decidió hacerse amigo del retoño. A partir de entonces se repartió con su amigo la abundante comida que le traían los padres, fundamentalmente una dieta a base de conejos y perdices. Uno para ti y otro para mí. Y como el polluelo no abandonaba el hogar paterno, los sufridos padres seguían manteniendo al nini alado, pese a que estaba tan grande que casi no cabía en el nido. Y así siguió engordando, y Poli también. Supervivencia.

Una de las cosas más increíbles de su historia es que aprendió a leer por sí solo, leyendo y releyendo un tebeo de Roberto Alcázar y Pedrín que había encontrado junto a unas cáscaras de naranja en las vías del tren cuando buscaba carbonilla. La carbonilla era para vender a los de la fragua. Las mondas de naranja para comerlas como una golosina. Poli era bueno siguiendo rastros, quizás eso facilitó el proceso de hilar letras y sonidos para aprender a leer. Como ya os habréis imaginado, este pastor es un gran pedazo de los retales con los que he construido a uno de mis personajes, Juan García. Poli es uno de mis superhéroes, como Superlópez, Pedro el pastor, Jerry King el Hoosier, Juanma el pastelero de Poblete o Sotero Marín el escritor de coplillas. Elegid vosotros uno de esta Patrulla X. Para mí es imposible.

Poli recopiló la historia de su vida en un modesto taco de folios –imaginaos el esfuerzo- que enseñó orgulloso a mis padres y me preguntó por la posibilidad de encuadernarlo. Al final su limitada economía y la precariedad de la época acabaron con su único ejemplar encuadernado en gusanillo. Echo de menos haber leído aquel libro. Aquello era un auténtico tesoro. Por lo menos recuerdo algunas de las historias que escuché, que quiero compartir hoy con vosotros como un homenaje a este gran hombre. Para que nunca las olvidemos, y por si alguna vez, dado el cariz que están tomando los acontecimientos, nos vuelven a hacer falta.

Babancho

Cada cierto tiempo hago retratos con palabras de personas que considero importantes. Este es el primero que le dedico a un personaje de ficción literaria: se llama Babancho.

He de pedir disculpas a su creador, Antonio Luis Galán Gall, de que este retrato no sea del autor como sería menester; máxime cuando su publicación resultó ganadora del VIII Premio de Novela Corta Tierras de León en 2019. Se acaba de presentar en Ciudad Real en el espacio Serendipia, para más señas. Pero el problema es Santos Babancho.

Antonio ha creado un personaje digno de pertenecer a Macondo, aunque se ubique en un pueblo de la Mancha. Este hombre fantástico ya ha pasado a la historia de la literatura, pese a quien pese. Porque sospecho que, como todas las grandes creaciones, el personaje va a transcender al escritor. Y seguirá ahí cuando ya no estemos ninguno de nosotros.

Babancho es alguien al que todos conocíamos antes de leer su historia. Siempre estuvo con nosotros, forma parte de nuestras vidas. En este libro nos has rescatado algo que nos pertenecía, un recuerdo de la infancia o de otras vidas donde todo era quizás más sencillo. Un abrevadero de humilde sabiduría en estos tiempos tibios para que regresemos a él una y otra vez. Un candil que nos oriente en las noches de ventisca. Y recuperar un recuerdo de días felices, contemplar de nuevo un horizonte perdido, simplemente no tiene precio.

Un hombre libre que ha olvidado su pasado acompañado por perros sin nombre. El contraste de su cueva y la laguna donde se lava a diario con el pueblo donde pide limosna y sus habitantes, buenos y mezquinos. Demasiado cercanos, demasiado reales. No quiero comentar nada más de la novela ni del personaje de forma intencionada, para que os sorprenda a bocajarro como me ocurrió a mí. Ni con dolor de cabeza por la jaqueca pude dejar de leer aquella historia que me había atrapado. Es una novela muy corta, sencilla. Pero intentad leer sólo la primera página… Es imposible.

Técnicamente, Antonio Galán narra una historia simple, hilvanando imágenes de los cajones de nuestra memoria para sumergirnos en una trama que vivimos más que leemos. Esas fotografías nos describen la novela como viñetas de un guion gráfico, con la agilidad y economía narrativa de un cómic. Me recuerda en el estilo a John Ford, dejando que cada plano, cada detalle cuente su mensaje. Incluyendo, como el maestro irlandés, elipsis que cortan con grandes tajos el equipaje sobrante, realzando mágicamente los hechos cotidianos.

Como aprendiz de escritor poco puedo hablar, pero como lector empedernido mi opinión te aseguro que sí tiene peso. Y no es que te felicite por esta novela, te doy las gracias, ese es el matiz. Pero te aviso de que te has metido en un lío, Antonio. Porque los dos sabemos que los lectores somos insaciables, que siempre queremos más y cada vez somos más exigentes con la poca literatura de calidad de encontramos. Y te hemos encontrado. Queremos más y queremos todo tu tiempo escribiendo historias, ya tienes una enorme responsabilidad o la maldición de los elegidos.

Reitero mis disculpas por no hablar de ti. Debería hablar de tus otras siete novelas, de tus dos libros de relatos o de los premios que has recibido, pero hoy sólo pienso en Babancho. Calculadamente simple, capítulos muy cortos, esquemáticos. Narración cinematográfica. Creo que es un estilo que se va a quedar, es el de Jesús Carrasco, el que era hasta poco mi escritor vivo favorito. Ahora ya no estoy tan seguro.

Antonio Luis Galán Gall

Crónica de una huida

(Relato ganador concurso Biblioteca Pública “Poblete, Puerta de Alarcos” año 2021)

Llevaba meses preparándola. Había sido especialmente amable con los vigilantes. Buen comportamiento, decía mi expediente. Incluso me dejaron la llave para hacerles recados.

Aquella noche fui a buscarte, como te prometí cuando entramos. Te dejaste llevar sin decir una palabra, con expresión ausente. Cruzar la cancela. Desactivar la alarma. Abrir la verja y salir sorteando el cono de luz que proyecta la farola, para no ser delatados por la cámara de vigilancia.

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Caminamos dos kilómetros hasta nuestro destino. Salto la reja y te abro la puerta. Entras renqueando, pero tu cara se ilumina porque ya lo has visto, antes incluso de que encienda las luces y active la maquinaria. En ese momento nos descubre el guarda de seguridad del parque.

Pero milagrosamente no dice nada. Nos mira con una profunda ternura, mientras una lágrima cae por su mejilla. Se retira unos pasos y deja que acabemos esa vuelta en la atracción de feria. Cumplí mi promesa, aunque ya no te acuerdes. Ni siquiera de mí, maldito Alzheimer. El día que entramos a la residencia te prometí, amor, que te volvería a traer a los caballitos.

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Cuentos del Cabo Hueso (IV). Dos versiones de la suerte del perro

Los más jóvenes no lo sabéis, pero este es un país donde se pasó hambre. Y muchos de nosotros la llevamos en el código genético arrastrada de varias generaciones. Estos relatos del Cabo Hueso, genial cantero fallecido hace un año, describen una realidad que espero que nunca se repita. Por desgracia no son inventados.

Las dos versiones de la suerte del perro.

Los pastores trabajan duro desde las cinco de la mañana. Hay que esquilar a casi trescientas ovejas. Y eso añadido a la labor diaria, cargar los sacos de pienso (de cincuenta kilos, de los de antes) para echarles de comer, bregar todo el día y luego, por supuesto, ordeñar. Cuando caiga el sol hacer queso. Echar el cuajo al caldero en la lumbre y recoger un poco después en una gran gasa lo que se va a prensar en los moldes de pleita. Todo ello ya a la luz de los candiles de sebo. La tarea acaba muy entrada la noche y mañana habrá también que madrugar, es lo que toca.

Uno de los pastores, cuando estaba el sol de julio en todo lo alto, se incorpora chorreando de sudor y mira al perro. El hombre está sofocado de la brega con los animales. Enormes goterones caen por su nariz mientras se lleva las manos a los riñones molidos. El perro, zalamero, se le tira encima moviendo el rabo. Se lo quita de un sopapo mientras contempla como se va a jugar con los animales ya esquilados.

Jodido animal, encima dando por saco. ¡Quién fuera perro…!

Esa noche han preparado galianos con los calostros y están cenando además una paletilla de un animal que se ha muerto (o eso dicen ellos). Echan mano de las cajas de botellines, – que coño, un día es un día-, que están reservados a la sombra y los abren con los dientes para apurarlos de un trago. El silencio religioso de la comida sólo se rompe por el sonoro saliveo de los hombres. Ruido y olor traen al perro a la cocina. El animal es despedido con una patada y se le cierra la puerta para que no siga incordiando.

El perro, desde fuera, sigue percibiendo el olor lácteo y especiado de los galianos, el de la grasa de cordero a la lumbre y el ruido de los hombres comiendo. Desde hace un rato no para de aullar lastimeramente, intentando llamar su atención.

Aúlla, aúlla, que ahora es nuestro momento…

Cuentos del Cabo Hueso (III). El extraño percance

Los más jóvenes no lo sabéis, pero este es un país donde hace no mucho se pasó hambre. Y algunos la llevamos en el código genético arrastrada de varias generaciones. Estos relatos del Cabo Hueso, genial cantero fallecido hace un año, describen una realidad que espero que nunca se repita. Por desgracia no son inventados.

El extraño percance.

El mayoral manda a Manolillo que lleve la mula con algunos aperos, una cántara de agua y la comida a los hombres del Instituto de Colonización que están desmontando el terreno en la otra punta de la finca. La lleva del ramal, despacico y sin salirse del camino, como le han dicho. No tiene pérdida. Además, el animal se conoce el recorrido menor que el niño.

Vendimia. fuente: INE

Un poco después de mediodía el jefe de la cuadrilla mira la posición del sol, se seca el sudor de la frente en la manga de la recia camisa y decide que es hora de parar a comer. Hace hambre. Se protege debajo de la carrasca grande, y es seguido por el resto de la cuadrilla. Enseguida se sacan libretas y se da cuenta de lo que queda de los cuarterones de tabaco que trajeron hace cinco días. El chisquero de mecha naranja pasa por todas las manos. El jefe aspira el humo y entorna los ojos buscando algo en el horizonte.

chisquero de mecha

-El chico se retrasa. Ya debería haber llegado.

-Parece que se ve aparecer al final del camino, viene despacio, el jodido. El día del guiso de conejo con patatas…

Efectivamente, al poco todos pueden ver la silueta del chico tirando cansinamente de la bestia. Pero algo pasa, el chico camina muy despacio, inclinado para delante. A cada poco parece que da un respingo. Al acercarse un poco más se dan cuenta de que Manolillo viene llorando.

-¿Qué ha pasado, zagal?

– La mula -acierta a decir cuando se serena-. Que la mula se ha asustado de un alacrán, y ha volcao el puchero del conejo. Se ha caído casi to. ¡Qué disgusto, no se lo digáis al mayoral que me muele a palos!

– No te preocupes zagal, que a las malas nos comemos el pan. A buen hambre no hay pan duro.

El jefe se acerca a inspeccionar los restos del accidente y frunce el ceño.

fuente: INE

-Zagal-dice-, explícanos otra vez cómo ha sido el requiebro de la mula para volcar el puchero. Ha tenido que ser muy extraño…

-¿Por qué lo dice?

-Porque ha tenido que hacer una pirueta rara. Y tanto, porque de la olla sólo se ha volcado el conejo. Milagrosamente el caldo y las patatas siguen en su sitio…

La solución imposible de Gandhi

El hombre había esperado todo el día para plantearle su problema a la única persona que podía entenderlo. Estaba en la explanada abarrotada de personas que esperaban el discurso de un hombre minúsculo, ataviado con unos pobres ropajes, a la forma tradicional de la India. El orador, el hombre santo, hablaba de resistencia pacífica, de no violencia. De perdonar y amar a tu prójimo. Por eso quería hablar con él, porque era un caso perdido.

foto: La Vanguardia.com

Después del discurso de Gandhi esperó todavía muchas horas ente la enorme cantidad de personas que lo querían saludar, recibir su bendición o simplemente tocar al pequeño hombre que se había convertido en el adalid de la paz en el mundo. Cuando llegó a su altura fue Gandhi el que se dirigió a él, como si supiera que su vida dependía de la respuesta que buscaba del hombre sabio.

– ¿A qué vienes a mí, hijo? Por tus ropas y modales pareces un hombre acaudalado. ¿Qué buscas?

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– Bapú (Abuelo). Busco tu consejo para mi redención. Dices que no hay caminos para la paz, que la paz es el camino. Que todo el mundo puede redimirse, pero en mi caso es imposible.

El hombre explicó que vivía apesadumbrado por los remordimientos de sus actos en una etapa previa de su vida. Era de una posición acomodada en la sociedad, de una de las castas más altas de la india. Durante muchos años había vivido cegado por el odio que los líderes políticos y religiosos habían proclamado contra los musulmanes. Había cometido actos terribles antes de arrepentirse e iniciar una nueva vida. Formar una familia de mujer y dos hijos. Pero su pasado le seguía atormentando.

Toda redención es posible si eres honesto y actúas como debes, hijo- contestó Gandhi.

Pero el hombre expuso abrumado al santo que eso era imposible para él. Que esas palabras no valían para su caso, aunque estuviesen pronunciadas de labios del padre de la nación India. Del que los unía a todos.

El hombre confesó a Gandhi con lágrimas en los ojos y en el alma su pecado. Durante un acto de exaltación política contra los enemigos, mató a un niño musulmán. – Eso no tiene redención posible, maestro. ¿Cómo se puede revertir esa situación? Ayúdeme mahatma, esta desazón me está destrozando. El problema es mi familia. Si estuviese solo hace mucho que ya hubiera acabado con mi vida.

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Gandhi se rascó la calva y miró al hombre con una profunda ternura y comprensión. Meditó un momento y puso su escuálida mano en el hombro apesadumbrado que solicitaba su ayuda.

Todo tiene remedio, hijo. Si eres honesto. ¿Estás dispuesto a todo para enmendar tus actos de pasado? – El hombre asintió, absorto, incapaz de creer que la solución fuese posible.

Tú eres hindú y educas a tus hijos conforme a los preceptos del hinduismo. Te daré la solución. Escoge a uno cualquiera de los niños parias que vagan sin familia por la calle. A uno que vaya a morir de hambre en los próximos días. Acógelo y edúcalo como a uno más de tus hijos…

-¿Así de sencillo, maestro? – Interrumpió el hombre-

-No he acabado, hijo… Acógelo y edúcalo honestamente en los principios de la religión musulmana. Será un acto de expiación, y os hará aprender tolerancia a toda la familia. Hindúes y musulmanes unidos.

El hombre así lo hizo. Incorporó a su familia a un nuevo miembro. Afrontaron entre todos muchos problemas de discriminación en la sociedad polarizada india, pero aquello los hizo más fuertes. Aquel niño de la calle llegó a ser un importante líder musulmán que firmó los tratados de paz con los hindúes y pudo conseguir el sueño de Gandhi de una sociedad que no se odiaba por motivos de religión. Fue fácil para él. Siempre había aprendido que lo importante era la convivencia de la familia.

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Cuentos del Cabo Hueso (II). El pastorcillo desconfiado

Los más jóvenes no lo sabéis, pero este es un país donde hace poco se pasó hambre. Y muchos de nosotros la llevamos en el código genético arrastrada de varias generaciones. Estos relatos del Cabo Hueso, genial cantero fallecido hace un año, describen una realidad que espero que nunca se repita. Por desgracia no son inventados.

El pastorcillo desconfiado.

El padre le dice al menor de los cuatro hermanos, de seis años, que como ya es grande le toca hacerse cargo de las ovejas para llevarlas a la tiná del otro lado de los cerros para estar de vuelta a los tres días. El pastorcillo se echa a llorar desconsoladamente.

Noooo, que seguro que hacéis matanza o algo mientras estoy fuera y no me guardáis na.

-Que no Pedrete, que si hacemos algo te vamos a guardar una fuente con copete. De to lo mejor. Pa que te hartes.

-¡Que no, que me engañáis!

-Vamos Pedrete, no seas desconfiado. Que te vamos a guardar un cerro de comida de lo que hagamos. Por estas.

Pedrete acepta a regañadientes y sale con las ovejas camino del valle chico, pero volviendo la cabeza cada dos por tres hacia el cortijo, mientras palpa el flaco peso del zurrón: un trozo de tasajo de cordero ahumado a la lumbre, un cuarterón de pan y un trozo de tocino rancio. Se rasca la barriga y piensa que es poca cosa para tres días. Pero, como le dijo padre: hambre que espera hartura no es hambre…

Imagen: Traveler.es

Finalmente regresa a los tres días a la hora de la cena, según lo convenido y sin novedad. Lo reciben padre y los hermanos con muchas alegrías, muy decididos a agasajarlo.

-Mira Pedrete, lo que te tenemos preparado. Siéntate. Le sacan una fuente de garbanzos, con sus buenos trozos de gallina. Y un gran plato de galianos. -¿Ves Pedrete?, lo que te habíamos prometido.

Pedrete rompe a llorar, un llanto quedo, testigo de una tristeza infinita. Sabedor de que las lágrimas, como el agua en esa tierra reseca, nunca serán suficientes, por mucho que se viertan.

-Pero Pedrete, ¿por qué te pones a llorar, con el pedazo de fuente de comida que te hemos traído?

El pastorcillo amaga un puchero y contesta:

Porque estoy pensando que si toa esta comida que me traéis es lo que ha sobrao, cómo os habréis puesto vosotros de comer estos días…

Imagen. vidapositiva.com

Carta de un consentido

Esta es una nota de agradecimiento público-personal que os debo al acabar una etapa de cinco años como vicedecano. Echando la vista atrás francamente tengo que hacer este ejercicio, no ya exclusivamente a nivel individual, sino mostrado a todos lo que habéis hecho de forma conjunta. Porque eso habla sobre lo que somos, algo de lo que estoy absolutamente orgulloso. Lo escribo porque una de las cosas coherentes que se aprende con los años es agradecer toda la ayuda y la labor profesional, callada y abnegada en la mayor parte de los casos. Porque aparte de justo, es el único pago que tienen a veces esas acciones.

Estos años hice la locura de sustituir en el cargo a un Kriptoniano hiperactivo (hiperactivo ya en el planeta Kripton, imaginaos cuando se le multiplican los poderes en la tierra) como a D. Manuel Rodrigo, y para ello conté con TODA vuestra ayuda. A nivel personal considero que es una etapa que te forma y que te hacer aprender y valorar muchas cosas y a muchas personas que se encargan de que todo esté a punto. Todos deberíamos pasar por un período así para luego opinar sobre el funcionamiento de las instituciones. Algunos volverían a descubrir que los calcetines no caminan solos mágicamente a la lavadora, que resulta que alguien hacía ese trabajo.

Y sobre cómo me habéis facilitado la labor quiero describir brevemente algunos ejemplos ilustrativos. Siento emocionado que he contado con vuestro apoyo más allá de lo estrictamente necesario. En el equipo decanal he encontrado personas sensatas, al final buenos amigos, que han sabido contenerme y comprenderme mejor que otros que me conocían de toda la vida. Trabajar así es un lujo, y fue a lo largo de muchas etapas muy diferentes. Os he(mos) vuelto locos, sobre todo en estos últimos tiempos de papeleos estúpidos de tiempos difíciles, pero habéis asumido todos los cambios de timón impuestos sin rechistar un ápice, arrimando el hombro. Trabajar así es muy fácil, demasiado fácil.

Tanto, que a la hora de planificar las jornadas de iniciación a la experimentación tuve que parar yo el carro, porque cuando os pedimos un esfuerzo para traer a más personas demostrasteis que somos los vascos del sur: pasamos de 100 a 400 personas. A coste cero, como siempre. Siempre recordaré cómo se preparaba todo, la cara de ilusión con la que hacíais vuestro trabajo pese a lo que llevarais por dentro. Como cambiabais turnos sin rechistar cuando había algún error en el maldito cuadrante. O como estabais al pie del cañón porque tocaba, aunque una hija vuestra se casa al día siguiente. Ojalá hubiese este tipo de profesionales en otros ámbitos… mejor nos iría.

Es impresionante como nos habéis facilitado la labor. Me he sentido querido, protegido, y lo mejor que todo es que siempre con una sonrisa por parte de todos (con razón o sin ella por mi parte, eso es lo grande). Aprendiendo además (y me pagan por lo contrario) sobre las cosas importantes de la vida, sobre cine, pintura, jardinería, fotografía, o filosofía vital y hasta sobre política de la de antes. Y todos sabéis que esto es muy difícil en este gran campo de egos que somos a veces. Como dijo Homer Simpson cuando le hicieron decano de un equipo de fútbol, algunas cosas las hubiera hecho sin cobrar, o pagando; pero no lo comentéis que veo que todavía me cuesta los cuartos.

En resumidas cuentas impagable, pese a que intenté valorar algunos milagros administrativos de Pedro en cerveza. A ver cómo le explico a Toni que te debe 327 cañas hasta que dejé de contar… Ya lo tenía claro cuando llegué, pero pude comprobar que independientemente del papel que representamos,TODOS somos iguales. Que todos tenemos el derecho a opinar y a ser escuchados. Que esto es sólo un trabajo y que muchas veces el personal de limpieza es el que más sabe de la Universidad, entre otra cosas.

Alguien dirá que exagero y que lo único que faltaba es que me hubierais dado vuestra sangre. Pero es que lo hicisteis. Aquí lo cuento. Una de las cosas de las que estoy más orgulloso es de las campañas de donación que organizamos junto a la gran Elena Madrigal y su equipo. La administración de la UCLM o la biblioteca se volcaron para ayudarnos, y pese a alguna persona importante que lo consideraba un engorro, tuvimos un éxito abrumador. Incluyendo por supuesto a los alumnos, esos que decimos que ya no son solidarios. No me negaréis que esto es algo más que complicarse o que mancharse las manos. Poco más se os puede pedir y yo ya no tengo palabras.

En fin, que quería compartir algunos pequeños ejemplos de lo que somos capaces de hacer los que pertenecemos a esto. De vosotros. Y recordar que la grandeza no viene de la excelencia científica o de las publicaciones, sino de la calidad humana de las personas. Y en eso os aseguro (para muestra estas anécdotas entre miles de cotidianas), andamos sobrados. Un poco locos, pero sobrados. Ha sido un orgullo trabajar con vosotros.

Cuentos del Cabo Hueso (I). Las sopas Berrendas

Los más jóvenes no lo sabéis, pero este es un país donde hace no mucho se pasó hambre. Y muchos de nosotros llevamos en el código genético, -junto a una sed infinita que jamás se saciará por mucho que llueva- un hambre arrastrada de varias generaciones. Estos relatos del Cabo Hueso, genial cantero fallecido justo hace un año, son cuentos que describen una realidad que espero que nunca se repita. Por desgracia no son inventados.

Las sopas Berrendas.

Un padre y seis hijos se arremolinan en una cocina destartalada y llena de suciedad en torno a una mesa coja. Están repartiendo la comida, si es que se le puede llamar así. Un par de patatas y unos cardillos hervidos en el caldero de barro para los siete. Y suerte que pueden repartir un chusco de pan duro como el pedernal, cortado con la navaja de padre. Caen a la mesa migas de lo que fue una hogaza, duras como virutas de madera. Aquello es como jamón para los pequeños, que se pelean por recoger ávidamente. Huele a humo de leña verde en la habitación. Hace frío, hace hambre de la que ha calado hasta los huesos. El mundo es gris para los niños sucios que han parado de trabajar para comer.

El padre reparte en los platos un cazo de caldo casi sin color, donde con suerte flotan un par de trozos de patata, naufragas de lo que debería ser una comida en condiciones. Es lo que hay. Por lo menos están calientes, eso sí, usando los peores trozos de leña, que los otros hay que venderla. En cuanto acabe la comida la llevarán en haces atados a la espalda, una procesión de hormigas con un peso perfectamente estudiado para que cada porteador lleve el máximo de carga a su destino.

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El padre dice “Amén Jesús”, y en dos minutos ya no queda nada en las escudillas. Los chicos miran en silencio el puchero vacío en el centro de la mesa.

«No os preocupéis hijos, cuando vendamos la leña ahorraremos para comprar una mula. Con ella podremos cargar más leña y ganar más dinero. Y vamos a comer en condiciones. Os voy a hacer sopas Berrendas».

-¿Sopas Berrendas?

-Sí hijos, sopas Berrendas. Es una sopa en un plato grande, hondo. La sopa lleva fideos, gordos como el dedo de Manolín. Con un montón de garbanzos que parece un cerro. Y ajos sofritos. Y trozos de gallina desmenuzada. Y un trozo de tocino rancio para cada uno, que deja un charco de grasa por encima del plato.

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-¿Y qué más, padre?

-Y un trozo de picatoste bien sopado en el caldo, de dos dedos de recio. Y encima de todo, un huevo frito de dos yemas y un chorizo.

Se hace un silencio religioso en la mesa. Los chicos miran el puchero vacío como si fuese una pantalla donde se proyectan imágenes de un cinemascope tridimensional. Más reales que su vida. Padre está absorto en sus pensamientos, lleva un rato ensimismado. Los chicos, con los ojos churretosos muy abiertos mastican el aire, con bocados sonoros y mucho lameteo. El padre sigue en silencio.

-Padre, ¡Padre!

-Dime, Manolín.

Cuéntenos un poquito más de las sopas Berrendas…

Let’s go home, Debbie (Chencho ha aparecido)

Esta es una carta de agradecimiento que os debía por ser partícipes del pequeño milagro que conseguimos entre todos, haciendo precisamente lo que hacéis ahora mismo: leer y difundir el contenido de un artículo de este modesto blog.

Hace unos meses un buen amigo, José Luis Vázquez -el crítico de cine-, me puso al corriente de las graves circunstancias por las que atravesaba. Era consciente de ser uno más entre tanta gente que vive una situación económica crítica. Este gran hombre reflexionaba sobre el hecho de que podía haber sido peor si hubiera tenido cargas familiares, reconociendo con nobleza que había gente incluso peor que él. No me pidió nada, simplemente se desahogó conmigo tomando un café y me comentó su drama personal, un desenlace casi fordiano que muchos ya vaticinábamos con preocupación de una vida de funambulista sobre el alambre de la cultura. Paradójicamente, hasta poco tiempo antes su difícil situación laboral lo había hecho sentirse más despierto, más vivo y útil que nunca. Sin poder acomodarse ni relajarse un segundo. Los pocos pistoleros que continúan en el oficio pasados los cincuenta siempre son respetados por peligrosos, que por algo más que suerte han sobrevivido en su largo negocio. El problema es que la misma experiencia te decía que esta vez era la última, y que ni agarrando las riendas entre los dientes para disparar a dos manos ibas a sobrevivir a la última carga a la que te disponías.

Desenlace fordiano

Me lo contó con un amago de sonrisa en la cara. “Malos tiempos para la lírica”, -dijo-. Ni siquiera permitió que pagara el café, y me invitaste al mío. Yo era conocedor de que eras uno de tantos, pero para mí no eras uno más por dos razones. La primera -y suficiente-, es que era mi amigo el que vivía esa injusticia, no una persona anónima. La segunda, que ese amigo es una persona especial, un referente cultural para una ciudad o para un tipo de arte: el cine. Que en otra ciudad o en otro tiempo serías alguien afamado; que lo que haces no era lógico, pero que habías dedicado tu vida a lo que muchos no tenemos el valor de apostarlo todo. Eso es amor (al cine), el que lo probó lo sabe, como dijo Lope. Estaba viendo depositarse pavesas ardiendo sobre una biblioteca andante y no me gusta ver arder una montaña de libros.

Imagen de El Roto

No me pediste nada -repito-, pero como amigo me decidí a hacer lo que hubiera hecho en mi situación el maestro Ford, al que finalmente nos encomendamos: decidí empezar una guerra. Una guerra contra todo y contra todos si hiciera falta. Era sabedor de que íbamos a perder, pero aquello me importaba francamente un carajo. Tu causa era mi causa, la de miles. Una causa justa por la que luchar. Y es imposible transformar un sable en un arado, como bien nos contabas en tus críticas.

Simplemente conté tu situación aquí, salpimentada de imágenes de tus películas y de tus comentarios. Os pedí por favor que divulgarais esa historia, convocándoos a hacernos fuertes en nuestro particular Álamo manchego. Y obrasteis el milagro. Acudisteis en legión, cabalgando en columna de a dos con el sol del desierto poniéndose a vuestra espalda desde muchos rincones de España y del extranjero (24 países en concreto). Solo tuve que levantarme para pronunciar el nombre de Espartaco Vázquez y de repente tenía más de seis mil amigos a mi lado. Gente que te conocía y gente anónima, conmovida por una historia tan simple que le podría pasar a cualquiera que alguna vez se hubiera emocionado en una sala oscura viendo fotogramas. Nos conmoviste porque eras cada uno de nosotros y cada uno de los héroes del celuloide.

José Luis Vázquez, cuando era un joven vaquero

Aquella marea creció, la gente quería aportar de la forma que fuese. Hubo hasta un debate abierto sobre la conveniencia de aprovechar la ocasión para establecer algún club cultural o resolver el agujero económico con una aportación que llegó a tener nombre: “la taquilla de José Luis”, al precio simbólico de una entrada. Algunas de estas aportaciones fueron hechas, repito, por personas que no te conocían. Como @fordianos, que acudió a ayudar desinteresadamente al oír el ruido de la pelea. Se había quedado una noche perfecta para urdir pequeñas traiciones…

Y como dijo Napoleón refiriéndose a los españoles, cuando nos atacan reaccionamos como un solo hombre de honor. Obraste el milagro de poner a remar juntos a gentes de todos los ambientes y condiciones, hasta políticos antes enemigos se pusieron codo con codo a aportar ideas o a ayudar con sabios consejos o asesoramientos. Tú estabas abrumado y avergonzado por recibir esas muestras de cariño en este tiempo tan duro, pero cada uno es responsable de cuidar sus cactus para que florezcan, y tú supiste regarlos todos.

Tras un carrusel de emociones en las que tocaste fondo administrativo y miles de alternativas más o menos factibles en las que nos afanábamos todos, diré en una elipsis de aquellas de arrancaban veinte páginas del guion, que el asunto se pudo resolver. Y menos mal, porque no quisiste aceptar un céntimo de aquella “taquilla” o de cualquier cosa que no implicara hacer tu trabajo o tu enfermedad: ser crítico de cine.

Consecuencia de nuestros desvelos hoy salimos ganando con un cineclub (Cineclub Mancha) que estoy seguro será un referente cultural, y algunas ideas adicionales que ya han hecho que empieces a transferir parte de tu mirada al formato redes sociales. Tenemos una segunda oportunidad para intentar que todo esto acabe generando un futuro que sea más valioso que nosotros mismos, espero que sepamos valorarlo y apoyarlo.

Con el logo de Cine Club Mancha

Pero vuelvo al principio, esto es simplemente para daos las gracias de corazón. Como no os conozco a todos me gustaría que volvierais a mandar la reseña a las mismas personas a las que enviasteis el primer mensaje, porque hay que congratularse de las buenas noticias, cada vez más difíciles, y hay que ser agradecido. Perdonad por la metáfora, pero a los que compartisteis esa película, la sensación que me queda tras todo esto es la de que Chencho finalmente ha aparecido. Un abrazo a todos. Ride away.

Duke y Duke