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La generación que estamos enterrando

Veo algunas imágenes en estos momentos difíciles y se me parte el corazón por algunas personas, las más jodidas. Las que siguen sin pedir, las que siguen dando.

Me refiero a la generación de nuestros abuelos. No es la primera epidemia que sufren, de hecho toda su vida ha sido una resistencia heroica. Nacieron en una España en ruinas, reventada por dentro y por fuera. La primera epidemia que pasaron fue la del hambre. Fueron los supervivientes de una brutal selección natural, por la cual lo habitual era tener un nacimiento y un entierro de un niño -un enterrico- al año en cada familia. Como modesto dato en la de mi abuelo materno nacieron doce pero sobrevivieron solo cuatro.

Comían lo que había, que era nada. Sus chuches eran las mondas de naranja que encontraban con suerte rebuscando en las vías del tren. Comían harina de almortas un día y el siguiente también, con suerte. Sufrieron muchas deficiencias vitamínicas y nutricionales que les convirtieron en bajitos y reconcentrados. Pasaron frío y los afortunados supieron lo que es el aceite de ricino y las pomadas para los sabañones. Preguntadles a los jóvenes si saben qué es eso. Caminaban descalzos al colegio y solo antes de entrar se ponían las alpargatas porque tenían que durar muchos años. Algunos tenían unos pantalones un poco más lustrosos que se ponían para salir los domingos, y se turnaban para compartirlos con los hermanos distribuyendo horarios para su uso.

Trabajaron como animales. Literalmente. Arañaban la tierra con rejos poco afilados o con manos desnudas de uñas negras; a veces sustituyendo a las bestias, con más ansia que estas porque se trataba de simple supervivencia. Jamás se quejaron. Al contrario, aprovechaban cada ocasión para compartir la miseria o un trago de vino o de cecina con un compañero convirtiendo cada ocasión en una fiesta, valorando los pequeños momentos como si fueran los últimos.

Fueron optimistas pero cautos, ahorradores. Acumularon cada migaja, pero no las disfrutaron, porque se las cedieron con gusto a la siguiente generación para que existiera futuro, para que tuvieran la oportunidad de progresar que ellos no tuvieron. Así los viejos aperos se cambiaron por máquinas, por tractores o cosechadoras que sustituyeron a las mulas, a las hoces y a las trillas. Cuando tuvieron que dejar de trabajar porque estaban literalmente reventados avalaron con su propia casa los préstamos de sus hijos para ampliar las fincas, comprar más maquinarias o montar un negocio. Incluso cuidaron de sus nietos o bisnietos porque sus padres habían malvendido herencias o patrimonios, y la siguiente generación fue de funcionarios o de familias mileuristas que tenían que sobrevivir trabajando explotados mientras los abuelos renqueantes seguían al frente, al cuidado de los pequeños. También avalaron los préstamos de los nietos para pisos carísimos de cincuenta metros con la ya vieja casa familiar. Hasta entonces los acogieron y siguieron haciendo tortillas y croquetas con manos temblorosas por el párkinson o devastadas por la artritis. Seguían tirando del carro, sin quejarse. Incluso ahora cosen mascarillas cuando serían descartados en los triajes por criterios de supervivencia. Pero saben que pueden ayudar y es su forma de vivir: aportar sin pedir nada y sin negar nada. Hasta el final.

Muchos de ellos cuando se dieron cuenta que no podían ser útiles, que eran una carga, tomaron la decisión de irse a la residencia con el corazón roto, pero sin dudar un segundo y sin derramar una lágrima porque era lo que tocaba. Allí están ahora.

Como a lo largo de su vida, también en estos momentos les ha tocado la peor parte. Cuando percibieron la gravedad de la situación (antes que nosotros) fueron los primeros que nos dijeron que no fuésemos a verlos a las residencias, para no propagar la enfermedad, pese a que sabían desde el principio que posiblemente ya no nos volverían a ver. Aguantan la cuarentena solos, enfermos, pero siguen sin quejarse. Con una atención precaria por el colapso sanitario. Están cayendo uno a uno. No les pueden velar sus familias. Como ejemplo paradójico de su infinito sacrificio se están enterrando solos, aquellos a los que les debemos todo, a los que hicieron posible que tuviéramos esta oportunidad. Y encima si pudieran nos animarían: “Son cosas que pasan”, es la ley de la vida que aprendieron a golpes. Pero te aseguro, amigo, que no los vamos a olvidar, aunque sea por propio egoísmo.

Me pregunto qué vamos a hacer sin ellos. Me pregunto cómo se va a sostener el primer mundo que nos regalaron cuando ya no estén. Para que lo despilfarrásemos todo. Para que dilapidásemos todo como si no hubiera un mañana, porque siempre los teníamos como red. Para que algunos egoístas sobreprotegidos de sucesivas generaciones olvidasen lo que cuesta ganar cada migaja que se llevan a la boca porque pagan otros. Para que encima algunos jóvenes que se creen inmortales al virus, se rían de ellos con sonrisa estúpida bromeando ignorantes con el IPhone que les regaló “el abu”, adivina con cuántos sueldos juntados de su paga de mierda. Y me preocupo seriamente por el futuro, igual que ellos se preocupan por el panorama que dejan. Reflexiono sobre las cosas que vemos estos días (y mucho antes), pensando que a nuestros abuelos no se las habrían hecho de jóvenes. Ni mucho menos, a gente con aquellos cojones y aquellos ovarios ni por asomo. Porque ganaron cada derecho literalmente con sangre. Porque cuando decían una cosa quedaba dicha para siempre. Porque protegían a los débiles, porque dentro de la miseria eran capaces de reconocer a la gente a la que había que promocionar por pura supervivencia del grupo. Porque hacían lo que había que hacer y punto. Porque aquellos hombres y mujeres despreciaban a los traidores y a los cobardes.

Cuestión de honor, insisto

Esta es una petición que me atrevo a haceros porque no pido para mí. Espero que, aún con razón o sin ella, tengáis a bien atender a mi requerimiento. Esta es la historia de una cerveza y de un soldado, que podría ser la de cualquiera de nosotros. Pocas cosas hay en la vida de las que uno se sienta verdaderamente orgulloso (ser donante de sangre o algunos retratos y guerras que he contribuido a desatar por esta vía de la tecla feroz), pero si os soy sincero esta es una de ellas. Por mi minúsculo granito de arena, por poner una modesta pica (un tercio) en Filabres.

Boceto de Augusto Ferrer-Dalmau

Porque esta es la historia de un soldado de España. Fiero, pero reportado. De los que saben que las amistades se nutren de rondas de Filabres, de estocadas hombro con hombro y de silencios compartidos. De los que tratan de ser lo más y de aparentar lo menos. De los que mantienen la misma palabra en una red social y en territorio comanche. Los que defienden a una niña en un país en guerra dando un enorme ejemplo, porque es la primera vez que un hombre la defiende frente a otros hombres. Eso es igualdad, y no otros discursos fáciles de niñes de papá educados en colegios de élite. Esas bocas hablan poco, nada en realidad, en sitios donde la cosa se pone fea. Donde el ruido de petardos y el humo no es de petardos precisamente. Os estoy hablando de Fortachi.

Cuando el pecho adorna el vestido

Por eso, el capricho de un soldado no es una cosa baladí, porque no quiere medallas ni honores ni reconocimientos. Pero que le pongan su nombre a una cerveza es otra cosa. Empieza la empresa loca que nunca debió tentarle y la milicia responde como un solo hombre de honor, se establecen los primeros diseños. Una fábrica grande de cerveza se raja, pero he aquí que entra Filabres al quite, asegurando el proyecto. Acatando la voz de Pedro Erice se alista una legión al proyecto, se ve que esto tiene futuro, que cuadran las cuentas. Hasta el pintor de batallas, Ferrer-Dalmau permite usar uno de sus bocetos en la etiqueta. Esto ya se sabe que va a pasar a la historia. Y en este momento Fortachi decide que esto no es un proyecto personal, que el nombre tiene que ser elegido a votación por todos –os recuerdo que acaba de ceder su capricho en aras de un ideal mejor, ¿Os suena la actitud? – Además, aparte de no llevarse nada, Fortachi decide que esto debe tener un fin social, por lo que destina un tercio del precio para una fundación de veteranos de la milicia. El parto se llama finalmente Filabres Cruz de Borgoña.

Una Fortachi

Todo esto me parece extraordinario, un ejemplo de desapego y de honestidad. A fecha de noviembre había ya recaudado casi dos mil euros como donativo y en la fábrica no dan abasto en la producción, que ya nos conjuramos en secar los bares que hubiera menester para conseguirlo. Pero aquí entro yo con mi memoria y mi petición, porque aquí gana todo el mundo menos un soldado. Y sabedor que en menesteres castrenses todo tiene un sobrenombre, os hago una propuesta compatible con esta historia grandiosa. Propongo que a la cerveza Cruz de Borgoña se le ponga el sobrenombre “Fortachi”. No me digáis que no mola pedir una “Fortachi Cruz de Borgoña”. Y la ilusión que le va a hacer…

Y por estas razones, porque apelo a vuestro sentido del honor, no os hago un ruego, sino que lo convierto en una exigencia. Brindo por ello por España y por los ausentes. Por los que nunca se rindieron y por los que no nos vamos a rendir. Brindo con una cerveza que sabe a primera imaginaria, a heladas en San Gregorio, a dormir en el saco con las botas puestas porque no te fías. A tiras de mochila dobladas con cinta adhesiva, a metal y sangre de la bayoneta que llevas entre los dientes. A BMR con música a todo trapo al comenzar el servicio de noche en el desierto. A nervios en los más profundo del estómago antes de cruzar las rayas amarillas y negras, a sudor de compañero. A la pregunta que no es pregunta de ¿Al lío o no al lío? A calibre gordo. A las trazadoras discurriendo en el campo. Al incesante ruido de fuego y al zumbido de oídos por la noche. Al olor a pólvora que lo llena todo. Al abrazo que se sueña recibir al regreso. A unos mocasines manchados de barro a juego con un chaleco antifragmentos. A un pintauñas rojo que te regalan en una guerra. A himno de la legión que vociferas por teléfono a un viejo compañero con Alzheimer, porque es lo único que recuerda. En definitiva, parafraseando a un poeta,

…cuando viertes una Fortachi en la entraña,

nos invade una fiera alegría, tan nuestra que se diría,

que nos bebemos a España.

Brindo a vuestra salud con una Fortachi Cruz de Borgoña. Pasadlo.

Sois la resistencia

La semana pasada tuve la oportunidad de asistir al acto de graduación de los alumnos egresados en la Facultad de Ciencias y Tecnologías Químicas. Pese a los muchos años de servicio o tiros pegados, frente a la piel dura y los callos que he hecho con mis compañeros escalando cerros de excusas administrativas para crear una universidad, sembrando con mula mientras los señoritos de otras comunidades pijas araban con Ferrari (esto es otra historia, que aparco de momento porque me enciendo); he de decir que esta piel de gratino se emociona al ver la calidad de la cosecha de esta tierra y de esta Universidad. Pese a todo, o precisamente por ellos, por aquellos abuelos que hincaban con rabia el azadón en la tierra o por sus hijos, vuestros padres, que supieron aprovechar la oportunidad para pasaros el testigo a vosotros.

Pasando el testigo

Y de esa historia, que surge con el sueño de tener una universidad en la región, sabe mucho el padrino de vuestra graduación, Ernesto Martínez. Gran acierto por vuestra parte haberlo elegido y sentidas y revolucionarias sus palabras para el mundo blandito en el que nos movemos.

Ernesto os habló a calzón quitado, como se habla a un hijo o a un compañero. Porque ahora sois compañeros nuestros, no sé si os habéis dado cuenta. Decís que habéis vivido muchas cosas y es cierto, pero os aseguro que ahora empieza vuestra historia. Y el padrino empezó a poneros tarea, a exigiros cosas, muchas y muy necesarias para que esto no reviente, porque en realidad sois nuestra última esperanza. Sois la resistencia.

La resistencia y su combustible

Os pidió que os enfrentaseis a los propagadores de noticias falsas, asumiendo un compromiso con la verdad en lo personal y lo profesional. En los ámbitos de vuestro trabajo y en el enorme impacto que va a tener en la sociedad. Va a ser crucial, creedme. Porque sois los portadores de la ciencia, del método científico, de la verdad. Y vais a tener curro imponiéndoos a tanto cantamañanas opinólogo, que sabe de todo porque ha leído un par de hilos de Twitter o le han dado unas consignas fáciles de balar, beeee…… Y os van a tentar, os lo aseguro, porque es difícil nadar en contracorriente. Pero aguantad, os lo ruego. Sois nuestra esperanza.

Aquellos por los que pondréis la mano en el fuego

Ernesto os pidió que siguieseis el camino del esfuerzo, que trabajéis en ser merecedores y no en creer que se merece todo a priori por turnos o cuotas. Solo es cuestión de sentido común y buen juicio. Os pidió, más que hablar, resolver problemas y dar ejemplo a la vez que ser respetuosos con los demás. Que os fundamentéis en la legitimidad y la razón y que seáis ponderados y no sectarios. El discurso me parece todo un mapa de carreteras para moverse en la vida o encontrar el tesoro. Tomad aliento y usadlo, que bien nos hace falta a todos.

La carretera de la vida

La vicerrectora os pidió además que seáis buenas personas y que nunca olvidéis lo que sois ni de dónde. Y que siempre volváis a casa. Y el decano que vuestros límites son únicamente aquellos que os imponéis. Después de estas palabras no puedo añadir nada. Simplemente os quiero hacer que recordéis este momento, que es vuestro, ahora que lo tenéis fresco. Porque creéis que es importante, pero todavía no podéis valorar la importancia que en realidad tiene, como lo valoramos los que ya le hemos dado la vuelta al jamón de la vida. En mi caso siempre recuerdo ese instante y a mis amigos, que fueron apoyo y referencia para mí y para la sociedad el resto de mi vida. Algunos por desgracia ya no están, pero os aseguro que el espíritu que nos inculcaron, la responsabilidad y el buen hacer, siguen intactos. Y que por todos ellos sigo poniendo la mano en el fuego. Porque con ellos me iría a colonizar marte si hiciera falta.  

«Las amistades se nutren de rondas de vino, estocadas hombro con hombro y silencios compartidos…» (Pérez Reverte)

A vosotros os toca algo complicado, dado el mundo que os dejamos. No es culpa vuestra, pero tenéis la ventaja de teneos unos a otros, y eso es enorme, os lo aseguro. En esto juego con ventaja porque ya se cómo acaba vuestra película, que es la mía. Por eso exigid a los viejos que os den una oportunidad, que den un paso atrás. Pegad un puñetazo en la mesa en la que cacarean gallinas, porque sois los únicos que podéis hablar con propiedad sobre alimentos, sobre energía, sobre cambio climático, sobre medio ambiente, sobre sostenibilidad… Salid a comeos el mundo porque sois lo mejor que tenemos. Recordad que sois nuestra última esperanza. Sois la resistencia.

Hace un rato, dos químicos de bata multicolor se besaban en la marcha analítica, debajo de un árbol y sin que les importara la lluvia. Dispuestos a mojarse por las cosas que merezcan la pena. A vivir por lo que haya que vivir para cumplir sus sueños, como el que tuvisteis de acabar la carrera, y seguir soñando como vosotros ahora. ¿Sabéis? Pese a todo, hay esperanza para el mundo.

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La tumba de un rey

Esta es una historia sobre la tumba de un rey. No se encuentra en un panteón real, sino en un pequeño pueblo de la sierra de Toledo. La razón es simple si pensamos un poco, porque los reyes podrán encargar o pagar sus monumentos, pero estos los fabrican canteros y escultores. Y aquí se desentraña el misterio, porque esta tumba pertenece a un cantero cuyo hijo heredó su oficio. Porque cuando un hijo quiere homenajear a su padre y maestro, os aseguro que ningún rey o millonario puede comprar la tumba que le haces. Podrán pagar una, quizás; pero lo que van a comprar jamás se parecerá siquiera a esta. Porque el que la vende se la hará a un cliente, no a su padre. Ahí es donde la cosa cambia.

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Y en esto te decides a hacer un homenaje a tu padre, sobre lo suyo, sobre lo vuestro. Con modestia y sin pretensiones de nada, porque es un acto casi personal entre padre e hijo; pero sabiendo lo que destaca la obra y que va a ser mirada cuanto menos con perplejidad y admiración (esto último lo pongo yo), durante un buen puñado de siglos. Pero este no es el objetivo, repito. La cosa va de hacer algo porque puedes y porque quieres. Y que durante casi tres años vas a estar días sin fin en una conversación queda con tu padre, descojonándote, escuchando sus reproches ante la “barbaridad” que le estás preparando: “Para qué tanto…”, serían sus palabras, que escuchas a medida que se va rematando la obra. Porque te da la gana. Porque al final de tanto trabajo tienes una mezcla de ganas de acabar de una vez, pero también de no acabar nunca, porque es de alguna forma el último trabajo que haces con tu padre.

Piensas mucho en él a medida que trabajas la sepultura. Constantemente. Y se desarrolla un diálogo entre los dos canteros, escuchando vivas sus palabras, sus anécdotas y sus enseñanzas. Las duras horas que a veces te hizo pasar, algunas desavenencias y muchos consejos enunciados como chascarrillos, que cada vez más te das cuenta de que pesan en tu vida lo que un bloque de granito y que es lo poco que tienes que te sirva de verdad.

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Y porque te da la gana y tienes un gusto de escultor, planeas tu obra tomando algunos elementos del Claustro de los Reyes de Madrid; ese del que casi te echan los guardias de seguridad cuando vas a visitar, por las fotos que haces y por la cara de asombro que pones ante algunas nimiedades que los demás no somos capaces de ver. Porque unas simples letras acanaladas a la inversa en la tumba de un rey no llaman la atención, pero tú sabes que son casi imposibles de hacer con los medios de la época.  Con los de esta también. Intenta hacerlo: “¡Huy, no puedo trabajar el interior de las letras porque me estorba la parte de delante, no puedo meter los punzones, no caben! He roto otra vez la pieza de dos metros por una letra de mierda… ¿Cómo lo han hecho entonces?”. Una virguería camuflada, simple. Que no llama la atención salvo para los que entienden como tú. El tipo de cosa que quieres hacer.

Y tomas elementos de la tumba de Juan Pablo Segundo, por su sobriedad y elegancia. La leve inclinación de la lápida, que parece que se eleva para que puedas leer las ligeras letras de plomo, que hay que introducir derretido para que encajen en unos encastres. Una virgen con un niño en el frontal, medio relieve en una pieza de mármol italiano que llevaba treinta años en tu taller y que entra como un guante. La textura de las piernas gorditas del niño, los labios de la madre, la sonrisa del niño que aparece cuando el sol haga su recorrido en la ubicación final del cementerio y se coloque en el sitio para el que has calculado tu obra…entonces es cuando aparecen las sombras, los volúmenes y las texturas cobran vida, las nubes se resaltan y las figuras parece que se salen del mármol. Joder, ahora es cuando los que no entienden nada abren la boca con asombro.

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Trece figuras en cada lateral, rematadas a mano en un trabajo interminable hasta que quedó a tu gusto. Hasta que cobrara vida en los contraluces. Las rosas de piedra, la marca de cantero de tu padre que remata la obra. La frase en letras de 18 milímetros que va a juego con las de plomo de abajo, que si hay que inventar una técnica para hacerlas tan pequeñas se hace, porque en este oficio lo difícil se hace y lo imposible se intenta.  

Y lo que no se ve, pero que tú sabes y es lo que te da seguridad. 236.6 cm de diagonal implicando el encastre de cuatro planos. Cuando mides la otra diagonal mide 236.6 cm. Intenta repetir el tallar planos para encajar cuatro seguidos uno sobre otro y que el resultado se ajuste a la décima de centímetro. Eso sabes que es lo más difícil, lo que más habla de la calidad de la obra. Las uñas talladas a mano por dentro de las piedras para cuando haya que manipularlas en el montaje, para apoyar las herramientas de sujeción. Para una cosa que se va a hacer una vez y que no se va a ver porque está en el interior. Algo que no se hace, algo que casi todos consideran una pérdida de tiempo. Pero que tú haces porque tú sabes que está ahí y eso es suficiente. Como los que para ver la calidad de un traje le dan la vuelta y miran las puntadas del dobladillo antes de mirar el frente de la pieza. O los que para mirar el estado de un coche lo primero que hacen es tumbarse por debajo del motor… Se llama oficio y profesionalidad. Simplemente. Es lo que uno ha aprendido y lo que uno hace. Es lo que uno es.

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Y lo peor de todo es que no puedo poner fotos, porque el artista no quiere notoriedad, ni que se dé difusión a su obra. Al final es una cosa privada entre un padre y un hijo. Un acto y una postura que respeto, cuya dignidad no es habitual hoy en día.

Pues eso, una tumba digna de un rey pero que posiblemente ninguno pueda comprar. Porque el hijo de un cantero quiso.

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Otro pregón

Para los que no me ubiquéis soy hijo de Emilio (Mimi) y de Angelita. Nieto de Ignacio el Jarillo y de Jose María el tortero. Nací al lado del Bar de Neo -no en el hospital de Valdepeñas como sucede ahora-, y fui a las escuelillas nacionales, a las monjas y luego siempre a enseñanza pública. Viví una época diferente a la de ahora: no había internet ni teléfonos móviles, aunque no lo creáis. De mi infancia recuerdo a don Juan el médico, que venía en el coche de caballos a verte y te ponía inyecciones escondiendo la aguja, que desinfectaba quemando alcohol en un plato. ¿Lo estáis oliendo como yo? Recuerdo el agua de cuba de los aguadores, el remolque (no camión) de la basura o el olor del pan que traían con una mulilla. El brasero de picón y errá, o pasar veranos en la despensa de la plaza de toros que alquilaba el ayuntamiento antes de declarase monumento. Si veis estas imágenes como yo sois fantásticos, pero os tenéis que ir cuidando por la edad…

Los tiempos viejunos

Pues aquel chico ha estado entretenido últimamente en todas esas cosas que ha dicho Ángel en la presentación, pero a pesar de haber viajado mucho por razones profesionales nunca puede olvidar su pueblo. Y siempre he hecho gala de él. Como anécdota, citar que cuando vas a Marruecos al desierto estás asustado por el calor hasta que llegas allí y de repente aquello te recuerda exactamente a las tejeras de Sales o de Manis en las que jugábamos al futbol de pequeños en agosto. Y de repente te das cuenta de que estás en casa y que aquello no es calor, es calorcillo como llamamos aquí.

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Vosotros no lo sabéis, pero una de las propuestas de dar nombre a un edificio de la Facultad de Químicas fue la de Máximo Laguna. Ganó otra, Margarita Salas, pero esa propuesta se hizo, y era más que justificada por su importancia. Siempre he presumido y he traído a algunos de los mejores investigadores del mundo a comer las migas que hacía mi madre y a ver la mejor colección de navajas del mundo. Por cierto, en el centro Riojano de Madrid la edición siguiente a la lectura de Poemas de dos premios nacionales de poesía, tuve el honor de asistir invitado y leer sobre ESAS navajas, las de Salus y su hermano. Otro ejemplo es que la historia finalista del premio Hemingway se desarrolla en la plaza de toros de Las Virtudes.

He presumido siempre de ese carácter santacruceño especial tan cercano a la mala leche (vosotros me entenderéis). Nuestra contribución a la historia militar el 5 junio de 1808, con cocimiento de adelfas y diarreas francesas incluidas.

La guerrilla y la mala leche

Me gusta evocar las heroicidades que hicieron muchos de nuestros abuelos. Quiero recordar las historias de supervivencia de Poli, un señor encantador con sombrerillo que hacía caballos de madera, las coplillas e historias premiadas de mi vecino Sotero Marín, o los escritos más modernos de Mauro Navarro o Eugenio Arce. Creo que es muy importante que todas sus historias no se pierdan, no se olviden y creo que por eso escribo. Porque para escuchar historias fantásticas no hace falta tener Netflix, sino escuchar a los viejos. Os daréis cuenta de que la realidad supera a la ficción. Y creo que es de justicia conocer y reconocer las oportunidades que tuvimos en este pueblo gracias a ellos. Tenemos muchas cosas, y muchísimas personas ancianas o que lo fueron de las que estar orgullosos. Los más jóvenes lo entenderéis dentro de unos años que pasarán rápido, os lo aseguro.

El círculo de los libros, que guarda Mise en la Biblioteca. Atreveos.

Hoy uno de vosotros se siente orgulloso de los químicos y de los ingenieros químicos que he contribuido a formar. También quiero deciros que un santacruceño vela por la normativa sobre productos químicos en Europa. Hay más control de lo que pensáis. Podéis estar tranquilos, porque allí estamos personas normales con preocupaciones normales y con absoluta libertad para expresarlas.

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Honestamente creo he tenido suerte y no me considero especial, ni mejor -tampoco peor-, que nadie. Siempre dije y siempre repito que las mejores personas que he conocido son los pastores de la Casilla de la Torre y las peores, catedráticos. Simplemente he aprovechado oportunidades que gente con manos de unas negras, llenas de callos o de grasa y reventadas a trabajar nos legaron. No sé si el futuro que os legamos a los jóvenes con el panorama actual de guerras y de falta de valores es mejor que el que nos legaron a nosotros, pero ese es un fracaso muestro no vuestro.

Hay esperanza

Y pese a eso quiero que mis últimas palabras sean para el futuro, de esperanza. Porque puedo confirmaros ahora a los viejos que igual hemos criado a una generación un poco blanda, pero os aseguro que esa generación es mejor en cuanto a valores y a formación que nosotros. Que simplemente les tenemos que dejar que se equivoquen, que aprendan de sus errores y aciertos, y para ello les tenemos que asegurar una oportunidad. Dejarles el espacio y el tiempo que merecen. Debemos dejar de estorbar y de ser egoístas.

Arreglar el futuro

Por eso celebremos todos juntos estos días de fiesta, los viejos y los nuevos, que darán paso a los siguientes para que siga girando la rueda. Disfrutad las fiestas, recordad los buenos momentos con vuestros paisanos y vuestros amigos. No os olvidéis de vuestros valores, escuchad a los viejos incluso cuando se vuelven un poco pesados. Quizás actúan así por lo que saben o por lo que callan. Invitadles a un chato de cuando en cuando que os lo agradecerán. Festejad el presente y recordad estos momentos porque seréis recordados en este pueblo, que es lo que perdurará al final de todo. Merece la pena, os lo aseguro. Felices Fiestas y muchas gracias.

La rueda de la vida

Cuestión de Honor #AmbiciosaAmbarfortachiYA

Nunca escribo dos días seguidos. Y tengo ese sano hábito miliciano que contaba Calderón de nunca pedir y nunca negar. Pero hoy es diferente, porque no pido para mí.

Este es un llamamiento de apoyo, un “a mi la legión”, una solicitud de ayuda para @fortachi1932. Alguien que ni siquiera conozco personalmente, pero da igual, porque los que defendemos el Álamo somos de pocas palabras y muchos actos. Y somos, parafraseando otra vez a John Ford y a Calderón, una legión de hombres honrados.

Resistiendo en el Alamo

Es extraña esa solicitud en twitter por parte de Fortachi, porque tampoco es de los de pedir. Pertenece a esa clase de personas comprometidas a servir, a implicarse hasta sangrar. De los mal pagados, que es otra historia; pero hay cosas más importantes que el sucio dinero. Si no me entendéis no vale la pena de que sigáis leyendo esto. Estas personas no suelen tener reconocimientos externos y tampoco los piden. Es de los que “Todo lo sufren en cualquier asalto. Sólo no sufren que les hablen alto”. De los que son soberbios consigo mismos a la hora de desarrollar su trabajo y reportados aguantando los jarreos que aguantamos en todos los sentidos. En reprimir ese impuso inicial de fiera acometida.

No, no hacen falta elogios o consideraciones de ese tipo. Esta no es una petición de felicitaciones en ese sentido. Esto es otra historia, una cuestión de honor que entenderéis. Porque uno de nosotros, Fortachi, tiene la ocasión de que le pongan su nombre a una cerveza. Y eso, amigos, es pasar a la historia. Y lo asumo como una cuestión de honor bien merecida y que os pido que difundáis y exijáis como hago yo, haciéndoos este llamamiento a coger las armas. Porque sabemos que este país cuando nos empeñamos en algo nos comportamos como un solo hombre de honor, ya lo dijo Napoleón al ser masacrado. Y las medallas nos la pelan, pero pasar a la historia con el nombre de una cerveza de la tierra es otra historia. Que será difícil, pero cuando se nos mete una cosa en la cabeza logramos que le pongan como nombre “Blas de Lezo” al submarino insignia de la Royal Navy por abrumadora votación en internet. Sí, somos unos cabrones. Y nos encanta.

Un señor enorme pelirrojo

Por eso os pido que apoyéis esta petición de sacar una cerveza llamada Ambiciosa Ámbar Fortachi. Que los de Ámbar ya lo están considerando y esto es una guerra. Aunque tengamos que bebernos toda la jodida producción de Ámbar o secar todos los bares donde la vendan. Lo haremos o moriremos en el intento. Esto es por nosotros. Por un tío enorme pelirrojo con barba. Por alguien que nos protege. Por una persona que defiende los derechos de las mujeres en guerras donde no llegan las feministas. Por un pintauñas que te regala una niña en territorio comanche. Por sus hilos de twitter o sus guisos de setas. Porque Si vis pacem, para bellum. Porque es del Zaragoza y porque le hace ilusión, copón.

¿Cómo que no suena mal?

A los botellines Ámbar y a los Tercios.  #AmbiciosaAmbarfortachiYA

En esta foto falta FORTACHI

40 años de la UCLM: Preguntadles a ellos

La UCLM cumple 40 años. Por circunstancias estuve involucrado en la parte formal de su constitución, y os aseguro que es una de las pocas cosas de las que uno se siente orgulloso, por el hecho en sí y por el contexto, que hoy quiero compartir con vosotros. En concreto fui uno de los 58 claustrales que aprobamos los estatutos de la universidad. Un día caluroso, en Almagro. Yo iba como representante de alumnos de la recién estrenada Facultad de Químicas (cinco años antes era Colegio Universitario dependiente de Madrid). Fui en coche con el entonces decano José Antonio Murillo y otros profesores que luego serían compañeros. Recuerdo la ilusión de todos y las ganas de aportar, como solo se hace cuando corresponde a un proyecto personal de cada uno. Y es que era un proyecto personal de cada uno.

Un proyecto personal

El aquel entonces Rector Luis Arroyo nos citó en Almagro porque la ocasión bien lo merecía; pero nos dimos cuenta de que estábamos pocos, supongo que por el calor, por las fechas fuera del calendario docente o debido a alguna argucia de don Luis para quitarse algún personaje molesto. La cosa es que acabamos de pulir el trabajo que habíamos repartido en comisiones y fuimos perfilando una retahíla de artículos que asegurarían el andamiaje de un futuro que hoy es un presente.

El puente hacia el futuro

Como anécdota quiero citar el detalle de que una profesora, Blanca Manzano, cayó en la cuenta de que el cuórum para aprobar los estatutos era 54 claustrales y estábamos solamente 58 presentes. Y el matiz era que estábamos 6 alumnos para votar, con lo que teníamos en la mano aprobar o rechazar ese día los estatutos. Inicialmente se había fijado el número de representantes de nuestro colectivo en Junta de Gobierno en 6, creo, por lo que sobre la marcha nos pusimos de acuerdo e intervine solicitando 8 plazas, dos por campus. La solicitud con velada amenaza de boicot no gustó mucho al señor de la perilla que fumaba en el centro de la mesa. Argumentó brillantemente y lanzó una no velada amenaza alternativa de organizar otro claustro dentro de quince días convocando a mayor número de personas previamente aleccionadas en que nuestro número de representantes quizás bajara a 2. Pero el caso es que, después de una calada al puro, nos concedió las 8 plazas porque al final pensó que aquello no era tan importante. Creo que don Luis sonreía, y al final, después de muchas otras cábalas y modificaciones o puntualizaciones de los borradores, se aprobaron por unanimidad esos primeros estatutos.

La ilusión

No deja de ser una anécdota un poco tonta, pero da cuenta de la colaboración de los profesores para favorecernos y del espíritu de consenso, de saber ceder y de la voluntad de considerar a todos que impregnó este nacimiento. A esto es a lo que me refiero cuando hablo de orgullo. Porque he vivido, no me han contado, una ilusión por hacer algo que fuese para siempre.

El consenso

Porque ese era justamente el momento que tanto habían soñado abuelos con manos callosas de uñas negras que se deslomaron trabajando, pasando penurias y apretando los dientes al hundir el azadón con rabia en surcos regados por su sudor más que por el agua del cielo. Porque lo hicieron por nosotros; todo lo ahorraron, todo lo sufrieron para que tuviéramos una posibilidad. Una Universidad en nuestra región. Progreso como sólo lo entienden los que no lo tienen. No irse a Madrid a estudiar o, peor, no estudiar. Quedarse en tu universidad. Quedarte en tu casa con los tuyos.

En tu casa

Algo tan necesario como el agua para nuestra región. Recuerdo a mi padre ver llover y disfrutar del placer de mojarse la cara y la calva. Y mirar hacia arriba y decir “Agua, coño”, desafiando a Dios a ver si tenía redaños a mandar más agua, a ahogarnos a todos si hacía falta porque por mucho que lloviera en esta región nunca sería bastante, porque teníamos sed acumulada durante generaciones. Pues eso, “Universidad, coño”.

La universidad

Por eso atesoro en la memoria con cariño ese día y todo aquel proceso que duró años y que tuve la suerte de ver concretarse. Todos volvimos contentos, salvo el conductor del coche los cinco minutos posteriores al gol que encajó el Madrid durante el camino, pero incluso parecía que le dolía menos aquella tarde. Os aseguro que la Universidad de Castilla La Mancha no fue concebida de forma separada por profesores estirados ni por políticos que pensaban en apuntarse tantos. Era una locura, un sueño del que se rieron algunos por considerarlo imposible. Universidad en La Mancha. Allí solo vi manchegos de nacimiento y de adopción ilusionados, enamorados por aquella idea y arrimando el hombro como si fuera una cuestión personal.

De hecho, fue una cuestión personal. Preguntadles a vuestros abuelos sobre vuestros bisabuelos. Ellos eran los que la soñaron.

Ellos te lo soñaron

Ciudad Mad Max II: más allá del socavón del trueno

Será por el Covid, la luz, el gasoil o todo lo robado durante los últimos siglos. El caso es que cuando camino por Ciudad Real siento frío y tristeza. Parece que camino por una ciudad abandonada de las películas de Mad Max, o de la serie Walking Dead. El asfaltado de las calles es una piel áspera surcada por profundas cicatrices, violentos socavones, ondulaciones centenarias en el pavimento. Todo está sucio, languidece. Lleno de cadáveres de chicles, negros agujeros de bala en las irregulares baldosas que claman a gritos una ortodoncia.

El camino de baldosas amarillas

Hojas caídas arrastradas por el viento que se mezclan con papeles de hace muchos, muchos días, carteles electorales amarillos del OTAN NO. Papeleras abarrotadas que huelen mal, grafitis por doquier pintados por niños megapijos que no saben la diferencia entre en arte y el vandalismo, -ni la ortografía, dicho sea de paso-. La calle Avenida de los Descubrimientos, ella solita, está llenando el infierno por las blasfemias de los transeúntes, ciclistas y conductores. Agujeros dentro de agujeros. Grietas que si te asomas causan vértigo. Un campo de minas.

El crepúsculo de la cultura

En la calle Obispo Hervás -enfrente del Saint Tropez, para los que usáis mi misma clase de orientación barística-, hay un pozo que lleva a Australia (o al infierno) y se ha resuelto de momento poniendo un cono de señalización, que a las 24 horas estaba desplazado convenientemente de su sitio.

Quizás todo esto sea sólo un engaño para mis sentidos. Que este sea el estadio que precede a una nueva tierra. Que los profundos socavones que a su vez tienen socavones en el interior, no son sino el principio arqueológico de los nuevos pantanos que poblarán la tierra prometida. Que las enormes grietas en el asfalto son las líneas por las que discurrirán los ríos caudalosos de un estado futuro o el comienzo de la separación de nuevos continentes como cuando se dividió el Pangea primigenio. Incluso la Avenida de los descubrimientos igual está llamada a ser el circuito de resistencia más salvaje del automovilismo mundial, las 24 horas de Le Mans concentradas en 1,5 kilómetros.

Quizás me equivoco y se están empezando a cambiar las cosas. Pero es que no lo veo. Hace un año lanzaba aquí un mensaje de queja cuando una señora se cayó delante de nosotros en uno de los socavones enfrente de la Pérgola. He de decir que la reacción en Twitter por parte de alguien oficial fue inmediata, echándome la bronca por quejarme por ese medio y trasladando (con copia) al sitio donde se encargan de esas cosas y parece ser que se resuelven convenientemente. Pues la respuesta era muy digna, no lo discuto. Pero ya ha pasado un año y el socavón sigue en su sitio. Creo que el accidente geográfico (nunca mejor dicho) está un poco más alto, cosas de la tectónica de placas o de la deriva de los continentes. El caso es que la leyenda dice que desde su cúspide se ve el Mulhacén, y en días especialmente despejados, África.

Uno de los 5500 baches, el de enfrente de La Pérgola

Esto –por favor no me malinterpretéis-, no es una crítica a ninguna corporación municipal en particular, si acaso a todas: los agujeros y la porquería amontonada debajo de los coches y en las aceras tienen estratos de muchísimos períodos electorales. Pero comprended mi problema: no me quito de la cabeza la cara sangrando de la señora mayor, su cara de tristeza infinita, sus ojos verdes que quizás sabían que eso era el comienzo de algo no bueno. Eso me genera una ternura infinita para con el matrimonio y un encabronamiento y una vergüenza personal como contribuyente. Un buen amigo dice que igual lo único que se puede hacer es poner sábanas a los edificios y tirar asfalto desde helicópteros. No lo sé, el caso es que lo único que se me ocurre decir a los profesores extranjeros que nos visitan es que somos un escenario gigantesco para la próxima peli de Mad Max, o hilando fino, que estos son los restos devastadores del entrenamiento de la Legión Cóndor antes de su periplo de norte. ¿Creéis que va a colar?

El misterio de la fábrica de chocolate (O cómo el cacao tapó el agujero de ozono)

Os contarán muchas cosas sobre mí. Casi todas son ciertas, aunque nunca creáis todo lo que os cuentan. Dicen que soy un brujo, que soy un mago, que transformo el mundo…Todo empezó en la misteriosa visita a la fábrica de chocolate. En Ciudad Real, una historia de locos.

Electroespíritu C10, jefe de los KimiKoms (foto: Hellboy)

Pues allí empezó la magia, en una visita con los compañeros del instituto. Conocimos a unos seres misteriosos que vestían de blanco y vivían en la fábrica de chocolate, los KimiKoms. Estaban liderados por el electroespíritu C10, y su equipo C9-CHO. Ellos eran poseedores de las fórmulas secretas y las compartieron con nosotros. En sus laboratorios soleados, llenos de vidrios transparentes, nos enseñaron a transformar una enorme e insípida semilla de cacao en el chocolate más sabroso del mundo. Debíamos pasar para ello las siete pruebas.

El comienzo de LAS SIETE PRUEBAS

Practicamos su ciencia con ellos. Todo se mide, todo tiene su receta si eres capaz de observar y transmitirlo. Y esa transformación tuvo lugar delante de nuestros propios ojos: la separación de la manteca de cacao, la caramelización o la formación de aromas, como si fuéramos sastres del aire. El contenido de lecitina o el análisis de fenoles, para asegurar que el sabor haría sonreír, -y quizás algo más-, a aquella persona que me gustaba. Tamizado, secado, flow mágico que transforma, que crea el mejor chocolate del mundo.

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Procesos químicos, analizar y engarzar moléculas como las cuentas del tatoo que llevas en tu espalda. Estudiar los alimentos, ciencia que huele a pan recién hecho, a horno de pastelería. A salud. Y fabricar a gran escala, como los antiguos ingenieros del mundo, en instalaciones que pueden producir chocolate para toda la galaxia. Ese es el secreto del que fuimos testigos. Y lo más importante: saber que todo el mundo es de chocolate. Que todo empieza en lo pequeño, que todo se puede fabricar por los locos alquimistas. Que todo alimento que comes se convierte en ti, que todos los procesos del mundo son como esta fábrica de chocolate…

Pasé las siete pruebas. Me gustó tanto el chocolate que decidí aprender a fabricarlo y convertirme en KimiKom. Primero fui bata gris hasta convertirme en KimiKom de bata blanca. Tenían razón. El mundo entero es una fábrica de chocolate, porque todo tiene una receta con la cual se fabrica. Cuando decidí eliminar el problema de la contaminación siguiendo esas reglas, algunos dijeron que estaba loco, porque quería transformarla en chocolate. Pero el secreto que me enseñaron hablaba de reciclaje, de sostenibilidad. Las fórmulas que eliminan el CO2 de la atmósfera y crean energías limpias. Me llevó un tiempo, pero todo era cuestión de encontrar la receta adecuada y de seguir los procesos que aprendí en la fábrica de chocolate.

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Yo fui el que resolvió el problema mucho años después de aquella visita. Nuestros abuelos nunca hubieron imaginado que el agujero de ozono fue tapado por una inmensa pepita de chocolate… Y ese fue solo el comienzo de mi historia. ¿Quieres conocer la fábrica? ¿Te atreves a pasar las siete pruebas? Asómate a este mundo en 3D mediante este enlace. Pero cuidado, una vez que pruebas este chocolate, nunca vuelves a ser el mismo…

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Cuentos del Cabo Hueso (V). El extraño suceso

Los más jóvenes no lo sabéis, pero este es un país donde se pasó hambre. Y muchos de nosotros la llevamos en el código genético arrastrada de varias generaciones. Estos relatos del Cabo Hueso, genial cantero fallecido hace dos años, describen una realidad que espero que nunca se repita. Por desgracia no son inventados.

El extraño suceso.

El cantero descansa en la placita la tarde de domingo, a la sombra protectora de un sol de justicia de agosto, que cae a plomo sobre el granito. A quemarropa. Con casi tanta violencia como el hambre.

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El grupo de hombres sestea en los soportales de la placita de Ventas. En aire es denso, lento. Se diría que ralentiza el tiempo. Solo se oyen chicharras y un zumbido de fondo que surge con el calor y nadie nunca supo de dónde venía. Las calles están desiertas a esa hora. No hay nada que hacer que no sea trabajo, claro. Todo lo demás cuesta demasiado caro. Hay que ahorrar para hijos y nietos. Para los que leéis esto. Quizás de eso habla el zumbido, la banda sonora de aquellas vidas.

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El cantero se apaña la chaqueta para que le quede mejor, intentando acomodar los brazos en un gesto que uno de los hombres asegura que vio en el cine a Bogard. Esa faena resulta imposible con la única raída chaqueta. Imposible para ese menester unas manos llenas de callos y de heridas de trabajar con piedra vida. Unos brazos que pelean a diario con granito son difíciles de acomodar en formas de galanes. El cantero tiene menos de 20 años, pero hace mucho que es un hombre. A los trece marchó a trabajar en la piedra a ese pueblo, que era pujante. Se marchó porque los hombres grandes con los que trabajaba antes (alguno escasamente pasaba los veinte), le trataban mal en el trabajo, pese a que rendía a su mismo nivel. Le daban las sobras de su comida. Era aprendiz y casi no cobraba, pero consideraba que lo de la comida no estaba bien. Por eso se fue a Ventas. Y precisamente por venir de familia de canteros y saber bien el oficio, tuvo inicialmente problemas para encontrar faena en un pueblo del gremio. Porque las rivalidades son excluyentes y envidiosas. O eres de Marcial Lalanda o de Domingo Ortega, a ver si alguno se va a molestar. Pero por fortuna sus manos y sus obras hablaban por él, y aquello pasó a la historia. Ya era uno más, respetado, qué remedio. Podía permitirse hasta descansar el domingo por la tarde a la hora de la siesta.

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Aquella tarde sucedió el acontecimiento. De repente vieron pasar un hombre corriendo. Y al poco, un grupo de hombres corriendo detrás de él. No era para pensar. Por supuesto, el cantero y el resto de los de la plaza salieron corriendo detrás del pelotón perseguidor. Algo gordo pasaba.

Sesenta años después todavía recordaba aquel día donde sucedió ese acontecimiento extraordinario. Y le repite a su hijo la misma respuesta cuando alude al tema:

– Pero bueno, ¿Al final qué pasó?

Nada, hijo, que el hombre se paró…

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