UN MONO AZUL Y OTROS SÍMBOLOS

Hay veces en las que un gesto, una mirada, algo concreto es capaz de desencadenar una tormenta, arrancarte las lágrimas, cambiarte la vida. O mandarte a la muerte por tu propia voluntad. Para ello existen símbolos, carteles de propaganda, canciones, poemas o himnos, banderas, gestas verdaderas o inventadas, fotografías o reliquias que se mitifican en la memoria. Hoy hablo de algunos de ellos.

El primero lo ubico en el principio de la guerra civil, con las tropas franquistas avanzando y el gobierno en la república intentado frenarlas en el valle del Tiétar, en el único paso natural: el puerto del Boquerón. Los primeros efectivos republicanos toman posiciones en torno a una casa de peones camineros y van recibiendo refuerzos hasta completar 1500 combatientes. Entre aquellos soldados iba una única mujer. Era una joven rubia, de unos de veinte años, vestida con un mono azul, cartucheras y alpargatas. Muchos decían que no llevaba nada debajo de aquel mono. Estaba al mando de una de las cuadrillas. La muchacha era guapísima, alta y no se dejaba arredrar en ningún momento. Sonreía constantemente.

La avanzadilla del 1º Tabor de Tetuán detecta a la fuerza republicana y rodea al enemigo en forma de herradura. En la madrugada la aviación franquista comienza un intenso bombardeo que es seguido de un ataque desde posiciones elevadas apoyados por blindados. El dominio de la posición ocasionó una gran matanza. Algunos resistieron heroicamente en torno a la casa de peones camineros. Entre ellos estaba la muchacha rubia, que insultaba a los compañeros que huían. La chica manejaba una ametralladora pesada, manteniendo a raya a los moros incluso cuando murieron el resto de sus compañeros. La miliciana del mono azul causó muchas bajas a sus enemigos. Intentaron capturarla viva, pero su tenaz resistencia hizo que tuvieran que arrojar una bomba de mano para abatirla. Fue la última que murió defendiendo el puesto. Encontraron su cadáver aferrando todavía el arma.

Aquella fue una escaramuza más de la guerra con un enorme número de bajas, pero convirtió en leyenda a aquella miliciana, la que cayó defendiendo su derecho a luchar de igual modo que los hombres. Murió como uno más y nadie recuerda su nombre. Pero todavía hoy, muchos ancianos de los pueblos circundantes tienen el recuerdo de un mono azul que vestía una joven miliciana rubia. Todos ellos, de uno y otro bando, atesoran el recuerdo emocionado de una imagen clara que todavía les remueve por dentro, les hace brillar los ojos como cuando eran jóvenes. Les arrebata las mejillas y les acelera el pulso evocando emociones todavía frescas. Algunos sienten nostalgia. Otros una extraña sensación entre vergüenza y desasosegado alivio de que aquella mujer no les hubiera mirado a los ojos y ya ni hubiera hecho falta que les invitara a combatir junto a ella. Porque hay muchas personas sensatas, grises, calmadas, que dedicamos toda la vida a la búsqueda de una razón para morir.

Dentro de muchos años este símbolo se mezclará con otros en el imaginario colectivo de la leyenda. Y futuros ancianos recordarán emocionados petos y uniformes de otros héroes que también se mantuvieron firmes en la batalla. Al igual que aquella miliciana, muchos de los que los portaban sabían que iban a morir, pero nunca dudaron ni abandonaron el puesto. Eran batas verdes de enfermeros, monos azules claro de quirófano, azul marino de policía, verdes de la guardia civil o del ejército, negros de bomberos o batas blancas de vendedores, uniformes de limpiadores, repartidores, cajeros, basureros, conductores de autobús o taxistas incluso sin él. Sin medios, sin red, batiéndose con escafandras de buceo, petos de plástico recortado o con mascarillas de tela de cortina cosidas por ancianas con Parkinson. Todos esos uniformes conformaron un único grandioso símbolo multicolor que era portado por un héroe anónimo enmascarado, en el que de repente nos quisimos convertir todos. Y aquella imagen obró el milagro de transformar a una sociedad egoísta en un solo hombre de honor, que al contemplarla se dio cuenta que había tenido la gran suerte, que se da raras veces en la vida, de encontrar una razón para luchar, una razón verdadera por la que morir. Como en tiempos pasados, la mejor infantería del mundo volvió a luchar hombro con hombro en inferioridad numérica, mal pertrechada, peor pagada, hambrienta y zarrapastrosa. Como en otras ocasiones volvió a ser invencible.

Foto: Pinterest.es

¡Pardiez, contad los muertos!

Hoy quería hablaros de dos de mis familiares que han fallecido recientemente. Ambos pertenecieron a esa generación que nunca pidió y nunca negó. Francamente, creo que les hemos traicionado.

La primera se llamaba Jacinta Giner, era cuñada de mi abuelo, aunque nos unían lazos muy estrechos por lo que siempre la llamaba tía Jacinta. Pasaba los 90 años, con lo que podéis suponer que le tocó todo lo gordo, con una guerra incluida y una posguerra de postre. Formó parte de esa generación de supervivientes, de esas mujeres con ovarios de granito (vaya si los tenía), que nos dieron una oportunidad. Esta oportunidad. Una persona entre millones de ejemplos. En su caso se operó del estómago relativamente joven y esta intervención, -que hoy se trata solo con antibióticos y en mi investigación con extracto de ajo-, le dejó secuelas en la pared del estómago que le impidieron comer normal durante cuarenta años. Fue una trabajadora incansable, cauta. La recuerdo como una persona feliz pese a las muchas carencias que sufrió, al contrario que a las nuevas hornadas de ninis sobreprotegidos y malcriados a los que nos les falta de nada.

Por daros una idea del cuajo de su generación, a Jacinta con ochenta años cumplidos la tuvieron que intervenir del intestino. Quitaron una masa de muchos kilos e hicieron un empalme que a las personas jóvenes les cuesta superar. Pues ella y su genética superaron la intervención y después de cuatro décadas volvió a comer de todo, con un par. Y nos hubiera arreglado esto con cuatro consejos sencillos si la hubiéramos dejado, os lo aseguro.

El segundo del que os quiero hablar se llamaba Juan Gómez. Fue un maestro cantero, artesano formidable, a quien los arquitectos y escultores admiraban y consultaban. Hombre sencillo con un talento natural que desarrolló hasta el último momento en distintas facetas, no sólo las de la piedra, que en Toledo y Madrid testimonian su buen hacer. Huérfano de padre, desde muy pequeño se hizo cargo de sus hermanos y contaba mil anécdotas como la de cambiar a otros alumnos un bocadillo por unas cuentas, que se le daban muy bien. O de ir a pedir unos calcetines para mitigar el frío de la posguerra a Acción Católica y negárselos: “A ti no”. Imaginen decirle eso a un niño que no entiende de guerras ni de política, que solo tenía frio, y que los calcetines eran para sus hermanos. Pues nunca guardó rencor, porque era la única forma de dejarnos una oportunidad a los siguientes. Humor y filosofía de la vida.

Cuando ya no trabajaba en la piedra y enfermó de Parkinson hacía bastones artesanales, con figuras. Le encantaba la huerta con tomates y pepinos o calabacines. Muy popular, le gustaba asistir y participar en las fiestas de San Pablo de los Montes. En Toledo las fuentes de granito que están en la salida desde Puerta de Bisagra y muchas construcciones destacadas son suyas. Su hijo continuó el oficio y lo ha elevado a categoría de gran profesional, siempre bajo la atenta mirada y el consejo práctico de su progenitor.

Ambas personas murieron, pero no por Covid-19, porque cumplían  -como siempre lo hicieron-, todas las normas; aunque a Juan puede que la imposibilidad de hacer sus paseos diarios de varios kilómetros por el confinamiento agravara fatalmente su enfermedad. Confinamiento que muchos políticos se saltan para aparecer en la prensa. Fueron enterrados solos, en presencia de tres personas pese a que la entera generación a la que pertenecen merezca un funeral de estado. Pero ellos nunca lo pidieron.

Estos días me sumo a los aplausos a los que están tirando especialmente del carro, que en distintas posiciones y funciones o responsabilidades somos todos, salvo algunos listos. Pero no me dan ganas de celebrar con música nada, porque pienso en el luto por muchas personas. Héroes al fin y al cabo, como los que combaten en UCIs o aguantan en casa. O mueren sin molestar como mis protagonistas de hoy porque es lo que toca, porque es lo que ha tocado siempre. Vaya clase de personas hemos tenido y seguimos teniendo. Como decía Muñoz Molina: “Un pueblo en el que hasta las mujeres tiraban de navaja para degollar franceses y fíjese qué gobernantes han tenido a lo largo de su desgraciada historia”. Estos gobernantes se plantean ahora si dejar o no de cobrar dietas cuando hay enfermeros que pagan de su bolsillo el lavado de su ropa de trabajo, porque les parece injusto aprovechase de las lavanderías que se han ofrecido a hacerlo gratis, pese a que se están arruinando. Personas de honor, unos y otros. La mejor infantería. Y los políticos se subieron el sueldo el miércoles antes de la encerrona, consultad el BOE. Os maldigo a casi todos, a los de ahora y a los que esperáis con los colmillos salivando para tomar el relevo. A los de poco antes y a los de hace cientos de años. Jamás habréis sabido la generosidad y el valor de la gente a la que habéis gobernado.

Por eso debíamos responder como aquel oficial superviviente en la batalla de Rocroi. El mismo al que permitieron una rendición honrosa, pudiendo regresar con las insignias y las armas. Algo impensable salvo por el inmenso miedo que nos tenían cuando luchamos heridos de muerte, esperando el final hombro con hombro. En ese momento es cuando somos más peligrosos, como los jabalíes heridos, como los gatos que se defienden panza arriba. Cuando le preguntaron cuántos españoles quedaban, el oficial respondió. “Pardiez, contad los muertos…” Contad pues con Jacinta y con Juan.

Ignacio Gracia (Con la colaboración de Amador García-Carrasco)

Máscaras y dudas legales

Asisto estupefacto al espectáculo lamentable de las máscaras de Decathlon. Entiendo el argumento, pero estamos zumbados. El problema es que estamos usando un elemento que no está avalado sanitariamente para cumplir una función crítica, sobre todo si lleva una pieza obtenida en una impresora 3D casera y acoplada burdamente con teflón por un enfermero que lleva trabajando dos días sin descanso. El tema es que funciona, pero si cualquier persona se muere llevando una, los descendientes tienen ganado clarísimamente el juicio si presentan una demanda por mala praxis. Y el hecho de que nos planteemos esta duda con gente que a lo mejor se muere porque le falta el respirador nos define como lo que somos: unos inmensos gilipollas. Todos. Repito: todos, unos y otros. Y entiendo las dudas legales y el mal cuerpo del superior responsable del enfermero que se juega la vida e igual va a la cárcel por querer usarlo. Lo lamentable es que hayamos convertido en siquiera razonable esta duda. Nos hemos convertido en una caricatura, ya estamos listos para la extinción, pero no por un virus no, por imbéciles.

Porque lo normal, lo racional, lo que ni siquiera se debería dudar un segundo es hacer lo que hay que hacer y punto. Y si alguien demanda decir que el responsable es Fuenteovejuna. A ver qué pasa. Que bastante tragamos ya con otras cosas. Con demasiadas cosas.

Yo estuve una vez en una situación parecida. La segunda vez que fui a Cuba por trabajo. Coincidía con una época complicada después del derrumbe de la Unión Soviética y con su apoyo al régimen castrista. Por eso lo llamaron eufemísticamente el periodo especial. Faltaba todo, absolutamente todo. Y por aquel entonces, al igual que ahora, la gente de la madre patria demostró una solidaridad sin precedentes: todo el mundo que podía ayudaba. La forma directa que había en el año 96, sin internet ni crowfundings, era llenar la maleta si volabas a la isla. 

En mi caso hice un recorrido por varias farmacias y ópticas y la ayuda fue abrumadora. Me llevé un montón de gafas (gracias, Navarrete) y muchas medicinas. Incluso en el centro de salud de mi pueblo me dieron medicamentos para quimioterapia. Yo ya conocía gente que trabajaba en hospitales allí que se iba a encargar de distribuir el material. El problema se me planteó cuando reflexioné sobre los posibles problemas de lo que estaba haciendo (ya me lo adelantaron los médicos de mi pueblo). El primero era el peso brutal de la maleta incluyendo medicinas, leche condensada, chorizos y una botella de whisky para mi hermano negro Pedro. Esto a las malas estaba controlado porque implicaba pagar sobrepeso. El problema era que legalmente mover las tres grandes bolsas de medicinas (a ojo de buen cubero tres o cuatro mil euros de aquel entonces), con alguna en particular como la de quimioterapia, era delito. De hecho solo la de quimioterapia ya lo era. Entiendo que en la aduana del destino no habría problema si indicaba que era para una donación. O no. En cualquier caso había que pasar la aduana de aquí, quizás con personas con razonamientos envueltos en papel de fumar como a los que aludía en el primer párrafo.

Pero en aquella época era joven e idealista. Sí, sí, irresponsable. Y como el mundo no me había contaminado demasiado me dije. “Bah, no pasa nada, está claro que voy a ayudar…Hay que arriesgarse.” Cuestión zanjada. Y me olvidé del asunto salvo por los casi 40 kilos de la maleta. Pero el miedo regresó cuando vi en el aeropuerto los fusiles de la policía con los perros haciendo controles. Y sobre todo cuando dejé la maleta en la cinta de facturación, y vi el número en rojo, demasiado grande y sospechoso para diez días de viaje. Pensé que a la de facturación se la pelaba la justificación que le podría dar, lo mismo que al policía del perro, o a un juez con moral “yo no me complico, yo hago estrictamente lo legal”. Pero al final fue todo simple, como debíamos serlo las personas ahora. “Señor Gracia. A la Habana”–Me dijo la azafata levantando una ceja al ver el peso. –¿Llevas medicinas, verdad?” –Sí claro, le respondí, extrañado de que me tuteara de repente. No sé si fue el “claro”, imposible de fingir, o mi cara de susto lo que hizo sonreír a la chica con la mirada. –¿Alguna bolsa más que facturar? –me respondió. –No, gracias. – Pues buen viaje.

Así de sencillo fue entonces. Y así de sencillo debería ser ahora. Solo lamento no haberme llevado otra maleta de 40 kilos, porque aquella chica me la hubiera dejado pasar, posiblemente cometiendo otro delito o una falta laboral. Pero qué carallo, aquel día los dos hicimos lo que debíamos y punto. Imaginaos si en vez de dos personas que no usan el papel de fumar lo olvidásemos 47 millones de españoles. 

Foto: Decathlon.es

Atraco casi perfecto

Estaba todo planificado. Era entrar y salir. Un pequeño banco de un pequeño pueblo cuyo nombre nunca salía en ningún sitio. Gente sencilla y temerosa de Dios y complicaciones. Pocos medios para detectarlos, hacerles frente o incluso perseguirlos. Pan comido, en unas horas en la frontera y en pocos días tumbados en la playa. El problema es que era el pueblo equivocado.

Comenzaron bien. Sin detectores de metales a la entrada del banco, al contrario de lo que ocurre en las entidades de ciudades pequeñas, e incluso en los centros escolares. “Dios bendiga la américa profunda” -pensó el más alto al entrar-, relamiéndose con la imagen que contemplaba: cinco pueblerinos palurdos esperando a ser atendidos por dos empleados del otro lado de un mostrador sin cristal de seguridad. En los pueblos a la gente le gusta verse cara a cara. Dios bendiga América. Acababan de entrar los tres atracadores al banco, estaban dentro sin ningún impedimento portando tres revólveres y una escopeta de caza camuflada debajo de la gabardina. Una única cámara de seguridad llena de suciedad y telarañas. Inservible desde hace mucho tiempo. Esto iba a ser como robarle el caramelo a un niño. Tres zorros campando a sus anchas en el corral de las gallinas. Dios bendiga a América.

Todo muy profesional y rápido. Un grito, todo el mundo al suelo, esto es un atraco… bla bla.., mientras se sacan las armas y se asegura que si colaboran todo va a salir bien y nadie resultará dañado. Ante la miraba sorprendida de los palurdos, lentos hasta para tirarse al suelo y colaborar en un atraco, mi compañero dispara al aire. Se van a cagar de miedo y posiblemente ni se alerte la gente del exterior, porque a esa hora no había nadie por la calle y la oficina de sheriff estaba en la otra punta del pueblo. Demasiado calor para salir aquella tarde.

El problema es que cuando el palurdo con el peto lleno de grasa saca sus sucias manos de los bolsillos en una de ellas lleva un revólver, apunta y dispara sin mirar. Esto nos pilla por sorpresa y nos obliga a parapetarnos detrás de un mostrador de la entrada. El problema continua cuando esos hijos de puta nos hacen frente, y de repente nos encontramos intercambiando disparos frente a un arsenal de al menos cuatro armas. Aprovechamos un momento de calma –posiblemente de recarga- para poner pies en polvorosa y salir a escape en el coche que tenemos arrancado a la salida. Otra vez será.

El auténtico problema para los atracadores es que en menos de cuatro minutos los palurdos se han organizado y hay tres pickups llenas de pueblerinos armados que los persiguen a toda velocidad. Habían atracado el sitio equivocado. En el sur de Texas no se tolera que alguien te apunte, es una cuestión de orgullo sureño. La encantadora anciana Angie O’connor estuvo a punto de sufrir un síncope en el mostrador, pues al sacar de su bolso el enorme Colt Dragoon de su marido -que en paz descanse-, casi alcanza con su disparo a Barnie, el de la agencia de seguros. Eso no se puede consentir, sobre todo de forasteros. Menos mal que los cinco clientes y los dos empleados estaban armados, y la reacción instintiva en el sur no es levantar las manos, sino desenfundar, vaquero. Por suerte acudieron algunos chicos que hacían la compra semanal de comestibles para el rancho Thorton, y se organizó rápidamente una persecución. Costó poco convencerles, la verdad. Incluso algunos lanzaban gritos de alegría “Yi-haaaa, yi-haaaa” y disparos al aire. Fueron reprobados por el Sheriff, que indicaba que había que ahorrar municiones hasta que llegaran los refuerzos. Nadie le hizo caso. En seguida se nos unió a toda velocidad la preciosa camioneta restaurada –trucada- del clérigo y el camión de bomberos, éste especialmente valioso porque tenía acoplada al techo una ametralladora de gran calibre, no entro en explicaciones sobre este hecho.

El caso es que la polvareda de los fugados fue un rastro fácil de seguir, a pesar de que conducían un coche potente y de su ventaja. Por fortuna el Dodge de los atracadores reventó una rueda al pisar una de las trampas de osos de Jack Huges, justo antes de la incorporación a la carreta estatal. Jack es el tonto del pueblo, y a veces se dedica a fastidiar a Trevor Smith, porque sale con una chica que le gusta, y porque tiene una moto. Siempre dice que va a atrapar su Harley con una trampa, pero pese a todo no es mal chico. El caso es que casi vuelcan, y se vieron obligados a refugiarse en el establo del viejo Stampy. En un momento el establo se rodeó de cientos de perseguidores y otros curiosos armados, y se empezó a decidir la estrategia a seguir. La mayor parte de la gente proponía ahorcarlos o quemar el establo, pero el viejo Stampy casi le vuela la cabeza al primero que sacó una lata de gasolina, así que esperamos la llegada del gobernador, que por fortuna estaba cerca en una cacería. Mientras tanto el reverendo Lonergan comenzó a rezar, mientras meditaba sobre el uso de la fuerza en linchamientos y la doctrina de la fe que quizás se oponía a ella. Su expresión seria mostraba un gran sufrimiento interno.

Por desgracia el picapleitos Martin Feeney nos ha prohibido que hablemos del fin de la jornada. Solo puedo decir que todo salió bien y que los presentes tenemos una buena historia que contar, siempre que seas del pueblo, claro. Si puedo decir, para tranquilizaros, que organizamos una colecta, reconstruimos el establo del viejo Stampy y regalamos a la señora O’connor un arma más ligera.

Al día siguiente el único visitante del lugar de los hechos fue un perro, que olisqueando encontró el alzacuellos del reverendo Lonergan en un bidón de la basura oxidado cerca del establo. ¿Cómo demonios había llegado allí? Dios bendiga la América Profunda.

Foto: Escena de la película Comanchería

La generación que estamos enterrando

Veo algunas imágenes en estos momentos difíciles y se me parte el corazón por algunas personas, las más jodidas. Las que siguen sin pedir, las que siguen dando.

Me refiero a la generación de nuestros abuelos. No es la primera epidemia que sufren, de hecho toda su vida ha sido una resistencia heroica. Nacieron en una España en ruinas, reventada por dentro y por fuera. La primera epidemia que pasaron fue la del hambre. Fueron los supervivientes de una brutal selección natural, por la cual lo habitual era tener un nacimiento y un entierro de un niño -un enterrico- al año en cada familia. Como modesto dato en la de mi abuelo materno nacieron doce pero sobrevivieron solo cuatro.

Comían lo que había, que era nada. Sus chuches eran las mondas de naranja que encontraban con suerte rebuscando en las vías del tren. Comían harina de almortas un día y el siguiente también, con suerte. Sufrieron muchas deficiencias vitamínicas y nutricionales que les convirtieron en bajitos y reconcentrados. Pasaron frío y los afortunados supieron lo que es el aceite de ricino y las pomadas para los sabañones. Preguntadles a los jóvenes si saben qué es eso. Caminaban descalzos al colegio y solo antes de entrar se ponían las alpargatas porque tenían que durar muchos años. Algunos tenían unos pantalones un poco más lustrosos que se ponían para salir los domingos, y se turnaban para compartirlos con los hermanos distribuyendo horarios para su uso.

Trabajaron como animales. Literalmente. Arañaban la tierra con rejos poco afilados o con manos desnudas de uñas negras; a veces sustituyendo a las bestias, con más ansia que estas porque se trataba de simple supervivencia. Jamás se quejaron. Al contrario, aprovechaban cada ocasión para compartir la miseria o un trago de vino o de cecina con un compañero convirtiendo cada ocasión en una fiesta, valorando los pequeños momentos como si fueran los últimos.

Fueron optimistas pero cautos, ahorradores. Acumularon cada migaja, pero no las disfrutaron, porque se las cedieron con gusto a la siguiente generación para que existiera futuro, para que tuvieran la oportunidad de progresar que ellos no tuvieron. Así los viejos aperos se cambiaron por máquinas, por tractores o cosechadoras que sustituyeron a las mulas, a las hoces y a las trillas. Cuando tuvieron que dejar de trabajar porque estaban literalmente reventados avalaron con su propia casa los préstamos de sus hijos para ampliar las fincas, comprar más maquinarias o montar un negocio. Incluso cuidaron de sus nietos o bisnietos porque sus padres habían malvendido herencias o patrimonios, y la siguiente generación fue de funcionarios o de familias mileuristas que tenían que sobrevivir trabajando explotados mientras los abuelos renqueantes seguían al frente, al cuidado de los pequeños. También avalaron los préstamos de los nietos para pisos carísimos de cincuenta metros con la ya vieja casa familiar. Hasta entonces los acogieron y siguieron haciendo tortillas y croquetas con manos temblorosas por el párkinson o devastadas por la artritis. Seguían tirando del carro, sin quejarse. Incluso ahora cosen mascarillas cuando serían descartados en los triajes por criterios de supervivencia. Pero saben que pueden ayudar y es su forma de vivir: aportar sin pedir nada y sin negar nada. Hasta el final.

Muchos de ellos cuando se dieron cuenta que no podían ser útiles, que eran una carga, tomaron la decisión de irse a la residencia con el corazón roto, pero sin dudar un segundo y sin derramar una lágrima porque era lo que tocaba. Allí están ahora.

Como a lo largo de su vida, también en estos momentos les ha tocado la peor parte. Cuando percibieron la gravedad de la situación (antes que nosotros) fueron los primeros que nos dijeron que no fuésemos a verlos a las residencias, para no propagar la enfermedad, pese a que sabían desde el principio que posiblemente ya no nos volverían a ver. Aguantan la cuarentena solos, enfermos, pero siguen sin quejarse. Con una atención precaria por el colapso sanitario. Están cayendo uno a uno. No les pueden velar sus familias. Como ejemplo paradójico de su infinito sacrificio se están enterrando solos, aquellos a los que les debemos todo, a los que hicieron posible que tuviéramos esta oportunidad. Y encima si pudieran nos animarían: “Son cosas que pasan”, es la ley de la vida que aprendieron a golpes. Pero te aseguro, amigo, que no los vamos a olvidar, aunque sea por propio egoísmo.

Me pregunto qué vamos a hacer sin ellos. Me pregunto cómo se va a sostener el primer mundo que nos regalaron cuando ya no estén. Para que lo despilfarrásemos todo. Para que dilapidásemos todo como si no hubiera un mañana, porque siempre los teníamos como red. Para que algunos egoístas sobreprotegidos de sucesivas generaciones olvidasen lo que cuesta ganar cada migaja que se llevan a la boca porque pagan otros. Para que encima algunos jóvenes que se creen inmortales al virus, se rían de ellos con sonrisa estúpida bromeando ignorantes con el IPhone que les regaló “el abu”, adivina con cuántos sueldos juntados de su paga de mierda. Y me preocupo seriamente por el futuro, igual que ellos se preocupan por el panorama que dejan. Reflexiono sobre las cosas que vemos estos días (y mucho antes), pensando que a nuestros abuelos no se las habrían hecho de jóvenes. Ni mucho menos, a gente con aquellos cojones y aquellos ovarios ni por asomo. Porque ganaron cada derecho literalmente con sangre. Porque cuando decían una cosa quedaba dicha para siempre. Porque protegían a los débiles, porque dentro de la miseria eran capaces de reconocer a la gente a la que había que promocionar por pura supervivencia del grupo. Porque hacían lo que había que hacer y punto. Porque aquellos hombres y mujeres despreciaban a los traidores y a los cobardes.

Sagradas escrituras (Río Bravo)

Una historia sobre RESISTENCIA en tiempos difíciles como estos

Esta barricada no va sobre una película vieja. No va sobre la redención, la amistad o el amor. Ni sobre las segundas oportunidades. No va sobre un borracho de manos temblorosas, un viejo desdentado, un chico que escoge el camino correcto, una mujer descarriada o un sheriff que se enfrentan a un ejército. Va sobre todos y cada uno de vosotros. Esto no va sobre Río Bravo, es mucho más profundo. Es el mensaje de esperanza que un Dios misericordioso nos quiere transmitir: el mundo todavía tiene solución.

Son las sagradas escrituras hechas imágenes sobre el celuloide. Candiles encendidos para que regresemos a casa cuando estemos perdidos en la ventisca, faros en la niebla. Abrevaderos de la vida para saciar una sed infinita. Para que bebamos en manaderos de sabiduría cuando pensemos que todo está perdido. Escenas dispuestas para que acudamos una y otra vez a ellas. Siempre seremos atendidos, siempre encontraremos un consejo, un bálsamo, conocimiento para seguir adelante. Porque todos seremos alguna vez en la vida un borracho que va a recoger una moneda de una escupidera, una mujer descarriada que quiere empezar de cero. Todos seremos un joven que quiere escoger el camino correcto. Todos seremos alguna vez un viejo solitario que valora especialmente las muestras de cariño. Todos en la vida recompraremos las pistolas que empeñó un buen amigo esperando que algún día las vuelva a utilizar cuando se recupere. O daremos una patada a la escupidera para que nuestro amigo no se humille. Y todos nos enfrentaremos a un ejército de malvados, a veces de forma cotidiana, escogiendo el camino difícil: resistir pese a que al final la vida nos vencerá tarde o temprano. Siempre.

Por eso esto es una jodida guía de la vida. Un mapa para escoger el camino aunque te sientas completamente en ruinas. Para resistir el toque de degüello de un asedio cantando “My rifle, my pony and me”. Para ir a contracorriente, para revertir una situación cuando parece imposible. Sin derramar una sola gota de whisky.

Leed y releed estas escrituras. Difundid su mensaje. Cada día encontraréis unas palabras diferentes que Dios os dedica específicamente a cada uno de vosotros.

Os transcribo algunos versículos escogidos al azar, como si el viento que Dios nos insufla hojease caprichoso las páginas de nuestra biblia visual.

-Un Viejo tullido y un borracho. ¿Es todo lo que tienes? -Es TODO lo que tengo.

-…Si me van a disparar, por lo menos deberían pagarme por ello…

-…Es interesante ver a un chico listo para variar…

-No pienses que eres tan especial. ¿Crees que has inventado la resaca? -No, pero podría patentar las mías.

-…Es tan bueno que no necesita aparentar que lo es…

-Eso es lo que haría si fuese el tipo de chica que piensas que soy…

-…Hagamos una ronda por la ciudad.

-Me alegro de haber probado una segunda vez. Es mejor cuando lo hacen dos personas (besarse).

-…Demonios, ¿Cuál es la diferencia? Todos estaremos muertos para entonces.

-…Recordaremos lo que dijiste…

-¿Piensas que eres lo suficientemente bueno (…)? -Vamos a darle trabajo al enterrador.

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Foto: John Wayne, Walter Brennan y Dean Martin en Río Bravo/Rio Bravo.

Continúa la barricada cultural

Mediante esta forma seguiré publicando los artículos semanales de la sección Barricada cultural. Tenía pensado acabar con esta actividad una vez cerrado el periódico, pero creo que en estos momentos nos pueden ayudar un poco a sobrellevar el tedio. Muchas gracias por animarme a seguir escribiendo y por leerme.