Cuentos del Cabo Hueso (V). El polluelo nini

Aquel polluelo que no abandonó el nido salvó la vida de Poli. Pese a que era ya demasiado grande y postergaba indefinidamente levantar el vuelo, sus padres le seguían alimentando, al igual que sucede en el caso de la especie humana. Qué se le va a hacer. A la madre no le importaban las miradas reprobadoras de su pareja; da igual si es un águila macho o si se llama Manolo. Ellos no lo entienden porque no los han parido. Pues gracias a este polluelo nini, junto a la inteligencia que da el hambre de un niño manchego, descubrí una de las historias más increíbles que jamás he escuchado en mi vida. Veraz, por supuesto. Demasiado real y dura para que la veáis en el celuloide. Mucho más que las películas de Almodóvar y tantas otras, donde parece que se exagera, aparentemente, sobre un tiempo remoto. Si se llevase a la pantalla no sería creíble, sobre todo para los chicos de hoy en día.

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Poli vivió su niñez coincidiendo con la posguerra de una España en ruinas. Desde muy pequeño fue pastor. Y a pesar de todo tuvo suerte, porque en el campo había más comida que en los grandes pueblos y en las ciudades. Si eras avispado para encontrarla, claro. Recuerdo a Poli como un señor bajito siempre tocado con un sobrero blanco al estilo tirolés con una pluma de adorno. Era muy amable y vivaracho. Coincidía con mis padres en los viajes del IMSERSO. Como no se podía estar quieto, hacía figuritas de madera forradas con tela de escay de colores clavada con chinchetas. Los caballos se le daban bastante bien.

Recuerdo escucharlo contar historias a mis padres sobre su vida en el campo. Había sido muy dura, pero nunca hablaba con rencor. Siempre silenciaba u omitía las cosas que después entendí que estaban relacionadas con la miseria. Hoy pienso que cada uno de aquellos silencios merece un monumento. La vida de Poli debería ser una asignatura o al menos de lectura obligatoria a los estudiantes de primaria si tuviésemos gobernantes con dos dedos de frente, pero eso es otra historia. El caso es que siempre se las ingeniaba para encontrar comida y tened en cuenta que era un niño que no empleaba armas de fuego. Me fascinaba como explicaba la forma en la que usaba trampas con lazo o como pescaba en los arroyos con cualquier cosa.

Lo del polluelo ocurrió cuando Poli se dio cuenta que cerca del cortijo había un nido de águilas sobre una enorme encina. Y dado que las rapaces traían presas en abundancia, supuso que debían tener polluelos grandes. Azuzado por el hambre, con ayuda de una escala trepó al nido y se percató que el infante era un único polluelo bastante crecido y bien alimentado. De modo que le ató la pata al nido con una cuerda de pita y decidió hacerse amigo del retoño. A partir de entonces se repartió con su amigo la abundante comida que le traían los padres, fundamentalmente una dieta a base de conejos y perdices. Uno para ti y otro para mí. Y como el polluelo no abandonaba el hogar paterno, los sufridos padres seguían manteniendo al nini alado, pese a que estaba tan grande que casi no cabía en el nido. Y así siguió engordando, y Poli también. Supervivencia.

Una de las cosas más increíbles de su historia es que aprendió a leer por sí solo, leyendo y releyendo un tebeo de Roberto Alcázar y Pedrín que había encontrado junto a unas cáscaras de naranja en las vías del tren cuando buscaba carbonilla. La carbonilla era para vender a los de la fragua. Las mondas de naranja para comerlas como una golosina. Poli era bueno siguiendo rastros, quizás eso facilitó el proceso de hilar letras y sonidos para aprender a leer. Como ya os habréis imaginado, este pastor es un gran pedazo de los retales con los que he construido a uno de mis personajes, Juan García. Poli es uno de mis superhéroes, como Superlópez, Pedro el pastor, Jerry King el Hoosier, Juanma el pastelero de Poblete o Sotero Marín el escritor de coplillas. Elegid vosotros uno de esta Patrulla X. Para mí es imposible.

Poli recopiló la historia de su vida en un modesto taco de folios –imaginaos el esfuerzo- que enseñó orgulloso a mis padres y me preguntó por la posibilidad de encuadernarlo. Al final su limitada economía y la precariedad de la época acabaron con su único ejemplar encuadernado en gusanillo. Echo de menos haber leído aquel libro. Aquello era un auténtico tesoro. Por lo menos recuerdo algunas de las historias que escuché, que quiero compartir hoy con vosotros como un homenaje a este gran hombre. Para que nunca las olvidemos, y por si alguna vez, dado el cariz que están tomando los acontecimientos, nos vuelven a hacer falta.

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

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