Cuestión de honor, insisto

Esta es una petición que me atrevo a haceros porque no pido para mí. Espero que, aún con razón o sin ella, tengáis a bien atender a mi requerimiento. Esta es la historia de una cerveza y de un soldado, que podría ser la de cualquiera de nosotros. Pocas cosas hay en la vida de las que uno se sienta verdaderamente orgulloso (ser donante de sangre o algunos retratos y guerras que he contribuido a desatar por esta vía de la tecla feroz), pero si os soy sincero esta es una de ellas. Por mi minúsculo granito de arena, por poner una modesta pica (un tercio) en Filabres.

Boceto de Augusto Ferrer-Dalmau

Porque esta es la historia de un soldado de España. Fiero, pero reportado. De los que saben que las amistades se nutren de rondas de Filabres, de estocadas hombro con hombro y de silencios compartidos. De los que tratan de ser lo más y de aparentar lo menos. De los que mantienen la misma palabra en una red social y en territorio comanche. Los que defienden a una niña en un país en guerra dando un enorme ejemplo, porque es la primera vez que un hombre la defiende frente a otros hombres. Eso es igualdad, y no otros discursos fáciles de niñes de papá educados en colegios de élite. Esas bocas hablan poco, nada en realidad, en sitios donde la cosa se pone fea. Donde el ruido de petardos y el humo no es de petardos precisamente. Os estoy hablando de Fortachi.

Cuando el pecho adorna el vestido

Por eso, el capricho de un soldado no es una cosa baladí, porque no quiere medallas ni honores ni reconocimientos. Pero que le pongan su nombre a una cerveza es otra cosa. Empieza la empresa loca que nunca debió tentarle y la milicia responde como un solo hombre de honor, se establecen los primeros diseños. Una fábrica grande de cerveza se raja, pero he aquí que entra Filabres al quite, asegurando el proyecto. Acatando la voz de Pedro Erice se alista una legión al proyecto, se ve que esto tiene futuro, que cuadran las cuentas. Hasta el pintor de batallas, Ferrer-Dalmau permite usar uno de sus bocetos en la etiqueta. Esto ya se sabe que va a pasar a la historia. Y en este momento Fortachi decide que esto no es un proyecto personal, que el nombre tiene que ser elegido a votación por todos –os recuerdo que acaba de ceder su capricho en aras de un ideal mejor, ¿Os suena la actitud? – Además, aparte de no llevarse nada, Fortachi decide que esto debe tener un fin social, por lo que destina un tercio del precio para una fundación de veteranos de la milicia. El parto se llama finalmente Filabres Cruz de Borgoña.

Una Fortachi

Todo esto me parece extraordinario, un ejemplo de desapego y de honestidad. A fecha de noviembre había ya recaudado casi dos mil euros como donativo y en la fábrica no dan abasto en la producción, que ya nos conjuramos en secar los bares que hubiera menester para conseguirlo. Pero aquí entro yo con mi memoria y mi petición, porque aquí gana todo el mundo menos un soldado. Y sabedor que en menesteres castrenses todo tiene un sobrenombre, os hago una propuesta compatible con esta historia grandiosa. Propongo que a la cerveza Cruz de Borgoña se le ponga el sobrenombre “Fortachi”. No me digáis que no mola pedir una “Fortachi Cruz de Borgoña”. Y la ilusión que le va a hacer…

Y por estas razones, porque apelo a vuestro sentido del honor, no os hago un ruego, sino que lo convierto en una exigencia. Brindo por ello por España y por los ausentes. Por los que nunca se rindieron y por los que no nos vamos a rendir. Brindo con una cerveza que sabe a primera imaginaria, a heladas en San Gregorio, a dormir en el saco con las botas puestas porque no te fías. A tiras de mochila dobladas con cinta adhesiva, a metal y sangre de la bayoneta que llevas entre los dientes. A BMR con música a todo trapo al comenzar el servicio de noche en el desierto. A nervios en los más profundo del estómago antes de cruzar las rayas amarillas y negras, a sudor de compañero. A la pregunta que no es pregunta de ¿Al lío o no al lío? A calibre gordo. A las trazadoras discurriendo en el campo. Al incesante ruido de fuego y al zumbido de oídos por la noche. Al olor a pólvora que lo llena todo. Al abrazo que se sueña recibir al regreso. A unos mocasines manchados de barro a juego con un chaleco antifragmentos. A un pintauñas rojo que te regalan en una guerra. A himno de la legión que vociferas por teléfono a un viejo compañero con Alzheimer, porque es lo único que recuerda. En definitiva, parafraseando a un poeta,

…cuando viertes una Fortachi en la entraña,

nos invade una fiera alegría, tan nuestra que se diría,

que nos bebemos a España.

Brindo a vuestra salud con una Fortachi Cruz de Borgoña. Pasadlo.

Publicado por docgracia

Investigador, ciclista y escritor...

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