Soy sahariano

Contemplo una foto vieja que mostró Pérez Reverte en twitter. Corresponde a una España -también en blanco y negro-, en la que una mujer posa orgullosa frente a un Seat 600. El detalle de la foto es la matrícula, que empieza por SH, y sí, es española. De la provincia del Sáhara.

Esa foto me evoca recuerdos de lo que para mí fue una aventura en bici. El año 2000 me apunté junto a unos amigos a un viaje en bicicleta durante una semana por territorio Saharaui, en concreto por el valle del río Draa. Era un viaje organizado por Alventus, una agencia especializada en aventuras en bici, que tenía como evento estrella el famoso Raid Trans Atlas. Esta vez quisieron hacer algo más auténtico si cabe, metiendo a un grupo de 40 personas por el desierto, desde los palmerales de los oasis hasta las dunas de arena. Lo llamaron Sáhara Bike, y fui uno delos participantes que hizo la I edición. Tenía el contrapunto de la falta de experiencia organizativa previa, pero la gran ventaja de que era la primera vez que se metía a extranjeros por algunas de las zonas por las que transita.

Por todo ello estaba un poco asustado, si os digo la verdad. La ruta era en Semana Santa, pero el hecho de ir al desierto aún en aquella época me generaba la duda de si iba a poder aguantar el calor o las largas jornadas de bici, algunas de más de 80 km. Entrené bastante en rodillo y en bici de montaña, pero pese a estar en forma me dispuse a cruzar el mediterráneo con la desazón de ir a un país extraño y de que la bici o el calor me iban a batir. Ese mal fario tuvo un cierto bálsamo cuando subí al autobús que paró a recogerme justo en mi pueblo, porque estaba en la Nacional IV. El detalle es que me reuní con mis amigos que venían de Madrid y para mi sorpresa el bus hizo una parada reglamentaria en el siguiente pueblo al mío para descansar y comer algo. A los diez minutos de salir de viaje ya estaba tomando raciones y bebiendo con mis amigos, no era mal comienzo…

Pues efectivamente tuve ocasión de descubrir lo que es el desierto en el amplio sentido de la palabra. Lo que es el calor, la tierra yerma y lo que llaman el bautismo de la soledad, transitando descolgado del grupo por planicies casi infinitas bajo el sol. En medio de un silencio abrumador, en el que hay un raro ruido de fondo que es el rozamiento del aire sobre las rocas. Eso era lo que se supone que debía temer, pero para mi sorpresa aquello no me preció extraño. Aquello me recordaba a mi pueblo en agosto, a cuando iba a jugar al fútbol a las eras de las tejeras cubiertas de finos de ladrillo que se secaban al sol. La tierra reseca, el aire caliente pero amigable, el sudor que se secaba enseguida bajo una luz que no deja sombras. El manto de polvo marrón que lo cubría todo y hacer deporte entre casas viejas con muros de adobe… No, lo que tenía delante de mí en el Sáhara no es que me fuera familiar. Es que me hacía sentirme literalmente en mi jodida casa. Aquello no lo había sentido desde que salí del pueblo para estudiar.

Y efectivamente la organización había previsto todo, pero no pudo evitar por ejemplo que algunas zonas de agua que meses antes estaban localizadas para el aseo se secaran. Un día tuve que lavarme en un charco, y otro con el agua del pulverizador que estaba destinada a la bici. Pero daba igual, porque estaba en casa. Una noche al llegar tarde no pude dormir dentro de las habitaciones de un refugio de pastores y preferí hacerlo en el patio interior, mirando las estrellas de un cielo sin contaminación lumínica. Todavía recuerdo aquello y os aseguro que al menos en mi pueblo eso ya no existe. Y por eso me dan pena algunas cosas. Que un viaje al extranjero te permita llegar a casa. Un lugar que en las viejas fotos todavía era España, y que ya no lo es por culpa de la política y de los malditos. No quiero meterme en berenjenales, pero me da pena la historia. Que unos compatriotas manipulados se independicen para ser invadidos a los cinco minutos mientras nuestros dirigentes miran para otro lado. Que desde hace más de cuatro décadas vivan en campos de refugiados confinados por un muro que se ve desde el espacio pero que Google Earth censura en sus imágenes, por vergüenza, supongo. Y que muchos de los hijos de aquellos todavía se sienten españoles pese a ser perseguidos por los dirigentes del país que los invadió y de que nuestros políticos les ignoren. ¡Ah, la alta diplomacia de estado…! Tristeza es lo que siento. Y un dolor físico real, similar al de un miembro amputado, porque el cerebro se empeña en recordarte que debía estar ahí. Porque fue y quizás es todavía parte de ti.

Foto: Pixabay

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

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