LAS DOS FRONTERAS

En este siglo XXI quedan ya pocas fronteras con lo desconocido. Barricadas desde la que algunos románticos todavía resisten a las máquinas, al mundo virtual o a la influencia de los poderosos. Reductos en los que se lucha a pesar de que se sabe que la guerra está perdida, y esta es la auténtica grandeza. Como decía James Stewart en Caballero sin espada, “las únicas causas por las que merece la pena luchar son las perdidas, porque aun sabiendo que no se puede ganar se continúa luchando…” Esto lo dice todo de las causas, y de sus defensores.

Una de las fronteras con los límites de la mente es el ajedrez. Parece un juego inventado por el diablo para desafiar la inteligencia, para ganarnos siempre, porque supera nuestra capacidad de análisis. Precisamente ese desafío, calcular movimientos más allá de nuestra capacidad, en la bruma del incierto final de la partida, es lo que atrae a la lucha a nuestros mejores estrategas, los que no se rinden nunca. En su contra, la inteligencia artificial surge como el diablo del futuro -o su peor creación, no hay diferencia-. Y un Demonio llamado Deep Blue, consigue en 1996 ganar por primera vez una partida al campeón del mundo Gary Kasparov, en condiciones normales de torneo, con un tiempo de control igual que en las competiciones oficiales de ajedrez. Al final Kasparov logró reponerse y consiguió ganar el torneo 4-2. Fue la última victoria del hombre, porque al año siguiente Deep Blue ganó el campeonato y supimos que la guerra estaba perdida. Desde entonces las máquinas no dejaron de mejorar a una velocidad que no somos capaces de determinar, ese es el problema. Hoy hay ordenadores cuánticos capaces de resolver cualquier partida –cualquiera- con ocho piezas sobre el tablero. Ya no es una cuestión de jugar mejor que el oponente. Analizan cualquier combinación y antes de mover saben cómo ganar. Cuando sean capaces de hacer lo mismo con 32 piezas –no falta mucho creedme-, el juego habrá acabado. Su noble alma se habrá perdido para siempre.

Pese a todo, los ajedrecistas resisten, tenaces. Algunos, incluso, transitan por otra frontera, el umbral de un territorio más salvaje aún que el que delimitaba el muro de Adriano. Me refiero a la igualdad de derechos de las mujeres. Recientemente ha acontecido uno de los gestos a los que aludía que definen causa y luchador, con escasa repercusión en los medios. Pero os recuerdo que esto es una barricada, por eso os quiero hablar de dos ajedrecistas, las ucranianas Anna y Mariya Muzychuk.

Estas navidades han antepuesto sus valores al éxito y el dinero, rechazando participar en el Campeonato Mundial de Arabia Saudí como protesta por las exigencias en la vestimenta de las mujeres o el veto a los jugadores israelíes. Anna fue desposeída de los títulos mundiales en categoría rápida y relámpago por no acudir al torneo. El impacto económico le hubiera supuesto unos 150.000 euros, pero hay luchadoras que no se venden ni por esa cifra, por increíble que parezca en nuestro mezquino mundo. Simplemente no estaban dispuestas a cubrirse al abandonar la sala de juego o al visitar la ciudad, aunque de forma extraordinaria la organización quiso suavizar las normas durante las partidas como consecuencia de su protesta. Ellas no estaban dispuestas a jugar en un país donde los derechos de las mujeres son violados por completo. Donde son tratadas como criaturas de segunda. La libertad para elegir lo que se viste, para poder salir a la calle sin compañía, para no aceptar normas estrictas dictadas por cobardes tiranos no es una opción, es un derecho que no está en venta. Para ellas al menos.

James Stewart sonreiría de esa forma especial con sus ojos por ese gesto que quizás sea estúpido. Vosotros decidiréis si merece la pena. Hace muchos años, Borges definió este deporte de una forma bellísima: “Dios mueve al jugador, y éste las piezas. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?…” Creedme, amigos. Hoy estoy convencido que ese Dios que empieza el misterio del ajedrez es mujer, pese a quien pese.

El señor Amato y los plantones de olivo

Esta es otra historia real de un personaje digno de aparecer en los libros. Me encontraba de vacaciones en Sicilia, disfrutando de la invitación de mi amigo Giuseppe en su casita de campo en la preciosa isla de Favignana. Esta tiene forma de mariposa, con un pueblo al que se accede en ferry y una pequeña porción de terreno donde se diseminan casas de verano como la suya a lo largo de unos 20 km, todo lleno de recovecos y de playas y calas desiertas. No se puede llevar el coche en el ferry, allí solo funcionan unos pocos vehículos viejos para residentes que se conducen pausadamente y muchas motos y bicicletas. Para que intuyan el ritmo de vida en la isla, mi amigo se dejaba el reloj en su casa de Palermo cuando iba de vacaciones y se regía allí por el horario de su metabolismo. La casa era modesta, pero no soy capaz de calcular el valor –ni el precio- de una residencia en una isla declarada reserva natural, en la que desde la terraza del primer piso se ve el mar. Y encima tuvo suerte, porque pudo hacer un pozo y mantener un jardín extraordinario, dado que allí no se puede regar con agua potable. El caso es que un día me pidió que lo acompañara a comprar plantones de olivo al vivero. Cuando llegamos me guiñó un ojo y me dijo que iba a conocer a un personaje: el señor Amato.

Este era un hombre de unos sesenta y pico años, de pelo blanco, bajito. Amable y charlatán. Pero el tipo de personas que saben hasta cuándo hablar y cuándo no decir todo lo que se sabe; con ojos expertos cercados por arrugas, que miran inteligentes, que sopesan. Como todo en Italia, lo de la compra de los plantones era lo de menos, la excusa perfecta para la conversación, sobre todo cuando hay un extranjero de por medio. –Buen país, España, buen país –aseveraba serio. Al final el negocio pareció un favor mutuo entre amigos con mucha crítica al gobierno de por medio. Después del día anterior esas cosas ya no me causaban extrañeza, puesto que había sido testigo de una enorme sesión de filosofía por parte del albañil que mi amigo había contratado para hacer unas reparaciones. Por supuesto el arreglo no lo había acabado, pero me había dejado pensando el resto de la noche: la necesidad vital de trabajar, la tendencia del hombre a volver al mar, de donde vinimos evolutivamente, soluciones anarcoliberalistas a los problemas de la sociedad… El albañil filósofo, el ruido del mar y la vista de las lagartijas que cazaban mosquitos sobre una pared iluminada (el sustituto perfecto de la televisión para mi amigo), fueron una experiencia fascinante.

Y pese a todo el señor Amato superó lo anterior. Giuseppe me comentó que había luchado en la guerra colaborando muy joven con la resistencia frente a los alemanes. La que empleó las redes de información de la mafia para usar Sicilia como cabeza de puente en la entrada de los aliados por el sur de Europa. Allí estaba el señor Amato, que tuvo una vida muy dura. Cuando nos tomó confianza, relató que hace unos meses se habían presentado con una moto unos críos de unos 16 o 17 años para pedirle el pizzo, la cuota a pagar a la mafia, después de tantos años. El señor Amato se encogió de hombros y suspiró. Había visto demasiado, sobrevivido a una guerra y a tantas cosas en la vida para saber lo que hay que hacer y aceptar en cada momento. Afirmó pensativo y sonrió: “Sí, sí. Claro. Está bien. ¿Les puedo ofrecer un café? Voy a coger el dinero a la caja registradora y lo preparo”. Lo que sacó de la máquina fue un enorme revólver que puso en la sien del más alto de los chicos. “Desnudaos. En calzoncillos. Bien, ahora volvéis andando y le decís a vuestro jefe que venga a hablar conmigo si quiere cobrar”. Los chicos volvieron estupefactos, desnudos y a pie. A la semana siguiente se presentaron un par de adultos a cobrar con los que sí se tomó un café. Les explicó tranquilamente y mirándoles a los ojos que no les iba a pagar, que podían recoger la ropa de los chicos, pero que la moto se la quedaba por las molestias. Todo ello con la mano derecha en el bolsillo y con mucho respeto, con la misma seriedad con la que conversaba vendiendo plantones. El jefe de los cobradores regresó al coche y se despidió con una sonrisa fiera que mostraba un diente de oro. No volvieron a molestarlo.

La última la tuvo con el de la gasolinera. Cuando subieron otra vez el precio del gasoil llenó el depósito de su vieja furgoneta y pasó a ver al dueño de la gasolinera. “Vengo a decirte que eres un ladrón. Y que para compensar todo lo que me has robado estos años no te voy a pagar el depósito. He pasado a decírtelo para que no pienses que se me había olvidado por descuido. Hasta Luego. Arriverderci.” Con un par. Y ahí lo dejó boquiabierto y reflexivo. Así es el señor Amato. Qué pena que no tengamos uno en cada pueblo. Imagínenselo, incluso, de alcalde. Je, je, esto no sería España, obviamente. Sería un país de filósofos, como el albañil. O uno en el que se hubiera ahorcado a los ladrones y a los cobardes. Imagínenselo.

MEJORES QUE LAS PERSONAS

Me despierta un ruido un poco molesto en el patio contiguo al dormitorio, que enseguida identifico como un pájaro piando de forma incesante. Cuando acabo de despertarme y me asomo por la ventana descubro la urgencia de la llamada: es un hijo que acaba de saltar del nido y no es capaz de regresar a la cornisa del edificio. La grandeza de lo que veo es que acude la madre enseguida, y después de comprobar que todavía no vuela del todo, lo empieza a alimentar, como tantas madres de otras especies que continúan con esa labor después de que sus vástagos hayan abandonado el nido. El padre también revolotea y ayuda en la faena, teniendo en cuenta que tienen que repartirse igualitariamente la tarea de buscar comida y alimentar, además, las otras bocas del nido de arriba.

Valoro con preocupación las posibilidades del pajarillo. Por el tono de la llamada se le ve fuerte y espabilado. Planea un poco y parece ágil. Con suerte en un par de días recupera las fuerzas y es capaz de conseguirlo si se mantiene a salvo de los depredadores. El toldo del patio lo protege del sol, quizás lo consiga. Sus padres, sobre todo la madre, no ceja en el empeño. Se siente protegido, pía como si estuviera en su nido porque tiene a sus padres cerca, aunque no sé si es conveniente delatarse de esa forma a ras de suelo. Grabo un vídeo furtivo desde lejos donde se ve a la madre alimentarlo mientras él aletea de felicidad. Estas actitudes me devuelven la confianza en la vida. Tomo partido a su favor. Sé que no debo atraparlo para alimentarlo, porque su madre lo va a aborrecer. Tiene que ser por su cuenta. Vamos.

Esto me recuerda otros episodios extraordinarios protagonizados por animales de los que he sido testigo a lo largo de mi vida, que demuestran que suelen ser mejores que las personas. Recuerdo a una paloma quedarse encerrada dentro de la alambrada que protegía el hueco de una ventana alta en una iglesia de mi pueblo. La paloma falleció de inanición a los pocos días por no ser capaz de salir de la trampa, pero estuvo todo el tiempo acompañada de su pareja que no la abandonaba en el exterior. Lo extraordinario fue que tampoco lo hizo después de muerta, y que pereció a su lado al poco tiempo.

Como ejemplo de coraje recuerdo la forma en la que delante de mí una pequeña gata atacó a un perro enorme que se atrevió a acercarse demasiado a su camada. O el gesto heroico de una iguana que conmovió a Hemingway en su casa de la Habana, porque se enfrentó con bravura a dos de sus perros que la acorralaron, defendiendo cara su vida. Cada animal la superaba más de cuarenta veces en peso, pero la forma como luchó sabiendo de antemano que iba a perder, hizo que el viejo escritor la conservara en formol en un frasco de cristal enfrente de su legendaria máquina de escribir Underwood. Yo vi esa iguana, y os aseguro que era pequeña.   

El día siguiente el pájaro sigue piando, y los padres se mantienen al pie del cañón. Le saco una bandeja con agua y se asusta, se mueve ágil y aletea un poco. Vamos amigo, te falta poco.

Recuerdo que me decía mi abuela que el animal más inteligente y limpio que tuvo nunca era una gata siamesa, Pelusa. Cuando vio que iba a morir, le entraron ganas de vomitar y se acurrucó en el recogedor para no manchar el suelo. Como la historia de otra gata, Tara. El cuento de un bar de mi pueblo frecuentado por viejos que adoptan durante un crudo invierno manchego a una gata siamesa embaraza, con una barriga enorme, y la pasan al calor de la estufa para cuidarla un poco. La gata se acercaba al calor, pero no demasiado, elegantemente, para no molestar a la clientela ni al dueño del establecimiento. A lo largo del invierno los viejos y el camarero se encariñan del animal. Se convierte en un aliciente al final de su paseo vespertino. A la hora del parto tiene demasiados cachorros para ser amamantados. El dueño del bar pasa un mal trago al tener que seleccionar entre ellos. Algunos se reparten entre los parroquianos y nos trajimos una gata blanca con manchas negras y ojos azul celeste, Tara.

Cuando se despertaba lo primero que Tara hacía era acicalarse y acicalar la cara de mi madre con lengüetazos amorosos. Le gustaba asomarse a la pared que separaba nuestra casa de la de los vecinos porque así desquiciaba a sus perros que no alcanzaban su posición elevada. Un día el vecino apuntó con pericia la goma de riego hacia Tara con tanta mala leche que cayó al lado de sus fieras. La mataron después de jugar un rato con ella, sin prestar atención a la comida que les tirábamos desde la pared por si querían cambiar de menú. Es la naturaleza de los animales. Y la de su dueño.

Estos dos últimos días no he visto al pájaro en el patio. No sé qué ha pasado con él, si ha tenido suerte y lo ha conseguido. Escucho piar en el nido de arriba de forma similar a aquella insidiosa forma de reclamar atención a la que ya me había acostumbrado. Es parecida, pero no soy capaz de distinguir su voz entre otros polluelos. Me gustaría. Prefiero pensar que lo consiguió. Al final todas estas actitudes animales me tranquilizan. Porque quizás al final de todo la naturaleza es sabia. Estoy seguro que cuando nos extingamos matándonos a cabezazos o de cualquier otra manera, habrá otra especie que heredará este planeta que será mucho más justa y noble que nosotros los humanos. No tengo la menor duda. Mirad la foto de abajo detenidamente y tendréis un ejemplo.

País Manchego

Andaba el otro día de singladura por internet y me planteo comprar una cosa en una página de Estados Unidos que sale mucho más barata. Al final de las letras pequeñas alcanzo a leer que las tasas de aduanas locales se aplicarán en cada caso a la entrada del país correspondiente, por lo que llamo a un amigo experto en esa materia y muchas otras cosas de la vida, como vais a comprobar. La rebaja era buena, pero las tasas salen más de un 25% y como mínimo 80€ adicionales por el despacho. Caigo en la cuenta del gran negocio que es montar un estado.

Como somos personas prácticas y estamos en una situación “líquida” nos planteamos seriamente la posibilidad, a ver si salen las cuentas. La medida inicial es simple: tres cadenas gordas, una en despeñaperros, otra en Ocaña y otra en Illescas, delimitación natural de los territorios históricos Manchegos. Lo de asaltar carruajes trabuco en mano es una singularidad nacional que se pierde en las raíces de nuestra historia, así que creo que no debe ser motivo de quejas.

En este contexto abriríamos una vía de diálogo con Madrid, dado que nos interesa estratégicamente como cliente preferente la nación vecina. Nuestro modelo de estado implica explotar los grandes recursos para transformarnos en un paraíso fiscal como Luxemburgo, pero a lo bestia. Para ello ofreceremos a las mafias internacionales un gigantesco aeropuerto infrautilizado para la entrada de droga en Europa. Eso sí, de forma eficiente, justa y sin que se distribuya en nuestra nación. Solo un 40% de comisión y así evitamos las mulas y las mafias que esclavizan a la gente. Todo legal. Me apuntan que quizás podemos reservar del trato con Colombia y Marruecos lo estrictamente necesario para fiestas de márquetin con políticos y ricos de otros países que son muy viciosos, ya lo consideraremos.

Otra medida de presión sería poner un dique en el tajo para hacer una “valoración ecosistémica”-ponerle valor, vamos- de lo que valdría el agua en huertas extranjeras chuchurrías. Quizás, quizás, una voladura controlada de Entrepeñas y Buendía sería una imagen que convenga.

Con el ingente dinero recaudado pondríamos 5G hasta en los servicios públicos de las pedanías. O pensándolo mejor, montamos nuestra propia red manchega y pasamos de los yanquis y de los chinos. Lo mejor sería que todo el mundo tendría un salario de 4000€ mensuales por ser manchego, mayor incluso que el que se da en Arabia Saudí. Hay que devolver a los manchegos lo que es de los manchegos, nación expoliada durante siglos. Como mano de obra barata podíamos traer gente de Cataluña, es una idea.

Haciendo todo legal y con buena voluntad si vamos como partido y conseguimos entre 5 y 10 diputados, lo tenemos hecho dadas las cuentas de Tezanos. Lo tenemos hecho y pagado, claro. Y no hablo de presupuestos, hablo de concierto económico. Les damos unos votos para lo suyo y que nos dejen lo nuestro en paz.

En nuestro día a día el control lo hace la propia gente, para que no se aburra. De inspectoras las viejas del visillo. Será una red perfecta. La línea 1 de metro Plaza del Pilar-Plaza de Zocodover, con intercambiador en la estación del AVE. Eso sí, metro alicatado con azulejos de Talavera de los buenos. Doble de anchura y tirada por máquinas de Ave, que se note. Trayecto: Malagón, Fuente el Fresno, Urda, Orgaz, Burguillos y Zocodover. Dos euros ida y vuelta. Esta infraestructura la paga Pedro, porque está en el concierto manchego por nuestros fueros históricos.

La Universidad será destinada en parte al uso de sus terrenos para sembrar patatas y melones, para que se aprovechen las infraestructuras. Es peligroso que a la gente le dé por pensar cosas raras importadas del extranjero para comprar guarrerías hechas en China.

Lo que va a estar en condiciones es la liga. Los mejores futbolistas del mundo con un régimen especial: tributan al -2%, es decir, se le devuelve el 2% de lo que ganen. Esto lo paga el dinero de la droga, es el mismo saco que en las otras naciones. Sospecho que los vamos a tener a todos, a pesar de lo intenso que sienten los colores de sus equipos actuales. Messi jugaría de suplente en el Calvo Sotelo. Y si nos preguntan por qué, la respuesta es clara: Porque podemos permitírnoslo, nuestra nación siempre ha sido generosa. Y ahora nos vuelves a llamar muertos de hambre, pero vas a ver nuestros partidos por la tele.

En investigación todo placas solares. A cascoporro. Luz gratis “pa tos” que se satura la red, será por recursos. Seremos los reyes del sol. Si echamos de menos el mar hacemos un canal paralelo al gaseoducto de Puertollano y traemos el agua, ya está hecha media infraestructura. Y si nos da la gana todo por el mismo sitio y traemos agua con gas. Todo se pagará con la moneda de moda: El Cangilón, con una efigie de Plinio. Y en el reverso, Paco Clavel. Homérico.

Quizás estratégicamente deberemos tener previsto controlar las inmigraciones. Vamos, que igual hay que poner un muro porque esta vez Berlín Este serían los demás. A lo tonto a lo tonto salen las cuentas…pensadlo, por lo legal solo necesitamos 5 diputados, es bastante fácil.

¿A que no hay?

EL VIEJO QUE MIRABA POR LA VENTANA

Creo que se llamaba Antonio, así que lo llamaremos Ramón. Su historia es terrible, o quizás no, tendréis que decidir al final de este relato. Lo conocí postrado en una cama, era un hombre viejo, pero todavía no un viejo a secas. Tenía la piel que mostraba a través de la bata del hospital llena de escaras. No se quejaba, no hablaba. Lo habían rescatado los bomberos de su casa en un estado prácticamente de inanición, rodeado de porquería y cachivaches. No llegué a enterarme si este estado de abandono era por pobreza, soledad o hastío de la vida, como más tarde sospeché. Habían sacado casi un remolque de basura para acceder al matrimonio desde la puerta. Vivía con su mujer, pero ella no logró recuperarse en el hospital y falleció poco después del ingreso. Ramón estaba en otra habitación, no se lo habían dicho pero creo que lo sospechaba. Parecía una persona en ruinas, un perdedor, pero algo en su actitud o en su mirada no encajaba en ese perfil. A lo largo de los días que conviví con él fui haciéndome más y más preguntas sobre su persona. De alguna forma me aceptó como acompañante de su compañero de habitación. El primer día me pidió sin mirarme, con una voz seca y desagradable que le ayudara a incorporarse, aunque las enfermeras lo devolvieron enseguida a los corrales metálicos de su cama porque lo tenía prohibido.

No quería comer. Solo miraba por la ventana. Nadie vino a verlo ni lo acompañaba. La enfermera apenas conseguía a regañadientes darle a cucharadas medio yogur. Les decía con tono grave y cortante que no quería, que lo dejaran en paz, que se fueran a tomar por saco. Que no comía porque no le daba la gana. Daba un poco de miedo. Seguía sin hablar. A partir del segundo día cuando levantaba la mirada de mi revista de bicicletas notaba que alguna vez apartaba la vista de la ventana y me miraba fijamente.

El tercer día se quejaba algo, y decía que todos eran unos hijos de puta. Sobre todo a voces en sueños. Prácticamente no hablaba otra cosa, salvo ocasionalmente para exigir que llamara a las enfermeras. Quizás nos miraba más a menudo. Le dejaban yogures para que comiera. No los tocaba, pero no quería se los llevaran. -Son unos cabrones, se los llevan para su casa -afirmaba serio-. Hay que tener mucho cuidado.

A lo largo del poco tiempo que conviví con Ramón oí bastantes rumores sobre el misterioso personaje. De todo tipo. Decían que su mujer era una bruja, que vivían escondidos haciendo extraños rituales. Que tenía un hermano con el que no se hablaba desde que se casó con aquella mujer. Me enteré que el familiar se había preocupado por cómo estaba, pero no lo había visto visitarlo. También le habían informado de la muerte de su mujer, pero no pareció afectarse. Seguía con la mirada perdida.

No paraba de acumular yogures intactos y nos decía que nos los comiésemos, que era una pena que ellos se los llevaran. Un día lo visitó la psicóloga. Lo intentó animar, le hizo palmas. Le pidió que le cantara. Empezó la terapeuta a entonar una canción, una copla. Y como por simple inercia, Ramón empezó a cantar. 

En ese momento se dejó de oír la voz de la psicóloga porque un torrente de voz que salía de la garganta de Ramón literalmente lo inundó todo. Una voz recia, con temple, educada para dar matices sonoros, para respetar tiempos y armonías. Una voz de hombre hecha para brillar. Aquella no era la voz de un perdedor, de un viejo. Era arte en estado puro, ofensivo para los mediocres.

De lo que pudimos deducir de la información de la psicóloga Ramón había sido el cantante de una famosa orquesta cuyo nombre sí recuerdo pero me tenéis que perdonar que no cite. Que había hecho fortuna, que había sido famoso y viajado mucho. Que se había enamorado de una mujer peligrosa. Y nada más. Lo que tenía delante era la ceniza de aquellos días, lo que quedaba de Ramón era una sombra. Pero todavía conservaba algo en esa mirada perdida. El abismo entre los dos Ramones era algo imposible de rellenar siquiera con la imaginación de un escritor. Me preguntaba qué habrían visto aquellos ojos y qué suerte de pasiones, decepciones y declive habría vivido aquel hombre de mirada de soldado viejo. Aquel que me decía que tuviera cuidado, que eran todos unos cabrones.

Un día que yo no estaba le dijo a mi madre que yo era una buena persona y que tenía envidia de una familia como la nuestra. Al día siguiente le metieron sus harapos en una gran bolsa blanca y se lo llevaron en una silla de ruedas a una residencia. Parece ser que su hermano se había encargado de todos los papeleos. Durante los preparativos parecía irradiar un atisbo de alegría, pero seguía con la mirada perdida y sin hablar una palabra.

Al sacarlo de la habitación mantenía la misma mirada inmutable, como se hubieran acoplado la ventana frente a la silla de ruedas. No se despidió. Pero cuando pasó a mi lado giró la cabeza y me regaló una sonrisa que iluminó la habitación. Posiblemente la única sonrisa que había esbozado en años. Una sonrisa que atesoro entre mis mejores recuerdos.

Nada más, no lo he vuelto a ver. Posiblemente haya fallecido. Pero quiero que sepáis que me ganó desde el primer día, que respeto la mirada de aquel hombre y sus silencios después de lo que tuvo que pasar. Que un hombre normal hubiera necesitado mil vidas para vivir la de Ramón sin volverse loco. Y quizás, quizás por eso intuyo que puede ser uno de los hombres más lúcidos que he conocido en mi vida.

Una mujer de las de antes (una historia real)

Pues esto va de feminismo. Pero no del moderno, del que mola para cambiar el mundo de los pobres –los otros-, ni del que te cuentan en los colegios megapijos. No del que habla de forma supremacista con un megáfono –pequeño detalle el de poder hablar. Esto es mucho más sencillo, mucho más antiguo, mucho más simple.

Esta es la historia de una joven mujer soltera que se queda embarazada en los años 60. En aquella época eso era un problema. Era algo que estigmatizaba para siempre, un pecado. Aparte del palabro lo terrible es que además de marca desencadenaba lo peor de un modelo de sociedad infernal, donde el machismo perduraba porque las enseñanzas pasaban convenientemente de madres a hijas. Pues imaginaos una boda apresurada con gran vergüenza y una chica de 17 años que se va a casa de sus suegros, a una casa extraña. Porque se tenía que ir a la casa del marido, claro. La de sus padres para los que no lo hayáis captado todavía.

Pensad en un niño de pocos años que no es del todo querido por los abuelos paternos. Vete tú a saber de quién es el niño, mil historias que os podéis imaginar. Pensad en una madre valiente que se lleva a hurtadillas al niño a casa de los otros abuelos para que reciba cariño (y un poco de paso para la madre que le hacía falta).

Imaginaos vivir posteriormente de alquiler en una mísera casa de vecinos con una cocina y una habitación en la que duerme toda la familia. Con un baño que no existe. Un agujero en una tabla para toda la corrala de vecinos sobre un basurero (si te pican las gallinas en el culo es cosa tuya). Y una palangana con un jarro con agua, un espejo y una toalla para asearse. El uso de los picos de la toalla para ducharse y quitar los churretes era pura virguería, los de pocas décadas estaréis flipando, pero era lo que había. Y el equivalente al jacuzzi o a la piscina olímpica era un barreño de zinc para los afortunados.

Imaginaos la mentalidad que se sembraba en las niñas. Y en los niños. Trabajar como bestias, estirar lo que quedaba de la paga del marido restando lo del casino, tabaco y bar. Criar a los chicos con papilla de maicena, porque no había leche de crecimiento supervitaminada. No había pañales desechables, y los de algodón se reutilizaban una y otra vez después de lavarse a mano frotando en tablas rayadas de madera que olían a lejía.

En este entorno maldito esta mujer tuvo los enormes ovarios de sobrevivir educando a sus hijos de una forma diferente, igualitaria: feminista. Tuvo que ser una revolución callada, queda. Apostando a futuro a cambio de sacrificar el presente. Sembrando en los hijos para que fueran de otra forma, dando su vida por perdida. Y efectivamente sus hijos fueron como quiso su madre –básicamente- y pudieron construir lo que hoy tenemos. Nuestro presente es todavía injusto y queda mucho, MUCHO sobre lo que avanzar en este sentido. Pero a veces veo a progres de salón sobreprotegid@s reclamando sin reconocer el presente, diciendo que lo que consiguieron aquellas pioneras de los derechos era una mierda. Y los cambios fueron pocos y lentos, pero se ganaron con sangre, os lo aseguro. Y sin los cambios que ellas permitieron hoy nadie podría hablar sin el permiso del marido o del hermano mayor, os lo aseguro.

Porque es muy fácil hacer un discurso radical desde la libertad y donde casi todo el mundo te da la razón. Pero esas personas olvidan que hay otros países en los cuales todavía se lapida a las mujeres por ser adúlteras, o son consideradas poco más que ganado propiedad del marido al que se debe practicar la ablación. Sobre eso hablan poco. Porque queda mucho por hacer, pero a veces la solidaridad debería empezar por mirar a los que están más jodidos que nosotros. Y preguntar a aquellas viejas feministas, aquellas luchadoras por los derechos, debería aclarar mucho ciertas mentes. Porque la gente que merece la pena es la que sigue luchando a pesar de que sabe que va a perder, que su generación no va a ver los frutos. Tened en cuenta su criterio porque somos lo que somos gracias a ellas y por desgracia las estamos perdiendo.

Foto: Antonio Fajardo

MATE EN DOS MOVIMIENTOS (Mi partida de ajedrez con el Diablo)

Ganador 2º Premio Concurso de Microrrelatos 2020 de Poblete

foto: El séptimo sello

Mi movimiento 1: (f3)

Nací con el don de adivinar el futuro en sueños.

El Diablo, negras 1: (…e5)

Pero el Diablo, envidioso, me maldijo con la imposibilidad de soñar.

Cada mañana despierto sobresaltado con la mente en blanco. Con la atroz incertidumbre de lo que podía haber predicho. El extraño del otro lado del espejo me mira con ojos acusadores. Ojos de cercos cada vez más oscuros a medida que el televisor narra noticias más y más terribles. 

Movimiento 2: (g4)

Toda mi vida he tenido la certeza de que esa película velada contiene el secreto para cambiar el mundo. Es mi patrimonio desperdiciado. Y decidí ser valiente para conseguirlo, aunque suponga pactar con el Demonio. Ayer le vendí mi alma para poder soñar una única vez. Sellamos el pacto con un brindis cuyo tintineo sonó como un toque sordo de campana. Él bebía sorbos pausados de una copa de oro. El Diablo me sonrió, satisfecho.

Diablo, negras 2: (…Dh4++) JAQUE MATE

Anoche soñé que la vida son solo sueños que tienen los muertos.

Mate del Loco (wikipedia)

Soy sahariano

Contemplo una foto vieja que mostró Pérez Reverte en twitter. Corresponde a una España -también en blanco y negro-, en la que una mujer posa orgullosa frente a un Seat 600. El detalle de la foto es la matrícula, que empieza por SH, y sí, es española. De la provincia del Sáhara.

Esa foto me evoca recuerdos de lo que para mí fue una aventura en bici. El año 2000 me apunté junto a unos amigos a un viaje en bicicleta durante una semana por territorio Saharaui, en concreto por el valle del río Draa. Era un viaje organizado por Alventus, una agencia especializada en aventuras en bici, que tenía como evento estrella el famoso Raid Trans Atlas. Esta vez quisieron hacer algo más auténtico si cabe, metiendo a un grupo de 40 personas por el desierto, desde los palmerales de los oasis hasta las dunas de arena. Lo llamaron Sáhara Bike, y fui uno delos participantes que hizo la I edición. Tenía el contrapunto de la falta de experiencia organizativa previa, pero la gran ventaja de que era la primera vez que se metía a extranjeros por algunas de las zonas por las que transita.

Por todo ello estaba un poco asustado, si os digo la verdad. La ruta era en Semana Santa, pero el hecho de ir al desierto aún en aquella época me generaba la duda de si iba a poder aguantar el calor o las largas jornadas de bici, algunas de más de 80 km. Entrené bastante en rodillo y en bici de montaña, pero pese a estar en forma me dispuse a cruzar el mediterráneo con la desazón de ir a un país extraño y de que la bici o el calor me iban a batir. Ese mal fario tuvo un cierto bálsamo cuando subí al autobús que paró a recogerme justo en mi pueblo, porque estaba en la Nacional IV. El detalle es que me reuní con mis amigos que venían de Madrid y para mi sorpresa el bus hizo una parada reglamentaria en el siguiente pueblo al mío para descansar y comer algo. A los diez minutos de salir de viaje ya estaba tomando raciones y bebiendo con mis amigos, no era mal comienzo…

Pues efectivamente tuve ocasión de descubrir lo que es el desierto en el amplio sentido de la palabra. Lo que es el calor, la tierra yerma y lo que llaman el bautismo de la soledad, transitando descolgado del grupo por planicies casi infinitas bajo el sol. En medio de un silencio abrumador, en el que hay un raro ruido de fondo que es el rozamiento del aire sobre las rocas. Eso era lo que se supone que debía temer, pero para mi sorpresa aquello no me preció extraño. Aquello me recordaba a mi pueblo en agosto, a cuando iba a jugar al fútbol a las eras de las tejeras cubiertas de finos de ladrillo que se secaban al sol. La tierra reseca, el aire caliente pero amigable, el sudor que se secaba enseguida bajo una luz que no deja sombras. El manto de polvo marrón que lo cubría todo y hacer deporte entre casas viejas con muros de adobe… No, lo que tenía delante de mí en el Sáhara no es que me fuera familiar. Es que me hacía sentirme literalmente en mi jodida casa. Aquello no lo había sentido desde que salí del pueblo para estudiar.

Y efectivamente la organización había previsto todo, pero no pudo evitar por ejemplo que algunas zonas de agua que meses antes estaban localizadas para el aseo se secaran. Un día tuve que lavarme en un charco, y otro con el agua del pulverizador que estaba destinada a la bici. Pero daba igual, porque estaba en casa. Una noche al llegar tarde no pude dormir dentro de las habitaciones de un refugio de pastores y preferí hacerlo en el patio interior, mirando las estrellas de un cielo sin contaminación lumínica. Todavía recuerdo aquello y os aseguro que al menos en mi pueblo eso ya no existe. Y por eso me dan pena algunas cosas. Que un viaje al extranjero te permita llegar a casa. Un lugar que en las viejas fotos todavía era España, y que ya no lo es por culpa de la política y de los malditos. No quiero meterme en berenjenales, pero me da pena la historia. Que unos compatriotas manipulados se independicen para ser invadidos a los cinco minutos mientras nuestros dirigentes miran para otro lado. Que desde hace más de cuatro décadas vivan en campos de refugiados confinados por un muro que se ve desde el espacio pero que Google Earth censura en sus imágenes, por vergüenza, supongo. Y que muchos de los hijos de aquellos todavía se sienten españoles pese a ser perseguidos por los dirigentes del país que los invadió y de que nuestros políticos les ignoren. ¡Ah, la alta diplomacia de estado…! Tristeza es lo que siento. Y un dolor físico real, similar al de un miembro amputado, porque el cerebro se empeña en recordarte que debía estar ahí. Porque fue y quizás es todavía parte de ti.

Foto: Pixabay

A vuestra salud

Hace tres meses estuve en la tesitura de hacer una donación de alcohol para fabricar loción hidroalcohólica desinfectante. Unos 50 litros con los que se podrán hacer más de 100 litros de loción, unos 500 botes dispensadores. Será una loción extraordinaria, no sabéis cuánto. Para –literalmente- chuparte los dedos. No me refiero ya a los 500€ que me costó la materia prima; es que la valoro como a mi sangre. Es un alcohol de boca o de consumo especial, tridestilado. El que se usa para bebidas de alta graduación, este en concreto de altísima calidad. Tan caro porque es de uso alimentario, y porque el estado se lleva una buena tajada, en torno a 5€ por litro. Más que en las gasolinas. Quizás sea por eso por lo que han precintado los depósitos de las alcoholeras y las farmacéuticas, pero eso es otra historia.

El caso es que hay que hacer lo que hay que hacer y punto. Estaba destinado para hacer ron con madre cubana en un barril de roble blanco americano. Nota de cata 9 sobre 10 de un ronero profesional. No os he dicho que alguna de mis investigaciones las desarrollé en Cuba sobre añejamiento acelerado de rones de alta calidad y rones exclusivos como el ron Vigía. Qué recuerdos me evoca… Por eso, para mitigar la pérdida etílica que me lacera, los comparto con vosotros.

Varadero. En la zona cubana, la que no visitan los turistas. La auténtica. La que todos se pierden, quizás un poco más sucia, pero es la real y es fantástica. Salgo de un caribe a una temperatura escandalosamente caliente: parece una sopa, salvo por el color esmeralda del agua. Lo suave de la pendiente hace que puedas caminar cien metros sin que cubra y el mar, transparente y plano como un plato, permite ver nadar a las personas como si estuvieran flotando en el aire. A la salida me tiende mi amigo Pedro el mulato, una botella de ron Legendario caliente, al sol. Lo recuerdo como el mejor trago de mi vida, por muchas cosas. Comparto junto a su familia, la de mi amigo Migue. Joder, y se supone que estoy en el infierno, en periodo especial, resistiendo a duras penas el férreo bloqueo norteamericano. Que los niños no deberían sonreír felices jugando con aros metálicos y palos, que deberían estar en el primer mundo interaccionando virtualmente con sus amigos encerrados en su habitación. Abro la botella y tiro como siempre la primera porción al suelo, “Pa los santos”. Sonrío porque pienso que teóricamente estamos sufriendo… 

Pedro trabaja mecanizando el sello de los tapones de la famosa marca de ron, lo que le permite –ya tu sabes- resolver alguna cantidad de madre con lo que luego preparar unas botellas que contribuirán a la mejora de la economía doméstica. Es parte de mi familia, y yo de la suya, que nos acompaña en la playa. Un curioso del CDR (comité de defensa de la revolución, aprendeos las siglas que las vais a utilizar pronto) nos pregunta extrañado por la presencia de un turista tan blanco como yo en la zona de cubanos. Está prohibido llevar a extranjeros a cambio de dólares. Le digo la verdad a bocajarro: Pedro es mi hermano. El controlador sonríe y se sienta con nosotros a tomar ron. Me pide que le diga a mi brother que tenga cuidado con los controles de la policía y me guiña un ojo.

Empecé mi interacción etílica con la isla bebiendo mojitos en la bodeguita de en medio. Después daiquiris en el Floridita, donde tienen reservado un taburete en el que bebía Hemingway. No es que sea un recuerdo presente, sino que su jodido fantasma te da la tabarra de una forma insoportable. Cuando caigo en la cuenta que por el precio de un mojito me tomo dos botellas con Pedro y su familia (cuatro en el mercado negro) mando al carajo al escritor y me siento aliviado. Empiezan a fastidiarme los malditos turistas.

Trabajaba durante aquellos días en un proyecto sobre añejamiento acelerado de rones premium que preparaba un centro de investigación, el ICIDCA, en una finca que perteneció al escritor y que legó su nombre a la bebida: Ron Vigía. Ese licor exclusivo era picar muy alto, de igual modo que el Havana 7 o incluso el Silver Dry, especial para mezclar, no como los otros. Pronto me habitué al ron fantástico que preparaba Pedro, el que tomábamos en la terraza de su casa tranquilamente divagando sobre la vida. El mismo sitio donde me explicó que su auténtica bandera era la colada que acababa de tender su mujer y se secaba con la suave brisa que venía del malecón. Lo mejor que he aprendido sobre patrias en mi vida. Posteriormente profundicé en la temática –soy científico- y pude beber la cerveza Hautey (historia interesante la del indio) y luego la Bucanero fuerte, o fuette, como se dice allá. Esas dos marcas ya no existen, las vendieron a los otros cubanos, los de Miami, pero mi recuerdo es imborrable. Luego llegó la cerveza de pipa. Es este un líquido infernal, una cerveza de baja graduación rebajada con agua que reparten en cisternas por barrios populares a un precio asequible. El recorrido de la cuba (la pipa) es una procesión que suele ir acompañada de un enorme rosario de plañideros negros y tiene el efecto de acabar la jornada laboral en el exacto momento en el que llega a cada sitio. El hecho es que la gente aprendió que si esta cosa se congela, la fracción alcohólica se puede separar con facilidad del agua, con lo que es fácil recuperar una cerveza con cierta calidad después de un proceso de ingeniería química. Me descubro.

Luego vino el alcolifán y el chispadetrén, destilados hechos a partir de cualquier cosa fermentada, como por ejemplo arroz. El vino de arroz estaba malo de cohones, pero con chicharrones ya era otra cosa. Mierda de bloqueo. Lo más fuerte (que creo que probé) es el trago hecho de agua y alcohol del que se emplea en farmacia, no como el que acabo de donar. Este alcohol lleva un trazador de color azul para identificarlo y separarlo del uso e impuestos asociados al uso alimentario. El hito de los isleños fue darse cuenta que era un alcohol barato de gran calidad cuyo trazador azul no era tóxico y se filtraba perfectamente por los riñones, liberándose en la orina. El genio cubano bautizó a ese trago con el nombre “cielito lindo”, por el color que generaba al expulsarlo.

Pues sí, amigos. Que estoy orgulloso de haber “hecho frente al imperio” en un período tan jodido en la que la gente estaba muy nerviosa como yo. Como le dije a mi amigo Cordobí: aquí tenéis al llegar a casa cada día la tranquilidad que yo quiero cuando me jubile. Estoy orgulloso de haber sido acogido en familia en un sitio al que considero tan España como mi propio país, porque los cubanos tienen nuestros mismos defectos –lo que más nos une- y mantienen la esencia de una madre patria que por desgracia en este lado del océano ya no existe, se perdió hace mucho.

Paso la botella a Pedro y me echo crema en la espalda. Aquel día tranquilo, perezoso, dejará un recuerdo familiar mucho más duradero de la quemadura de la zona que mi mano no llegó a cubrir. Una escena que haría sentir envidia a Chavela Vargas, y retar de nuevo a beber tequila al maestro Hemingway. Una nube solitaria en el cielo se parece sospechosamente al parche de John Ford. Desde el cielo –o el infierno- de los justos parece que brinda con nosotros.

Por eso, amigos, si en una loción desinfectante percibís extraños matices de mar, de son o de caña de azúcar, disfrutadlo. Me alegro de que esté en las manos adecuadas. Brindo por vosotros, esa ha corrido de mi cuenta. A vuestra salud.

Derribando estatuas, olvidando la historia

Asisto perplejo a un espectáculo que tiene pinta de alcanzar dimensiones planetarias, como una pandemia. Me refiero al derribo de estatuas en aras de lo políticamente correcto, de envolver al mundo entero y a nuestras conciencias poco cultas en papel de fumar, del perfumado. Estatuas que atestiguan pasajes de la historia relacionados con esclavismo, zonas oscuras de personajes enormes como Churchill, o de genocidios –entre otras cosas- perpetrados gracias a Cristóbal Colón.

Pues me preocupan estos gestos, sobre todo en lo que se refieren al olvido que intentan imponer. No caen en la cuenta de que precisamente hay cosas que tienen que estar presentes, incluso a la vista para que las podamos criticar y evitar. Que aquello que se esconde de la vista en aras del meapilismo se acaba por olvidar. Y lo que se olvida se acaba por repetir en la historia.

Decía Stalin que lo más difícil de cambiar en los libros de historia es el pasado, pero lo estamos consiguiendo. A este paso vamos a derruir las pirámides porque las construyeron esclavos, o el coliseo porque allí se sacrificaba a personas. Y del monumento a Auschwitz, ni te cuento. Os recuerdo que ya empezaron los talibanes dinamitando dos gigantescas estatuas de buda y me preocupa esto de cambiar el pasado. Sobre todo porque se nos priva del conocimiento, de la capacidad de pensar o de elegir, de criticar. Esto se asemeja demasiado al ministerio de la verdad de 1984, en la que el protagonista se dedicaba a eliminar palabras del diccionario para acabar esclavizando al pueblo, al limitar su capacidad de lenguaje. No deja de ser una postura inteligente para quienes mueven los hilos desde los sillones de terciopelo. El propio Orwell decía que el que domina el presente domina el pasado, y el que domina el pasado domina el futuro. Tal cual.

Retirar de HBO películas como “Lo que el viento se llevó” me parece estúpido, porque es una película que refleja una sociedad esclavista y debe ser entendida como algo que no se debe repetir. Y se retira de paso el primer óscar a una actriz negra, y la posibilidad incluso de criticar la segregación racial de aquella época que le obligó a asistir a la gala desde el gallinero reservado a los negros. Un ejemplo más cercano es el de una canción que me encanta de Loquillo. Se llama “La mataré”. Es la historia de un hijo de puta que quiere matar a una mujer, pero desde hace muchos años el cantante la retiró de su repertorio por este meapilismo al que aludo. Mal vamos, si no reconocemos que es una gran canción y que es la historia de un hijo de puta, repito. ¿Nos la tienen que censurar por si acaso? Triste historia.

Es curioso, pero la masa furibunda que tira estatuas o hace explotar a Buda suele estar manipulada. Y cuanto menos cultura e información tiene, mejor se manipula y mejor sirve a ciertos intereses. El problema es que la gente que conoce la historia está sembrada de dudas, porque es conocedora de que todos somos grises; mientras que los sectarios tienen un pensamiento único que cercena todo a su paso como un cuchillo bien afilado. Poco puedo decir, pero sobre los ejemplos que he puesto creo que nunca deberíamos olvidar lo que pasó en Auschwitz, aunque se nos caigan las lágrimas. Ni es malo recordar que hubo esclavistas en una etapa gris de nuestra historia que nunca se debería repetir. Que la historia es la historia, y que incluso nosotros somos resultado mestizo de pueblos celtas, invasores romanos y pobladores árabes que nos legaron la ciencia, el regadío o las matemáticas, entre otras cosas de valor incalculable.

Y es cierto que algunos de los episodios más tristes de la historia se perpetraron por lo de Colón, pero una mente que ha leído y sabe valorar la historia reconoce esto pero también que hubo un legado indudable. Y que ese legado es infinitamente mayor que el de aquellos que fueron colonizados por nuestros vecinos del norte. No quiero polemizar, pero os doy un dato simple: de los indígenas nativos norteamericanos sobreviven unos miles en reservas; mientras que hacia el sur y pese a genocidios perduran –perduramos- más de cuatrocientos millones. Y no justifico nada, solo comparo y os invito a dialogar sobre historia. Para que no se repitan cosas o para ponerlas en su sitio. Para que no nos engañen ni manipulen. Para ser, si es posible, un poco más libres y que mañana podamos seguir dialogando y hasta, incluso, que os pueda dar la razón si me convencéis.