Ovarios de granito

Este artículo va sobre las mujeres que construyeron lo que tenemos. Echad la vista atrás una o dos generaciones. Lo bueno es que para hacerles un homenaje no hace falta escribir poesía con letra mona mientras suena música. Simplemente basta hablar sobre cualquiera de ellas, sobre sus cosas cotidianas. Yo, a modo de ejemplo os hablaré de algunas anécdotas de familiares mías, por poner un botón de muestra entre millones de actos heroicos que se hacían cada día en un país en ruinas con forma de piel de toro.

Efectivamente parecía que tenían los ovarios de granito y como ya dije, eran los únicos pilares sobre los que podía descansar el infinito cielo manchego. Eran tiempos en los que el amor estaba asociado a rondas, a vuelos de visillos, a frías rejas y a capotes que protegían de las inclemencias del tiempo y de la impertinente luz de los faroles. Años grises, de color de luto y de silencios eternos. Pero aunque parezca imposible, las mujeres eran alegres pese a que trabajaban el doble que los hombres. Y aunque jamás se les reconoció, siempre tenían razón.

Os relataré alguna anécdota de mi abuela. Si algún gobernante hubiera tenido la mitad de sus arrestos a lo largo de nuestra historia otro gallo nos hubiera cantado, pero eran otros tiempos por desgracia para todos. Solo le faltaba una muela y precisamente se la sacó ella, porque no tenía tiempo que perder en tonterías de dentistas o de sacamuelas. De hecho no tenía que ser tan difícil según ella. Se hizo hacer con el torno unos rebajes en los alicates de mi abuelo para que agarraran bien la pieza y ella misma se la quitó –cuanta tontá y cuanto aspaviento de los hombres-. Con un par. Y de vuelta al trabajo, si acaso un poco de agua y sal pero con moderación, porque “hay que tener cuidado con la sal que está a millón”.

Tenía un ánimo inquebrantable. Quizás es lo único que te permite sobrevivir a una guerra, a la miseria de la posguerra y de la vida que te va matando poco a poco. Solo había dos cosas que no soportaba y eran por la misma causa. Una de ellas era jugar a las cartas, porque ya había agotado el cupo las noches en vela que pasó en la guerra, matando el tiempo en interminables partidas a la vez que agudizaba el oído, esperando que llegara la mañana sin que un camión con hombres armados entrara en la casa y las violaran salvajemente. La otra era ir a misa. Decía que se endemoniaba viendo cómo ciertas personas se daban golpes en el pecho olvidando lo que ella había visto que habían hecho. De pequeño no entendí lo que decía. Hoy la comprendo perfectamente y quizás alguno de mis encabronamientos en esta sección son los suyos.

Solo deciros que la he visto correr detrás de mi padre con una navaja de destripar ovejas. De broma, por supuesto; si le pinchó fue porque mi padre se movió o se asustó y no fue culpa suya. También vi darle un vaso de agua con sal al panadero en una copa de anís como inocentada. Y cuando paró de reírse de las muecas del pobre hombre y le dio un poco de agua para enjuagarse la boca del mal trago, le calzó el segundo vaso de agua con sal. “Joder, si son los inocentes, hermoso. Haber estao más espabilao”. No os quedéis solo con estos momentos. Imaginaos las cosas que quería olvidar para comportarse así.

Estoy seguro que la muerte le pilló mientras dormía. En caso contrario no se hubiera muerto. Por sus cojones. O se hubiera llevado a alguno por delante, os lo aseguro.

Cuajo. Otra familiar, una tátara-algo. Una o dos generaciones antes. Muchos churumbeles, trabajo, poca pitanza. Seguro que os lo imagináis. La comida era sagrada. A su marido le gustaba la caza, era una forma de aportar algo de carne al puchero. Desgraciadamente golpeó el arma con una piedra al incorporarse del puesto y se accionó el disparador de perrillo de la escopeta. Se voló la cabeza. No regresó a comer y salieron a buscarlo por la tarde. A la hora de la cena se reencontraron los hijos y parientes sin éxito en la búsqueda y le preguntaron a la mujer sobre la forma de proceder. Con todo el estoicismo del mundo dijo: “mirad, he pensado que vamos a cenar, que si lo traen muerto ya nos pilla cenaos”. Parece broma, pero pensad lo que te tiene que haber curtido la vida para ser así de práctico.

Y tantos, tantos ejemplos que me podéis aportar cada uno de vosotros y seguro que os evoco. Recuerdo aquella frase de Muñoz Molina en el Jinete Polaco: “con mujeres como aquellas, que hasta tiraban de navaja para degollar franceses y fíjense qué desgraciados gobernantes han tenido los españoles a lo largo de su historia…” Pues eso, a ver si somos capaces de aprender algo. De escuchar a quien tenemos que escuchar. Por cierto, para escuchar tenemos que dejarles hablar a ellas. A ver si va a ser eso.

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

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