¡Pardiez, contad los muertos!

Hoy quería hablaros de dos de mis familiares que han fallecido recientemente. Ambos pertenecieron a esa generación que nunca pidió y nunca negó. Francamente, creo que les hemos traicionado.

La primera se llamaba Jacinta Giner, era cuñada de mi abuelo, aunque nos unían lazos muy estrechos por lo que siempre la llamaba tía Jacinta. Pasaba los 90 años, con lo que podéis suponer que le tocó todo lo gordo, con una guerra incluida y una posguerra de postre. Formó parte de esa generación de supervivientes, de esas mujeres con ovarios de granito (vaya si los tenía), que nos dieron una oportunidad. Esta oportunidad. Una persona entre millones de ejemplos. En su caso se operó del estómago relativamente joven y esta intervención, -que hoy se trata solo con antibióticos y en mi investigación con extracto de ajo-, le dejó secuelas en la pared del estómago que le impidieron comer normal durante cuarenta años. Fue una trabajadora incansable, cauta. La recuerdo como una persona feliz pese a las muchas carencias que sufrió, al contrario que a las nuevas hornadas de ninis sobreprotegidos y malcriados a los que nos les falta de nada.

Por daros una idea del cuajo de su generación, a Jacinta con ochenta años cumplidos la tuvieron que intervenir del intestino. Quitaron una masa de muchos kilos e hicieron un empalme que a las personas jóvenes les cuesta superar. Pues ella y su genética superaron la intervención y después de cuatro décadas volvió a comer de todo, con un par. Y nos hubiera arreglado esto con cuatro consejos sencillos si la hubiéramos dejado, os lo aseguro.

El segundo del que os quiero hablar se llamaba Juan Gómez. Fue un maestro cantero, artesano formidable, a quien los arquitectos y escultores admiraban y consultaban. Hombre sencillo con un talento natural que desarrolló hasta el último momento en distintas facetas, no sólo las de la piedra, que en Toledo y Madrid testimonian su buen hacer. Huérfano de padre, desde muy pequeño se hizo cargo de sus hermanos y contaba mil anécdotas como la de cambiar a otros alumnos un bocadillo por unas cuentas, que se le daban muy bien. O de ir a pedir unos calcetines para mitigar el frío de la posguerra a Acción Católica y negárselos: “A ti no”. Imaginen decirle eso a un niño que no entiende de guerras ni de política, que solo tenía frio, y que los calcetines eran para sus hermanos. Pues nunca guardó rencor, porque era la única forma de dejarnos una oportunidad a los siguientes. Humor y filosofía de la vida.

Cuando ya no trabajaba en la piedra y enfermó de Parkinson hacía bastones artesanales, con figuras. Le encantaba la huerta con tomates y pepinos o calabacines. Muy popular, le gustaba asistir y participar en las fiestas de San Pablo de los Montes. En Toledo las fuentes de granito que están en la salida desde Puerta de Bisagra y muchas construcciones destacadas son suyas. Su hijo continuó el oficio y lo ha elevado a categoría de gran profesional, siempre bajo la atenta mirada y el consejo práctico de su progenitor.

Ambas personas murieron, pero no por Covid-19, porque cumplían  -como siempre lo hicieron-, todas las normas; aunque a Juan puede que la imposibilidad de hacer sus paseos diarios de varios kilómetros por el confinamiento agravara fatalmente su enfermedad. Confinamiento que muchos políticos se saltan para aparecer en la prensa. Fueron enterrados solos, en presencia de tres personas pese a que la entera generación a la que pertenecen merezca un funeral de estado. Pero ellos nunca lo pidieron.

Estos días me sumo a los aplausos a los que están tirando especialmente del carro, que en distintas posiciones y funciones o responsabilidades somos todos, salvo algunos listos. Pero no me dan ganas de celebrar con música nada, porque pienso en el luto por muchas personas. Héroes al fin y al cabo, como los que combaten en UCIs o aguantan en casa. O mueren sin molestar como mis protagonistas de hoy porque es lo que toca, porque es lo que ha tocado siempre. Vaya clase de personas hemos tenido y seguimos teniendo. Como decía Muñoz Molina: “Un pueblo en el que hasta las mujeres tiraban de navaja para degollar franceses y fíjese qué gobernantes han tenido a lo largo de su desgraciada historia”. Estos gobernantes se plantean ahora si dejar o no de cobrar dietas cuando hay enfermeros que pagan de su bolsillo el lavado de su ropa de trabajo, porque les parece injusto aprovechase de las lavanderías que se han ofrecido a hacerlo gratis, pese a que se están arruinando. Personas de honor, unos y otros. La mejor infantería. Y los políticos se subieron el sueldo el miércoles antes de la encerrona, consultad el BOE. Os maldigo a casi todos, a los de ahora y a los que esperáis con los colmillos salivando para tomar el relevo. A los de poco antes y a los de hace cientos de años. Jamás habréis sabido la generosidad y el valor de la gente a la que habéis gobernado.

Por eso debíamos responder como aquel oficial superviviente en la batalla de Rocroi. El mismo al que permitieron una rendición honrosa, pudiendo regresar con las insignias y las armas. Algo impensable salvo por el inmenso miedo que nos tenían cuando luchamos heridos de muerte, esperando el final hombro con hombro. En ese momento es cuando somos más peligrosos, como los jabalíes heridos, como los gatos que se defienden panza arriba. Cuando le preguntaron cuántos españoles quedaban, el oficial respondió. “Pardiez, contad los muertos…” Contad pues con Jacinta y con Juan.

Ignacio Gracia (Con la colaboración de Amador García-Carrasco)

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

3 comentarios sobre “¡Pardiez, contad los muertos!

  1. ¡Puedes imaginarte lo que me has hecho sentir!
    De lo que has escrito sobre mi madre, no te equivocas en nada. Ha sido una gran mujer, inteligente, intuitiva y hasta guapa, a sus 93 se ha ido sin una arruga en su cara. Lo peor, no hemos podido ni despedirnos de ella, ni saber si ha fallecido por coronavirus o por otra causa pues no han podido realizarle la prueba.
    Muchísimas gracias y un fuerte abrazo.

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