El orgullo de los perdedores

Hace mucho tiempo, cuando todavía no usábamos mascarilla. Una anciana da una limosna a un mendigo ubicado estratégicamente en la puerta de entrada de un supermercado. En principio la imagen no tiene nada de especial, es una de las múltiples que vemos cada día y que pasan rápido delante de nosotros, como los postes del tendido eléctrico vistos desde el tren. Ante esta situación como mucho avivamos el paso, no sea que nos sintamos comprometidos, incomodados por algo que intuimos que nos puede afectar.

Es una pena, porque hubiéramos percibido un gesto heroico. A veces no vemos ciertos detalles; de hecho la mayor parte de las ocasiones actuamos como ciegos. Estamos educados desde pequeños para aborregar nuestro comportamiento a unos cauces establecidos. Para mitigar y mutilar nuestros sentidos, para percibir sólo lo que es políticamente correcto, socialmente adecuado. Evitamos lo que compromete, la empatía si no es adecuada. Recompensada. Por eso los niños, antes de ser sometidos, mantienen esa mirada, esa curiosidad. Por eso sólo permitimos a algunos valientes que mantengan esa percepción infantil de por vida tachándolos de locos o de genios, algo inalcanzable, no os molestéis en imitarlos. Es una pena, pero hoy os voy a centrar en la imagen que tardamos habitualmente dos segundos en ver y olvidar. No porque tenga más percepción que vosotros, sino porque sigo escribiendo de cosas reales, la mujer es mi madre.

foto: tusbuenasnoticias.com

Es este el encuentro entre dos perdedores en realidad. Entre dos soledades, independientemente de la posición social de cada uno. No es difícil, si quisiésemos, darnos cuenta de los modales del mendigo, que no avasalla a los transeúntes. Está en un segundo plano, ni siquiera incomoda con la mirada. Pero mantiene la cabeza alta, como los marinos cuando se enfrentan al océano en un pequeño bote. Respetando al mar, pero actuando como marino, que es decir mucho. Pese a lo ajado de las ropas, si nos hubiésemos acercado hubiéramos comprobado que tiene las manos cuidadas, indicativo de que no ha sido mendigo toda su vida. Incluso si lo saludásemos nos daría las gracias sin pedirnos dinero, eso ya lo dice un cartel con “vivo en la calle”, escrito con buena letra. Nos daría las gracias por saludarlo, por querer verlo. Por prestarle atención.

Si lo hubiéramos saludado como la señora, nos hubiéramos dado cuenta que es viejo, pero no anciano. Con cierto porte. Que acepta la moneda con un “gracias” sincero, pero que en seguida acepta mucho más agradecido la breve conversación que se entabla, escondiendo la moneda con elegancia, escamoteando hábilmente el dinero para que no ensucie la charla. Son formas de hombre inteligente, habituado a tratar a muchas personas y situaciones. De buen camarero –que también es decir mucho-, de filósofo de la vida. Podríamos escuchar que el señor se permite recomendar a la anciana que compre el té a granel porque sale más barato que la caja de veinticuatro bolsitas que ve que ha comprado a través de la bolsa. Le pregunta el precio de la caja y en una décima de segundo le dice lo que cuesta una. Tabla de multiplicar del doce de memoria, eso es típico de comerciales o vendedores. O de que es muy inteligente y tiene la memoria intacta.

El hombre agradece sobre todo la atención. Dice que es de Andalucía, que viaja para ahorrar dinero para la familia mientras no es un cargo para ella. No sé si será verdad. Pero el consejo que comparte sí es sincero: “nunca se enfade con la familia”. Si entrásemos en la conversación en este momento no veríamos diferencia entre los dos, ni entre el resto de los clientes del supermercado. Nos daríamos cuenta que la anciana está sola desde que su marido murió hace años y que también busca de alguna forma lo mismo que el hombre: que esta sociedad preste atención a los ancianos. Quizás si estuviésemos los tres minutos que dura la charla podríamos percibir un eco de tristeza en los ojos claros del mendigo. Un vacío, una decisión, una mirada de orgullo. Una mujer que arruina la vida y a la que todavía se sigue queriendo.

Photo by Pixabay on Pexels.com

Y cuando la señora, casi al despedirse, se queja de lo mal que está la vida y de lo poco que dan de sí las pensiones –os recuerdo que se lo está diciendo a un mendigo-, el hombre enarca la ceja y aparece otra vez en sus ojos entornados la mirada del hombre de mundo, la del comercial cuando hacía los cálculos. -¿Señora, cuánto gana usted de pensión? –Seiscientos diecisiete, me han subido uno cuarenta al mes, una vergüenza, -contesta-.

El mendigo se lleva la mano al bolsillo y discretamente tiende a mi madre una moneda. “Señora, me ha dado un euro y eso es demasiado para usted. Cincuenta céntimos son suficientes. Le devuelvo los otros cincuenta. Cuídese y que tenga un buen día”. La mujer coge la moneda y cada uno vuelve a sumergirse en su soledad. Todo eso nos hemos perdido. No es nada, repito, pero quizás nos habría hecho reflexionar sobre si seremos alguno de los dos en alguna ocasión en la vida. Apuesto a que sí. Y que quizás deberíamos pensar cómo nos cambiaría la cosa si en un país en el que hasta los mendigos tienen un código de honor, hubiésemos tenido un solo gobernante con esa honestidad a lo largo de nuestra desgraciada historia.

Photo by Keshav Juleemun on Pexels.com

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

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