Esas malditas alcantarillas

Por desgracia las conozco de memoria. Son 9 desde la rotonda del Quijote Power Ranger hasta la de la entrada a la avenida del hospital. La primera hay que tomarla por el centro para no despegar con el coche, la segunda y la tercera por la izquierda, la cuarta por la derecha. El resto alternativas a izquierda y derecha. La entrada a la residencia es triste. Conduzco al hospital una silla de ruedas con un radio roto y dos cubiertas desgastadas y reventadas por el uso. La silla zigzaguea y se queja más que el enfermo. No sabéis la humillación que resulta eso para un ciclista que compra hasta las últimas estupideces como yo. Y no por el vehículo, sino por lo que supone para el paquete que llevas. Maldigo la pala para apoyar los pies que no funciona y hace que mi padre arrastre el pie derecho y se lo pille a ratos debajo de la silla. Que a la quinta vez que se lo coloco le haga daño y sea consciente en ese preciso momento, por su mirada que aguanta el dolor, que ese recuerdo me va a perseguir toda la vida. Maldigo al malnacido que ha aparcado en la rampa y hace que tenga que cruzar por la acera. Avanzo por una entrada llena de chicles sucios, de papeleras sin recoger, de gente que fuma delante de los carteles de espacio libre de humos. Pero esta gente no me molesta.

Estado de la cubierta de la silla de ruedas que ofrece la residencia

No me molesta la gente que te hace esperar tres horas para la sesión de radioterapia porque no sé qué cosa le ha pasado a la máquina. Me molesta que a las tres menos diez, cuando vas a pasar, tengas que esperar otros cuarenta minutos, con tu padre ya cagado, porque hay cambio de turno y el operario no puede salir cinco minutos más tarde, que eso no está en el convenio. Blasfemas y rezas a la vez a dios y al diablo esperando que el Karma un día le depare lo mismo al simpático operario. O más fácil, sólo les pides a tus amigos del infierno que te permitan encontrarlo una noche en una esquina sin farola un minuto antes de que esto reviente. El resto lo pongo yo.

Reconoces a esa extraña fauna que aparece fruto de la necesidad, de la enfermedad o del sufrimiento. Un buen número de personas que existen, pero que nadie quiere reconocer. Carne de cañón para ser estafadas por su dolor, el mejor de los negocios. Es fácil descubrir la mirada de los corredores de fondo de camino de la desgracia, de los desahuciados. Es la misma mirada de los soldados viejos, hace mucho que no se quejan.

Reconoces el valor de una sonrisa entre los enfermeros o celadores que doblan o triplican la carga de trabajo; porque el doble la hicieron los recortes, pero el triple la constituye el compañero que se escaquea. A los asistentes que lloran de rabia a escondidas porque no dan abasto a atender a los ancianos, a pesar de que sus jefes presumen que les pueden dedicar todo el tiempo del mundo a cada uno por separado. A los médicos que en segundos se percatan de tu situación y se hacen cargo de un paciente más que has traído desplazado, porque en otro sitio no se quieren comer el marrón, o hay que hacer caso a los políticos que dicen que hay que ahorrar en resonancias. Aquellos tendrán un gran futuro. Salvo por lo de la esquina, claro. Te das cuenta de todo. De lo fácil que está planteado el sistema para morirte sin que te dejen un ratito antes en una esquina a ajustar cuentas o puedas llamar a la casa de un político para conversar un minuto sobre dignidad. ¿He repetido mucho la esquina? De lo simple que es decir: “Hala está muerto, los papeles y fuera. A esperar abajo”. A la zona donde los buitres vuelven a colocarte mercancía en forma de cajas de madera. Y pese a todo te das cuenta que no estás solo. Te das cuenta cuando el de la cafetería nota que es la última vez que te tiene como cliente y al no tener suelto para pagar la puta tila no te la cobra y te devuelve las gracias con un nudo en la garganta.

Los amigos de verdad nunca te abandonan

Estás maravillado por el enorme peso que aguantan unas espaldas tan débiles, tan acostumbradas a decir “no pasa nada, venga da igual, cinco minutos más; yo lo hago sin cobrar, uno más no importa…”. Por escuchar con una sonrisa tu historia, que para ellos es la número 32.000, a pesar de que a ellos tú no les has preguntado cuál es su cruz. Esa inmensa cantidad de profesionales mal pagados ―entre tantos otros médicos, sanitarios, soldados, guardias civiles, maestros, policías—, que aguantan el peso de todo el sistema. Y el día que se cansen, ese día el frágil equilibrio se va a desbordar y todos nos daremos cuenta de quiénes eran el pegamento que hace que esta cosa que llamamos país no reviente.

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

Un comentario en “Esas malditas alcantarillas

  1. Los gestores de la cosa pública, los gestores… los de los despachos, que se den una vueltecilla por la realidad.
    Bien contado, con su dosis de rabia, cariño y reconocimiento.
    A ver si sirve para algo!!

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