Soy sahariano

Contemplo una foto vieja que mostró Pérez Reverte en twitter. Corresponde a una España -también en blanco y negro-, en la que una mujer posa orgullosa frente a un Seat 600. El detalle de la foto es la matrícula, que empieza por SH, y sí, es española. De la provincia del Sáhara.

Esa foto me evoca recuerdos de lo que para mí fue una aventura en bici. El año 2000 me apunté junto a unos amigos a un viaje en bicicleta durante una semana por territorio Saharaui, en concreto por el valle del río Draa. Era un viaje organizado por Alventus, una agencia especializada en aventuras en bici, que tenía como evento estrella el famoso Raid Trans Atlas. Esta vez quisieron hacer algo más auténtico si cabe, metiendo a un grupo de 40 personas por el desierto, desde los palmerales de los oasis hasta las dunas de arena. Lo llamaron Sáhara Bike, y fui uno delos participantes que hizo la I edición. Tenía el contrapunto de la falta de experiencia organizativa previa, pero la gran ventaja de que era la primera vez que se metía a extranjeros por algunas de las zonas por las que transita.

Por todo ello estaba un poco asustado, si os digo la verdad. La ruta era en Semana Santa, pero el hecho de ir al desierto aún en aquella época me generaba la duda de si iba a poder aguantar el calor o las largas jornadas de bici, algunas de más de 80 km. Entrené bastante en rodillo y en bici de montaña, pero pese a estar en forma me dispuse a cruzar el mediterráneo con la desazón de ir a un país extraño y de que la bici o el calor me iban a batir. Ese mal fario tuvo un cierto bálsamo cuando subí al autobús que paró a recogerme justo en mi pueblo, porque estaba en la Nacional IV. El detalle es que me reuní con mis amigos que venían de Madrid y para mi sorpresa el bus hizo una parada reglamentaria en el siguiente pueblo al mío para descansar y comer algo. A los diez minutos de salir de viaje ya estaba tomando raciones y bebiendo con mis amigos, no era mal comienzo…

Pues efectivamente tuve ocasión de descubrir lo que es el desierto en el amplio sentido de la palabra. Lo que es el calor, la tierra yerma y lo que llaman el bautismo de la soledad, transitando descolgado del grupo por planicies casi infinitas bajo el sol. En medio de un silencio abrumador, en el que hay un raro ruido de fondo que es el rozamiento del aire sobre las rocas. Eso era lo que se supone que debía temer, pero para mi sorpresa aquello no me preció extraño. Aquello me recordaba a mi pueblo en agosto, a cuando iba a jugar al fútbol a las eras de las tejeras cubiertas de finos de ladrillo que se secaban al sol. La tierra reseca, el aire caliente pero amigable, el sudor que se secaba enseguida bajo una luz que no deja sombras. El manto de polvo marrón que lo cubría todo y hacer deporte entre casas viejas con muros de adobe… No, lo que tenía delante de mí en el Sáhara no es que me fuera familiar. Es que me hacía sentirme literalmente en mi jodida casa. Aquello no lo había sentido desde que salí del pueblo para estudiar.

Y efectivamente la organización había previsto todo, pero no pudo evitar por ejemplo que algunas zonas de agua que meses antes estaban localizadas para el aseo se secaran. Un día tuve que lavarme en un charco, y otro con el agua del pulverizador que estaba destinada a la bici. Pero daba igual, porque estaba en casa. Una noche al llegar tarde no pude dormir dentro de las habitaciones de un refugio de pastores y preferí hacerlo en el patio interior, mirando las estrellas de un cielo sin contaminación lumínica. Todavía recuerdo aquello y os aseguro que al menos en mi pueblo eso ya no existe. Y por eso me dan pena algunas cosas. Que un viaje al extranjero te permita llegar a casa. Un lugar que en las viejas fotos todavía era España, y que ya no lo es por culpa de la política y de los malditos. No quiero meterme en berenjenales, pero me da pena la historia. Que unos compatriotas manipulados se independicen para ser invadidos a los cinco minutos mientras nuestros dirigentes miran para otro lado. Que desde hace más de cuatro décadas vivan en campos de refugiados confinados por un muro que se ve desde el espacio pero que Google Earth censura en sus imágenes, por vergüenza, supongo. Y que muchos de los hijos de aquellos todavía se sienten españoles pese a ser perseguidos por los dirigentes del país que los invadió y de que nuestros políticos les ignoren. ¡Ah, la alta diplomacia de estado…! Tristeza es lo que siento. Y un dolor físico real, similar al de un miembro amputado, porque el cerebro se empeña en recordarte que debía estar ahí. Porque fue y quizás es todavía parte de ti.

Foto: Pixabay

A vuestra salud

Hace tres meses estuve en la tesitura de hacer una donación de alcohol para fabricar loción hidroalcohólica desinfectante. Unos 50 litros con los que se podrán hacer más de 100 litros de loción, unos 500 botes dispensadores. Será una loción extraordinaria, no sabéis cuánto. Para –literalmente- chuparte los dedos. No me refiero ya a los 500€ que me costó la materia prima; es que la valoro como a mi sangre. Es un alcohol de boca o de consumo especial, tridestilado. El que se usa para bebidas de alta graduación, este en concreto de altísima calidad. Tan caro porque es de uso alimentario, y porque el estado se lleva una buena tajada, en torno a 5€ por litro. Más que en las gasolinas. Quizás sea por eso por lo que han precintado los depósitos de las alcoholeras y las farmacéuticas, pero eso es otra historia.

El caso es que hay que hacer lo que hay que hacer y punto. Estaba destinado para hacer ron con madre cubana en un barril de roble blanco americano. Nota de cata 9 sobre 10 de un ronero profesional. No os he dicho que alguna de mis investigaciones las desarrollé en Cuba sobre añejamiento acelerado de rones de alta calidad y rones exclusivos como el ron Vigía. Qué recuerdos me evoca… Por eso, para mitigar la pérdida etílica que me lacera, los comparto con vosotros.

Varadero. En la zona cubana, la que no visitan los turistas. La auténtica. La que todos se pierden, quizás un poco más sucia, pero es la real y es fantástica. Salgo de un caribe a una temperatura escandalosamente caliente: parece una sopa, salvo por el color esmeralda del agua. Lo suave de la pendiente hace que puedas caminar cien metros sin que cubra y el mar, transparente y plano como un plato, permite ver nadar a las personas como si estuvieran flotando en el aire. A la salida me tiende mi amigo Pedro el mulato, una botella de ron Legendario caliente, al sol. Lo recuerdo como el mejor trago de mi vida, por muchas cosas. Comparto junto a su familia, la de mi amigo Migue. Joder, y se supone que estoy en el infierno, en periodo especial, resistiendo a duras penas el férreo bloqueo norteamericano. Que los niños no deberían sonreír felices jugando con aros metálicos y palos, que deberían estar en el primer mundo interaccionando virtualmente con sus amigos encerrados en su habitación. Abro la botella y tiro como siempre la primera porción al suelo, “Pa los santos”. Sonrío porque pienso que teóricamente estamos sufriendo… 

Pedro trabaja mecanizando el sello de los tapones de la famosa marca de ron, lo que le permite –ya tu sabes- resolver alguna cantidad de madre con lo que luego preparar unas botellas que contribuirán a la mejora de la economía doméstica. Es parte de mi familia, y yo de la suya, que nos acompaña en la playa. Un curioso del CDR (comité de defensa de la revolución, aprendeos las siglas que las vais a utilizar pronto) nos pregunta extrañado por la presencia de un turista tan blanco como yo en la zona de cubanos. Está prohibido llevar a extranjeros a cambio de dólares. Le digo la verdad a bocajarro: Pedro es mi hermano. El controlador sonríe y se sienta con nosotros a tomar ron. Me pide que le diga a mi brother que tenga cuidado con los controles de la policía y me guiña un ojo.

Empecé mi interacción etílica con la isla bebiendo mojitos en la bodeguita de en medio. Después daiquiris en el Floridita, donde tienen reservado un taburete en el que bebía Hemingway. No es que sea un recuerdo presente, sino que su jodido fantasma te da la tabarra de una forma insoportable. Cuando caigo en la cuenta que por el precio de un mojito me tomo dos botellas con Pedro y su familia (cuatro en el mercado negro) mando al carajo al escritor y me siento aliviado. Empiezan a fastidiarme los malditos turistas.

Trabajaba durante aquellos días en un proyecto sobre añejamiento acelerado de rones premium que preparaba un centro de investigación, el ICIDCA, en una finca que perteneció al escritor y que legó su nombre a la bebida: Ron Vigía. Ese licor exclusivo era picar muy alto, de igual modo que el Havana 7 o incluso el Silver Dry, especial para mezclar, no como los otros. Pronto me habitué al ron fantástico que preparaba Pedro, el que tomábamos en la terraza de su casa tranquilamente divagando sobre la vida. El mismo sitio donde me explicó que su auténtica bandera era la colada que acababa de tender su mujer y se secaba con la suave brisa que venía del malecón. Lo mejor que he aprendido sobre patrias en mi vida. Posteriormente profundicé en la temática –soy científico- y pude beber la cerveza Hautey (historia interesante la del indio) y luego la Bucanero fuerte, o fuette, como se dice allá. Esas dos marcas ya no existen, las vendieron a los otros cubanos, los de Miami, pero mi recuerdo es imborrable. Luego llegó la cerveza de pipa. Es este un líquido infernal, una cerveza de baja graduación rebajada con agua que reparten en cisternas por barrios populares a un precio asequible. El recorrido de la cuba (la pipa) es una procesión que suele ir acompañada de un enorme rosario de plañideros negros y tiene el efecto de acabar la jornada laboral en el exacto momento en el que llega a cada sitio. El hecho es que la gente aprendió que si esta cosa se congela, la fracción alcohólica se puede separar con facilidad del agua, con lo que es fácil recuperar una cerveza con cierta calidad después de un proceso de ingeniería química. Me descubro.

Luego vino el alcolifán y el chispadetrén, destilados hechos a partir de cualquier cosa fermentada, como por ejemplo arroz. El vino de arroz estaba malo de cohones, pero con chicharrones ya era otra cosa. Mierda de bloqueo. Lo más fuerte (que creo que probé) es el trago hecho de agua y alcohol del que se emplea en farmacia, no como el que acabo de donar. Este alcohol lleva un trazador de color azul para identificarlo y separarlo del uso e impuestos asociados al uso alimentario. El hito de los isleños fue darse cuenta que era un alcohol barato de gran calidad cuyo trazador azul no era tóxico y se filtraba perfectamente por los riñones, liberándose en la orina. El genio cubano bautizó a ese trago con el nombre “cielito lindo”, por el color que generaba al expulsarlo.

Pues sí, amigos. Que estoy orgulloso de haber “hecho frente al imperio” en un período tan jodido en la que la gente estaba muy nerviosa como yo. Como le dije a mi amigo Cordobí: aquí tenéis al llegar a casa cada día la tranquilidad que yo quiero cuando me jubile. Estoy orgulloso de haber sido acogido en familia en un sitio al que considero tan España como mi propio país, porque los cubanos tienen nuestros mismos defectos –lo que más nos une- y mantienen la esencia de una madre patria que por desgracia en este lado del océano ya no existe, se perdió hace mucho.

Paso la botella a Pedro y me echo crema en la espalda. Aquel día tranquilo, perezoso, dejará un recuerdo familiar mucho más duradero de la quemadura de la zona que mi mano no llegó a cubrir. Una escena que haría sentir envidia a Chavela Vargas, y retar de nuevo a beber tequila al maestro Hemingway. Una nube solitaria en el cielo se parece sospechosamente al parche de John Ford. Desde el cielo –o el infierno- de los justos parece que brinda con nosotros.

Por eso, amigos, si en una loción desinfectante percibís extraños matices de mar, de son o de caña de azúcar, disfrutadlo. Me alegro de que esté en las manos adecuadas. Brindo por vosotros, esa ha corrido de mi cuenta. A vuestra salud.

Derribando estatuas, olvidando la historia

Asisto perplejo a un espectáculo que tiene pinta de alcanzar dimensiones planetarias, como una pandemia. Me refiero al derribo de estatuas en aras de lo políticamente correcto, de envolver al mundo entero y a nuestras conciencias poco cultas en papel de fumar, del perfumado. Estatuas que atestiguan pasajes de la historia relacionados con esclavismo, zonas oscuras de personajes enormes como Churchill, o de genocidios –entre otras cosas- perpetrados gracias a Cristóbal Colón.

Pues me preocupan estos gestos, sobre todo en lo que se refieren al olvido que intentan imponer. No caen en la cuenta de que precisamente hay cosas que tienen que estar presentes, incluso a la vista para que las podamos criticar y evitar. Que aquello que se esconde de la vista en aras del meapilismo se acaba por olvidar. Y lo que se olvida se acaba por repetir en la historia.

Decía Stalin que lo más difícil de cambiar en los libros de historia es el pasado, pero lo estamos consiguiendo. A este paso vamos a derruir las pirámides porque las construyeron esclavos, o el coliseo porque allí se sacrificaba a personas. Y del monumento a Auschwitz, ni te cuento. Os recuerdo que ya empezaron los talibanes dinamitando dos gigantescas estatuas de buda y me preocupa esto de cambiar el pasado. Sobre todo porque se nos priva del conocimiento, de la capacidad de pensar o de elegir, de criticar. Esto se asemeja demasiado al ministerio de la verdad de 1984, en la que el protagonista se dedicaba a eliminar palabras del diccionario para acabar esclavizando al pueblo, al limitar su capacidad de lenguaje. No deja de ser una postura inteligente para quienes mueven los hilos desde los sillones de terciopelo. El propio Orwell decía que el que domina el presente domina el pasado, y el que domina el pasado domina el futuro. Tal cual.

Retirar de HBO películas como “Lo que el viento se llevó” me parece estúpido, porque es una película que refleja una sociedad esclavista y debe ser entendida como algo que no se debe repetir. Y se retira de paso el primer óscar a una actriz negra, y la posibilidad incluso de criticar la segregación racial de aquella época que le obligó a asistir a la gala desde el gallinero reservado a los negros. Un ejemplo más cercano es el de una canción que me encanta de Loquillo. Se llama “La mataré”. Es la historia de un hijo de puta que quiere matar a una mujer, pero desde hace muchos años el cantante la retiró de su repertorio por este meapilismo al que aludo. Mal vamos, si no reconocemos que es una gran canción y que es la historia de un hijo de puta, repito. ¿Nos la tienen que censurar por si acaso? Triste historia.

Es curioso, pero la masa furibunda que tira estatuas o hace explotar a Buda suele estar manipulada. Y cuanto menos cultura e información tiene, mejor se manipula y mejor sirve a ciertos intereses. El problema es que la gente que conoce la historia está sembrada de dudas, porque es conocedora de que todos somos grises; mientras que los sectarios tienen un pensamiento único que cercena todo a su paso como un cuchillo bien afilado. Poco puedo decir, pero sobre los ejemplos que he puesto creo que nunca deberíamos olvidar lo que pasó en Auschwitz, aunque se nos caigan las lágrimas. Ni es malo recordar que hubo esclavistas en una etapa gris de nuestra historia que nunca se debería repetir. Que la historia es la historia, y que incluso nosotros somos resultado mestizo de pueblos celtas, invasores romanos y pobladores árabes que nos legaron la ciencia, el regadío o las matemáticas, entre otras cosas de valor incalculable.

Y es cierto que algunos de los episodios más tristes de la historia se perpetraron por lo de Colón, pero una mente que ha leído y sabe valorar la historia reconoce esto pero también que hubo un legado indudable. Y que ese legado es infinitamente mayor que el de aquellos que fueron colonizados por nuestros vecinos del norte. No quiero polemizar, pero os doy un dato simple: de los indígenas nativos norteamericanos sobreviven unos miles en reservas; mientras que hacia el sur y pese a genocidios perduran –perduramos- más de cuatrocientos millones. Y no justifico nada, solo comparo y os invito a dialogar sobre historia. Para que no se repitan cosas o para ponerlas en su sitio. Para que no nos engañen ni manipulen. Para ser, si es posible, un poco más libres y que mañana podamos seguir dialogando y hasta, incluso, que os pueda dar la razón si me convencéis.

Los senderos del hambre

La noticia salió hace poco en la prensa, pero no tuvo apenas difusión salvo como anécdota simpática de relleno o para distraer la atención porque, ya sabéis, amamos al gran hermano. Era sobre unos jornaleros de la sierra de Cádiz que iban a ganarse el pan trabajando en la recogida de la fruta y la vendimia en Francia como todos los años,  que de repente se quedan varados en su miseria debido a los primeros estadios del confinamiento. La moraleja es que ninguna ley, por mucho estado de excepción “o periodo especial” en el que se dicte, puede poner puertas al campo o imponerse a las leyes de la naturaleza. Y he aquí que estos sufridos trabajadores inician un largo viaje furtivo hacia el país vecino evitando los controles de las carreteras. Para ello utilizan los viejos senderos, los pasos naturales. Los caminos que utilizaban desde siempre los contrabandistas, las rutas del estraperlo, las escapatorias de los maquis. Grabadas a fuego y hambre en la memoria de un gran pueblo cuyos gobernantes no han podido hacerlas olvidar pese a sus esfuerzos de plástico.

Otra vez los fardos se mueven bajo un cielo plagado de estrellas que sirven como faro, como guía en la penumbra protectora de las absurdas leyes de los hombres. Esas leyes que establecen fronteras con líneas precisas sobre un mapa, sin saber que esas marcas no frenan las hojas que arrastra el viento, ni a los animales que han vivido en libertad desde el principio de los tiempos. Se duerme de día y se avanza rápido y en silencio de noche, oyendo los aullidos de los lobos entre una sinfonía de sonidos que quisimos olvidar hace mucho tiempo. Ocurre el milagro de que la especie humana se vuelve a hermanar con la naturaleza, con las auténticas leyes que consideran “delito” no compartir una botella o un trozo de cecina con un compañero; o cargar la mochila del que se acaba de torcer un tobillo. Se respeta la única ley, se avanza en armonía con la tierra siguiendo las pautas de los animales, las que avanzan al ritmo de los más débiles como lo hacen las manadas de lobos.

Las noches se suceden y el terreno se vuelve cada vez más escarpado, pero los temporeros marchan con paso firme porque han perdido los hábitos estupefacientes de la sociedad de consumo. Al final el destino aparece a la vista para unos 200 afortunados que han cruzado la frontera tras un viaje de más de mil kilómetros. Están en Perpiñán, el sitio convenido a la hora cabal, llegando puntuales a la cita como lo hace cada estación o cada amanecer cuando acaba la noche. El capataz no hace preguntas, sus manos son valiosas en la recogida inminente del melocotón y la nectarina. Pese a todo, deberán tener mucho cuidado porque están en situación ilegal. Son objeto de miradas recelosas por parte de los locales, con miedo al contagio por la palabra maldita. Pero ellos temen más al hambre que al coronavirus.   

Porque es estúpido desviar los pasos naturales o los cursos de los ríos para construir urbanizaciones o colmenas de cemento. Luego algunos se lamentan cuando calles como la “arroyo viejo” se inunda por una crecida después de veinte años de sequía. Se preguntan desde los despachos porqué no cruzamos por los pasos de peatones establecidos o por los itinerarios aconsejados que zigzaguean entre puestos donde se nos vende mierda enlatada. No entienden que atrochemos, que sigamos los dictados que a veces, cuando no vemos la tele, percibimos claramente desde nuestro interior.

Me descubro ante los temporeros. Con un par. Porque innegablemente, la mayor servidumbre de paso debería ser la que nos dicta el corazón. Temedla, políticos de todos los colores; temedla.

La batalla de Alarcos

Tal día como el domingo pasado, durante 10 años consecutivos las tropas andalusíes (almohades) subían a la fortaleza de Alarcos a celebrar lo que ocurrió en 1195. Aquella vez, tras mucho discutir, los cristianos salieron huyendo y los andalusíes detrás. Esto también sucedió en 10 ediciones de la Cicloturista Batalla de Alarcos (ma’rakat al-Arak).

Para muchos amantes de la bici la Batalla de Alarcos era una prueba incluida en el Calendario Nacional de Gran Fondo, que incluía en su recorrido la subida al castillo y transitaba parcialmente por los citados lugares históricos. La organizaba la Peña ciclista el Prado de Ciudad Real, siendo el máximo responsable uno de sus miembros: Alfredo Silveira. La idea nació cuando siendo Alfredo presidente asistió a una cicloturista de Medina de Pomar, y quedó fascinado al ver a cientos de chicos en la prueba. Soñó con repetir eso en la Mancha, y tuvo el valor y las ganas para atreverse y trabajar por ello. Para los aficionados locales era el momento culminante de la temporada, porque era una prueba larga (más de 180 km) y con bastante desnivel acumulado pese a desarrollarse en estas tierras. Era un desafío a nivel de organización y participación para un club modesto, y francamente fue un éxito durante sus X ediciones a tenor de los resultados en cuanto a número y satisfacción de los participantes, superándose la cifra de trescientos la mayor parte de las ocasiones. Había clubes ciclistas que venían de toda España, incluso algunos equipos traían a los juveniles para foguearlos. Todos los años se homenajeaba a un ciclista, gracias a lo cual pudimos rodar junto a grandes figuras del pelotón como Felix Garcia Casas, Fernando Escartín, Pavel Tonkov, Paco Cerezo, Andres Bermejo, Oscar Laguna, Alejandro Valverde, Rafa Diaz Justo o Eleuterio Anguita, que inauguró la lista y que siguió implicado en la elección de futuros candidatos.

La organización de la prueba generaba un estrés muy alto desde meses antes de su celebración, normalmente el 31 de Mayo. Con la crisis y los problemas económicos su continuidad era cada vez más difícil y tuvo que acabarse finalmente. Estuvo bien mientras duró, entre todos se hizo un buen trabajo. Hasta hubo veces en los que los miembros de la Peña pagaban la inscripción sabiendo que no la podían acabar para ayudar a sufragar el evento. Es para estar especialmente orgullosos.

Durante los días o semanas previas se dormía poco. El fin de semana de la prueba el trabajo comenzaba el viernes por la tarde y era agotador hasta el domingo. Ni Alfredo ni muchos organizadores pudieron participar en ninguna edición. Los últimos años se puso de manifiesto que era inviable la realización de la marcha, ya que la participación bajó mucho y había una serie de gastos fijos, independientes de que vinieran 100 o 500 participantes. Quizás como característica de la marcha cabe citar el cariño con el que se organizaba y el trato a los participantes. Tuvimos muchas felicitaciones por lo original de los regalos. A todos se les entregaba un queso DO (de más de un kilo), una botella de vino manchego y a veces un bote de berenjenas. Fue todo un éxito. Preguntad todavía hoy, ese recuerdo perdura y lo acompaña una sonrisa.

Tantos años dan para muchas anécdotas. Como cuando le das el dorsal a un chico con cara de sueño y estás un rato hablando con él. Te dice que estuvo trabajando hasta las dos de la mañana de camarero, traía licencia de independiente. Piensas: “Uno más que se conformará con terminar”. Casualmente fue el que ganó ese año, a 37Km/h de media.

Otro año el homenajeado fue Pavel Tonkov, ganador del Giro de Italia. Residía en Córdoba y regentaba un Hotel pequeñito en el Judería. Salió disparado, y bajaba los puertos que daba miedo pese a que ya que llevaba años sin montar en bici. Hizo aproximadamente la mitad de la prueba y se subió en un coche de la organización para seguir disfrutando de la jornada.

El año que vino Alejando Valverde estaba sancionado y no podía participar. Venía de Sierra Nevada, ya que estaba concentrado. Vino de una manera totalmente desinteresada y comimos con él. Obviamente nos hicimos muchas fotos y al tocarle la espalda, se le notaban todas las costillas. Era un enorme profesional, que a pesar de estar sancionado, seguía entrenando igual o incluso más duro.

Otro año participo un tándem en el que iba Felix el de la Once y vino un tal Oleg Chuzhda, ciclista profesional del Caja Rural. Su padre, que fue un gran ciclista, fue todo el rato con ellos y les iba esperando. Ganó el tándem, porque al llegar a meta no les esprintó. Un gran tipo. Alguien le recuerda viendo llegar a todos los corredores desde la barra de la cerveza.

Hubo ocasión hasta de sufrir sabotajes, puesto que la recta de Porzuna hasta el cruce de la Toledana fue sembrada de clavos por algún desaprensivo. Hubo muchísimos pinchazos, incluidas dos motos de la Guardia Civil. Recuerdo a algunos mecánicos echar mano de los parches y disolución porque se habían acabado todas las ruedas de repuesto. Tuvo cabida hasta un despiste enorme, un año que varios participantes de Valencia no vieron el cartel de desvío en el cruce de la Toledana y se fueron hasta el Molinillo. Hicieron 50 kms más, aunque se lo  tomaron muy deportivamente.

También se vivieron momentos muy delicados, como el de de un accidentado al salir del puente de Malagón; fue una caída muy fea de cabeza  y con pérdida de conocimiento algún tiempo. Tuvo que venir una UCI de C. Real y todavía hoy recuerdan el hilo de sangre que salía de un oído. Pudo ser muy grave, pero al final pernoctó en el Hospital y se pudo ir sin problemas a casa. Muchos sinsabores, pero también pequeños detalles que al final animaban a seguir adelante. Mucho trabajo y mucha responsabilidad, y mucho miedo escénico hasta que entraba el último participante en Meta.

Hubo muchos momentos de camaradería. Como cuando la hicimos un grupo de diez ciclistas de la Peña y la terminamos todos juntos, dando relevos al km, salvo las subidas que íbamos esperando para reagrupar. Todavía recordamos el abrazo que nos dimos al llegar. Entre ellos venía nuestro amigo José María.

El cariño en el trato era especial. Alguno que iba en un grupo delantero cuando llegó  a Porzuna se encuentra a Pedro el murciano, Esteban y Domingo a cargo del avituallamiento. Le tenían preparado un bocadillo de queso manchego y una cerveza. Se lo tomó conversando con ellos y luego acabó en muy buena posición. Perdió algo de tiempo, pero a cambio disfrutó el mejor bocadillo de queso de su vida. Todavía se acuerda de eso y se ríe. Este que escribe se acuerda del trago de vino blanco fresquito tomado de una botella con caña con una tapa de queso, y que al reanudar la marcha Pedro se dejó la vida en darme un empujón que me hizo sentirme un profesional. Gracias, amigo.

Efectivamente, era muy especial. El trabajo de Alfredo, de Ricardo (el presidente actual) y los colaboradores fue extraordinario. Esos momentos revelaban el carácter de muchas personas. Gente de la Peña que apenas salía ya, pero que eran LOS PRIMEROS a la hora de echar una mano. Quizás muchos no supimos reconocer el trabajo que lleva organizar una marcha como la Batalla de Alarcos. Desde la perspectiva que da la distancia, hoy la valoraría como una marcha en familia. Alfredo se alegra, modesto, de haber estado  allí y haber compartido con todos esta experiencia. Yo me alegro de seguir rodando con él y con un gran grupo de amigos. Un aplauso por él y por todos vosotros.

LA GENTE QUE NO DICE BASTA

Me propone José Luis que escriba sobre John Wayne y miro alrededor receloso, buscando dónde está la trampa. Como el gato resabiado al que le das la mejor sardina, nunca se la comerá a la primera, sospechando que es un cebo. Por eso solo hablaré de refilón, sobre algo políticamente incorrecto. Decía el Duque que él era responsable de sus palabras, no de cómo otros las interpretaran. Y precisamente esa virtud a la hora de malinterpretar —quizá conozcan algún caso en España, por raro que parezca—, llevó al director de cine ruso Sergei Gerasimov a difamar al actor una noche de borrachera de vodka con Joseph Stalin. El dictador ordenó el asesinato de John Wayne, aunque por suerte los agentes enviados a los estudios de grabación Warner fueron detenidos a tiempo. La orden de Stalin fue cancelada en 1953 por Kruschev, pero qué quieren que les diga, un actor al que ordena matar el hombre más poderoso del mundo sería un extraordinario compañero para compartir un trago. O dos.

De estos cada vez quedan menos. Recuerdo al malo de la película el Halcón Maltés echarle whisky a Bogart en un gran vaso de tubo mientras el pequeño actor le miraba fijamente a los ojos, no al vaso. Cuando el líquido estaba a punto de desbordar, el malo sonríe enseñando un colmillo y le dice con aprobación: “me gusta la gente que no dice basta”. Se había ganado su respeto. No me malinterpreten, por favor. No estoy haciendo apología del alcoholismo, ni de sus devastadoras consecuencias. Tan solo escribo sobre la libertad de elegir a las personas con las que decides minar tu salud regalándoles lo más valioso que posees: tu tiempo.

A la cabeza de esta incómoda lista de grandes bebedores está Chavela Vargas. Cuenta la leyenda que fue la única persona capaz de tumbar a Hemingway bebiendo tequila. En una entrevista le preguntaron si era verdad que había disparado al público en un concierto. Yo la escuché responder coqueta al entrevistador: “Eso no es cierto. El revolver sí lo saqué de debajo del poncho y apunté, pero no lo llegue a disparar”.

El caso de su amigo Hemingway es especial. Cuando ya retirado en Finca Vigía, su casa en la Habana, al enterarse del avistamiento de un submarino alemán en la bahía cercana, instaló una pieza de artillería ligera en la proa de su pequeño barco y salió a cazarlo. Previo aprovisionamiento de comida para una semana y bebida para dos. Tuvo que regresar a los tres días porque se había acabado la bebida. Qué pena.

Ya no queda espacio para la redención. Solo para la blanda corrección. No como cuando un técnico de iluminación que trabajaba para John Ford insultó al director de cine, en evidente estado de embriaguez. Fue despedido fulminantemente por uno de sus subordinados. Al día siguiente, cuando Ford se percató de su ausencia y le informaron de su despido preguntó: ¿Sólo por estar borracho?” Mandó una limusina para traerlo de vuelta al trabajo. También se ganó su respeto, y siguió trabajando de forma eficiente a sus órdenes durante los mejores rodajes de su vida.

Decía Quevedo por boca de Arturo Perez-Reverte que las amistades se nutren de rondas de vino, estocadas hombro con hombro y silencios compartidos. Hoy quizás hemos perdido las tres cosas. Ni sabemos beber ni elegir cuidadosamente con los que bebemos. Y mucho menos a quien elegimos para tener a nuestra espalda peleando cuando estamos rodeados. Ya no luchamos sin esperanza de ganar, solo nos abandonamos a la corriente, camuflados dentro del manso rebaño. Ya no compartimos silencios, cuando las palabras simplemente sobran. Solo criticamos a los viejos que callan y a veces beben más de la cuenta. Porque nuestros abuelos no callan por ignorantes, sino por sabios. Porque a veces lo único que importa es estar. Porque las palabras se las lleva el viento, pero tener a un amigo compartiendo un trago en silencio a tu lado es oro. O dos tragos. Porque quizás sea mejor que no hablen aquellos que saben mantener la mirada al mundo, a su infinita miseria. Aquellos por los que este endeble tenderete todavía aguanta firme, apoyado en sus espaldas. Locos cuya osadía hace avanzar el mundo, los que hacen sendero al caer. Los que no dicen nunca basta, aunque les cueste la vida. Respetad su silencio y permitidme que a la próxima invite yo.

Mis diez películas favoritas

Valoro el cine como la plasmación de dos de mis aficiones, posiblemente profesiones frustradas: la literatura y la pintura. Creo que una peli es importante cuando después de verla te cambia la vida o te da razones para seguir siendo como eres. Justifico mi lista más allá de aspectos técnicos (que dejo para el sobrado José Luis Vázquez), en las emociones y las imágenes que evoca. Cada uno se puede hacer mil listas, pero para hacer esta seguí el consejo de no repetir temática y de incluir aquellas que jamás te cansas de volver a ver. Mis diez (+1) películas:

– Rio Bravo (Howard Hawks, 1959): Perfecta. Película sobre la redención, la amistad, el amor. Las segundas oportunidades. Los tres minutos de presentación sin palabras una genialidad. Si un borracho de manos temblorosas, un viejo desdentado, un chico que escoge el camino correcto y una mujer descarriada son capaces de resistir junto a John Wayne frente a un ejército, el mundo todavía tiene solución. La mirada del sheriff cuando su amigo borracho va a recoger la moneda de la escupidera. Stampy (que hizo la prueba para la película sin dientes). La música de Tiomkin. Nada más, solo tres cosas. My rifle, my pony and me.

– Blade Runner (Ridley Scott, 1982): La luz gris, sucia. El monólogo final del replicante rodado a hurtadillas. Todo esto se perderá como las lágrimas en la lluvia… ¿Y si todos somos replicantes?

– Mogambo (John Ford, 1953). Tensión que sobrepasa la pantalla entre una mujer recatada y otra de dudosa reputación. ¿Quién es la mala, Ava Gardner o Grace Kelly? El jersey ceñido de Ava, mejor que un desnudo. La pantera y Ava caminando en la barca, cada una en su jaula.

– La chica del puente (Patrice Leconte, 1999). Un lanzador de cuchillos que busca chicas a punto de suicidarse para que trabajen con él. Jugarse la vida a cara o cruz. Constantemente. Fascinante historia de dos personas desesperadas que descubren que juntos tienen suerte. La escena más erótica de la historia del cine con la desgarradora voz de Marian Faithfull de fondo. Sin sexo.

– Tiempos modernos. (Charles Chaplin, 1936). Simplemente Chaplin. Actor, director, productor, guionista, compositor. La ternura, la sonrisa, la carcajada. Y la mirada salvaje, con el pelo revuelto, de Paulette Goddard.

– El planeta prohibido (Fred M. Wilcox, 1956). Una de las primeras de ciencia ficción y que aguanta el paso del tiempo. Robby el Robot se ha convertido en un icono. Leslie Nilsen muy muy joven.

– Con Faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959). Impresionantes guion y diálogos, que convierte una historia tonta en una obra de arte. Creía que era una estupidez, hasta que empecé a verla.

– Los 7 samurais (Akira Kurosawa, 1954). Una historia buenísima narrada con maestría. Los perfiles definidos de cada personaje. El samurái loco. Star Wars se basó en ella.

– Sin perdón (Clint Eastwood, 1992). “Deberías haberlo pensado dos veces antes de decorar el local con el cadáver de mi amigo (…)”. “En lo que se refiere a matar, siempre tuve suerte (…)”

– Leyendas de Pasión (Edward Zwick, 1994). Mucho más que Brad Pitt. Una historia Enorme que comienza con: “Hay personas que escuchan con especial claridad su voz interior y esto les hace volverse locas o convertirse en leyenda”. ¿Tendré alguna vez un amigo como el indio navajo, que cuando yo salga de la cárcel, sin siquiera saludarme, lo primero que haga sea devolverme mi arma? No puedo evitar emocionarme (me emociono ahora) cuando Hopkins escribe en la pizarra “AM HAPPY”, me acuerdo de mi abuelo.

– Cube (Vincenzo Natali, 1997). ¿Cómo puede ser tan buena una cosa tan barata, rodada en una habitación, y que dé tanto miedo?

EL ABUELO QUE NO SABÍA USAR LA TABLETA

Un día cualquiera de los de antes, en cualquier sitio de comida rápida, pongamos una hamburguesería de las que tienen menú infantil con regalo. Una de tantas parejas de abuelos que se ven obligadas a ejercer de padres tardíos porque la crisis obliga a sus hijos a tener un trabajo de 700€ en dos puntos opuestos de la ciudad. Y dé usted gracias, porque de lo contrario: ahí tiene la puerta. Cuidan de dos nietos, la niña de unos cuatro años, hiperactiva. El hermano debe tener unos siete. Dos menús infantiles desparramados encima de la mesa casi sin tocar, —perciban sutil detalle de que los abuelos no han pedido nada—. Los juguetes del menú, sin embargo, ya han sido usados los tres minutos de rigor, para ser abandonados y descartados, porque de todos es sabido que el tiempo medio de atención en una cosa nueva no da para más. Por supuesto, el chico ha vuelto a jugar con la tableta electrónica, mientras que la niña prefiere llamar la atención de la abuela, esquivando las embestidas cargadas de comida que la pobre mujer intenta encasquetarle.

– ¡Mira abuelo, me he pasado la pantalla, toooooma!

– Come Juan. Que te quito eso.

– Ahora noooo. ¿No ves que estoy jugando?

Paciencia infinita en la cara del abuelo, que se ensombrece cuando ve que por debajo de la mesa su nieta empieza a pegar patadas en la espinilla de la abuela. Y le hace daño. Solo cuando ella escupe la comida y se ríe cambia el semblante y se le abren las carnes. «Eso no. No tires la comida, cielo». El abuelo aguanta estoico las ganas de dar un sopapo a la niña, y un recuerdo de tristeza profunda asociada al hambre antigua hace que sonría y la acaricie.

Y hace lo correcto. Porque él está acostumbrado a aguantarlo todo. Pero intuye que el futuro de sus nietos no va a ser un camino de rosas. Y que para él, la mejor enseñanza será mostrar afecto a sus nietos para que atesoren una infancia feliz. Para que la recuerden con cariño en días futuros de miseria. Quizá sea su único tesoro. Reflexiona sobre cómo es posible que el mundo en escombros que transformaron sus padres y ellos mismos a base de regarlo con sudor y con sangre, haya florecido a costa de reventarlos para que la siguiente generación, la de sus hijos, lo despilfarrara. No lo entiende.

La niña intuye algo en la mirada honda de abuelo. Y lo observa con atención. El hermano tira de la manga de su rebeca y lo invita a jugar con la tableta a un juego lleno de bolas de colores que se mueven. Toca con torpeza con sus dedos deformados por el trabajo la pantalla y no pasa nada, mientras el chico le explica lo que tiene que hacer tan deprisa que no lo entiende. Vuelve a tocar la pantalla y parece ser que esta vez ha tocado demasiado fuerte porque ha perdido la partida.

– Eres tonto abuelo, no sabes usar la Tablet.

Súbitamente se abre uno de los cajones de la memoria del anciano y recuerda haber oído esa frase antes. Se la dijeron a su padre hace demasiado tiempo, en la guerra. Conduciendo un coche, un Ford modelo T destartalado, lleno de milicianos armados que vociferaban fumando y bebiendo. Estaba anocheciendo. Buscaban a una persona en el pueblo de al lado para darle el paseíllo. «¡Al final de esta calle, a la derecha! ¡Se va a enterar!». El conductor mira hacia donde le indican y es el único que percibe una sombra cuya silueta reconoce, que acaba de retirarse del cono de luz amarillenta de la farola. Al llegar al cruce gira a la izquierda.

– ¡Imbécil, a la derecha! ¡Eres tonto!

El conductor pide perdón por la equivocación y maniobra lentamente para dar la vuelta al coche. Las disculpas no evitan que se lleve un culatazo en la oreja que hará que le pite un oído durante días. Cuando vuelven al sitio correcto la sombra se había esfumado. Había salvado la vida de su amigo.

– Sí Juan, soy tonto. Como tu bisabuelo –acaricia al niño-. Come, anda.

66 veces menos (caimán no come caimán)

Vamos a ver como digo esto. Me refiero a unos análisis de estadísticas que hizo un señor el viernes por la noche. Y el problema es que a esto es a lo que precisamente yo me dedico. O dicho de otro modo, que “estoy en la verdad”, como se dice el Vaticano referido a otras cosas interesantes; que “soy primo”, como se dice en Sicilia para decir que eres de la familia (mafia) o mi preferido, el dicho cubano: “caimán no come caimán”. Vamos, que he visto el truco y que entre estadísticos no nos hacemos esto los unos a los otros.

No quiero hablar de política ni de detalles tristes porque estoy triste. Solo hablo de interpretar una estadística, con base científica. Y para ello os voy a poner un ejemplo similar sobre las mismas cifras y a vosotros os tocará decidir el resultado. Lo aplico a una cosa graciosa: mi pelo.

El caso es que de pequeño tenía una buena melena ondulada de color castaño y con un remolino irreductible típico de los niños malos. De aquellos tiempos en los que no comía nada en casa, pero que cuando salía de la mano de mi madre al mercado ella me descubría con la cara manchada por las ciruelas que acababa de robar con la mano libre y que devoraba con ansia. En un segundo de despiste tenía los bolsillos del babi y la boca llena, el zumo chorreando por la cara y por la manga. Y algunas piezas ya en la barriga casi sin masticar, tragados con hueso y todo. Es que lo que se roba está mucho más rico. Como decía Lope del otro amor: el que lo probó lo sabe. Pero bueno, me desvío de la conversación; o quizá no, no sé. Pues lamentablemente tiré al traste aquella brillante habilidad para dedicarme a estudiar, ya ves tú. Fracaso total. Nunca nos acordamos de los científicos improductivos, siempre estudiando o encerrados en laboratorios, salvo para lamentarnos sobre vacunas, pero bueno, nos volveremos a olvidar enseguida otra vez.

Pues será del estudio o de la genética, pero la cosa es que en el camino del babi a la bata de laboratorio se me despejó, digamos, la frente. Y os voy a repetir el análisis en los mismos términos del sábado el proceso. Podréis juzgar el resultado a ver si tenéis motivos para tanta sonrisa.

De repente noté que se me caía un poco el pelo. Supuse que era por aquello de los cambios de los biorritmos en septiembre, para la vendimia. No pasaba nada porque tenía mucho, seguro que la caída será como mucho un par de pelos aislados, pensaba mientras contemplaba la imagen de mi padre calvo como una bola de billar. Que eso de la genética no va conmigo. Luego se me empezó a caer un poco más, pero estaba convencido de que lo tenía todo controlado, porque para eso estaban las lociones capilares y las pastillas. Y la medicina, pese a que el médico al que consulté también estaba calvo y parecía que se reía mucho cuando me preguntó que si mi padre lo era. Pues por culpa de los malos científicos y del mercado farmacéutico especulador la cosa se descontroló y el cartón empezaba a clarear. Tuve la santa paciencia de contar los pelos que cada día se llevaba el peine, que aumentaban exponencialmente. Los de la ducha y del recogedor no los contaba, porque no era fiable que fuesen míos.

Os resumo el desenlace para no aburriros. Después de un tiempo de sufrimiento la caída de cabellos empezó a decrecer. Y un día determinado el incremento inicial del 35% se había reducido a un escaso 0.5%. Unas 66 veces menos también, curiosamente. Y esa tendencia siguió y siguió bajando. Según una interpretación positiva como la del viernes la situación se había resuelto, ya no se me caía el pelo. Pero paradójicamente no estaba contento, quizás algunos nunca estamos contentos con nada. Como decía Saramago: “No hay consuelo amigo triste, el hombre es un animal inconsolable…”. Porque mi interpretación científica era que el descenso de mi caída era debido a que ya no quedaba más pelo que caerse.

Ese es mi análisis de las tristes estadísticas como experto capilar porque sé de qué va la cosa. Que caimán no come caimán. Juzgad vosotros mismos el resultado por la foto.

Una paga de mierda

Tenía una paga de mierda. Setecientos euros justos. Supongo que los gerifaltes pensareis que su contribución a la economía nacional es despreciable. Y dado que sabía leer y escribir lo justo, las cuatro letras como decía ella, entiendo que pensáis que tampoco aporta mucho, digamos, al nivel cultural de este país. En vuestro lenguaje es la base de la pirámide, a la que solo acudís a pedir votos y a lo sumo a llevar a votar el día de las elecciones.

Entiendo que para vuestro estatus sea incómodo alternar con gente tan simple y tan vulgar. Es cierto, no era de gustos nada refinados. Veía programas de televisión de mucho chinchorreo, con el volumen a todo meter. Y músicas y cosas sobre todo de antiguamente, nada moderno. Comía de lo más barato, siempre buscaba las ofertas y nunca –repito, nunca- se compró el vestido o los zapatos que le gustaron de verdad porque sabía que eran caros y tenía en su código genético la necesidad de ahorrar para los malos tiempos. Para ella el caviar iraní se llamaba tocino ibérico, cuando lo encontraba de oferta en el centro comercial, claro. Tampoco gastaba mucho en vajilla, tenía un puzzle de un montón de piezas desemparejadas y loza desportillada y gracias, porque había aprendido a comer de una sartén con cucharada y paso atrás. De agua tampoco desperdiciaba, puesto que fue de las que ponía la bañera para meter a los chicos y después en el mismo agua los grandes y por último el hombre, como hacían todos. Solo conoció el mar cuando se jubiló y al regresar de los viajes del IMSERSO tocaba ir al médico por los excesos de comer buffet libre barato en el hotel. Esos viajes eran casi a coste cero y tampoco generaban muchos beneficios al sistema, pero qué se le va a hacer, más gasto en medicamentos.  

Para los teóricos de la economía ella era un elemento poco generador de riqueza, nada consumista. Del modelo de educación que no conviene predicar. Gastaba poco, de hecho remendaba hasta la saciedad mandiles y jerséis, ponía coderas, plantillas y suelas; hasta entresacaba hilos con precisión de cirujano para zurcir las medias. Cuando tiraba unos zapatos recuperaba los cordones, por si acaso.

Pues este elemento de contribución insustancial al sistema ha fallecido sola en una residencia, con muy pocos medios o atención dada la situación general. Sin poder ser visitada, ni velada ni enterrada con sus familiares. Claro, es culpa de la mala situación actual y previa. De malas gestiones de otros, de los anteriores y sus precedentes hasta llegar a Viriato. Pensaréis que esas actitudes a las que he aludido de no mover la economía fueran las causantes de un sistema tan precario. O que ni siquiera eso, porque tampoco afectará su pequeña vida a los datos macroeconómicos que doblegáis con facilidad. 

Pues os voy a mentar a vuestra jodida estampa. Sois unos niños de papá sobrealimentados que solo os sabéis mirar el culo y el ombligo, sin diferenciar uno de otro. No sabéis que lo que sois, lo sois gracias a las miserias y las penas de este tipo de gente, la que nos metió en el primer mundo a base de pasar calamidades. Que el hambre que pasaron fue para dar su comida a sus hijos, y que valoraron tanto el estudio que no tuvieron, que siguieron pasando penas para poder mandarlos a estudiar, a muchos a la Universidad. Y ellos prosperaron, pero de repente florecieron listos como vosotros, zánganos que crecieron en los montones llenos de trigo pensando que estaban allí desde siempre. Que para tener dinero solo había que pedírselo a papá.

Los viejos siguieron ayudando a cuidar a los nietos, avalando préstamos, haciendo tortillas con manos temblorosas mientras vosotros trepabais en la política comprando voluntades y vendiendo amigos en un mercado, olvidado las lecciones de concordia que habían aprendido aquellos abuelos. Aprendisteis la palabra pelotazo antes de la palabra pelota. Y lleváis décadas de pastores de este rebaño de números en el que nos habéis convertido, prestando atención a las estadísticas, al márquetin y a las próximas elecciones en lugar de a las próximas generaciones.

Esas estadísticas hacen insignificantes a vuestros ojos a la anciana que murió hace dos días, sin saber que ella es exactamente la piedra clave que sustenta la bóveda sobre la que nos dirigís, para ordeñarnos desde vuestro castillo de cristal. Sin saber que si esa viga maestra desaparece todo vuestro mundo se puede venir abajo. No sé si sospecháis que lo que nos piden las tripas desde hace muchos años es salir a la calle con antorchas y horcas reclamando justicia. Pero volvéis a tener suerte, canallas. Porque esta señora también nos inculcó educación para que la cabeza dominara nuestro corazón, nos hizo ser templados y cautos, para que por encima de todo hubiera enfrentamientos que jamás se volvieran a repetir.

Ya veis, amigos, después de todo la anciana insignificante os ha salvado el culo. Dadle las gracias y no tentéis al demonio o a vuestra suerte.