El anciano con Alzheimer

Lo encuentro desorientado. Lleva algún tiempo caminando, está cansado y se ha sentado en un banco del parque. Cada poco tiempo levanta la cabeza, intenta orientarse mirando alrededor. Se levanta del banco, camina unos pasos dolorosos, arrastrando mucho los pies, como si la pequeña distancia que se separa de la acera fuese capaz de devolverle la localización. Ahora camina hacia el otro lado del banco, separa los brazos del cuerpo y gira la cabeza con un rictus de pánico, de tristeza. De ausencia.

Conozco bien esa sensación. Hace mucho que vivo en la calle. Entiendo perfectamente su mirada, por lo que está pasando. El sentimiento de soledad que te asfixia, de fracaso. De que la vida, si es que se puede llamar así, solo va a ir a peor y que el resto de tu tiempo lo será hasta que seas capaz de aguantar el dolor. Así de simple. Solo puedo ofrecerle mi compañía, compartir mi soledad con él. Es todo lo que tengo. Me siento a su lado.

No me puedo comunicar con él. Balbucea frases incoherentes, se calla y me mira sonriendo, como pidiendo perdón. No puedo identificar de dónde viene. Permanezco con él. Decido que es mi amigo, y que lo que pase nos pasará a los dos por igual. Es lo que me enseñaron de pequeño. No te voy a dejar en la estacada. La palabra de un vagabundo como yo tiene valor de ley, porque quizás es lo único valioso que tengo. Eso y mi orgullo magullado, pisoteado.

No tiene que llevar mucho tiempo perdido. Se mira constantemente un viejo reloj de cuerda en su muñeca. Poco a poco se va tranquilizando a mi lado. Pasan los minutos en silencio, pesados. Deja de mirarse la muñeca y ha asumido que el banco es su refugio. Junto a mí. Empieza a hacer frio. No lleva ropa de abrigo, al igual que yo. Me acerco para darle calor con mi cuerpo, para parapetarlo del viento del norte que entra encajonado por la plaza, traicionero, haciendo remolinos con las primeras hojas caídas de los árboles. Lo conozco bien y no me gusta. Pienso en si tendrá familia que lo esté buscando, o estará solo como yo. Si tiene familia lo tienen que estar pasando mal. Caigo en la cuenta de que su reloj no hace ruido. Está parado. ¿Cuánto tiempo llevará así?

Hace más frio. Empieza a tiritar. Nos hacemos un ovillo, como las ovejas en los lentiscos. Veo una luz azul que se aproxima por el otro lado del parque. Nos sobrepasa, pero da la vuelta. Ahora se ven dos luces blancas potentes que nos iluminan. Baja del coche un policía hablando por el comunicador y enseguida pone una mano en el hombro del anciano. Le colocan una manta térmica encima y le hacen muchas preguntas. El anciano sonríe, pero no responde. Solo me mira con la misma expresión ausente. A mí no me dicen nada porque soy invisible, como todos los vagabundos. Ya estoy acostumbrado.

Aparece una ambulancia y ahora le colocan aparatos para medir la tensión, para auscultarlo. Le han traído un café caliente. Le siguen haciendo muchas preguntas, pero siguen sin respuesta. Mi amigo solo sonríe como pidiendo perdón y me mira de reojo. Permanezco a su lado, un poco desplazado por los sanitarios. Le hablan con palabras amables y lo tumban en una camilla. Cuando lo van a introducir en la ambulancia intento subir con él. Uno de los enfermeros me da un empujón, pero vuelvo a intentarlo. Permanezco a su lado. Es mi amigo. Puedo ser lo único que tiene. Me vuelven a apartar, pero me meto dentro de la ambulancia. Ahora el sanitario cambia su actitud, me mira a mí y luego al anciano, que me está mirando a su vez. Parece comprender. Sonríe y me dice “vamos, sube”.

La historia acaba bien. Por cierto, no os lo he dicho. Quizás tenía que haber empezado por ahí. Soy un perro vagabundo. Parece ser que ahora tengo algo de notoriedad, porque la prensa ha difundido la noticia de que un perro callejero custodia toda la noche a un anciano de 75 años con Alzheimer, Francisco, que se había perdido. Que yo había pasado desapercibido en los primeros momentos de la localización hasta que pretendí subir a la ambulancia con mi amigo. Sabía que si subo a un coche la cosa acabaría en una perrera, pero ya os he dicho que decidí no dejarlo en la estacada, tal y como aprendí desde cachorro. Parece ser que la familia de Francisco, tras conocer el noble acto del animal, se puso en contacto con la Policía Local para interesarse por mi adopción. Quizás la historia ha tenido final feliz para los dos, pero no considero que haya hecho ningún acto de especial nobleza. Simplemente lo que debía hacer para con un amigo. ¿Es que los humanos no os comportaríais igual?

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

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