A vuestra salud

Hace tres meses estuve en la tesitura de hacer una donación de alcohol para fabricar loción hidroalcohólica desinfectante. Unos 50 litros con los que se podrán hacer más de 100 litros de loción, unos 500 botes dispensadores. Será una loción extraordinaria, no sabéis cuánto. Para –literalmente- chuparte los dedos. No me refiero ya a los 500€ que me costó la materia prima; es que la valoro como a mi sangre. Es un alcohol de boca o de consumo especial, tridestilado. El que se usa para bebidas de alta graduación, este en concreto de altísima calidad. Tan caro porque es de uso alimentario, y porque el estado se lleva una buena tajada, en torno a 5€ por litro. Más que en las gasolinas. Quizás sea por eso por lo que han precintado los depósitos de las alcoholeras y las farmacéuticas, pero eso es otra historia.

El caso es que hay que hacer lo que hay que hacer y punto. Estaba destinado para hacer ron con madre cubana en un barril de roble blanco americano. Nota de cata 9 sobre 10 de un ronero profesional. No os he dicho que alguna de mis investigaciones las desarrollé en Cuba sobre añejamiento acelerado de rones de alta calidad y rones exclusivos como el ron Vigía. Qué recuerdos me evoca… Por eso, para mitigar la pérdida etílica que me lacera, los comparto con vosotros.

Varadero. En la zona cubana, la que no visitan los turistas. La auténtica. La que todos se pierden, quizás un poco más sucia, pero es la real y es fantástica. Salgo de un caribe a una temperatura escandalosamente caliente: parece una sopa, salvo por el color esmeralda del agua. Lo suave de la pendiente hace que puedas caminar cien metros sin que cubra y el mar, transparente y plano como un plato, permite ver nadar a las personas como si estuvieran flotando en el aire. A la salida me tiende mi amigo Pedro el mulato, una botella de ron Legendario caliente, al sol. Lo recuerdo como el mejor trago de mi vida, por muchas cosas. Comparto junto a su familia, la de mi amigo Migue. Joder, y se supone que estoy en el infierno, en periodo especial, resistiendo a duras penas el férreo bloqueo norteamericano. Que los niños no deberían sonreír felices jugando con aros metálicos y palos, que deberían estar en el primer mundo interaccionando virtualmente con sus amigos encerrados en su habitación. Abro la botella y tiro como siempre la primera porción al suelo, “Pa los santos”. Sonrío porque pienso que teóricamente estamos sufriendo… 

Pedro trabaja mecanizando el sello de los tapones de la famosa marca de ron, lo que le permite –ya tu sabes- resolver alguna cantidad de madre con lo que luego preparar unas botellas que contribuirán a la mejora de la economía doméstica. Es parte de mi familia, y yo de la suya, que nos acompaña en la playa. Un curioso del CDR (comité de defensa de la revolución, aprendeos las siglas que las vais a utilizar pronto) nos pregunta extrañado por la presencia de un turista tan blanco como yo en la zona de cubanos. Está prohibido llevar a extranjeros a cambio de dólares. Le digo la verdad a bocajarro: Pedro es mi hermano. El controlador sonríe y se sienta con nosotros a tomar ron. Me pide que le diga a mi brother que tenga cuidado con los controles de la policía y me guiña un ojo.

Empecé mi interacción etílica con la isla bebiendo mojitos en la bodeguita de en medio. Después daiquiris en el Floridita, donde tienen reservado un taburete en el que bebía Hemingway. No es que sea un recuerdo presente, sino que su jodido fantasma te da la tabarra de una forma insoportable. Cuando caigo en la cuenta que por el precio de un mojito me tomo dos botellas con Pedro y su familia (cuatro en el mercado negro) mando al carajo al escritor y me siento aliviado. Empiezan a fastidiarme los malditos turistas.

Trabajaba durante aquellos días en un proyecto sobre añejamiento acelerado de rones premium que preparaba un centro de investigación, el ICIDCA, en una finca que perteneció al escritor y que legó su nombre a la bebida: Ron Vigía. Ese licor exclusivo era picar muy alto, de igual modo que el Havana 7 o incluso el Silver Dry, especial para mezclar, no como los otros. Pronto me habitué al ron fantástico que preparaba Pedro, el que tomábamos en la terraza de su casa tranquilamente divagando sobre la vida. El mismo sitio donde me explicó que su auténtica bandera era la colada que acababa de tender su mujer y se secaba con la suave brisa que venía del malecón. Lo mejor que he aprendido sobre patrias en mi vida. Posteriormente profundicé en la temática –soy científico- y pude beber la cerveza Hautey (historia interesante la del indio) y luego la Bucanero fuerte, o fuette, como se dice allá. Esas dos marcas ya no existen, las vendieron a los otros cubanos, los de Miami, pero mi recuerdo es imborrable. Luego llegó la cerveza de pipa. Es este un líquido infernal, una cerveza de baja graduación rebajada con agua que reparten en cisternas por barrios populares a un precio asequible. El recorrido de la cuba (la pipa) es una procesión que suele ir acompañada de un enorme rosario de plañideros negros y tiene el efecto de acabar la jornada laboral en el exacto momento en el que llega a cada sitio. El hecho es que la gente aprendió que si esta cosa se congela, la fracción alcohólica se puede separar con facilidad del agua, con lo que es fácil recuperar una cerveza con cierta calidad después de un proceso de ingeniería química. Me descubro.

Luego vino el alcolifán y el chispadetrén, destilados hechos a partir de cualquier cosa fermentada, como por ejemplo arroz. El vino de arroz estaba malo de cohones, pero con chicharrones ya era otra cosa. Mierda de bloqueo. Lo más fuerte (que creo que probé) es el trago hecho de agua y alcohol del que se emplea en farmacia, no como el que acabo de donar. Este alcohol lleva un trazador de color azul para identificarlo y separarlo del uso e impuestos asociados al uso alimentario. El hito de los isleños fue darse cuenta que era un alcohol barato de gran calidad cuyo trazador azul no era tóxico y se filtraba perfectamente por los riñones, liberándose en la orina. El genio cubano bautizó a ese trago con el nombre “cielito lindo”, por el color que generaba al expulsarlo.

Pues sí, amigos. Que estoy orgulloso de haber “hecho frente al imperio” en un período tan jodido en la que la gente estaba muy nerviosa como yo. Como le dije a mi amigo Cordobí: aquí tenéis al llegar a casa cada día la tranquilidad que yo quiero cuando me jubile. Estoy orgulloso de haber sido acogido en familia en un sitio al que considero tan España como mi propio país, porque los cubanos tienen nuestros mismos defectos –lo que más nos une- y mantienen la esencia de una madre patria que por desgracia en este lado del océano ya no existe, se perdió hace mucho.

Paso la botella a Pedro y me echo crema en la espalda. Aquel día tranquilo, perezoso, dejará un recuerdo familiar mucho más duradero de la quemadura de la zona que mi mano no llegó a cubrir. Una escena que haría sentir envidia a Chavela Vargas, y retar de nuevo a beber tequila al maestro Hemingway. Una nube solitaria en el cielo se parece sospechosamente al parche de John Ford. Desde el cielo –o el infierno- de los justos parece que brinda con nosotros.

Por eso, amigos, si en una loción desinfectante percibís extraños matices de mar, de son o de caña de azúcar, disfrutadlo. Me alegro de que esté en las manos adecuadas. Brindo por vosotros, esa ha corrido de mi cuenta. A vuestra salud.

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

Un comentario en “A vuestra salud

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