Una paga de mierda

Tenía una paga de mierda. Setecientos euros justos. Supongo que los gerifaltes pensareis que su contribución a la economía nacional es despreciable. Y dado que sabía leer y escribir lo justo, las cuatro letras como decía ella, entiendo que pensáis que tampoco aporta mucho, digamos, al nivel cultural de este país. En vuestro lenguaje es la base de la pirámide, a la que solo acudís a pedir votos y a lo sumo a llevar a votar el día de las elecciones.

Entiendo que para vuestro estatus sea incómodo alternar con gente tan simple y tan vulgar. Es cierto, no era de gustos nada refinados. Veía programas de televisión de mucho chinchorreo, con el volumen a todo meter. Y músicas y cosas sobre todo de antiguamente, nada moderno. Comía de lo más barato, siempre buscaba las ofertas y nunca –repito, nunca- se compró el vestido o los zapatos que le gustaron de verdad porque sabía que eran caros y tenía en su código genético la necesidad de ahorrar para los malos tiempos. Para ella el caviar iraní se llamaba tocino ibérico, cuando lo encontraba de oferta en el centro comercial, claro. Tampoco gastaba mucho en vajilla, tenía un puzzle de un montón de piezas desemparejadas y loza desportillada y gracias, porque había aprendido a comer de una sartén con cucharada y paso atrás. De agua tampoco desperdiciaba, puesto que fue de las que ponía la bañera para meter a los chicos y después en el mismo agua los grandes y por último el hombre, como hacían todos. Solo conoció el mar cuando se jubiló y al regresar de los viajes del IMSERSO tocaba ir al médico por los excesos de comer buffet libre barato en el hotel. Esos viajes eran casi a coste cero y tampoco generaban muchos beneficios al sistema, pero qué se le va a hacer, más gasto en medicamentos.  

Para los teóricos de la economía ella era un elemento poco generador de riqueza, nada consumista. Del modelo de educación que no conviene predicar. Gastaba poco, de hecho remendaba hasta la saciedad mandiles y jerséis, ponía coderas, plantillas y suelas; hasta entresacaba hilos con precisión de cirujano para zurcir las medias. Cuando tiraba unos zapatos recuperaba los cordones, por si acaso.

Pues este elemento de contribución insustancial al sistema ha fallecido sola en una residencia, con muy pocos medios o atención dada la situación general. Sin poder ser visitada, ni velada ni enterrada con sus familiares. Claro, es culpa de la mala situación actual y previa. De malas gestiones de otros, de los anteriores y sus precedentes hasta llegar a Viriato. Pensaréis que esas actitudes a las que he aludido de no mover la economía fueran las causantes de un sistema tan precario. O que ni siquiera eso, porque tampoco afectará su pequeña vida a los datos macroeconómicos que doblegáis con facilidad. 

Pues os voy a mentar a vuestra jodida estampa. Sois unos niños de papá sobrealimentados que solo os sabéis mirar el culo y el ombligo, sin diferenciar uno de otro. No sabéis que lo que sois, lo sois gracias a las miserias y las penas de este tipo de gente, la que nos metió en el primer mundo a base de pasar calamidades. Que el hambre que pasaron fue para dar su comida a sus hijos, y que valoraron tanto el estudio que no tuvieron, que siguieron pasando penas para poder mandarlos a estudiar, a muchos a la Universidad. Y ellos prosperaron, pero de repente florecieron listos como vosotros, zánganos que crecieron en los montones llenos de trigo pensando que estaban allí desde siempre. Que para tener dinero solo había que pedírselo a papá.

Los viejos siguieron ayudando a cuidar a los nietos, avalando préstamos, haciendo tortillas con manos temblorosas mientras vosotros trepabais en la política comprando voluntades y vendiendo amigos en un mercado, olvidado las lecciones de concordia que habían aprendido aquellos abuelos. Aprendisteis la palabra pelotazo antes de la palabra pelota. Y lleváis décadas de pastores de este rebaño de números en el que nos habéis convertido, prestando atención a las estadísticas, al márquetin y a las próximas elecciones en lugar de a las próximas generaciones.

Esas estadísticas hacen insignificantes a vuestros ojos a la anciana que murió hace dos días, sin saber que ella es exactamente la piedra clave que sustenta la bóveda sobre la que nos dirigís, para ordeñarnos desde vuestro castillo de cristal. Sin saber que si esa viga maestra desaparece todo vuestro mundo se puede venir abajo. No sé si sospecháis que lo que nos piden las tripas desde hace muchos años es salir a la calle con antorchas y horcas reclamando justicia. Pero volvéis a tener suerte, canallas. Porque esta señora también nos inculcó educación para que la cabeza dominara nuestro corazón, nos hizo ser templados y cautos, para que por encima de todo hubiera enfrentamientos que jamás se volvieran a repetir.

Ya veis, amigos, después de todo la anciana insignificante os ha salvado el culo. Dadle las gracias y no tentéis al demonio o a vuestra suerte.

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

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