66 veces menos (caimán no come caimán)

Vamos a ver como digo esto. Me refiero a unos análisis de estadísticas que hizo un señor el viernes por la noche. Y el problema es que a esto es a lo que precisamente yo me dedico. O dicho de otro modo, que “estoy en la verdad”, como se dice el Vaticano referido a otras cosas interesantes; que “soy primo”, como se dice en Sicilia para decir que eres de la familia (mafia) o mi preferido, el dicho cubano: “caimán no come caimán”. Vamos, que he visto el truco y que entre estadísticos no nos hacemos esto los unos a los otros.

No quiero hablar de política ni de detalles tristes porque estoy triste. Solo hablo de interpretar una estadística, con base científica. Y para ello os voy a poner un ejemplo similar sobre las mismas cifras y a vosotros os tocará decidir el resultado. Lo aplico a una cosa graciosa: mi pelo.

El caso es que de pequeño tenía una buena melena ondulada de color castaño y con un remolino irreductible típico de los niños malos. De aquellos tiempos en los que no comía nada en casa, pero que cuando salía de la mano de mi madre al mercado ella me descubría con la cara manchada por las ciruelas que acababa de robar con la mano libre y que devoraba con ansia. En un segundo de despiste tenía los bolsillos del babi y la boca llena, el zumo chorreando por la cara y por la manga. Y algunas piezas ya en la barriga casi sin masticar, tragados con hueso y todo. Es que lo que se roba está mucho más rico. Como decía Lope del otro amor: el que lo probó lo sabe. Pero bueno, me desvío de la conversación; o quizá no, no sé. Pues lamentablemente tiré al traste aquella brillante habilidad para dedicarme a estudiar, ya ves tú. Fracaso total. Nunca nos acordamos de los científicos improductivos, siempre estudiando o encerrados en laboratorios, salvo para lamentarnos sobre vacunas, pero bueno, nos volveremos a olvidar enseguida otra vez.

Pues será del estudio o de la genética, pero la cosa es que en el camino del babi a la bata de laboratorio se me despejó, digamos, la frente. Y os voy a repetir el análisis en los mismos términos del sábado el proceso. Podréis juzgar el resultado a ver si tenéis motivos para tanta sonrisa.

De repente noté que se me caía un poco el pelo. Supuse que era por aquello de los cambios de los biorritmos en septiembre, para la vendimia. No pasaba nada porque tenía mucho, seguro que la caída será como mucho un par de pelos aislados, pensaba mientras contemplaba la imagen de mi padre calvo como una bola de billar. Que eso de la genética no va conmigo. Luego se me empezó a caer un poco más, pero estaba convencido de que lo tenía todo controlado, porque para eso estaban las lociones capilares y las pastillas. Y la medicina, pese a que el médico al que consulté también estaba calvo y parecía que se reía mucho cuando me preguntó que si mi padre lo era. Pues por culpa de los malos científicos y del mercado farmacéutico especulador la cosa se descontroló y el cartón empezaba a clarear. Tuve la santa paciencia de contar los pelos que cada día se llevaba el peine, que aumentaban exponencialmente. Los de la ducha y del recogedor no los contaba, porque no era fiable que fuesen míos.

Os resumo el desenlace para no aburriros. Después de un tiempo de sufrimiento la caída de cabellos empezó a decrecer. Y un día determinado el incremento inicial del 35% se había reducido a un escaso 0.5%. Unas 66 veces menos también, curiosamente. Y esa tendencia siguió y siguió bajando. Según una interpretación positiva como la del viernes la situación se había resuelto, ya no se me caía el pelo. Pero paradójicamente no estaba contento, quizás algunos nunca estamos contentos con nada. Como decía Saramago: “No hay consuelo amigo triste, el hombre es un animal inconsolable…”. Porque mi interpretación científica era que el descenso de mi caída era debido a que ya no quedaba más pelo que caerse.

Ese es mi análisis de las tristes estadísticas como experto capilar porque sé de qué va la cosa. Que caimán no come caimán. Juzgad vosotros mismos el resultado por la foto.

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

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