La última navidad, la última patria

Reflexiono sobre esta década y no puedo evitar compararla con la del siglo anterior, aquella que se describió como los “locos” años veinte. Los pasados fueron una época de ilusiones y de modernidad en la que un mundo en franco desarrollo acababa de eclosionar.

Es curioso, pero esta mirada atrás, enfocada sobre los mismos tiempos y personajes la repetí unas navidades en la Habana en casa de los padres de un amigo. Este no podía pasar la navidades con su familia, pues se había quedado en España para trabajar buscando progreso, y fue castigado con no poder regresar a su patria durante cinco años. Dado que yo hice una pequeña estancia allí, aproveché la ocasión para servir de correo con sus padres -entre otros- y agradecí la sincera invitación de éstos a una comida.

Habana años 50

He de reconocer que disfruté con la compañía y la interesante charla de los progenitores, dos personas amables y cultas. La ocasión fue más que amena, dado que pude aprender que todo va más allá de un presente circunstancial, y que las personas y los países tienen una historia digna de recordarse y con tendencia a repetirse por desgracia. Durante la sobremesa el padre me contó la historia de su familia, que precisamente se remontaba a los años veinte del siglo pasado en los Estados Unidos. Fue la suya una familia cubana de origen español, que vivía plenamente unos progresos que en aquel entonces parecían inacabables: no en vano a Cuba llegó la televisión o el ferrocarril mucho antes que al resto de países de un mundo empobrecido, entre ellos cuenten a España. Este hombre, al igual que su padre, trabajó como ingeniero en Nueva York y luego en Miami para recalar finalmente en la Habana en los años 50. Tuvo dos hijos y una enorme familia de tíos y primos que tenía la costumbre de festejar la navidad aprovechando el cálido clima caribeño, en la casa familiar del Vedado. Recordaba con entusiasmo reuniones de más de cincuenta personas, donde la gente se agrupaba por edades, se cantaban villancicos y se contaban cuentos oriundos de un lejano país llamado España del que los abuelos hablaban con emoción. Siempre había ruido y niños jugando, petardos y peladillas. Al final se hacía un gran silencio ceremonioso y todos se abrazaban, brindaban y llegaba el gran momento esperado en el que los abuelos daban el aguinaldo a los pequeños.

Celebración de los años 50. Cuando éramos reyes.

Pero todo cambia con el tiempo, y mediada la década de los 50 vino la revolución y con ella otra etapa de nuevas ilusiones, aunque cada vez resultaba más difícil reunir en la mesa a la parte de la familia que vivía en Estados Unidos. En aquella época el padre de mi amigo trabajaba para la prestigiosa embotelladora de agua carbonatada Montepellegrino, que posteriormente fue nacionalizada, aunque se seguía sirviendo la misma calidad de agua. Luego las cosas fueron a peor, llegó el bloqueo americano y los que permanecieron en la isla sólo ocupaban ya la mitad de las sillas. El momento álgido coincidió con el desmembramiento de la URSS y el denominado periodo especial. Las reuniones de navidad empezaron a ser tristes por la añoranza, la falta de noticias de los ausentes y por las serias necesidades que acarreaba la grave situación política.

El cambio

Los ruidos y festejos de la enorme casa indiana del Vedado fueron menguando lánguidamente hasta el final de la historia, del cual yo fui partícipe sin saberlo. Aquella navidad sólo permanecíamos en la casa los padres y yo mismo, porque sus dos hijos estaban en España y no podían regresar. Con un nudo en la garganta, brindé con ellos con un buen vino español, un caro regalo que trajo su hijo la primera vez que vino de España, una que pudo regresar, y que tenían reservado para una gran ocasión. Al descorchar la botella supe que no esperaban más ocasiones especiales.

Pensé entonces y pienso ahora en las historias tristes, que tienden a repetirse. En las ilusiones que se desvanecen. Pero recuerdo la mirada oscura pero entera del hombre al mirarme al brindar y la que dedicó a su mujer, que chocó con nosotros una copa de agua carbonatada. Una mirada que no se rendía. Y asumí ese brindis con todas las consecuencias y con la misma actitud vital. Porque mientras exista un familiar a tu lado para brindar con o sin vino y quizás recordar a los ausentes, habrá una familia. Mientras exista alguien que luche a tu lado, mientras permanezca un soldado en pie, siempre existirá una patria. Y en épocas en las que merman los números y quedan muy pocos que se reagrupan, al menos hay una ventaja. Las ratas y los cobardes se desenmascararon y abandonaron el barco hace tiempo. Y con los pocos que quedan siempre merece la pena brindar y seguir luchando. Hasta el final.

Photo by Anastasia Zhenina on Pexels.com

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

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