El ingeniero y el charco

(Historia real dedicada como homenaje a los del gremio del transporte y del taxi, que llevan trabajando como servicio público más de cien años. Os aseguro que son personas normales.)

Os he hablado antes de él. Era un Ford modelo T, de matrícula CR-13. No número 0013 no; sino 13, a secas. Hace mucho tiempo, ¿verdad? Tenía los radios de las ruedas y la estructura de madera, por lo que los meses de verano había que regarlo como a los geranios, para se hinchara el material y no cogieran holgura las juntas. Lo llamaban “el saltacharcos”. Había que arrancarlo acoplando una manivela por la parte delantera con cuidado de que no te partiera la muñeca al girar. Si no os habéis dado cuenta ya, era un coche con alma.

Cuando el camino lo hacías tú.

En ese “Forito” transcurrieron los mejores años de la vida de Ignacio. Transitaba por caminos de tierra, a una velocidad ridícula si la consideramos hoy en día. Grave error, porque en aquellos años lo importante era el camino. En aquella época era algo más que un taxista. Era portador de noticias, de encargos. Hacía trueques, era ambulancia, transporte de mercancías, correo. Siempre llevaba la escopeta al lado del asiento para cazar una perdiz o una liebre, porque se podía disparar perfectamente a la velocidad de crucero. También el Forito fue testigo de los peores momentos de su vida, en los que fue requisado junto al conductor para dar el paseíllo a algunas personas que digamos, dejaron de serlo. Pero esa es otra historia. La de hoy narra el hecho feliz de su participación en los emplazamientos de colonización.

Ganando tierra de cultivo al campo. Si hace falta se hace el surco arañando con las manos.

Durante la posguerra el instituto de colonización creó una serie de pueblos o emplazamientos para ganar espacio al campo (imaginaos la cantidad de campo que había entonces). Se intentaba favorecer el desarrollo rural, los cultivos que tanta falta hacían para mitigar el hambre y de paso se ponía cerco a los dominios serranos de los maquis. La actividad estaba siempre supervisada por un ingeniero, un ser que para los aldeanos normales parecía un extraterrestre. Todas las personas entendían lo que era un médico y sabían respetar e incluso venerar esa labor más allá de las formas o los buenos ropajes, o del impresionante coche de caballos en los que hacía las visitas. El cochero con fusta o la flexión de las ballestas al bajar el doctor del pescante eran cosas que quedaban marcadas de por vida para un niño. Todos entendíamos que el médico curaba, pero lo del ingeniero no estaba tan claro. Este hombre parecía un militar de alto rango pero sin ser militar, o un obispo pero sin los trastos de oficiar, nada. Lo que sí tenía era un cuello tan estirado que más que almidón parece que usaba cemento en la impecable camisa blanca. No saludaba a nadie y gastaba una soberbia y un mal carácter que le hacía estar quejándose constantemente por cosas que la mayor parte de nosotros considerábamos un privilegio; como las sábanas de la mejor habitación de la posada, las comidas con los mejores condimentos, los vinos guardados para las ocasiones. Mi abuela, que tenía el don de retratarlo todo con un par de palabras (de ella es la genial descripción de un señor gordo como “abalconao”), decía de él que parece que se había metido un palo por el culo. Cabalico.

Director general de Agricultura, junto al Ingeniero jefe de la Granja y al Alcalde de Ciudad Real. (Vida Manchega, 1912)

Por supuesto, el único coche del pueblo se destinó a dar servicio al señor ingeniero. Este se limitaba a visitar posibles emplazamientos en el campo y luego supervisar el trabajo de los ayudantes que miraban por unos aparatos raros con trípode y tomaban notas en un cuaderno de cuero, muy nerviosos porque el jefe siempre les echaba la bronca, desde que se bajaba del Forito hasta que subía la ventanilla para visitar la siguiente cuadrilla. En el coche seguía el rosario de quejas, hasta que se quedaba amodorrado por el ruido del motor. Ese humor era un desafío a los dioses y tuvo que pasar lo que pasó.

Una tarde, al regresar al pueblo el coche se quedó atascado en el barro de un enorme charco de la parte baja del arroyo, era imposible sacarlo. Ignacio tuvo que despertar al ingeniero y decirle, estrujando la gorra con mucha vergüenza, que se habían quedado atascados y que la única forma de salir era empujando el coche. Para ser tan listo tardó el ingeniero un rato en darse cuenta que era él quien tenía que empujar, porque Ignacio debía manejar el coche, a lo que se negó despotricando como un poseso. Y tardó otro buen rato esperando encabronado a que llegara alguien para hacerlo, también maldiciendo el campo, los aldeanos y todo lo que se ponía a tiro de su enorme soberbia. Al final tuvo que ceder antes de que se le hiciera de noche, meter sus botas altas e inmaculadas en el charco y empujar con ganas, mientras Ignacio gobernaba el auto, que se revolvía como un potro salvaje, incapaz de salvar el obstáculo. En el último arreón del ingeniero, para aquel entonces ingeniero sudado, el Forito traccionó lo suficiente para atravesar el arroyo. El problema es que lo hizo arrastrando una lluvia de barro sobre el señor ingeniero y que, además, el arranque repentino del coche lo pilló de improviso, con lo que por un momento se quedó empujando en el aire para aterrizar en las frías aguas manchegas.

Esos caminos… Fotografía actual de una calle de Ciudad Real

Paradójicamente el señor ingeniero dejó de despotricar durante el camino de vuelta. Sólo tenía la cara roja y los ojos rojos muy abiertos que parecían a punto de reventar. Emitía un sonido extraño de rechinar de dientes. No sé si enfermó a causa del enfriamiento o lo destinaron a otro sitio, el caso es que no se le volvió a ver por el pueblo.

Mi abuela Concha (centro), la mujer de Ignacio.

Aquella noche, ya bastante tarde, la mujer de Ignacio algo rumiaba en su cabeza durante la cena. Una fuente de sopas de pan con suero de oveja y azúcar a la que se había trazado una raya con la cuchara que delimitaba milimétricamente las lindes de la ración para cada comensal. Ni con los cacharros con trípode del ingeniero se hubiera hecho mejor la partición. La mujer preguntó de sopetón: “Ignacio, ¿Qué ha pasado con el ingeniero?” A lo que Ignacio respondió muy tranquilo, sin darle importancia ni dejar de sorber las sopas: “Pues nada, Concha, que no se quedó atascado el forito. Lo atasqué yo aposta”. Su mujer no le contestó y siguió comiendo. Esa cena no le importó que Ignacio se saltara la linde con la cuchara. Pese a la seriedad del rostro de la mujer y del cuchareo intranscendente, una mueca de sonrisa maliciosa asomaba por la comisura de sus labios.

Requesón y suero de oveja. Cuando comer era comer.

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

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