Una mujer de las de antes (una historia real)

Pues esto va de feminismo. Pero no del moderno, del que mola para cambiar el mundo de los pobres –los otros-, ni del que te cuentan en los colegios megapijos. No del que habla de forma supremacista con un megáfono –pequeño detalle el de poder hablar. Esto es mucho más sencillo, mucho más antiguo, mucho más simple.

Esta es la historia de una joven mujer soltera que se queda embarazada en los años 60. En aquella época eso era un problema. Era algo que estigmatizaba para siempre, un pecado. Aparte del palabro lo terrible es que además de marca desencadenaba lo peor de un modelo de sociedad infernal, donde el machismo perduraba porque las enseñanzas pasaban convenientemente de madres a hijas. Pues imaginaos una boda apresurada con gran vergüenza y una chica de 17 años que se va a casa de sus suegros, a una casa extraña. Porque se tenía que ir a la casa del marido, claro. La de sus padres para los que no lo hayáis captado todavía.

Pensad en un niño de pocos años que no es del todo querido por los abuelos paternos. Vete tú a saber de quién es el niño, mil historias que os podéis imaginar. Pensad en una madre valiente que se lleva a hurtadillas al niño a casa de los otros abuelos para que reciba cariño (y un poco de paso para la madre que le hacía falta).

Imaginaos vivir posteriormente de alquiler en una mísera casa de vecinos con una cocina y una habitación en la que duerme toda la familia. Con un baño que no existe. Un agujero en una tabla para toda la corrala de vecinos sobre un basurero (si te pican las gallinas en el culo es cosa tuya). Y una palangana con un jarro con agua, un espejo y una toalla para asearse. El uso de los picos de la toalla para ducharse y quitar los churretes era pura virguería, los de pocas décadas estaréis flipando, pero era lo que había. Y el equivalente al jacuzzi o a la piscina olímpica era un barreño de zinc para los afortunados.

Imaginaos la mentalidad que se sembraba en las niñas. Y en los niños. Trabajar como bestias, estirar lo que quedaba de la paga del marido restando lo del casino, tabaco y bar. Criar a los chicos con papilla de maicena, porque no había leche de crecimiento supervitaminada. No había pañales desechables, y los de algodón se reutilizaban una y otra vez después de lavarse a mano frotando en tablas rayadas de madera que olían a lejía.

En este entorno maldito esta mujer tuvo los enormes ovarios de sobrevivir educando a sus hijos de una forma diferente, igualitaria: feminista. Tuvo que ser una revolución callada, queda. Apostando a futuro a cambio de sacrificar el presente. Sembrando en los hijos para que fueran de otra forma, dando su vida por perdida. Y efectivamente sus hijos fueron como quiso su madre –básicamente- y pudieron construir lo que hoy tenemos. Nuestro presente es todavía injusto y queda mucho, MUCHO sobre lo que avanzar en este sentido. Pero a veces veo a progres de salón sobreprotegid@s reclamando sin reconocer el presente, diciendo que lo que consiguieron aquellas pioneras de los derechos era una mierda. Y los cambios fueron pocos y lentos, pero se ganaron con sangre, os lo aseguro. Y sin los cambios que ellas permitieron hoy nadie podría hablar sin el permiso del marido o del hermano mayor, os lo aseguro.

Porque es muy fácil hacer un discurso radical desde la libertad y donde casi todo el mundo te da la razón. Pero esas personas olvidan que hay otros países en los cuales todavía se lapida a las mujeres por ser adúlteras, o son consideradas poco más que ganado propiedad del marido al que se debe practicar la ablación. Sobre eso hablan poco. Porque queda mucho por hacer, pero a veces la solidaridad debería empezar por mirar a los que están más jodidos que nosotros. Y preguntar a aquellas viejas feministas, aquellas luchadoras por los derechos, debería aclarar mucho ciertas mentes. Porque la gente que merece la pena es la que sigue luchando a pesar de que sabe que va a perder, que su generación no va a ver los frutos. Tened en cuenta su criterio porque somos lo que somos gracias a ellas y por desgracia las estamos perdiendo.

Foto: Antonio Fajardo

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

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