El día que viví mil vidas

Yo recuerdo ese día como vivido dentro de otra piel, desdoblado en miles de vidas.

En la primera hora soy muchas personas pequeñas y grises en una gran miseria. Paseo por los escombros de un país en ruinas devastado por una atroz guerra civil. Soy todos y cada uno de mis doce hermanos. Cada año nazco y me entierran a los pocos meses. Sobrevivimos cuatro. Soy niños con churretes y sabañones que rebuscan entre las vías del tren cáscaras de naranja, alumnos que van descalzos al colegio y solo se ponen las alpargatas en las puerta. Como harina de almortas que me enferma de escorbuto, soy una generación desnutrida. Soy una legión de hombres que aran la tierra con rejos poco afilados o con manos callosas de uñas negras. Tiro del yugo de las bestias con más ansia que ellas, porque mi hambre es infinita, sé que durará generaciones y nunca se saciará.

Soy un mar de obreros que riega los campos con su sudor. Mares de hoces y de sombreros de paja que sueñan cabalgar trillas frente al viento. Graneros que crecen migaja a migaja pese al hambre para que los siguientes tengan alguna oportunidad. Bosques de caras que se levantan al cielo gritando “Agua, coño”, desafiando a Dios a ver si tiene arrestos para ahogarnos a todos, porque en esta tierra nunca lloverá lo suficiente.

Soy generaciones que progresan y sustituyen viejos aperos por tractores y máquinas empacadoras, las que amplían los negocios y siguen creciendo. Soy también sus hijos cuando vendo el patrimonio egoístamente a cambio de un fondo de inversión. Ahora despilfarro, vivo a lo grande y no pienso en el mañana, para que la siguiente generación a la cual también pertenezco seamos funcionarios mileuristas hacinados en pisos diminutos que deben medio culo al banco y otro medio al estado. Pero sueño con tener un pedacito de tierra propio y cultivar productos ecológicos para no comer basura.

En la mitad de mi día estoy triste. Soy una masa de ancianos reventados por el trabajo que en lugar de descansar justamente cuidan de los nietos, cocinan croquetas y tortillas con manos devastadas por la artritis o por el párkinson. Una plaga de egoístas sobrealimentados asola el país porque no sabe lo que cuesta ganar cada migaja que comen de nuestro cesto. Nadie valora el esfuerzo, el progreso. Cada uno solo se mira a su ombligo y no cabe más egoísmo en mi día ni en mi mundo.

A la una de la tarde llega la enfermedad que nos desenmascara. Algunos acopian alimentos para la cuarentena sin pensar en los demás. Los gestores y los voceros repiten mantras obsoletos de libros de márquetin escondidos en el rincón o bajo la alfombra como avestruces. El mundo se derrumba por el puro egoísmo, por mí mismo. Hoy he muerto muchas veces solo y desatendido por el colapso sanitario en una residencia.

Pero algo acontece, mis manos con artritis empiezan a tejer máscaras que nunca utilizaré pese a que me descartarían en un triaje. Me dedico al trabajo con la misma saña del principio, dándolo todo sin esperar nada a cambio. La enfermedad me despierta con una dura bofetada y soy una nación que actúa como un solo hombre. Las redes conectan a antiguos enemigos que desarrollan máquinas ingeniosas para salvar vidas. En el confinamiento contamos las viejas historias del principio de los tiempos al calor del fuego, nos empezamos a conocer entre nosotros y los niños aprenden el sentido de la vida.

Por la noche me he convertido en los supervivientes que salimos del encierro para damos cuenta de lo que somos, de lo que siempre fuimos. Pero que ahora ya no lo queremos olvidar. Vemos de forma diferente el exterior, está lleno de personas como nosotros en lugar de objetos. La enorme marea ha conectado a naciones y por primera vez se valora a los que sanan el cuerpo y el alma por encima de los que vendían un mundo falso en la pantalla, de los futbolistas o millonarios. Ahora sabemos por qué están tristes y nos dan pena. Se empieza a valorar el esfuerzo, se apoya al que tiene un don para que cumpla su destino en el grupo, de la misma forma que se hacía en la tribu al principio de los tiempos. He sido científicos que olvidan rencillas y encuentran la vacuna de muchas enfermedades, liberando las patentes para que sean públicas y accesibles. Gratuitas. Por primera vez el dinero no es lo más importante.

En las últimas horas de mi día soy millones de hombres que escuchan. Que aprenden con respeto, que regresan a la Universidad como a un abrevadero del alma. Soy el niño de espaldas al televisor que empieza a leer un libro de papel tras aspirar su olor y que prende una llama que ya jamás se apagará. En la última hora de mi día no sé si tendré un mañana, si despertaré recordando la historia de mi estirpe humana, o si simplemente me desvaneceré en la penumbra para abonar con mis restos la senda de los que precedo. Poco me importa, porque yo soy grupo, soy especie. Soy todos los individuos desde el comienzo de nuestro viaje. Yo soy tú.

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

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