Cuentos del Cabo Hueso (II). El pastorcillo desconfiado

Los más jóvenes no lo sabéis, pero este es un país donde hace poco se pasó hambre. Y muchos de nosotros la llevamos en el código genético arrastrada de varias generaciones. Estos relatos del Cabo Hueso, genial cantero fallecido hace un año, describen una realidad que espero que nunca se repita. Por desgracia no son inventados.

El pastorcillo desconfiado.

El padre le dice al menor de los cuatro hermanos, de seis años, que como ya es grande le toca hacerse cargo de las ovejas para llevarlas a la tiná del otro lado de los cerros para estar de vuelta a los tres días. El pastorcillo se echa a llorar desconsoladamente.

Noooo, que seguro que hacéis matanza o algo mientras estoy fuera y no me guardáis na.

-Que no Pedrete, que si hacemos algo te vamos a guardar una fuente con copete. De to lo mejor. Pa que te hartes.

-¡Que no, que me engañáis!

-Vamos Pedrete, no seas desconfiado. Que te vamos a guardar un cerro de comida de lo que hagamos. Por estas.

Pedrete acepta a regañadientes y sale con las ovejas camino del valle chico, pero volviendo la cabeza cada dos por tres hacia el cortijo, mientras palpa el flaco peso del zurrón: un trozo de tasajo de cordero ahumado a la lumbre, un cuarterón de pan y un trozo de tocino rancio. Se rasca la barriga y piensa que es poca cosa para tres días. Pero, como le dijo padre: hambre que espera hartura no es hambre…

Imagen: Traveler.es

Finalmente regresa a los tres días a la hora de la cena, según lo convenido y sin novedad. Lo reciben padre y los hermanos con muchas alegrías, muy decididos a agasajarlo.

-Mira Pedrete, lo que te tenemos preparado. Siéntate. Le sacan una fuente de garbanzos, con sus buenos trozos de gallina. Y un gran plato de galianos. -¿Ves Pedrete?, lo que te habíamos prometido.

Pedrete rompe a llorar, un llanto quedo, testigo de una tristeza infinita. Sabedor de que las lágrimas, como el agua en esa tierra reseca, nunca serán suficientes, por mucho que se viertan.

-Pero Pedrete, ¿por qué te pones a llorar, con el pedazo de fuente de comida que te hemos traído?

El pastorcillo amaga un puchero y contesta:

Porque estoy pensando que si toa esta comida que me traéis es lo que ha sobrao, cómo os habréis puesto vosotros de comer estos días…

Imagen. vidapositiva.com

Carta de un consentido

Esta es una nota de agradecimiento público-personal que os debo al acabar una etapa de cinco años como vicedecano. Echando la vista atrás francamente tengo que hacer este ejercicio, no ya exclusivamente a nivel individual, sino mostrado a todos lo que habéis hecho de forma conjunta. Porque eso habla sobre lo que somos, algo de lo que estoy absolutamente orgulloso. Lo escribo porque una de las cosas coherentes que se aprende con los años es agradecer toda la ayuda y la labor profesional, callada y abnegada en la mayor parte de los casos. Porque aparte de justo, es el único pago que tienen a veces esas acciones.

Estos años hice la locura de sustituir en el cargo a un Kriptoniano hiperactivo (hiperactivo ya en el planeta Kripton, imaginaos cuando se le multiplican los poderes en la tierra) como a D. Manuel Rodrigo, y para ello conté con TODA vuestra ayuda. A nivel personal considero que es una etapa que te forma y que te hacer aprender y valorar muchas cosas y a muchas personas que se encargan de que todo esté a punto. Todos deberíamos pasar por un período así para luego opinar sobre el funcionamiento de las instituciones. Algunos volverían a descubrir que los calcetines no caminan solos mágicamente a la lavadora, que resulta que alguien hacía ese trabajo.

Y sobre cómo me habéis facilitado la labor quiero describir brevemente algunos ejemplos ilustrativos. Siento emocionado que he contado con vuestro apoyo más allá de lo estrictamente necesario. En el equipo decanal he encontrado personas sensatas, al final buenos amigos, que han sabido contenerme y comprenderme mejor que otros que me conocían de toda la vida. Trabajar así es un lujo, y fue a lo largo de muchas etapas muy diferentes. Os he(mos) vuelto locos, sobre todo en estos últimos tiempos de papeleos estúpidos de tiempos difíciles, pero habéis asumido todos los cambios de timón impuestos sin rechistar un ápice, arrimando el hombro. Trabajar así es muy fácil, demasiado fácil.

Tanto, que a la hora de planificar las jornadas de iniciación a la experimentación tuve que parar yo el carro, porque cuando os pedimos un esfuerzo para traer a más personas demostrasteis que somos los vascos del sur: pasamos de 100 a 400 personas. A coste cero, como siempre. Siempre recordaré cómo se preparaba todo, la cara de ilusión con la que hacíais vuestro trabajo pese a lo que llevarais por dentro. Como cambiabais turnos sin rechistar cuando había algún error en el maldito cuadrante. O como estabais al pie del cañón porque tocaba, aunque una hija vuestra se casa al día siguiente. Ojalá hubiese este tipo de profesionales en otros ámbitos… mejor nos iría.

Es impresionante como nos habéis facilitado la labor. Me he sentido querido, protegido, y lo mejor que todo es que siempre con una sonrisa por parte de todos (con razón o sin ella por mi parte, eso es lo grande). Aprendiendo además (y me pagan por lo contrario) sobre las cosas importantes de la vida, sobre cine, pintura, jardinería, fotografía, o filosofía vital y hasta sobre política de la de antes. Y todos sabéis que esto es muy difícil en este gran campo de egos que somos a veces. Como dijo Homer Simpson cuando le hicieron decano de un equipo de fútbol, algunas cosas las hubiera hecho sin cobrar, o pagando; pero no lo comentéis que veo que todavía me cuesta los cuartos.

En resumidas cuentas impagable, pese a que intenté valorar algunos milagros administrativos de Pedro en cerveza. A ver cómo le explico a Toni que te debe 327 cañas hasta que dejé de contar… Ya lo tenía claro cuando llegué, pero pude comprobar que independientemente del papel que representamos,TODOS somos iguales. Que todos tenemos el derecho a opinar y a ser escuchados. Que esto es sólo un trabajo y que muchas veces el personal de limpieza es el que más sabe de la Universidad, entre otra cosas.

Alguien dirá que exagero y que lo único que faltaba es que me hubierais dado vuestra sangre. Pero es que lo hicisteis. Aquí lo cuento. Una de las cosas de las que estoy más orgulloso es de las campañas de donación que organizamos junto a la gran Elena Madrigal y su equipo. La administración de la UCLM o la biblioteca se volcaron para ayudarnos, y pese a alguna persona importante que lo consideraba un engorro, tuvimos un éxito abrumador. Incluyendo por supuesto a los alumnos, esos que decimos que ya no son solidarios. No me negaréis que esto es algo más que complicarse o que mancharse las manos. Poco más se os puede pedir y yo ya no tengo palabras.

En fin, que quería compartir algunos pequeños ejemplos de lo que somos capaces de hacer los que pertenecemos a esto. De vosotros. Y recordar que la grandeza no viene de la excelencia científica o de las publicaciones, sino de la calidad humana de las personas. Y en eso os aseguro (para muestra estas anécdotas entre miles de cotidianas), andamos sobrados. Un poco locos, pero sobrados. Ha sido un orgullo trabajar con vosotros.

Cuentos del Cabo Hueso (I). Las sopas Berrendas

Los más jóvenes no lo sabéis, pero este es un país donde hace no mucho se pasó hambre. Y muchos de nosotros llevamos en el código genético, -junto a una sed infinita que jamás se saciará por mucho que llueva- un hambre arrastrada de varias generaciones. Estos relatos del Cabo Hueso, genial cantero fallecido justo hace un año, son cuentos que describen una realidad que espero que nunca se repita. Por desgracia no son inventados.

Las sopas Berrendas.

Un padre y seis hijos se arremolinan en una cocina destartalada y llena de suciedad en torno a una mesa coja. Están repartiendo la comida, si es que se le puede llamar así. Un par de patatas y unos cardillos hervidos en el caldero de barro para los siete. Y suerte que pueden repartir un chusco de pan duro como el pedernal, cortado con la navaja de padre. Caen a la mesa migas de lo que fue una hogaza, duras como virutas de madera. Aquello es como jamón para los pequeños, que se pelean por recoger ávidamente. Huele a humo de leña verde en la habitación. Hace frío, hace hambre de la que ha calado hasta los huesos. El mundo es gris para los niños sucios que han parado de trabajar para comer.

El padre reparte en los platos un cazo de caldo casi sin color, donde con suerte flotan un par de trozos de patata, naufragas de lo que debería ser una comida en condiciones. Es lo que hay. Por lo menos están calientes, eso sí, usando los peores trozos de leña, que los otros hay que venderla. En cuanto acabe la comida la llevarán en haces atados a la espalda, una procesión de hormigas con un peso perfectamente estudiado para que cada porteador lleve el máximo de carga a su destino.

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El padre dice “Amén Jesús”, y en dos minutos ya no queda nada en las escudillas. Los chicos miran en silencio el puchero vacío en el centro de la mesa.

«No os preocupéis hijos, cuando vendamos la leña ahorraremos para comprar una mula. Con ella podremos cargar más leña y ganar más dinero. Y vamos a comer en condiciones. Os voy a hacer sopas Berrendas».

-¿Sopas Berrendas?

-Sí hijos, sopas Berrendas. Es una sopa en un plato grande, hondo. La sopa lleva fideos, gordos como el dedo de Manolín. Con un montón de garbanzos que parece un cerro. Y ajos sofritos. Y trozos de gallina desmenuzada. Y un trozo de tocino rancio para cada uno, que deja un charco de grasa por encima del plato.

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-¿Y qué más, padre?

-Y un trozo de picatoste bien sopado en el caldo, de dos dedos de recio. Y encima de todo, un huevo frito de dos yemas y un chorizo.

Se hace un silencio religioso en la mesa. Los chicos miran el puchero vacío como si fuese una pantalla donde se proyectan imágenes de un cinemascope tridimensional. Más reales que su vida. Padre está absorto en sus pensamientos, lleva un rato ensimismado. Los chicos, con los ojos churretosos muy abiertos mastican el aire, con bocados sonoros y mucho lameteo. El padre sigue en silencio.

-Padre, ¡Padre!

-Dime, Manolín.

Cuéntenos un poquito más de las sopas Berrendas…

Let’s go home, Debbie (Chencho ha aparecido)

Esta es una carta de agradecimiento que os debía por ser partícipes del pequeño milagro que conseguimos entre todos, haciendo precisamente lo que hacéis ahora mismo: leer y difundir el contenido de un artículo de este modesto blog.

Hace unos meses un buen amigo, José Luis Vázquez -el crítico de cine-, me puso al corriente de las graves circunstancias por las que atravesaba. Era consciente de ser uno más entre tanta gente que vive una situación económica crítica. Este gran hombre reflexionaba sobre el hecho de que podía haber sido peor si hubiera tenido cargas familiares, reconociendo con nobleza que había gente incluso peor que él. No me pidió nada, simplemente se desahogó conmigo tomando un café y me comentó su drama personal, un desenlace casi fordiano que muchos ya vaticinábamos con preocupación de una vida de funambulista sobre el alambre de la cultura. Paradójicamente, hasta poco tiempo antes su difícil situación laboral lo había hecho sentirse más despierto, más vivo y útil que nunca. Sin poder acomodarse ni relajarse un segundo. Los pocos pistoleros que continúan en el oficio pasados los cincuenta siempre son respetados por peligrosos, que por algo más que suerte han sobrevivido en su largo negocio. El problema es que la misma experiencia te decía que esta vez era la última, y que ni agarrando las riendas entre los dientes para disparar a dos manos ibas a sobrevivir a la última carga a la que te disponías.

Desenlace fordiano

Me lo contó con un amago de sonrisa en la cara. “Malos tiempos para la lírica”, -dijo-. Ni siquiera permitió que pagara el café, y me invitaste al mío. Yo era conocedor de que eras uno de tantos, pero para mí no eras uno más por dos razones. La primera -y suficiente-, es que era mi amigo el que vivía esa injusticia, no una persona anónima. La segunda, que ese amigo es una persona especial, un referente cultural para una ciudad o para un tipo de arte: el cine. Que en otra ciudad o en otro tiempo serías alguien afamado; que lo que haces no era lógico, pero que habías dedicado tu vida a lo que muchos no tenemos el valor de apostarlo todo. Eso es amor (al cine), el que lo probó lo sabe, como dijo Lope. Estaba viendo depositarse pavesas ardiendo sobre una biblioteca andante y no me gusta ver arder una montaña de libros.

Imagen de El Roto

No me pediste nada -repito-, pero como amigo me decidí a hacer lo que hubiera hecho en mi situación el maestro Ford, al que finalmente nos encomendamos: decidí empezar una guerra. Una guerra contra todo y contra todos si hiciera falta. Era sabedor de que íbamos a perder, pero aquello me importaba francamente un carajo. Tu causa era mi causa, la de miles. Una causa justa por la que luchar. Y es imposible transformar un sable en un arado, como bien nos contabas en tus críticas.

Simplemente conté tu situación aquí, salpimentada de imágenes de tus películas y de tus comentarios. Os pedí por favor que divulgarais esa historia, convocándoos a hacernos fuertes en nuestro particular Álamo manchego. Y obrasteis el milagro. Acudisteis en legión, cabalgando en columna de a dos con el sol del desierto poniéndose a vuestra espalda desde muchos rincones de España y del extranjero (24 países en concreto). Solo tuve que levantarme para pronunciar el nombre de Espartaco Vázquez y de repente tenía más de seis mil amigos a mi lado. Gente que te conocía y gente anónima, conmovida por una historia tan simple que le podría pasar a cualquiera que alguna vez se hubiera emocionado en una sala oscura viendo fotogramas. Nos conmoviste porque eras cada uno de nosotros y cada uno de los héroes del celuloide.

José Luis Vázquez, cuando era un joven vaquero

Aquella marea creció, la gente quería aportar de la forma que fuese. Hubo hasta un debate abierto sobre la conveniencia de aprovechar la ocasión para establecer algún club cultural o resolver el agujero económico con una aportación que llegó a tener nombre: “la taquilla de José Luis”, al precio simbólico de una entrada. Algunas de estas aportaciones fueron hechas, repito, por personas que no te conocían. Como @fordianos, que acudió a ayudar desinteresadamente al oír el ruido de la pelea. Se había quedado una noche perfecta para urdir pequeñas traiciones…

Y como dijo Napoleón refiriéndose a los españoles, cuando nos atacan reaccionamos como un solo hombre de honor. Obraste el milagro de poner a remar juntos a gentes de todos los ambientes y condiciones, hasta políticos antes enemigos se pusieron codo con codo a aportar ideas o a ayudar con sabios consejos o asesoramientos. Tú estabas abrumado y avergonzado por recibir esas muestras de cariño en este tiempo tan duro, pero cada uno es responsable de cuidar sus cactus para que florezcan, y tú supiste regarlos todos.

Tras un carrusel de emociones en las que tocaste fondo administrativo y miles de alternativas más o menos factibles en las que nos afanábamos todos, diré en una elipsis de aquellas de arrancaban veinte páginas del guion, que el asunto se pudo resolver. Y menos mal, porque no quisiste aceptar un céntimo de aquella “taquilla” o de cualquier cosa que no implicara hacer tu trabajo o tu enfermedad: ser crítico de cine.

Consecuencia de nuestros desvelos hoy salimos ganando con un cineclub (Cineclub Mancha) que estoy seguro será un referente cultural, y algunas ideas adicionales que ya han hecho que empieces a transferir parte de tu mirada al formato redes sociales. Tenemos una segunda oportunidad para intentar que todo esto acabe generando un futuro que sea más valioso que nosotros mismos, espero que sepamos valorarlo y apoyarlo.

Con el logo de Cine Club Mancha

Pero vuelvo al principio, esto es simplemente para daos las gracias de corazón. Como no os conozco a todos me gustaría que volvierais a mandar la reseña a las mismas personas a las que enviasteis el primer mensaje, porque hay que congratularse de las buenas noticias, cada vez más difíciles, y hay que ser agradecido. Perdonad por la metáfora, pero a los que compartisteis esa película, la sensación que me queda tras todo esto es la de que Chencho finalmente ha aparecido. Un abrazo a todos. Ride away.

Duke y Duke

Desarrollo de un producto comercial (que veinte años no es nada)

Los más jóvenes no lo sabréis, pero esta famosa letra de un tango describe perfectamente el tiempo que implica el desarrollo desde cero de un producto comercial en la universidad. Y esto teniendo suerte, mucha suerte, porque la mayoría de las ideas se quedan en eso: solamente en ideas, o a lo sumo con suerte en una publicación científica que -seamos honestos-, muy pocos leen. Es por esto que el feliz alumbramiento de un producto comercial (algo físico, una realidad con precio y todo), es un motivo de satisfacción especial para un científico. Significa que se han cubierto todas las etapas, sucesivamente más difíciles, para poner un producto en una estantería. Parece simple, pero es exactamente el camino arduo desde una idea a una realidad, con todos los demonios técnicos, legales y económicos que hay que vencer. Con la que está cayendo, os lo aseguro, a mí me parece poco menos que un milagro. Por otra parte, no es ni más ni menos que aquello que lo científicos o los ingenieros químicos tenemos responsabilidad de hacer. Obtener productos, más allá de publicaciones. Esa es la prueba del 9 del mundo real.

El lanzamiento al que hago referencia se llama Alycin DM1, y es un producto con propiedades beneficiosas para la salud ocular, que incluye en su composición ajo morado de las Pedroñeras. Tenéis una reseña de la reciente noticia aquí. Os cuento brevemente el proceso para que alucinéis, sonando música de tango…

Etapa 1. La idea. Como todo en ciencia parte de una idea y deben darse una suerte de circunstancias favorables en cuanto a afinidades de personas y medios materiales disponibles, que empieza a no ser fácil. En nuestro caso la idea es sencilla. Implica demostrar científicamente que los consejos de la abuela sobre el ajo son ciertos, y aplicarlos a un producto novedoso y con propiedades saludables. La idea pinta bien, pero hay que hacer muuuucho trabajo. No tenemos nada.

Por suerte un chico quiere hacer su desarrollo fin de carrera en este tema, poniendo en contacto a investigadores del Ramón y Cajal de Madrid. Unos hacen la parte médica y nosotros la parte de optimización química. Lo primero que hay que hacer es poner a punto un método de análisis de los componentes del ajo, sin esto no hay nada que hacer. Desarrollamos y optimizamos esto, fruto de lo que podemos determinar que la proporción de compuestos en el ajo es ideal en cuanto a los resultados beneficiosos para la salud, o dicho de otro modo: la naturaleza es sabia. También determinamos que precisamente el ajo morado de las Pedroñeras tiene 5 veces más alicina (el compuesto beneficioso) que el ajo chino, que es solo un poco más barato.

ajo morado de Las Pedroñeras

Etapa 2. Esto funciona. Idea comercial y protección de resultados. Los resultados son fantásticos: propiedades antibacterianas, vasodilatadoras, anticoagulantes, antitrombóticas, hipotensoras, antiinflamatorias o anticancerígenas…la purga de Benito. Pero todo esto no es válido para un producto comercial si no somos capaces de ponerle una fecha de caducidad. Ese es el problema de todas las píldoras de ajo del mercado o de los encurtidos, que no retienen nada de alicina porque esta se degrada con facilidad. Para esto aportamos una solución que es la base de una patente: estabilizar nuestro extracto mediante un caro proceso de liofilización. Cuatro años de fecha de caducidad y un montón de ensayos clínicos que demuestran propiedades: Tenemos una patente.

Etapa 3. Mercado. Pero esto es solo una buena diferencia de cara a la competencia, pero nada más. Hay que montar una empresa, los propios investigadores. Nos formamos en economía, hago un máster, ganamos un premio de emprendedores, pero seguimos teniendo una idea. Buena, pero una idea. Y ya han pasado diez años. Empleamos este tiempo en diseñar diferentes productos comerciales. Nos centramos en el campo de parafarmacia, y en concreto en los aspectos cardiovasculares (colesterol) y de fortalecimiento del sistema inmunológico. Desarrollamos los primeros prototipos y el diseño de productos.

Etapa 4. El compromiso. Encontramos una empresa que piensa en comercializar estos productos, pertenece al mismo chico que tuvo la idea de los ajos que ya se ha convertido en doctor. Durante este tiempo se establecen intentos de comercialización de estos y desarrollo de otros productos. Vemos que las posibilidades son enormes en cuanto a aplicaciones. Las nuevas pruebas con la UIT del Hospital General Universitario de Ciudad Real son impresionantes y producen otra patente. Pero hay que concretar. Se optimiza la formulación y diseño de los dos productos anteriores, el Alycin CV1(cardiovascular) y el Alycin SP1(fortalece sistema inmune). Vender la primera caja es emocionante.

Entrega del Premio Regional de Investigación a la segunda patente

Etapa 5. Evolución y último producto. La empresa sigue evolucionando los productos y quiere ampliar su gama. Ha desarrollado una web eficiente y comienza a ser importante en redes sociales, fruto de una estrategia planificada. Se considera indispensable contar con un nutricionista, y contactamos con uno de los más reputados: el doctor Ramón de Cangas. El nos da la idea para el producto de la degeneración macular. Se plantea otra colaboración con el DIQ de la UCLM para el desarrollo de este producto y algo más de un año después nos cuadran lo datos. Ha nacido Alycin DM1.

Photo by The Devil on Pexels.com

Pues eso, veinte años. Y contado a vuelapluma, sin hablar de temas legales que se tienen que cumplir a rajatabla o de trabas burocráticas que, curiosamente, van siempre a favor de los grandes. O de la enorme lucha con piratas que dicen que venden productos que lo tienen todo, cuando nos encargan a nosotros los análisis porque ni siquiera son capaces de analizar sus productos. Y no tienen nada, pero lo siguen diciendo. Gente que vende duros a cuatro pesetas; el eterno dilema entre la ciencia y los vendedores de lociones mágicas.

Por todo esto podréis valorar que sobrevivir a este proceso es poco menos que un milagro. Tesón, ciencia, creer en la tierra, muchos ajos… Estamos muy orgullosos de nuestros productos.

MAHATMA (EL GRAN ALMA)

Ojos hundidos, vivarachos.

Cuerpo escuálido, repleto de pliegues.

Gafas redondas, reloj alemán de acero.

Y un gran alma.

TODAS las pertenencias de Ghandi

Largas caminatas en busca de alguien

  que escuche el sonido del amor.

Vivir de la misericordia.

Arráncale a la muerte una sonrisa

  de labios de un paria en Calcuta.

Consuela al que sufre. Enseña. Ama.

Rompe las cadenas de lo material y

adéntrate en lo eterno.

Al finalizar su huelga de hambre bebió un zumo de naranja y se puso a trabajar hilando en la rueca, porque decía que PAN COMIDO SIN TRABAJO ES PAN ROBADO A LOS POBRES

Ayuda a sufrir, comparte las lágrimas.

Recoge vivencias.

Una brizna de hierba seca

  frente al huracán del mundo.

Un “pajarillo ridículo”.

Un sueño imposible: La Paz.

Mahatma Gandhi (Mohandas Karamchand Gandhi, 1869 – 1948), Indian Congress Leader and representative of the Indian Nationals, leaves the Friends’ Meeting House, Euston Road, after attending the Round Table Conference on Indian constitutional reform. (Photo by Douglas Miller/Getty Images)

Un Geyper man diferente

Hoy os escribo sobre un par de juguetes que conservo como oro en paño por dos motivos diferentes. El primero de ellos es un pequeño avión azul de metal, réplica de un zero japonés de la segunda guerra mundial. Lo que me marca es la circunstancia del regalo. Fue cuando pasé el sarampión, en torno a los seis años, y el carácter inesperado del regalo contribuyó a aliviar aquellos días de enfermedad. Fueron días asociados con un médico que venía a casa en coche de caballos y a olor a alcohol sobre un plato en el que se ponía a hervir una jeringuilla que curiosamente nunca tenía aguja (bien que trataba de asegurarme), antes de darme la vuelta y bajarme los pantalones. Esa aguja roma pinchaba como una banderilla, pero lo importante es que ese fue posiblemente el momento en el que me doy por primera vez cuenta del detalle especial que tienen mis padres conmigo al regalarme algo en un momento en el que no tocaba. Por eso lo conservé el resto de mi vida, y hace unos años le recordé la historia a mi madre. Ella rescató el pequeño juguete y lo puso en el aparador justo encima de la tele como un gran trofeo para recordar que se cerró el círculo de los afectos. Cosas de las madres.

El segundo regalo fue en realidad una decepción. Soy de la generación cuyo anhelo de pequeños se dividían entre los geyper man y los madelman. Recuerdo un poster o un catálogo colocado en una papelería donde estaban todos los modelos que se comercializaban del geyper man, un muñeco con una cicatriz en la mejilla un poco más grande que el madelman. La cantidad de modelos era infinita para la imaginación de un niño: el paracaidista, el esquiador…, todos los adminículos de cualquier tipo de combate y localización posible incluyendo por supuesto el de legionario y el de guardia civil. Aquel póster también incluía los equipos adicionales que podías comprar para el muñeco: vestido y armamento. Aquello era fantástico: una cantidad de armas, ametralladoras, machetes, mochilas, paracaídas, todo. Había gran detalle hasta en las fundas de las pistolas o de los machetes. Posteriormente descubrí hasta camiones a esa escala o incluso un helicóptero, pero eso era reservado para los bolsillos de los ricos.

Figuras madelman

La cuestión era que para ser feliz solo tenía que mirar aquel catálogo, nos pasábamos las horas muertas allí pegados hasta que nos echaban de la tienda por no comprar nada. A los jóvenes de ahora es imposible explicaros lo que era simplemente ver aquello, ya no digo jugar: la imaginación hacía el resto. Supongo que será parecido a una licencia infinita de Fornite para jugar con el Rubius de compañero. También era cuestión de estatus social. Un buen juguete te aseguraba un grupo de amigos siempre alrededor. Recuerdo un chico que tenía un madelman submarinista con un cuchillo en el muslo y otro que hasta traía una red ¡con una pantera! Era impresionante contemplar el grupo de niños entorno a la guarida de la pantera que había excavado el feliz propietario en un montón de arena de una obra para atrapar finalmente al maldito animal. Aquello eran aventuras en la selva y no lo de las novelas de Kipling.

Finalmente llegaron los siguientes reyes o cumpleaños y cayó el geyper man. Creo que pedí el paracaidista con un equipamiento adicional de esquiador o algo parecido. La elección era fácil: era el que más armas traía. La sorpresa que me llevé fue al descubrir lo que le vendieron a mi madre.

Me compró el geyper man de la jungla, con un machete y una pistola con las respectivas fundas. Ya no había escopetas. Malo. Por lo menos llevaba granadas. Lo que desentonaba un poco es que era negro y el de paracaidista claramente era blanco, con barba y pelo rubio, pero bueno. Lo raro es que el traje adicional que me compró era el más barato o el que quedaba: el de indio. Llevaba solo una lanza y un hacha cutre. La cosa es que mi madre con toda su buena fe (no la del tendero) provocó un anacronismo de la leche. Un indio negro con un tocado de jefe de la tribu, y eso que llevaba el pelo a lo afro, de moda en aquella época. Me daba vergüenza sacarlo a la calle vestido de indio y menos mal que no me gustaba la música en aquella época, porque más tarde pude comprobar que el bicho era clavado al indio de los Village People. Tal cual.

No sé si me habrá supuesto un trauma (de esas tontás no teníamos entonces), pero de lo que si estoy seguro es que, después de todo, fue una gran lección de tolerancia interracial.

Por cierto, ¿No tendréis alguno el paracaidista todavía? Lo compro a buen precio.

Ovarios de granito

Este artículo va sobre las mujeres que construyeron lo que tenemos. Echad la vista atrás una o dos generaciones. Lo bueno es que para hacerles un homenaje no hace falta escribir poesía con letra mona mientras suena música. Simplemente basta hablar sobre cualquiera de ellas, sobre sus cosas cotidianas. Yo, a modo de ejemplo os hablaré de algunas anécdotas de familiares mías, por poner un botón de muestra entre millones de actos heroicos que se hacían cada día en un país en ruinas con forma de piel de toro.

Efectivamente parecía que tenían los ovarios de granito y como ya dije, eran los únicos pilares sobre los que podía descansar el infinito cielo manchego. Eran tiempos en los que el amor estaba asociado a rondas, a vuelos de visillos, a frías rejas y a capotes que protegían de las inclemencias del tiempo y de la impertinente luz de los faroles. Años grises, de color de luto y de silencios eternos. Pero aunque parezca imposible, las mujeres eran alegres pese a que trabajaban el doble que los hombres. Y aunque jamás se les reconoció, siempre tenían razón.

Os relataré alguna anécdota de mi abuela. Si algún gobernante hubiera tenido la mitad de sus arrestos a lo largo de nuestra historia otro gallo nos hubiera cantado, pero eran otros tiempos por desgracia para todos. Solo le faltaba una muela y precisamente se la sacó ella, porque no tenía tiempo que perder en tonterías de dentistas o de sacamuelas. De hecho no tenía que ser tan difícil según ella. Se hizo hacer con el torno unos rebajes en los alicates de mi abuelo para que agarraran bien la pieza y ella misma se la quitó –cuanta tontá y cuanto aspaviento de los hombres-. Con un par. Y de vuelta al trabajo, si acaso un poco de agua y sal pero con moderación, porque “hay que tener cuidado con la sal que está a millón”.

Tenía un ánimo inquebrantable. Quizás es lo único que te permite sobrevivir a una guerra, a la miseria de la posguerra y de la vida que te va matando poco a poco. Solo había dos cosas que no soportaba y eran por la misma causa. Una de ellas era jugar a las cartas, porque ya había agotado el cupo las noches en vela que pasó en la guerra, matando el tiempo en interminables partidas a la vez que agudizaba el oído, esperando que llegara la mañana sin que un camión con hombres armados entrara en la casa y las violaran salvajemente. La otra era ir a misa. Decía que se endemoniaba viendo cómo ciertas personas se daban golpes en el pecho olvidando lo que ella había visto que habían hecho. De pequeño no entendí lo que decía. Hoy la comprendo perfectamente y quizás alguno de mis encabronamientos en esta sección son los suyos.

Solo deciros que la he visto correr detrás de mi padre con una navaja de destripar ovejas. De broma, por supuesto; si le pinchó fue porque mi padre se movió o se asustó y no fue culpa suya. También vi darle un vaso de agua con sal al panadero en una copa de anís como inocentada. Y cuando paró de reírse de las muecas del pobre hombre y le dio un poco de agua para enjuagarse la boca del mal trago, le calzó el segundo vaso de agua con sal. “Joder, si son los inocentes, hermoso. Haber estao más espabilao”. No os quedéis solo con estos momentos. Imaginaos las cosas que quería olvidar para comportarse así.

Estoy seguro que la muerte le pilló mientras dormía. En caso contrario no se hubiera muerto. Por sus cojones. O se hubiera llevado a alguno por delante, os lo aseguro.

Cuajo. Otra familiar, una tátara-algo. Una o dos generaciones antes. Muchos churumbeles, trabajo, poca pitanza. Seguro que os lo imagináis. La comida era sagrada. A su marido le gustaba la caza, era una forma de aportar algo de carne al puchero. Desgraciadamente golpeó el arma con una piedra al incorporarse del puesto y se accionó el disparador de perrillo de la escopeta. Se voló la cabeza. No regresó a comer y salieron a buscarlo por la tarde. A la hora de la cena se reencontraron los hijos y parientes sin éxito en la búsqueda y le preguntaron a la mujer sobre la forma de proceder. Con todo el estoicismo del mundo dijo: “mirad, he pensado que vamos a cenar, que si lo traen muerto ya nos pilla cenaos”. Parece broma, pero pensad lo que te tiene que haber curtido la vida para ser así de práctico.

Y tantos, tantos ejemplos que me podéis aportar cada uno de vosotros y seguro que os evoco. Recuerdo aquella frase de Muñoz Molina en el Jinete Polaco: “con mujeres como aquellas, que hasta tiraban de navaja para degollar franceses y fíjense qué desgraciados gobernantes han tenido los españoles a lo largo de su historia…” Pues eso, a ver si somos capaces de aprender algo. De escuchar a quien tenemos que escuchar. Por cierto, para escuchar tenemos que dejarles hablar a ellas. A ver si va a ser eso.

GUITARRA ESPAÑOLA

Que la boca me sabe a sangre,

niña mía, cuando te escucho.

   Que ya no hay más músicas, contigo;

ni palabras que adornarte:

la boca me sabe a sangre.

   ¿De qué alma sale tu llanto?

No te engañes, viajero.

   Es aquel Dios mendigo

quien rasga tus adentros.

   Que te tiempla la sangre

y te saca los lamentos;

que te sangra la casta

y te llora los sueños.

   Abrazo de amor

para el ciego a la noche,

credo redentor del prisionero.

   Letanía del anciano,

lucero del peregrino.

   Hechizo del gentilhombre

que prende de las honduras

de tu cuerpo de mujer

que se llama soledad…

   Que no hay palabras, niña mía,

que la boca me sabe a sangre…

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DEMENCIA SENIL

Con locura

                     he recorrido océanos de soledad.

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                   Sin mesura,

                     vagando por yermos páramos

                     he seguido el curso de mis ríos interiores,

                     arrojando mi alma descarnada

                     al pozo del recuerdo de tus ojos,

                     otrora azules.

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                   Mucho antes del sueño final

                     ya la arena se escapaba de tus manos,

                     triste letanía de silencios,

                     senil rosario de olvidos

                     hacia el invierno de una playa devastada.

                   Cuando tu alma se escapaba a borbotones

                     por la celosía de tus miradas ausentes,

                     mi animal interior aullaba al aire

                     preguntando POR QUÉ la lenta cadencia.

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                   En el penúltimo latido de la tierra

                     dos lobos solitarios se unen en la última mirada lúcida

                     (se ha de pagar el óbolo para renovar la sangre).

                   Trémula mano, que ayer sostuvo tu alborada,

                     en su última lucidez enardecida te aferra

                     y te entrega el testigo de su soledad,

                     sello inexorable de tu existencia,

                     para que algún día vuelva a girar la rueda.

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                   Por eso, si alguna vez no te escucho;

                     ocurre, que en lo más ignoto de mis adentros,

                     bajo el leve barniz de la ausencia,

                     en la oscura inmensidad de la meseta

                     hay un lobo aullando al cielo.