Carta a un hijo que no conocerás nunca (II)

Querido hijo o hija. Se paciente, porque solo mucho tiempo después de que leas esto entenderás su auténtico significado. Quizás estas líneas sean mi único legado, lo único mío que tienes. Y ten en cuenta que ni siquiera nos hemos conocido. Estas palabras intentan explicarte, intentan saludarte y a la vez son una despedida. Básicamente debería justificarte por qué no estaré contigo, en cada uno de tus momentos: en tu nacimiento, durante tus primeros pasos, en tus primeros fracasos y tus primeras victorias. Por qué no tienes mi compañía, mi mano firme que te sostenga, mis consejos, mis reprimendas o incluso mi ejemplo para hacerlo añicos y mejorar desde mis errores o mis prejuicios.      

La mano que te sostiene

Antes de que supiera que existías partí hacia el otro extremo del océano. Unos hombres necesitaban ayuda y pidieron auxilio al mundo para combatir la injusticia, para luchar por la libertad. Las instituciones y los gobiernos callaron por no alterar el orden supuestamente establecido, el equilibrio globalizado. Pero yo acudí, como no podía ser de otra forma, junto a muchos otros compatriotas, al igual que hicieron nuestros abuelos hace mucho cuando dejaron todo para ir a España.  Formamos el II Batallón Abraham Lincoln. Partí a un guerra, hijo. A un país de otro continente llamado Ucrania.

Empire State. Gestos, solo gestos

Si fracaso, si perdemos, vivirás en un mundo gris y te contarán muchas cosas malas sobre mí. Sobre la gente como yo. Nunca creas todo lo que te dicen. Quiero que sepas que la noticia de tu gestación fue la más feliz de mi vida. Tuve la posibilidad de regresar a casa, pero decidí quedarme. Aún a riesgo de no regresar, de dejar un hijo huérfano, como es el caso si es que estás leyendo esta carta. Eres un hijo deseado. Por eso no te puedo fallar. No puedo regresar a casa y abandonar a la gente que muere por construir un mundo mejor. Precisamente ahora que tú vas a llegar no puedo permitirlo. Quizás mi única enseñanza, el único ejemplo honesto que puedo legarte sea este, aunque conlleve mi muerte: nunca abandones tus ideas. Soy un brigadista. Un defensor. Mejor defender aquí y ahora que retroceder cobardemente, esperando luchar en casa cuando ya sea demasiado tarde. Si debo pedirte perdón no es por luchar aquí, sino por no haber sido capaces de luchar antes para evitar llegar a este punto, por no legarte un mundo en el que los hechos valgan más que las palabras o que el sucio dinero. Te mereces algo mejor que lo que nosotros tenemos.

Cuando se aprende a llorar por algo también se aprende a defenderlo (Barricada)

Estas noches pienso mucho sobre todo. Me gustaría que esto no fuese necesario. Lucha por esta idea y por los que creen que otro mundo es posible, los que se ponen del lado de los débiles. Nunca pidas lo que no te hace falta. Nunca niegues ayuda cuando te la piden como yo no la negué. Cueste lo que cueste.

«Agradezco a vuecencia su generoso ofrecimiento, pero le ruego un poco de paciencia. Dentro de poco estaremos todos muertos y entonces hablaremos de capitulación…»

Las cosas están muy mal. Estamos perdiendo, o quizás ya hemos perdido. Puede que ya lo hayamos hecho desde que empezamos. Por eso son tan importantes los gestos ahora. Los mártires son inmortales en la mente de los demás. Quedamos muy pocos con los soldados ucranianos exhaustos: un puñado de voluntarios y civiles armados que no se van a rendir nunca. Los voluntarios internacionales fuimos la única respuesta ante los estados vergonzosos que miraron para otro lado. Es curioso, pero en España se armó una especie de segunda División Azul. Brigadistas y Guripas juntos, luchando codo con codo por la libertad. Son unos compañeros extraordinarios, nunca dejan de bromear.

Voluntarios civiles

Defendemos juntos la última ciudad, el último reducto. Ya no tenemos retirada. Acabamos de volar el puente detrás de nosotros para dificultar el acceso sin nos sobrepasan. Si eso sucede, si nadie hace nada, quizás el mundo no sea igual a partir de entonces. Cuando se quieran dar cuenta ya será tarde, y no podrán actuar porque ya habrán llegado a sus casas y estarán encadenados. El mundo sería diferente si ser cobarde no valiese la pena. Solo esperamos un milagro, que nuestro gesto conmueva a las masas y que los gobernantes actúen de una vez por temor a perder sus privilegios. Que se cansen de golpear a manifestantes, que las cárceles sean pequeñas, que las balas sean menos numerosas que las personas. Esa es nuestra última esperanza.

Escritora ucraniana Iryna Tsvila. Muerta defendiendo Kiev.

He aprendido a amar esta tierra peculiar. Dentro del sobre te mando un puñado de ella. Me gustaría que la conservaras y que aprendieras a quererla. Esta regada literalmente por sangre de muchos hombres y mujeres, algunos de ellos compatriotas nuestros. Esto la hace también nuestro país, hijo mío. Recuerda mis palabras y sé fuerte. Tu padre que te quiere.

Photo by Joey Kyber on Pexels.com

Una asignatura

Comentaban en LinkedIn que debería existir una asignatura en el colegio y en la Universidad sobre dinero, en la que se hable de inflación, impuestos, inversión, intereses, de cómo generar riqueza o montar negocios. Los argumentos son simples y contundentes: saber valorar el dinero, emplear bien los recursos públicos, que no nos engañen con el fruto de nuestro esfuerzo… Elijan cualquiera. Yo, además, añadiría una razón más, parafraseando a un antiguo profesor que hablaba sobre la dificultad de nombrar ciertos compuestos químicos: “hay que aprenderse los nombres de nuestros amigos, pero sobre todo el de nuestros enemigos”. Pues eso, que debemos hablar su idioma, será una pequeña ventaja en una lucha desigual.

Photo by Karolina Grabowska on Pexels.com

Y da la casualidad de que soy profesor de una asignatura en el máster universitario de ingeniería química que va sobre eso, y hace dos semanas tocaba evaluar un proyecto de los alumnos. Además de todo lo dicho, el enfoque de la asignatura es intentar salvar el abismo que existe generalmente entre investigación universitaria y el mercado, al que algunos llaman realidad. Me creeréis perfectamente si os digo que sabios que (les)publican artículos que leen en treinta años menos personas que esto hoy, no paran de mirarse el ombligo y maldecir la razón de por qué no vienen de la empresa a alabar su enorme ego con una alfombra roja y un montón de millones debajo del brazo.

El puente roto entre universidad y mercado

Obviamente las cosas son diferentes, aunque ellos seguirán esperando. Los que debemos dar el paso al otro lado somos los investigadores y nuestros alumnos que van a dar pronto el salto al mercado laboral. Debemos aprender su lenguaje, sus valores, sus cuentas. Tenemos que ser capaces de hacernos entender, de explicar nuestras razones a banqueros, a gente de márquetin, de procesos, de producción… Y es una pena que ideas geniales no lleguen al mercado porque no somos capaces de hacerlas explicar en un entorno empresarial diferente al científico. En esas ocasiones, las cosas no progresan simplemente porque a un publicista le puede molestar cambiar una campaña, o alguien prefiere mantener un producto viejo. Es decir, que nos pueden engañar a los supuestamente tan listos. Y si hablamos de manipulaciones político-económicas imaginaos lo que se cuece ahí fuera.

Reparando el puente

Por eso es tan importante que la gente que formamos aprenda sus reglas, aunque sea para supervivencia, como un botiquín de emergencia. Pues esa es la asignatura. Como os podéis imaginar, en un botiquín no hay lugar para muchas florituras, se va a lo práctico. Vemos mucho de un mundo muy complejo, y entiendo que es difícil de asimilar. Aplicando el método del caso, en el que se plantea un dilema real, se imparten los contenidos, y luego se trabaja en grupo para resolver el ejemplo, comparando después con la solución que se tomó en su momento. Esta no siempre fue buena, pero os digo que son casos reales. Alguno de ellos se basa en la historia de un amigo y doctorando del que ya hablé aquí, que fue muy cabezón con el tema de los ajos y más cosas. Una de ellas es que no le importó que este año los alumnos hicieran un proyecto de desarrollo de un producto comercial basándose en los productos que él comercializa. Vamos, que sería copiarle la idea e inventar algún producto más que se pudiera incluir en su página web, tomando esta como referencia, pero con la condición de no poder citarla para no hacerle publicidad.

El método del caso, ejemplo de clase

La idea era un poco arriesgada, porque la publicidad no te la llevas y no sabes cómo va a salir la jugada. Pero Luis es de los que se tiran a la piscina, incluso vacía. Parte de los miedos a los que me refiero se basan en que los chicos hicieran un trabajo muy precario, (él iba a estar en el tribunal que evalúa los proyectos), que no se enfocara bien el tema, o que (las redes son libres y peligrosas), hasta se hablara mal del objeto de su negocio: una polémica en ciertos ámbitos te puede llegar a arruinar.

Después de algunas semanas de incertidumbre en la que los chicos no me consultaron nada llegó la exposición de los proyectos, y he de decir que volvieron a sorprenderme en el buen sentido. Sabéis que refunfuño mucho aquí a veces, pero también reconozco que hay momentos en los que confío en el futuro y sus portadores. Este fue uno de ellos.

Presentación de un proyecto

Desarrollaron muy al detalle tres productos basados en el ajo, tan interesantes que los he borrado para que no los copiéis. Hicieron análisis económicos muy buenos, estudios de mercado con encuestas. Desarrollaron logotipos, imágenes de marca que llamarían la atención de esos de márquetin de las empresas. Algunos hasta hicieron una página web específica para presentar el producto. Diseñaron campañas de publicidad de las que te hacen reír, es decir, de las que se recuerdan y por eso valen dinero. Y en todos los casos la presentación extraordinaria. Profesional, pese a mascarillas, otros exámenes y navidades medio confinados.

Plan de Márquetin

Efectivamente chicos, me quito el sombrero. Los que venís detrás sois profesionales. Después de todo, esto tiene remedio. Solo os hace falta una oportunidad. Enhorabuena.

Photo by Gabriela Palai on Pexels.com

Imagina un himno con letra (Ahorrando cañonazos)

Imagina un himno con una letra puesta a mala leche. Uno que no sea ni siquiera bonito musicalmente hablando, pero que sea lo que tiene que ser. Imagina una música que no haya sido creada para interpretarse por una filarmónica en un gran teatro lleno de hombres con frac y de señoras que saludan desde los palcos. Piensa por un momento en una melodía que no nace para ser interpretada por músicos, sino por miles de voces que no saben cantar, porque es una marcha militar. Un himno de guerra que se despliega y crece como un incendio en las gargantas de una muchedumbre, concebido para ver desfilar a tus soldados cuando calan bayoneta y caminan hacia territorio comanche.

Blogspot.com

Esto es políticamente incorrecto, porque no llevan corchos en la punta de la bayoneta ni mean colonia. Al contrario, están sudados y todo huele a guerra inminente y a muchedumbre. Pero esto habla de la realidad, no de lo que es bonito. Y espera, que viene la letra. Imagina por un momento que ese himno no habla de brindis al sol ni del rosa de los putos cuentos, sino de gente que viene a degollarnos. Que te llama a tomar las armas, a formar batallones. A que la sangre de los impuros riegue nuestros campos…

La libertad guiando al pueblo (Delacroix)

Esto ya no es políticamente incorrecto, es que infringe todos los artículos del código penal o del manual de estilo político, ese que se imprime en papel de celofán. Pues, si no lo habéis ya adivinado, ese himno existe. Se llama La Marsellesa, y se la pela la corrección política, porque es un continuo recordatorio de lo que te puede hacer el pueblo cuando le hinchas las narices. Esto no habla de política, de bandos; es una promesa a los ladrones muy fácil de entender. Por eso emociona, une a la multitud en momentos de desgracia. Como cuando desalojaron un estadio de fútbol por los atentados yihadistas y el público abandonó el recinto cantando la marsellesa, de forma improvisada y unánime. Por eso fue prohibido cuando la ocupación nazi.  

Los asistentes al estadio cantan la Marsellesa tras los atentados terroristas
Desalojando el estadio de fútbol

¿Sería una letra así imposible en nuestro país? Para los políticos y los que dictan las leyes a beneficio de los poderosos y su cohorte de estómagos agradecidos, por supuesto. Pero es que la letra no la van a escribir ellos. Napoleón decía que era capaz de ahorrar muchos cañonazos, de eso se trata. Y os recuerdo que nuestros compatriotas fueron los primeros que infringieron una derrota en Europa a sus ejércitos, con una saña tan afín a esa letra que le hizo reconocer que España entera se comportó como un solo hombre de honor.

Pensad que precisamente mala leche tenemos para dar y para regalar. E imaginad además que no la escriben los milennials, no. Sino que le damos la oportunidad a la generación de nuestros abuelos, a aquellas mujeres con ovarios de granito. Los que eran populacho, los mal pagados, los miserables. Pero los que cuando decían una cosa (sobre todo una amenaza) quedaba dicha para siempre.  Ellos sí firmarían algo parecido a la estrofa francesa que alerta sobre los traidores que nos quieren encadenar a la antigua servidumbre, ¿os suena actual? A frentes que se inclinan bajo el yugo. A déspotas viles dueños de nuestros destinos.

Photo by Joey Kyber on Pexels.com

Pongo mi mano en el fuego por que todos los que conozco también les gritarían “Temblad”, que les darían su merecido. Porque os recuerdo que aquella era una generación de seres sencillos, pero de una pieza. Y que mataban a los traidores y a los cobardes. Porque hicieron lo que dice la letra, el mismo consejo de Leónidas a los griegos: haced hijos para reponer los soldados que caigan, para sembrar nuestro futuro con nuestro cuerpo si hace falta como abono. Ellos sí perdonarían a las víctimas tristes, que a su pesar se arman contra nosotros. Pero no a los déspotas sanguinarios. No lo hicieron.

Photo by Joey Kyber on Pexels.com

Puede que te pida una locura, algo imposible. Pero piensa en la letra que ellos escribirían. Piensa en la verdad incómoda que ellos callan por protegernos de la tormenta. Piensa en lo que ellos hicieron. Es su letra. Daría miedito, ¿verdad? Muchos se iban a acojonar, te lo aseguro. Vamos a escribirla. Aunque solo sea, como acaba el himno francés, por vengarlos o por seguirlos.

Cuando has perdido el miedo: Mujer armenia, de 106 años, defendiendo su casa.

(Todas las palabras en cursiva se encuentran en La Marsellesa a lo largo de sus distintas estrofas)

Tributo al olvido (cuando el equipaje sobra)

Este no es un relato triste, aunque la temática lo sea. Triste sí fue la situación de los ancianos en la pandemia, especialmente los que sufrieron la primera ola en una residencia. Lamentable es el comportamiento de algunos políticos, su olvido premeditado de las pertinentes visitas para evitar salir en una foto comprometida: lo que no aparece en imágenes no se puede recordar. Pese a haber cobrado por ello -dietas en confinamiento incluidas-, miles de jornales de los que generaron esos mismos ancianos destripando terrones con manos de uñas negras y sabañones para sembrar nuestro presente. Inhumana es la reclusión, el confinamiento que da la puntilla física y sobre todo mental (ese mal tal olvidado), a héroes traicionados que mantenían la maquinaria gracias a una pequeña salida al parque, o a ir despacito a comprar al mercado. Entre ellos el gran cantero que conocéis aquí como el Cabo Hueso. Tristeza es regresar mentalmente a tu mejor edad con un cuerpo demacrado que no reconoces ni quiere saber ya de ti. Precisamente cuando ya tienes claras las cosas importantes de la vida, cuando luces la mirada perdida de los genios. Es sobre esa sabiduría que resume toda una vida sobre la que escribo hoy.

La mirada

Es paradójico y emociona descubrir las enseñanzas de aquellos a los que ya el equipaje sobra. De los que han vuelto al pasado, de los que olvidan cosas que nosotros consideramos imprescindibles como utilizar un teléfono móvil. Ese irse despidiendo en los espejos día a día, como decía Borges. Pero hay momentos en los que impresiona la franqueza y la claridad de su juicio supuestamente enajenado.

Recuerdo con claridad el trato de mi abuelo ya demente, pidiéndole a mi abuela “que coma el niño”, expresando el cariño en forma de ofrecimiento de comida (cosas de la guerra). Repitiendo sin saberlo la ley que ha permitido evolucionar al sapiens: proteger a aquellos que manifiestan una actividad especial (estudiar en mi caso), para que avancen hasta donde ellos no llegaron. Es la forma de los pobres de sobrevivir. En sus cavilaciones, los juicios sobre mis licenciaturas en química y comienzos de doctorado se definían de una forma sencilla: “el niño es más que maestro…” Confirmando la misma anécdota que fascinó a Jose Luis Sampedro al entrevistar a un hombre de los de antes.  Esa gente sencilla, de las que medían las superficies en fanegas, la productividad en celemines, los volúmenes en arrobas y los desafíos en pares de cojones.

Cuando los espejos eran amables

Y al final la circunstancia se repite con su hija, mi madre. Enfermedad y sorprendente juicio en ocasiones. Ya no recuerda que soy catedrático, cree que todavía estoy estudiando, y me anima a seguir trabajando, pero a no desperdiciar demasiado mi vida en ello. Un comentario increíblemente lúcido, ojalá lo hubiera aplicado antes. Y que te traten como lo que eres en realidad. No eres catedrático, eres una persona; que los títulos o grados se olvidan y desaparecen. Lo importante es el ser, que nunca debe dejar de esforzarse, pero sin ser tonto. Un buen baño de realidad. Necesario.

Lo importante

Hace poco en una visita le dio una monja un caramelo. Se lo metió en la boca, lo partió con las muelas con precisión quirúrgica y me ofreció una mitad. Cosas de ser madre y enseñanzas de la posguerra, algunos entenderéis el gesto. De cuando compartir era la única forma posible de subsistir. Hace poco se dejó perdidas o le desaparecieron sus gafas y apareció con otras que no eran suyas. Me dijo que se las había robado otra señora que coleccionaba gafas y que le habían robado las suyas que le gustaban más. Se rebuscó por todos sitios y al final aparecieron. En sus enajenadas entendederas localizó a la supuesta ladrona (no sé si es todo imaginación) y le pidió que le devolviera las gafas. Como se negó, le dio un bocado en el brazo, y parece ser que este gestó convenció finalmente a la ladrona. No sé si es todo inventado, repito, el hecho es que las gafas aparecieron.

Cuanta tontá se imprime…

Cuando le increpé por su comportamiento y le dije que no se debe morder a nadie, me reprendió. “Era lo que tenía que hacer, porque no podía permitir que hiciera lo que quisiera conmigo”. “Si no te impones te machacan” “¿Ves cómo me ha devuelto las gafas? En la vida tienes que imponerte ante ciertas personas, no dejar que te avasallen”.

Y francamente me quedé mudo. Ni catedrático ni gilipolleces. Emocionado, me quito el sombrero, porque mi madre todavía me sigue dando lecciones. Que, en mitad de bruma de la enajenación, existe lucidez para darte el mejor consejo de tu vida. Ojalá te hiciera caso. Ojalá te hiciéramos todos caso, copón.

El ingeniero y el charco

(Historia real dedicada como homenaje a los del gremio del transporte y del taxi, que llevan trabajando como servicio público más de cien años. Os aseguro que son personas normales.)

Os he hablado antes de él. Era un Ford modelo T, de matrícula CR-13. No número 0013 no; sino 13, a secas. Hace mucho tiempo, ¿verdad? Tenía los radios de las ruedas y la estructura de madera, por lo que los meses de verano había que regarlo como a los geranios, para se hinchara el material y no cogieran holgura las juntas. Lo llamaban “el saltacharcos”. Había que arrancarlo acoplando una manivela por la parte delantera con cuidado de que no te partiera la muñeca al girar. Si no os habéis dado cuenta ya, era un coche con alma.

Cuando el camino lo hacías tú.

En ese “Forito” transcurrieron los mejores años de la vida de Ignacio. Transitaba por caminos de tierra, a una velocidad ridícula si la consideramos hoy en día. Grave error, porque en aquellos años lo importante era el camino. En aquella época era algo más que un taxista. Era portador de noticias, de encargos. Hacía trueques, era ambulancia, transporte de mercancías, correo. Siempre llevaba la escopeta al lado del asiento para cazar una perdiz o una liebre, porque se podía disparar perfectamente a la velocidad de crucero. También el Forito fue testigo de los peores momentos de su vida, en los que fue requisado junto al conductor para dar el paseíllo a algunas personas que digamos, dejaron de serlo. Pero esa es otra historia. La de hoy narra el hecho feliz de su participación en los emplazamientos de colonización.

Ganando tierra de cultivo al campo. Si hace falta se hace el surco arañando con las manos.

Durante la posguerra el instituto de colonización creó una serie de pueblos o emplazamientos para ganar espacio al campo (imaginaos la cantidad de campo que había entonces). Se intentaba favorecer el desarrollo rural, los cultivos que tanta falta hacían para mitigar el hambre y de paso se ponía cerco a los dominios serranos de los maquis. La actividad estaba siempre supervisada por un ingeniero, un ser que para los aldeanos normales parecía un extraterrestre. Todas las personas entendían lo que era un médico y sabían respetar e incluso venerar esa labor más allá de las formas o los buenos ropajes, o del impresionante coche de caballos en los que hacía las visitas. El cochero con fusta o la flexión de las ballestas al bajar el doctor del pescante eran cosas que quedaban marcadas de por vida para un niño. Todos entendíamos que el médico curaba, pero lo del ingeniero no estaba tan claro. Este hombre parecía un militar de alto rango pero sin ser militar, o un obispo pero sin los trastos de oficiar, nada. Lo que sí tenía era un cuello tan estirado que más que almidón parece que usaba cemento en la impecable camisa blanca. No saludaba a nadie y gastaba una soberbia y un mal carácter que le hacía estar quejándose constantemente por cosas que la mayor parte de nosotros considerábamos un privilegio; como las sábanas de la mejor habitación de la posada, las comidas con los mejores condimentos, los vinos guardados para las ocasiones. Mi abuela, que tenía el don de retratarlo todo con un par de palabras (de ella es la genial descripción de un señor gordo como “abalconao”), decía de él que parece que se había metido un palo por el culo. Cabalico.

Director general de Agricultura, junto al Ingeniero jefe de la Granja y al Alcalde de Ciudad Real. (Vida Manchega, 1912)

Por supuesto, el único coche del pueblo se destinó a dar servicio al señor ingeniero. Este se limitaba a visitar posibles emplazamientos en el campo y luego supervisar el trabajo de los ayudantes que miraban por unos aparatos raros con trípode y tomaban notas en un cuaderno de cuero, muy nerviosos porque el jefe siempre les echaba la bronca, desde que se bajaba del Forito hasta que subía la ventanilla para visitar la siguiente cuadrilla. En el coche seguía el rosario de quejas, hasta que se quedaba amodorrado por el ruido del motor. Ese humor era un desafío a los dioses y tuvo que pasar lo que pasó.

Una tarde, al regresar al pueblo el coche se quedó atascado en el barro de un enorme charco de la parte baja del arroyo, era imposible sacarlo. Ignacio tuvo que despertar al ingeniero y decirle, estrujando la gorra con mucha vergüenza, que se habían quedado atascados y que la única forma de salir era empujando el coche. Para ser tan listo tardó el ingeniero un rato en darse cuenta que era él quien tenía que empujar, porque Ignacio debía manejar el coche, a lo que se negó despotricando como un poseso. Y tardó otro buen rato esperando encabronado a que llegara alguien para hacerlo, también maldiciendo el campo, los aldeanos y todo lo que se ponía a tiro de su enorme soberbia. Al final tuvo que ceder antes de que se le hiciera de noche, meter sus botas altas e inmaculadas en el charco y empujar con ganas, mientras Ignacio gobernaba el auto, que se revolvía como un potro salvaje, incapaz de salvar el obstáculo. En el último arreón del ingeniero, para aquel entonces ingeniero sudado, el Forito traccionó lo suficiente para atravesar el arroyo. El problema es que lo hizo arrastrando una lluvia de barro sobre el señor ingeniero y que, además, el arranque repentino del coche lo pilló de improviso, con lo que por un momento se quedó empujando en el aire para aterrizar en las frías aguas manchegas.

Esos caminos… Fotografía actual de una calle de Ciudad Real

Paradójicamente el señor ingeniero dejó de despotricar durante el camino de vuelta. Sólo tenía la cara roja y los ojos rojos muy abiertos que parecían a punto de reventar. Emitía un sonido extraño de rechinar de dientes. No sé si enfermó a causa del enfriamiento o lo destinaron a otro sitio, el caso es que no se le volvió a ver por el pueblo.

Mi abuela Concha (centro), la mujer de Ignacio.

Aquella noche, ya bastante tarde, la mujer de Ignacio algo rumiaba en su cabeza durante la cena. Una fuente de sopas de pan con suero de oveja y azúcar a la que se había trazado una raya con la cuchara que delimitaba milimétricamente las lindes de la ración para cada comensal. Ni con los cacharros con trípode del ingeniero se hubiera hecho mejor la partición. La mujer preguntó de sopetón: “Ignacio, ¿Qué ha pasado con el ingeniero?” A lo que Ignacio respondió muy tranquilo, sin darle importancia ni dejar de sorber las sopas: “Pues nada, Concha, que no se quedó atascado el forito. Lo atasqué yo aposta”. Su mujer no le contestó y siguió comiendo. Esa cena no le importó que Ignacio se saltara la linde con la cuchara. Pese a la seriedad del rostro de la mujer y del cuchareo intranscendente, una mueca de sonrisa maliciosa asomaba por la comisura de sus labios.

Requesón y suero de oveja. Cuando comer era comer.

Cuestión de valores

Asisto por segunda vez en poco más de un mes al acto de graduación de la Facultad de Ciencias y Tecnologías Químicas. En este caso es el que corresponde a la promoción que se graduó este año. En el artículo que escribí sobre la promoción anterior justifiqué muchas cosas, pero en este permitidme que simplemente me remita a una imagen y a sentimientos absolutamente subjetivos. En este escenario las palabras sobran y cobran protagonismo los sentimientos.

El escenario de los sentimientos

No sé si sois conscientes de la enorme calidad del evento al que asistimos, y llevo ya unos cuantos para poder comparar. Es difícil superarlo, os lo aseguro. Porque es más que un acto académico. Se convierte en algo que engloba a la familia y a la región, que es abarcarlo todo. La razón de este pequeño milagro son los protagonistas, que no hacen discursos pomposos sobre tiempos pasados desde un pedestal de superioridad, al contrario. Hablo de madrinas como Yolanda que te hacen apuntar tus sueños en un papel. Vicerrectoras que hablan con ternura como madres, compañeras o amigas, felicitando a los antiguos alumnos de la primera promoción de Tecnología de los Alimentos al cumplir sus 25 años. Habla de valentía, de motivación, de trabajo, de trazabilidad. De continuo esfuerzo como clave para el éxito actual y mantener esa actitud para perdurar y ser mejores que nosotros. Que en momentos de tormenta o de duda siempre regresemos a nuestra casa del pueblo, a nuestra región, donde siempre encontraremos cobijo. Un director general de universidades que no hace un discurso político y habla desde el corazón, recordando el logro que supone el acceso a la universidad que no pudieron tener nuestros abuelos. Que en ese sentido cualquier tiempo pasado no fue siempre mejor y que la excelencia y la calidad, el fin de la universidad, es la razón para seguir avanzando, aunque algunos digan que corren malos tiempos para la lírica.

El espejo

Porque lo lógico es que todo avance a mejor, y en ese sentido estoy convencido de que seréis mejores que nosotros. También los discursos de los representantes de los egresados son cada vez de mayor nivel, con más estilo, con más clase. Sabéis a lo que me refiero. Y por eso, aunque sea de naturaleza quisquillosa, no puedo estar más satisfecho. Porque un examen, o incluso el papel certificado de un título universitario se podrán adquirir ilegalmente con pocos escrúpulos morales; pero el dinero no compra el esfuerzo, el compañerismo, la amistad. Lo que sois, en lo que os habéis convertido, no se compra. Escuchar el Gaudeamus con la Beca recién puesta delante de vuestra familia es algo más que ir a un concierto. Ahora me entendéis.

Acto de la ceremonia de graduación

Y como resumen de todo, una imagen de lo que sucede detrás de las cortinas, justo al bajar del escenario, cuando el acto está apenas acabado y el auditorio casi vacío.  Disculpadme por haberos robado un momento de intimidad, pero esta imagen de emoción lo muestra todo. Un profesor y una alumna que ya no lo son, porque ya son dos compañeros. Para él, ella es un ejemplo de superación que le ha servido de ayuda para mejorar cada día como profesor. Uno de los muchos ejemplos de flipped learning o aprendizaje invertido, cuando un alumno te enseña cosas verdaderamente importantes para la vida. Ella, por su parte, ha encontrado durante estos años a personas maravillosas que siempre le han ayudado a crecer, a madurar y sobre todo, a no rendirse jamás. Manos tendidas para sobrepasar unos límites que al final resulta que no existían. Ángela, Francisco, estamos orgullosos de vosotros y de esta imagen. Porque esta foto no es sobre la universidad. Esta foto es la Universidad.

Agradeciéndose mutuamente lo aprendido a lo largo del camino.

Si vis pacem…

Si quieres la paz, prepárate para la guerra.

En la historia de la humanidad, cada logro se ha conseguido literalmente con sangre. Desde el jamón de mamut que permite sobrevivir al invierno hasta el derecho a la prestación sanitaria o las vacaciones. Pero en la sociedad actual, tan aséptica, la que inculca que todo es por derecho divino en un entorno virtual en el que meamos colonia, no mola hablar de estas cosas. Desde hace tiempo, con la especialización y organización de trabajos, estas tareas recayeron en el ejército y posteriormente también en los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado. Malo, malo. Esas palabras son tabúes. Algunos intentan envolver en papel de fumar una función simple y clara, en celofán de miles de colores. Enterrar su labor imprescindible en miles de eufemismos: los soldados del amor, etc.

Los cimientos de la sociedad

Error. Los que tenéis hijos y habéis visto cuando les clavan la aguja para la prueba del talón ya os habéis dado cuenta de que sois capaces de matar. Que como dice Barricada, cuando aprendes a llorar por algo también aprendes a defenderlo. Hasta lo que haga falta. Y esa es la misión de las FFCCSE. Hasta donde haga falta, incluido la muerte. Tal cual. Tan simple.

Foto: El periodico.com

Y en esas estamos en un planeta que siempre mira para otro lado. Porque todo es blandito, todo es megasuperosea. Palabras vanas de borregos dirigidos por una brisa hacia donde indica una veleta de plástico; reciclable, claro. Pero por fortuna aquellos permanecen, los bendecidos con el don de la agresividad pero la firme determinación de proteger al rebaño, los perros pastores. No os confundáis, siguen vigilantes aunque no se hable de ellos. Os acordaréis cuando la cosa se ponga jodida de verdad, cuando revientan volcanes o ríos. Cuando te despeñas en una sierra perdida o te quedas tirado en la carretera. Incluso cuando hay que arriesgar la vida para sacar tu imprudente cadáver de un pantano. O cuando nos ataquen, no lo dudéis. Allí aparecerán, como decía Napoleón sobre nuestros compatriotas, como un solo hombre de honor.

Los perros pastores frente a los lobos

No es broma. El problema es que en esta sociedad sin valores tener un valor supremo ofende. Os pongo algunos ejemplos. Cuando el atentado de las torres gemelas se informa que un avión comercial secuestrado se dirige a la Casa Blanca. Dos pilotos de F18 despegan inmediatamente a interceptarlo, uno de ellos es una mujer. Hasta ese día no se consideraba necesario que esos aparatos estuvieran equipados con misiles, por lo que la misión de derribar al avión implicaba embestirlo, sacrificarse. Los dos pilotos eran conscientes de lo que significaba la orden y ni pestañearon al despegar. Por fortuna para ellos y sus familias, el avión comercial se estrella antes de que lleguen. Son soldados.

En nuestro país tenemos ejemplos a cascoporro. Mujeres que tiraban de navaja para degollar franceses en Madrid o enardecen a los combatientes a cañonazo limpio en Zaragoza. Soldados como Esteban de Mondragón, que solos entre todo un ejército se lanzan a un canal con la espada entre los dientes bajo una llovizna de balas para que pueda cruzar el Emperador el paso bloqueado. Y los siete soldados de su pelotón se tiran al agua tras él maldiciendo, más por vergüenza de dejarlo solo en el trance que por valentía. Como aquel oficial de Rocroi, que responde al enemigo a la pregunta de cuántos quedáis: «Pardiez, contad los muertos…» Aquella fue una capitulación con condiciones relativamente buenas, por el miedo a las enormes bajas que podíamos causar antes de ser aniquilados por completo.  

Rocroi.

Así se comportan, fieros pero reportados, y hoy hasta sufren que les hablen alto. Son los que acuden hacia el fuego de artillería y el humo cuando todos escapan de él. Son los que hacen sendero al caer. Los que nunca abandonan, como aquel soldado que encontraron muerto en su puesto cuando la erupción del Vesubio, porque no acudieron a relevarlo. O como el Teniente Hiroo Onoda, que permaneció 30 años en la jungla filipina manteniendo la posición, sin enterarse de que había acabado la guerra. Solo abandonó su puesto cuando se lo ordenó en persona su comandante, que para entonces tenía una librería en Osaka. Fue recibido como un héroe en Japón, pero declaro que sentía vergüenza por no haber cumplido su misión.

Hiroo Onoda

Soldados que conservan como un tesoro el pintauñas rojo que te regala una madre por ser el primer hombre que defiende a su hija frente a otros hombres en un país en guerra. Los que manchan sus mocasines de barro u organizan un operativo para rescatar un chupete. Gente que arriesga su vida sin dudarlo, por los mismos que los apedrean o que los insultan mil veces. Incluso te saludan afectuosos, aunque les estalle la cabeza porque acaban de reventar a un compañero. Ellos siguen ahí, anónimos. Mal pagados, por tradición. Tratando de ser lo más y aparentar lo menos. La clase de gente que nunca pide y nunca niega. La red protectora, la línea de vida que permite que los acróbatas de la libertad hagan saltos cada vez más arriesgados sin miedo a las consecuencias. En definitiva, como dijo Calderón, una religión de hombres honrados.

boceto de Augusto Ferrer-Dalmau

Los cerros de Úbeda

Esta es en realidad una carta de disculpa por mi posible comportamiento dentro de unos años, a este paso no muchos. Mis antecedentes familiares barruntan tormenta: bisabuela loca (de atar, literalmente), abuelo con demencia senil y madre con demencia senil. La rueda gira. No es una muerte gloriosa frente a un muro de bayonetas o mi deseado accidente ciclista pasados los 90 años volviendo borracho (no copiéis el ejemplo por favor, es la edad) de una comida. Sobre todo cuando la culpa no es tuya y es que se te ha cruzado un jabalí cuando tomabas la curva a más de setenta por hora. Eso tiene pinta de que no va a ser así de glorioso, pero…

Vislumbro una época de mi vida un poco divertida para mí, pero en la que os puedo resultar un poco plasta. Por eso os pido disculpas desde ahora. Dentro de unos años veréis un (más) viejo que os da la tabarra y no os suelta hablándoos de la bici que se va a comprar o de las cubiertas que se acaba de pedir. De teorías sobre entrenamiento con potenciómetro y la linealidad en la frenada de los seguro obsoletos frenos de disco. Que quiere quedar con vosotros para salir a entrenar, siempre que me esperéis, claro. Asegurando que conoce las mejores rutas y los mejores sitios para desayunar, aunque el problema es que esos sitios ya no estén abiertos. O que ese señor que soy yo dentro de unos años no pueda montar en bicicleta, o ni siquiera andar. Tampoco me toméis en cuenta si me encontráis husmeando con la chorra al aire, es lo que tiene la genética en sus diferentes grados.

El efecto del tiempo o de las pendientes

Lo que sucede es que mi mente no estará del todo en la realidad del futuro. Se habrá estancado en un tiempo pasado, que resulta que es este presente. Ahora. Un tiempo en que pertenecía a un grupo de amigos que salía a montar en bici. A la Peña Ciclista el Prado.

Cuando éramos reyes…

Gente de todas las clases y colores que no tenían diferencias disfrazados de ciclista, salvo las que impone la cruda realidad de la carretera, que nos iguala a todos. Unos tiempos en los que salías con los amigos, hacías el tonto. Volvías reventado a veces y te tomabas cervezas y tapas jodiendo el plan dietético que habías contratado en la Quebrantahuesos, pero daba igual, porque era lo que tocaba.

Pequeño lapsus de la dieta. Flequillo NO retocado digitalmente.
Apurando el líquido isotónico. Antes mareado o reventado que con una pájara.

Una época en la que soñabas con rutas de cientos de kilómetros a la costa en busca de El Dorado, que en algunos ambientes ciclistas se llamaba “Cocoloko”. Días muy largos que comenzaban con madrugones y viajes en furgonetas con olor a palmeras y a cochura.

Abriendo la monodosis de gel energético

Barritas energéticas consistentes en jamón y un par de huevos fritos regados con vino de pitarra. Brócoli sospechosamente cárnico en Valenzuela. Tentempiés a base jamón recién cortado, de rosquillos y café con leche condensada que jodieron la dieta de alguno. La vida misma.

Un café rápido y nos vamos

Estabas en todas las tontás, a la última de las cosas para la bici y por supuesto de los complementos en equipación. Todo eso quizás habrá desaparecido cuando os cuente batallitas del pasado que a vosotros o a vuestros hijos ya no os interesen. Pero es que la mente es caprichosa, y yo seguiré viviendo en esta época.

Kit de emergencia en la Bilbao-Bilbao

En una época en la que salía con amigos, en la que disfrutábamos con la bici. Aprendías de enciclopedias vivientes de ciclismo que salían a tu lado. En las que salíamos de domingo a domingo y contábamos los minutos para volver a vernos. En la que no faltábamos ninguno. Ni había enfermedades, en la que éramos jóvenes o lo parecíamos. No me toméis en cuenta, repito. Era una época en la que fui feliz.

Memento

Hoy os quiero contar un par de enseñanzas que me legó mi padre, para compartirlas con vosotros si es que las queréis valorar. Son sutiles, como a mí me gustan. Una vida en cuatro consejos. A vosotros os corresponde opinar si son tonterías, refranes trasnochados o auténticos mapas para movernos en el extraño paraje de la vida que, desgraciadamente, no siempre es amigable aunque lo parezca.

El primer consejo es que cuando busques espárragos lo hagas mirando las matas con la cabeza inclinada, y a media altura. De esta forma eres capaz de ver los espárragos grandes, los que crecen dentro de las matas y a veces sobresalen. Si miras hacia la base de la esparraguera quizás harás una tortilla, pero para un moje fijo que no te dará. La razón de lo de inclinar la cabeza es que aumentas la percepción tridimensional al no tener los ojos a la misma altura. Ni idea, preguntad a un físico, pero la cosa es que funciona. Como seguro vais sospechando la cosa va de campo y de buscarse la vida por su cuenta para sobrevivir. A los jóvenes de piel fina y a los ninis maduros les dará risa esto. Seguid riendo, seguid. Que vienen curvas.

Con integrantes de la Peña Ciclista «El Prado»

El segundo es un refrán añejo: “Cosa vieja, vino, jamón y teja (…)”. Solamente. El resto de cosas viejas (incluidas las personas) a ser reemplazadas cuanto antes mejor. Que a los ríos, incluido el de la vida, hay que dejarlos fluir, mirad lo que pasa si les ponemos urbanizaciones en los cauces. Imaginad si el dicho se aplicase en la política, o a los jefes apoltronados en los puestos directivos contando batallitas de la juventud, reproduciendo comportamientos de cuando Franco era cabo furriel. El problema es que no los despegas de los sillones ni con agua caliente…Parece un poco simple el refrán, pero sacadle punta a la luz de mi reflexión. Es sutil.

La otra frase es: “Dar pan a perro ajeno, predicar en el desierto y machacar el hierro frío, trabajo perdío (…)” Pese a lo obvio si se reflexiona un poco se cae en la cuenta de que es sabio reconocer que habrá cosas que nunca se podrán conseguir, y que aprender a discernir en qué usar los esfuerzos, los dineros, y lo más valioso que tenemos, el tiempo, es un arte. Y que a pesar de todo tendremos que aceptar que muchas veces predicamos en el desierto o que machacamos el hierro frio. Y esa aceptación de injusticias, de asimetrías en el reparto de recursos o incluso de la climatología no me diréis que no es un carácter genuinamente manchego. Tenemos la piel gruesa, curtida por miles de heladas y miles de soles abrasadores. Por eso dicen que somos los vascos del sur. O simplemente manchegos.

Poco más. Os dejo unas fotos para que le pongáis cara los que no lo conocierais. En la foto da muestras de su talento violinista pero al estilo manchego, no nos vamos a poner puristas con el solfeo a estas alturas. Parte de ese arte implicaba comprar los jamones más baratos del centro comercial, casi a precio de carne sólo porque estaban blandos. Si los dejas curar en las galerías de casa y tienes siempre preparados, cuando te comes el tercero ya tiene la curación que debe. Vamos, que compras uno crudo, lo cuelgas el primero y coges el tercero ya curado. Pagas uno crudo y comes uno curado. Ese proceso en ingeniería química se llama proceso semicontinuo. Me descubro.

Solo de violín al estilo manchego.

Espero que os aprovechen los consejos. Es curioso lo que uno va descubriendo con la edad. No sé si serán los genes, la rueda de la vida o el karma. Uno literalmente acaba convirtiéndose en sus padres. Reproduces sus gestos, sus errores y sus aciertos. Mantienes sus prejuicios y sus virtudes. Y no es que vivan en tus actos, es que literalmente te vas transformando en ellos. Que no tienes que esforzarte en pensar en ellos. Simplemente tienes que mirar cada día la persona que te contempla desde el espejo.

La próxima generación

El otro día me comentaba un compañero que estamos en una situación histórica desafortunada. Apuntaba que en este país va a suceder por primera vez que nuestros hijos van a vivir peor que nosotros. Y la razón no es sólo debida al enorme pufo de deuda que les vamos a dejar, no. A fin de cuentas, el dinero se resuelve con dinero, esa cosa que va y viene caprichosamente y que como decía el amigo de Alatriste, que cualquier necio confunde valor con precio. El problema es que la siguiente generación, pese a tener todo a su alcance -cosas que sus padres no soñaban y que sus abuelos ni podían siquiera entender-, no tiene la voluntad ni las ganas de quererlo. Piel fina, blanditos, muy blanditos. Hablaba de sobreprotección en el grado máximo, de la que te imposibilita para las cosas importantes de la vida. Esas cosas claritas para los de antes, por las que sudaron nuestros padres y por las que nuestras abuelas se reventaron literalmente sus enormes ovarios de granito. Pues no. Dame móvil con 5G o te denuncio, y así todo. Y esa actitud es fantástica para capear el temporal que nos viene encima, ya te digo.

La única que disfruta el presente.

Andaba refunfuñando, hecho inaudito en mí (modo sarcasmo on, para los despistados), cuando casi por inmersión asisto al acto de graduación de los alumnos de la Facultad de Ciencias y Tecnologías Químicas del curso académico 19/20. No la del 20/21, que se celebra en breve, sino la que se tenía que haber celebrado hace un año y se canceló por razones obvias.

Fue emotiva, muy emotiva. Implicó el reestreno del paraninfo de la universidad para este tipo de actos, cumpliendo con todas las medidas de seguridad pertinentes. Con menos aforo. Había algo de miedo, de respeto escénico. De sensación extraña por lo que acontece un poco fuera de tiempo, como un amor tardío. Pero esas sensaciones pasaron, al igual que los malos tragos en su momento. Porque allí estaban ellos. En los que no había reparado porque los tenía delante, como cuando dices que los árboles te impiden ver el bosque. Bueno, el año pasado nos vimos al otro lado de la pantalla y gracias; porque no perdimos NI UNA hora de clase al decretarse el confinamiento un viernes y empezar en modo online un lunes. Me refiero a los alumnos. Allí estaban ellos.  

El relevo lógico

Y me di cuenta de la clase de personas y de profesionales que estamos formado. Mejor dicho, de los compañeros ya que hemos formado. Del respeto, de los valores que les hemos inculcado los profesores y sobre todo los padres. De la ilusión y las ganas de comerse al mundo que tienen, como debe ser, pese a que les digan que esto va a ser difícil. Caigo en la cuenta de que la generación siguiente de la que hablaba antes la forman ellos, entre otros. Y que de ellos me siento absolutamente orgulloso. Eligen como madrina a una profesora, Elena Villaseñor, a alguien de los míos, en el sentido más amplio, porque aparte de profesora es amiga. Compañera de promoción. De una promoción de la que sentirse orgulloso de la que ya hablé aquí. Del grupo de amigos que afrontamos hace tiempo el mismo reto de estudiar fuera de casa que acaban de culminar ellos. Y eso es bueno, porque significa que el relevo se ha producido y que, al contrario de lo que pensaba al principio, los valores prevalecen y las sucesivas hornadas (futuros profesores y profesionales), van mejorando.

Cuarta promoción, hace pocos años.

Elena pronuncia su discurso de madrina. Un discurso sencillo, sin pretensiones de lucimiento. Desde el corazón. Como profesora, madre, compañera, antigua estudiante o confidente. Da unos consejos, unas indicaciones o reflexiones simples, pero que encierran TODO a lo que se puede aspirar en la vida. Todo el legado que uno carga sobre sus espaldas en lo afectivo y en lo profesional. Por eso es el mejor discurso que he escuchado jamás, y llevo unos cuantos, creedme. Porque brilla sin pretenderlo, porque resuena en nuestras cabezas pese a pronunciarse en voz queda, casi un susurro. Un testimonio que hace que el Rector raje delante de nosotros el texto que tenía preparado, e improvise las palabras que le dicta el corazón en ese momento, porque no puede ser de otra forma. Ese es el camino. Estamos orgulloso de ti, Elena.

Elena Villaseñor (foto: @artemacario)

Las miradas vidriosas de padres, abuelos y compañeros bendicen la ceremonia. Felicidad por pertenecer a una tierra manchega y a una Universidad que asocian valores y progreso. Por eso caigo en la cuenta de que estaba equivocado cuando refunfuñaba al principio sobre la próxima generación. Ya está aquí y en casos como este es mejor que la anterior. Lo que ocurre es que, si a nivel general no se tiene esa impresión, si lo que vemos en la televisión o en nuestro día a día no nos lo confirma, a lo mejor es porque simplemente no les hemos dado la posibilidad que merecen estos nuevos profesionales. Quizás es el momento de renovar a la gente que usurpa el puesto que ellos debían ocupar desde ya. Puede que el mundo no mejore simplemente porque no les damos su oportunidad.

El espejo.