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La generación que estamos enterrando

Veo algunas imágenes en estos momentos difíciles y se me parte el corazón por algunas personas, las más jodidas. Las que siguen sin pedir, las que siguen dando.

Me refiero a la generación de nuestros abuelos. No es la primera epidemia que sufren, de hecho toda su vida ha sido una resistencia heroica. Nacieron en una España en ruinas, reventada por dentro y por fuera. La primera epidemia que pasaron fue la del hambre. Fueron los supervivientes de una brutal selección natural, por la cual lo habitual era tener un nacimiento y un entierro de un niño -un enterrico- al año en cada familia. Como modesto dato en la de mi abuelo materno nacieron doce pero sobrevivieron solo cuatro.

Comían lo que había, que era nada. Sus chuches eran las mondas de naranja que encontraban con suerte rebuscando en las vías del tren. Comían harina de almortas un día y el siguiente también, con suerte. Sufrieron muchas deficiencias vitamínicas y nutricionales que les convirtieron en bajitos y reconcentrados. Pasaron frío y los afortunados supieron lo que es el aceite de ricino y las pomadas para los sabañones. Preguntadles a los jóvenes si saben qué es eso. Caminaban descalzos al colegio y solo antes de entrar se ponían las alpargatas porque tenían que durar muchos años. Algunos tenían unos pantalones un poco más lustrosos que se ponían para salir los domingos, y se turnaban para compartirlos con los hermanos distribuyendo horarios para su uso.

Trabajaron como animales. Literalmente. Arañaban la tierra con rejos poco afilados o con manos desnudas de uñas negras; a veces sustituyendo a las bestias, con más ansia que estas porque se trataba de simple supervivencia. Jamás se quejaron. Al contrario, aprovechaban cada ocasión para compartir la miseria o un trago de vino o de cecina con un compañero convirtiendo cada ocasión en una fiesta, valorando los pequeños momentos como si fueran los últimos.

Fueron optimistas pero cautos, ahorradores. Acumularon cada migaja, pero no las disfrutaron, porque se las cedieron con gusto a la siguiente generación para que existiera futuro, para que tuvieran la oportunidad de progresar que ellos no tuvieron. Así los viejos aperos se cambiaron por máquinas, por tractores o cosechadoras que sustituyeron a las mulas, a las hoces y a las trillas. Cuando tuvieron que dejar de trabajar porque estaban literalmente reventados avalaron con su propia casa los préstamos de sus hijos para ampliar las fincas, comprar más maquinarias o montar un negocio. Incluso cuidaron de sus nietos o bisnietos porque sus padres habían malvendido herencias o patrimonios, y la siguiente generación fue de funcionarios o de familias mileuristas que tenían que sobrevivir trabajando explotados mientras los abuelos renqueantes seguían al frente, al cuidado de los pequeños. También avalaron los préstamos de los nietos para pisos carísimos de cincuenta metros con la ya vieja casa familiar. Hasta entonces los acogieron y siguieron haciendo tortillas y croquetas con manos temblorosas por el párkinson o devastadas por la artritis. Seguían tirando del carro, sin quejarse. Incluso ahora cosen mascarillas cuando serían descartados en los triajes por criterios de supervivencia. Pero saben que pueden ayudar y es su forma de vivir: aportar sin pedir nada y sin negar nada. Hasta el final.

Muchos de ellos cuando se dieron cuenta que no podían ser útiles, que eran una carga, tomaron la decisión de irse a la residencia con el corazón roto, pero sin dudar un segundo y sin derramar una lágrima porque era lo que tocaba. Allí están ahora.

Como a lo largo de su vida, también en estos momentos les ha tocado la peor parte. Cuando percibieron la gravedad de la situación (antes que nosotros) fueron los primeros que nos dijeron que no fuésemos a verlos a las residencias, para no propagar la enfermedad, pese a que sabían desde el principio que posiblemente ya no nos volverían a ver. Aguantan la cuarentena solos, enfermos, pero siguen sin quejarse. Con una atención precaria por el colapso sanitario. Están cayendo uno a uno. No les pueden velar sus familias. Como ejemplo paradójico de su infinito sacrificio se están enterrando solos, aquellos a los que les debemos todo, a los que hicieron posible que tuviéramos esta oportunidad. Y encima si pudieran nos animarían: “Son cosas que pasan”, es la ley de la vida que aprendieron a golpes. Pero te aseguro, amigo, que no los vamos a olvidar, aunque sea por propio egoísmo.

Me pregunto qué vamos a hacer sin ellos. Me pregunto cómo se va a sostener el primer mundo que nos regalaron cuando ya no estén. Para que lo despilfarrásemos todo. Para que dilapidásemos todo como si no hubiera un mañana, porque siempre los teníamos como red. Para que algunos egoístas sobreprotegidos de sucesivas generaciones olvidasen lo que cuesta ganar cada migaja que se llevan a la boca porque pagan otros. Para que encima algunos jóvenes que se creen inmortales al virus, se rían de ellos con sonrisa estúpida bromeando ignorantes con el IPhone que les regaló “el abu”, adivina con cuántos sueldos juntados de su paga de mierda. Y me preocupo seriamente por el futuro, igual que ellos se preocupan por el panorama que dejan. Reflexiono sobre las cosas que vemos estos días (y mucho antes), pensando que a nuestros abuelos no se las habrían hecho de jóvenes. Ni mucho menos, a gente con aquellos cojones y aquellos ovarios ni por asomo. Porque ganaron cada derecho literalmente con sangre. Porque cuando decían una cosa quedaba dicha para siempre. Porque protegían a los débiles, porque dentro de la miseria eran capaces de reconocer a la gente a la que había que promocionar por pura supervivencia del grupo. Porque hacían lo que había que hacer y punto. Porque aquellos hombres y mujeres despreciaban a los traidores y a los cobardes.

Ciudad Mad Max II: más allá del socavón del trueno

Será por el Covid, la luz, el gasoil o todo lo robado durante los últimos siglos. El caso es que cuando camino por Ciudad Real siento frío y tristeza. Parece que camino por una ciudad abandonada de las películas de Mad Max, o de la serie Walking Dead. El asfaltado de las calles es una piel áspera surcada por profundas cicatrices, violentos socavones, ondulaciones centenarias en el pavimento. Todo está sucio, languidece. Lleno de cadáveres de chicles, negros agujeros de bala en las irregulares baldosas que claman a gritos una ortodoncia.

El camino de baldosas amarillas

Hojas caídas arrastradas por el viento que se mezclan con papeles de hace muchos, muchos días, carteles electorales amarillos del OTAN NO. Papeleras abarrotadas que huelen mal, grafitis por doquier pintados por niños megapijos que no saben la diferencia entre en arte y el vandalismo, -ni la ortografía, dicho sea de paso-. La calle Avenida de los Descubrimientos, ella solita, está llenando el infierno por las blasfemias de los transeúntes, ciclistas y conductores. Agujeros dentro de agujeros. Grietas que si te asomas causan vértigo. Un campo de minas.

El crepúsculo de la cultura

En la calle Obispo Hervás -enfrente del Saint Tropez, para los que usáis mi misma clase de orientación barística-, hay un pozo que lleva a Australia (o al infierno) y se ha resuelto de momento poniendo un cono de señalización, que a las 24 horas estaba desplazado convenientemente de su sitio.

Quizás todo esto sea sólo un engaño para mis sentidos. Que este sea el estadio que precede a una nueva tierra. Que los profundos socavones que a su vez tienen socavones en el interior, no son sino el principio arqueológico de los nuevos pantanos que poblarán la tierra prometida. Que las enormes grietas en el asfalto son las líneas por las que discurrirán los ríos caudalosos de un estado futuro o el comienzo de la separación de nuevos continentes como cuando se dividió el Pangea primigenio. Incluso la Avenida de los descubrimientos igual está llamada a ser el circuito de resistencia más salvaje del automovilismo mundial, las 24 horas de Le Mans concentradas en 1,5 kilómetros.

Quizás me equivoco y se están empezando a cambiar las cosas. Pero es que no lo veo. Hace un año lanzaba aquí un mensaje de queja cuando una señora se cayó delante de nosotros en uno de los socavones enfrente de la Pérgola. He de decir que la reacción en Twitter por parte de alguien oficial fue inmediata, echándome la bronca por quejarme por ese medio y trasladando (con copia) al sitio donde se encargan de esas cosas y parece ser que se resuelven convenientemente. Pues la respuesta era muy digna, no lo discuto. Pero ya ha pasado un año y el socavón sigue en su sitio. Creo que el accidente geográfico (nunca mejor dicho) está un poco más alto, cosas de la tectónica de placas o de la deriva de los continentes. El caso es que la leyenda dice que desde su cúspide se ve el Mulhacén, y en días especialmente despejados, África.

Uno de los 5500 baches, el de enfrente de La Pérgola

Esto –por favor no me malinterpretéis-, no es una crítica a ninguna corporación municipal en particular, si acaso a todas: los agujeros y la porquería amontonada debajo de los coches y en las aceras tienen estratos de muchísimos períodos electorales. Pero comprended mi problema: no me quito de la cabeza la cara sangrando de la señora mayor, su cara de tristeza infinita, sus ojos verdes que quizás sabían que eso era el comienzo de algo no bueno. Eso me genera una ternura infinita para con el matrimonio y un encabronamiento y una vergüenza personal como contribuyente. Un buen amigo dice que igual lo único que se puede hacer es poner sábanas a los edificios y tirar asfalto desde helicópteros. No lo sé, el caso es que lo único que se me ocurre decir a los profesores extranjeros que nos visitan es que somos un escenario gigantesco para la próxima peli de Mad Max, o hilando fino, que estos son los restos devastadores del entrenamiento de la Legión Cóndor antes de su periplo de norte. ¿Creéis que va a colar?

El misterio de la fábrica de chocolate (O cómo el cacao tapó el agujero de ozono)

Os contarán muchas cosas sobre mí. Casi todas son ciertas, aunque nunca creáis todo lo que os cuentan. Dicen que soy un brujo, que soy un mago, que transformo el mundo…Todo empezó en la misteriosa visita a la fábrica de chocolate. En Ciudad Real, una historia de locos.

Electroespíritu C10, jefe de los KimiKoms (foto: Hellboy)

Pues allí empezó la magia, en una visita con los compañeros del instituto. Conocimos a unos seres misteriosos que vestían de blanco y vivían en la fábrica de chocolate, los KimiKoms. Estaban liderados por el electroespíritu C10, y su equipo C9-CHO. Ellos eran poseedores de las fórmulas secretas y las compartieron con nosotros. En sus laboratorios soleados, llenos de vidrios transparentes, nos enseñaron a transformar una enorme e insípida semilla de cacao en el chocolate más sabroso del mundo. Debíamos pasar para ello las siete pruebas.

El comienzo de LAS SIETE PRUEBAS

Practicamos su ciencia con ellos. Todo se mide, todo tiene su receta si eres capaz de observar y transmitirlo. Y esa transformación tuvo lugar delante de nuestros propios ojos: la separación de la manteca de cacao, la caramelización o la formación de aromas, como si fuéramos sastres del aire. El contenido de lecitina o el análisis de fenoles, para asegurar que el sabor haría sonreír, -y quizás algo más-, a aquella persona que me gustaba. Tamizado, secado, flow mágico que transforma, que crea el mejor chocolate del mundo.

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Procesos químicos, analizar y engarzar moléculas como las cuentas del tatoo que llevas en tu espalda. Estudiar los alimentos, ciencia que huele a pan recién hecho, a horno de pastelería. A salud. Y fabricar a gran escala, como los antiguos ingenieros del mundo, en instalaciones que pueden producir chocolate para toda la galaxia. Ese es el secreto del que fuimos testigos. Y lo más importante: saber que todo el mundo es de chocolate. Que todo empieza en lo pequeño, que todo se puede fabricar por los locos alquimistas. Que todo alimento que comes se convierte en ti, que todos los procesos del mundo son como esta fábrica de chocolate…

Pasé las siete pruebas. Me gustó tanto el chocolate que decidí aprender a fabricarlo y convertirme en KimiKom. Primero fui bata gris hasta convertirme en KimiKom de bata blanca. Tenían razón. El mundo entero es una fábrica de chocolate, porque todo tiene una receta con la cual se fabrica. Cuando decidí eliminar el problema de la contaminación siguiendo esas reglas, algunos dijeron que estaba loco, porque quería transformarla en chocolate. Pero el secreto que me enseñaron hablaba de reciclaje, de sostenibilidad. Las fórmulas que eliminan el CO2 de la atmósfera y crean energías limpias. Me llevó un tiempo, pero todo era cuestión de encontrar la receta adecuada y de seguir los procesos que aprendí en la fábrica de chocolate.

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Yo fui el que resolvió el problema mucho años después de aquella visita. Nuestros abuelos nunca hubieron imaginado que el agujero de ozono fue tapado por una inmensa pepita de chocolate… Y ese fue solo el comienzo de mi historia. ¿Quieres conocer la fábrica? ¿Te atreves a pasar las siete pruebas? Asómate a este mundo en 3D mediante este enlace. Pero cuidado, una vez que pruebas este chocolate, nunca vuelves a ser el mismo…

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Cuentos del Cabo Hueso (V). El extraño suceso

Los más jóvenes no lo sabéis, pero este es un país donde se pasó hambre. Y muchos de nosotros la llevamos en el código genético arrastrada de varias generaciones. Estos relatos del Cabo Hueso, genial cantero fallecido hace dos años, describen una realidad que espero que nunca se repita. Por desgracia no son inventados.

El extraño suceso.

El cantero descansa en la placita la tarde de domingo, a la sombra protectora de un sol de justicia de agosto, que cae a plomo sobre el granito. A quemarropa. Con casi tanta violencia como el hambre.

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El grupo de hombres sestea en los soportales de la placita de Ventas. En aire es denso, lento. Se diría que ralentiza el tiempo. Solo se oyen chicharras y un zumbido de fondo que surge con el calor y nadie nunca supo de dónde venía. Las calles están desiertas a esa hora. No hay nada que hacer que no sea trabajo, claro. Todo lo demás cuesta demasiado caro. Hay que ahorrar para hijos y nietos. Para los que leéis esto. Quizás de eso habla el zumbido, la banda sonora de aquellas vidas.

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El cantero se apaña la chaqueta para que le quede mejor, intentando acomodar los brazos en un gesto que uno de los hombres asegura que vio en el cine a Bogard. Esa faena resulta imposible con la única raída chaqueta. Imposible para ese menester unas manos llenas de callos y de heridas de trabajar con piedra vida. Unos brazos que pelean a diario con granito son difíciles de acomodar en formas de galanes. El cantero tiene menos de 20 años, pero hace mucho que es un hombre. A los trece marchó a trabajar en la piedra a ese pueblo, que era pujante. Se marchó porque los hombres grandes con los que trabajaba antes (alguno escasamente pasaba los veinte), le trataban mal en el trabajo, pese a que rendía a su mismo nivel. Le daban las sobras de su comida. Era aprendiz y casi no cobraba, pero consideraba que lo de la comida no estaba bien. Por eso se fue a Ventas. Y precisamente por venir de familia de canteros y saber bien el oficio, tuvo inicialmente problemas para encontrar faena en un pueblo del gremio. Porque las rivalidades son excluyentes y envidiosas. O eres de Marcial Lalanda o de Domingo Ortega, a ver si alguno se va a molestar. Pero por fortuna sus manos y sus obras hablaban por él, y aquello pasó a la historia. Ya era uno más, respetado, qué remedio. Podía permitirse hasta descansar el domingo por la tarde a la hora de la siesta.

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Aquella tarde sucedió el acontecimiento. De repente vieron pasar un hombre corriendo. Y al poco, un grupo de hombres corriendo detrás de él. No era para pensar. Por supuesto, el cantero y el resto de los de la plaza salieron corriendo detrás del pelotón perseguidor. Algo gordo pasaba.

Sesenta años después todavía recordaba aquel día donde sucedió ese acontecimiento extraordinario. Y le repite a su hijo la misma respuesta cuando alude al tema:

– Pero bueno, ¿Al final qué pasó?

Nada, hijo, que el hombre se paró…

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El método de inglés de Paco, el que se fue a Alemania

Es sorprendente lo mal que se habla inglés en este país. Independientemente de que eso sea hoy necesario por una desacertada cadena histórica de incidentes que incluye la muerte de D. Álvaro de Bazán y una tormenta; que de no haber salido cruces el inglés hubiera sido como el latín. Pero esa es otra historia.

CV de Álvaro de Bazán, formato breve

Y el bajo nivel no es por falta de formación, ni de estudios ni de academias, no. Que todo el mundo joven lleva media vida estudiando, viendo pelis y cantando en inglés. Y ahora con el reguetón está de moda lo que hablan los delincuentes y analfabetos de origen dominicano en el Bronx. Hasta las niñas de los pueblos de la mancha profunda te dicen “Oh, my God”, o wasapean OMG. La cresta de la ola. Pues no hablan, ni entienden. Del reguetón parece que sí, pero a ver si es que ese a ser inglés inventao, como dijo el genial Gila. Y lo del perreo yo creo que es por culpa de tener lombrices sin una vela a mano, pero bueno.

Te has tirado toda la formación hasta la universidad estudiando 4 horas semanales más actividades extraescolares, obligando a tu padre el pobre que decía “Yon Baine, el del oeste”, a avergonzarse delante de otros padres para ayudarte en la obra del colegio. Como todo es poco para mi niña, a la academia durante la uni. Y cuando acaba el grado de tres años en siete, hay que seguir.

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Se gastó los ahorros de un viaje soñado con tu madre en que fueras a esos campamentos de verano en Irlanda en los que conviviste con otros españoles y consolidaste las reglas internacionales del mus y la composición química del calimocho. Es lo que tiene estar todo el tiempo entre españoles, que Dios los cría… Tu erasmus lo costeó el soñado coche nuevo y arreglar la casa, pero volviste muy moderna (o rara) y el caso es que todos tus compañeros de piso en Londres también eran españoles o italianos. La cosa es que parece que entiendes, pero que no arrancas del todo a hablar, como los chicos de dos años. Será necesaria más academia, seguro.

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Pues os voy a proponer el método de Paco, el que emigró a Alemania. Muy sencillo. Sin libros. ¿Sabéis en qué consiste? En hambre. En tener miedo. En creer que no lo vas a lograr, que es imposible, que eres un mierda porque estas solo, pero de ti depende una familia en España. Consiste en pasar penurias. Académicamente se puede llamar “aprendizaje por inmersión”, aunque hay que echarle valor para tirarse de cabeza sin saber si hay agua y sin saber nadar, por supuesto. Y los ovarios gordos tiran hacia abajo, os lo aseguro.  

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Os cuento las fases, que he vivido algo a menos escala o me lo han contado. Primero no entiendes nada. Incredulidad e ira. Te cabreas con todo, y le echas la culpa a ellos que encima pasan de ti y se ríen. Siguiente fase la de los lamentos: blasfemas en todo, te acuerdas de los tuyos y lloras recordando, pero no puedes volver, porque casi no te da para el billete. Hacer una mínima cosa te cuesta literalmente sangre. En la siguiente fase ya no protestas, porque te has dado cuenta de que no vale para nada y ya no tienes fuerzas (el criterio de triaje de los médicos atiende primero a los que no se quejan porque están jodidos de verdad). Intentas concentrar el hilo de fuerza que te queda en no derrumbarte y en escuchar y aprender algo. Las pocas cosas que has aprendido no las olvidas. Fase anal: Te agachas despojándote de orgullos patrios, aprietas los puños, te da igual lo que digan de ti y aprietas el culo lo que haga falta. En ese momento es cuando Dios o el demonio reconocen a los suyos y te echan un capote, casi siempre el demonio cabrón. Empiezas e entender, la gente se halaga porque empiezas a hablar bien y toma interés por ti porque tú lo haces por ellos.

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Cuando crees que sabes, hay una fase crítica en la que de repente no entiendes nada otra vez y crees que todo es una mierda y que no ha valido para nada. Aprietas el culo más, por inercia. Pero lo que no sabes es que eso se debe a que hasta ahora la gente te hablaba despacio para que entendieras, y que ahora te empieza a considerar igual que ellos en el idioma y por eso no tienen ninguna consideración. Es el mejor elogio porque en poco tiempo los entiendes, otra vez. Y ahora el idioma nunca se te olvida, porque está asociado a vivencias y miedos que muchos tardarían vidas en cubrir por eso de la sobreprotección.   

Haced como Paco, el que vino de Alemania y montó el taller. Sus hijos heredaron un buen negocio y dilapidaron un capital. Sus nietos van a academias otra vez para intentar hablar como el abuelo.

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Ella, sirena

La llamaremos Irenia, en homenaje a la Vieja Sirena de Jose Luis Sampedro. Porque ella es su Irenia. Pertenece a esa estirpe de sanadoras de cuando los antecesores de los humanos y sus Dioses vivían en el mar. Su cuerpo no llama la atención, pero su cabello y sus ojos claros hipnotizan a quienes los contemplan. Toda la profundidad del mar está en esa mirada, toda la luz de sus playas; toda la alegría del cálido atardecer en su hablar cantarín, sonoro. Cuando te mira sabes que la existencia tiene un propósito, recuerdas aquello a lo que estamos predestinados desde el principio de los tiempos. El secreto que la vida que olvidamos cuando fuimos expulsados del paraíso. Olvidas las mezquindades, las ansiedades del trabajo, la envidia, el odio. Te das cuenta de que el dinero no tiene valor, que lo que cuenta es el tiempo. Que solo existe el ahora. Que la maquinaria entera de universo confabula para que tengas este momento. Ella te mira en esta hora en la que sufres y aceptas la vivencia como un tramo del río en el que nos movemos camino hacia las estrellas. Y el dolor desaparece.

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Tiene un trato, un vínculo, una mano especial para con los niños y los ancianos. Es llegar al cabecero y se tranquilizan, quizás porque la reconocen. Porque ambos están más cerca de donde vinimos. Unos todavía no se han domesticado por la maldita vida, y los otros ya están olvidado las falsedades que nos han enseñado. Les toca, les acaricia el pelo. Juega con un mechón de los cabellos del enfermo ensortijándolo como si fuera propio, absorta en sus pensamientos. Caes en la cuenta de que es algo más que empatía o afinidad. Simplemente forma parte de su mundo, que está inmersa con ellos, sumergida en el líquido amniótico que nunca nos dejó de proteger. Porque todos venimos del mar, todos somos parte del mismo ser-universo.

Habla de forma calmada, de ayudarnos los unos a los otros. Y sonríe. Quizás, como la protagonista de la novela, su cuerpo pueda tener cicatrices sonoras, o incluso muchos nombres que corresponden a innumerables vidas: Irenia, Ishtar, Shanna… Pero no cabe duda de que la mirada es la misma, independientemente de momentos o personas. Las gotas son diferentes, pero el agua que conforman siempre será la misma.

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Los pacientes experimentan una milagrosa mejoría cuando los visita. Calma el pulso, hace reflexionar sobre todas las vidas vividas y sobre todo lo que has vivido en la actual, que está contenido en tu ahora, en este instante en el que te contempla. Aprendes desde dentro, vives, quizás, de una forma diferente, primitiva. Hasta que se sincronizan los biorritmos de la naturaleza, o es que caemos en la cuenta de que culpábamos a las estaciones por su inconstancia.  Al final la rueda gira y los salmones vuelven a remontar el río, atletas saludables camino del desove. Siempre diferentes. Siempre los mismos. Los pacientes vuelven a casa. El único problema cuando abandonan el hospital es que todos sufren una extraña sensación de melancolía por cuando estaban enfermos. Echan de menos a Irenia.

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Hace frío

Hace frío. Con la excusa de la guerra y de no se qué zarandajas energéticas nos amenazaron con recortes en investigación y en calefacción si la cosa seguía así. La culpa era nuestra por no ahorrar, aunque alguno de los compañeros que había usado un calefactor en su puesto de trabajo juraba y perjuraba que era porque tenía frío. Pobrecillo.

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Por su culpa, por la de todos, han cortado la calefacción. También la de los estudiantes. Tenemos frio. Como la situación no cambió y no pudimos ahorrar suficiente dinero para hacer frente a los gastos de energía, nos congelaron el dinero de nuestros proyectos de investigación. Por desgracia, como esas partidas son tan pequeñas, tampoco permitió siquiera el costoso proceso de encender las calderas de los edificios, y nos vimos abocados a olvidar para siempre la investigación y continuar dando clase en aulas heladas. Una pena, porque estábamos a punto de pasar a fase clínica la vacuna sobre el nuevo virus, pero fue culpa nuestra.

El invierno se recrudece y se alarga más de la cuenta incluso en primavera, tiene que ser consecuencia del calentamiento global. Estamos quemando libros para calentarnos, haciendo corros en torno a fogatas donde se transmite oralmente el conocimiento, como al principio de los tiempos. Lo último fue cuando cortaron la luz, y tuvimos que seguir dando clase en penumbra, aborregados buscando el tibio calor de los cuerpos en círculos improvisados en las aulas desiertas porque lo primero que quemamos fueron los muebles.

El mundo es frio y es oscuro. Bajamos a los sótanos, a la oscuridad de las cuevas. Seguimos transmitiendo la cultura de forma oral. Los rescoldos de las últimas brasas son el único soporte docente que usamos. El rojizo claroscuro de la débil luz proyecta fugaces sombras que dibujan en la mente de profesores y estudiantes el mundo de las ideas, de la ingeniería. Pasan revista a los acontecimientos de la historia de un mundo lejano para que no se pierdan sus recuerdos. Un mundo que ya no existe salvo en las sombras que nos muestran las brasas. A veces dudo que alguna vez existiera. Lo único que mantiene mi fe en ese mundo es el sentimiento de culpa que permanece.  

Carta a un hijo que no conocerás nunca (II)

Querido hijo o hija. Se paciente, porque solo mucho tiempo después de que leas esto entenderás su auténtico significado. Quizás estas líneas sean mi único legado, lo único mío que tienes. Y ten en cuenta que ni siquiera nos hemos conocido. Estas palabras intentan explicarte, intentan saludarte y a la vez son una despedida. Básicamente debería justificarte por qué no estaré contigo, en cada uno de tus momentos: en tu nacimiento, durante tus primeros pasos, en tus primeros fracasos y tus primeras victorias. Por qué no tienes mi compañía, mi mano firme que te sostenga, mis consejos, mis reprimendas o incluso mi ejemplo para hacerlo añicos y mejorar desde mis errores o mis prejuicios.      

La mano que te sostiene

Antes de que supiera que existías partí hacia el otro extremo del océano. Unos hombres necesitaban ayuda y pidieron auxilio al mundo para combatir la injusticia, para luchar por la libertad. Las instituciones y los gobiernos callaron por no alterar el orden supuestamente establecido, el equilibrio globalizado. Pero yo acudí, como no podía ser de otra forma, junto a muchos otros compatriotas, al igual que hicieron nuestros abuelos hace mucho cuando dejaron todo para ir a España.  Formamos el II Batallón Abraham Lincoln. Partí a un guerra, hijo. A un país de otro continente llamado Ucrania.

Empire State. Gestos, solo gestos

Si fracaso, si perdemos, vivirás en un mundo gris y te contarán muchas cosas malas sobre mí. Sobre la gente como yo. Nunca creas todo lo que te dicen. Quiero que sepas que la noticia de tu gestación fue la más feliz de mi vida. Tuve la posibilidad de regresar a casa, pero decidí quedarme. Aún a riesgo de no regresar, de dejar un hijo huérfano, como es el caso si es que estás leyendo esta carta. Eres un hijo deseado. Por eso no te puedo fallar. No puedo regresar a casa y abandonar a la gente que muere por construir un mundo mejor. Precisamente ahora que tú vas a llegar no puedo permitirlo. Quizás mi única enseñanza, el único ejemplo honesto que puedo legarte sea este, aunque conlleve mi muerte: nunca abandones tus ideas. Soy un brigadista. Un defensor. Mejor defender aquí y ahora que retroceder cobardemente, esperando luchar en casa cuando ya sea demasiado tarde. Si debo pedirte perdón no es por luchar aquí, sino por no haber sido capaces de luchar antes para evitar llegar a este punto, por no legarte un mundo en el que los hechos valgan más que las palabras o que el sucio dinero. Te mereces algo mejor que lo que nosotros tenemos.

Cuando se aprende a llorar por algo también se aprende a defenderlo (Barricada)

Estas noches pienso mucho sobre todo. Me gustaría que esto no fuese necesario. Lucha por esta idea y por los que creen que otro mundo es posible, los que se ponen del lado de los débiles. Nunca pidas lo que no te hace falta. Nunca niegues ayuda cuando te la piden como yo no la negué. Cueste lo que cueste.

«Agradezco a vuecencia su generoso ofrecimiento, pero le ruego un poco de paciencia. Dentro de poco estaremos todos muertos y entonces hablaremos de capitulación…»

Las cosas están muy mal. Estamos perdiendo, o quizás ya hemos perdido. Puede que ya lo hayamos hecho desde que empezamos. Por eso son tan importantes los gestos ahora. Los mártires son inmortales en la mente de los demás. Quedamos muy pocos con los soldados ucranianos exhaustos: un puñado de voluntarios y civiles armados que no se van a rendir nunca. Los voluntarios internacionales fuimos la única respuesta ante los estados vergonzosos que miraron para otro lado. Es curioso, pero en España se armó una especie de segunda División Azul. Brigadistas y Guripas juntos, luchando codo con codo por la libertad. Son unos compañeros extraordinarios, nunca dejan de bromear.

Voluntarios civiles

Defendemos juntos la última ciudad, el último reducto. Ya no tenemos retirada. Acabamos de volar el puente detrás de nosotros para dificultar el acceso sin nos sobrepasan. Si eso sucede, si nadie hace nada, quizás el mundo no sea igual a partir de entonces. Cuando se quieran dar cuenta ya será tarde, y no podrán actuar porque ya habrán llegado a sus casas y estarán encadenados. El mundo sería diferente si ser cobarde no valiese la pena. Solo esperamos un milagro, que nuestro gesto conmueva a las masas y que los gobernantes actúen de una vez por temor a perder sus privilegios. Que se cansen de golpear a manifestantes, que las cárceles sean pequeñas, que las balas sean menos numerosas que las personas. Esa es nuestra última esperanza.

Escritora ucraniana Iryna Tsvila. Muerta defendiendo Kiev.

He aprendido a amar esta tierra peculiar. Dentro del sobre te mando un puñado de ella. Me gustaría que la conservaras y que aprendieras a quererla. Esta regada literalmente por sangre de muchos hombres y mujeres, algunos de ellos compatriotas nuestros. Esto la hace también nuestro país, hijo mío. Recuerda mis palabras y sé fuerte. Tu padre que te quiere.

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Una asignatura

Comentaban en LinkedIn que debería existir una asignatura en el colegio y en la Universidad sobre dinero, en la que se hable de inflación, impuestos, inversión, intereses, de cómo generar riqueza o montar negocios. Los argumentos son simples y contundentes: saber valorar el dinero, emplear bien los recursos públicos, que no nos engañen con el fruto de nuestro esfuerzo… Elijan cualquiera. Yo, además, añadiría una razón más, parafraseando a un antiguo profesor que hablaba sobre la dificultad de nombrar ciertos compuestos químicos: “hay que aprenderse los nombres de nuestros amigos, pero sobre todo el de nuestros enemigos”. Pues eso, que debemos hablar su idioma, será una pequeña ventaja en una lucha desigual.

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Y da la casualidad de que soy profesor de una asignatura en el máster universitario de ingeniería química que va sobre eso, y hace dos semanas tocaba evaluar un proyecto de los alumnos. Además de todo lo dicho, el enfoque de la asignatura es intentar salvar el abismo que existe generalmente entre investigación universitaria y el mercado, al que algunos llaman realidad. Me creeréis perfectamente si os digo que sabios que (les)publican artículos que leen en treinta años menos personas que esto hoy, no paran de mirarse el ombligo y maldecir la razón de por qué no vienen de la empresa a alabar su enorme ego con una alfombra roja y un montón de millones debajo del brazo.

El puente roto entre universidad y mercado

Obviamente las cosas son diferentes, aunque ellos seguirán esperando. Los que debemos dar el paso al otro lado somos los investigadores y nuestros alumnos que van a dar pronto el salto al mercado laboral. Debemos aprender su lenguaje, sus valores, sus cuentas. Tenemos que ser capaces de hacernos entender, de explicar nuestras razones a banqueros, a gente de márquetin, de procesos, de producción… Y es una pena que ideas geniales no lleguen al mercado porque no somos capaces de hacerlas explicar en un entorno empresarial diferente al científico. En esas ocasiones, las cosas no progresan simplemente porque a un publicista le puede molestar cambiar una campaña, o alguien prefiere mantener un producto viejo. Es decir, que nos pueden engañar a los supuestamente tan listos. Y si hablamos de manipulaciones político-económicas imaginaos lo que se cuece ahí fuera.

Reparando el puente

Por eso es tan importante que la gente que formamos aprenda sus reglas, aunque sea para supervivencia, como un botiquín de emergencia. Pues esa es la asignatura. Como os podéis imaginar, en un botiquín no hay lugar para muchas florituras, se va a lo práctico. Vemos mucho de un mundo muy complejo, y entiendo que es difícil de asimilar. Aplicando el método del caso, en el que se plantea un dilema real, se imparten los contenidos, y luego se trabaja en grupo para resolver el ejemplo, comparando después con la solución que se tomó en su momento. Esta no siempre fue buena, pero os digo que son casos reales. Alguno de ellos se basa en la historia de un amigo y doctorando del que ya hablé aquí, que fue muy cabezón con el tema de los ajos y más cosas. Una de ellas es que no le importó que este año los alumnos hicieran un proyecto de desarrollo de un producto comercial basándose en los productos que él comercializa. Vamos, que sería copiarle la idea e inventar algún producto más que se pudiera incluir en su página web, tomando esta como referencia, pero con la condición de no poder citarla para no hacerle publicidad.

El método del caso, ejemplo de clase

La idea era un poco arriesgada, porque la publicidad no te la llevas y no sabes cómo va a salir la jugada. Pero Luis es de los que se tiran a la piscina, incluso vacía. Parte de los miedos a los que me refiero se basan en que los chicos hicieran un trabajo muy precario, (él iba a estar en el tribunal que evalúa los proyectos), que no se enfocara bien el tema, o que (las redes son libres y peligrosas), hasta se hablara mal del objeto de su negocio: una polémica en ciertos ámbitos te puede llegar a arruinar.

Después de algunas semanas de incertidumbre en la que los chicos no me consultaron nada llegó la exposición de los proyectos, y he de decir que volvieron a sorprenderme en el buen sentido. Sabéis que refunfuño mucho aquí a veces, pero también reconozco que hay momentos en los que confío en el futuro y sus portadores. Este fue uno de ellos.

Presentación de un proyecto

Desarrollaron muy al detalle tres productos basados en el ajo, tan interesantes que los he borrado para que no los copiéis. Hicieron análisis económicos muy buenos, estudios de mercado con encuestas. Desarrollaron logotipos, imágenes de marca que llamarían la atención de esos de márquetin de las empresas. Algunos hasta hicieron una página web específica para presentar el producto. Diseñaron campañas de publicidad de las que te hacen reír, es decir, de las que se recuerdan y por eso valen dinero. Y en todos los casos la presentación extraordinaria. Profesional, pese a mascarillas, otros exámenes y navidades medio confinados.

Plan de Márquetin

Efectivamente chicos, me quito el sombrero. Los que venís detrás sois profesionales. Después de todo, esto tiene remedio. Solo os hace falta una oportunidad. Enhorabuena.

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Imagina un himno con letra (Ahorrando cañonazos)

Imagina un himno con una letra puesta a mala leche. Uno que no sea ni siquiera bonito musicalmente hablando, pero que sea lo que tiene que ser. Imagina una música que no haya sido creada para interpretarse por una filarmónica en un gran teatro lleno de hombres con frac y de señoras que saludan desde los palcos. Piensa por un momento en una melodía que no nace para ser interpretada por músicos, sino por miles de voces que no saben cantar, porque es una marcha militar. Un himno de guerra que se despliega y crece como un incendio en las gargantas de una muchedumbre, concebido para ver desfilar a tus soldados cuando calan bayoneta y caminan hacia territorio comanche.

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Esto es políticamente incorrecto, porque no llevan corchos en la punta de la bayoneta ni mean colonia. Al contrario, están sudados y todo huele a guerra inminente y a muchedumbre. Pero esto habla de la realidad, no de lo que es bonito. Y espera, que viene la letra. Imagina por un momento que ese himno no habla de brindis al sol ni del rosa de los putos cuentos, sino de gente que viene a degollarnos. Que te llama a tomar las armas, a formar batallones. A que la sangre de los impuros riegue nuestros campos…

La libertad guiando al pueblo (Delacroix)

Esto ya no es políticamente incorrecto, es que infringe todos los artículos del código penal o del manual de estilo político, ese que se imprime en papel de celofán. Pues, si no lo habéis ya adivinado, ese himno existe. Se llama La Marsellesa, y se la pela la corrección política, porque es un continuo recordatorio de lo que te puede hacer el pueblo cuando le hinchas las narices. Esto no habla de política, de bandos; es una promesa a los ladrones muy fácil de entender. Por eso emociona, une a la multitud en momentos de desgracia. Como cuando desalojaron un estadio de fútbol por los atentados yihadistas y el público abandonó el recinto cantando la marsellesa, de forma improvisada y unánime. Por eso fue prohibido cuando la ocupación nazi.  

Los asistentes al estadio cantan la Marsellesa tras los atentados terroristas
Desalojando el estadio de fútbol

¿Sería una letra así imposible en nuestro país? Para los políticos y los que dictan las leyes a beneficio de los poderosos y su cohorte de estómagos agradecidos, por supuesto. Pero es que la letra no la van a escribir ellos. Napoleón decía que era capaz de ahorrar muchos cañonazos, de eso se trata. Y os recuerdo que nuestros compatriotas fueron los primeros que infringieron una derrota en Europa a sus ejércitos, con una saña tan afín a esa letra que le hizo reconocer que España entera se comportó como un solo hombre de honor.

Pensad que precisamente mala leche tenemos para dar y para regalar. E imaginad además que no la escriben los milennials, no. Sino que le damos la oportunidad a la generación de nuestros abuelos, a aquellas mujeres con ovarios de granito. Los que eran populacho, los mal pagados, los miserables. Pero los que cuando decían una cosa (sobre todo una amenaza) quedaba dicha para siempre.  Ellos sí firmarían algo parecido a la estrofa francesa que alerta sobre los traidores que nos quieren encadenar a la antigua servidumbre, ¿os suena actual? A frentes que se inclinan bajo el yugo. A déspotas viles dueños de nuestros destinos.

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Pongo mi mano en el fuego por que todos los que conozco también les gritarían “Temblad”, que les darían su merecido. Porque os recuerdo que aquella era una generación de seres sencillos, pero de una pieza. Y que mataban a los traidores y a los cobardes. Porque hicieron lo que dice la letra, el mismo consejo de Leónidas a los griegos: haced hijos para reponer los soldados que caigan, para sembrar nuestro futuro con nuestro cuerpo si hace falta como abono. Ellos sí perdonarían a las víctimas tristes, que a su pesar se arman contra nosotros. Pero no a los déspotas sanguinarios. No lo hicieron.

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Puede que te pida una locura, algo imposible. Pero piensa en la letra que ellos escribirían. Piensa en la verdad incómoda que ellos callan por protegernos de la tormenta. Piensa en lo que ellos hicieron. Es su letra. Daría miedito, ¿verdad? Muchos se iban a acojonar, te lo aseguro. Vamos a escribirla. Aunque solo sea, como acaba el himno francés, por vengarlos o por seguirlos.

Cuando has perdido el miedo: Mujer armenia, de 106 años, defendiendo su casa.

(Todas las palabras en cursiva se encuentran en La Marsellesa a lo largo de sus distintas estrofas)