Ovarios de granito

Este artículo va sobre las mujeres que construyeron lo que tenemos. Echad la vista atrás una o dos generaciones. Lo bueno es que para hacerles un homenaje no hace falta escribir poesía con letra mona mientras suena música. Simplemente basta hablar sobre cualquiera de ellas, sobre sus cosas cotidianas. Yo, a modo de ejemplo os hablaré de algunas anécdotas de familiares mías, por poner un botón de muestra entre millones de actos heroicos que se hacían cada día en un país en ruinas con forma de piel de toro.

Efectivamente parecía que tenían los ovarios de granito y como ya dije, eran los únicos pilares sobre los que podía descansar el infinito cielo manchego. Eran tiempos en los que el amor estaba asociado a rondas, a vuelos de visillos, a frías rejas y a capotes que protegían de las inclemencias del tiempo y de la impertinente luz de los faroles. Años grises, de color de luto y de silencios eternos. Pero aunque parezca imposible, las mujeres eran alegres pese a que trabajaban el doble que los hombres. Y aunque jamás se les reconoció, siempre tenían razón.

Os relataré alguna anécdota de mi abuela. Si algún gobernante hubiera tenido la mitad de sus arrestos a lo largo de nuestra historia otro gallo nos hubiera cantado, pero eran otros tiempos por desgracia para todos. Solo le faltaba una muela y precisamente se la sacó ella, porque no tenía tiempo que perder en tonterías de dentistas o de sacamuelas. De hecho no tenía que ser tan difícil según ella. Se hizo hacer con el torno unos rebajes en los alicates de mi abuelo para que agarraran bien la pieza y ella misma se la quitó –cuanta tontá y cuanto aspaviento de los hombres-. Con un par. Y de vuelta al trabajo, si acaso un poco de agua y sal pero con moderación, porque “hay que tener cuidado con la sal que está a millón”.

Tenía un ánimo inquebrantable. Quizás es lo único que te permite sobrevivir a una guerra, a la miseria de la posguerra y de la vida que te va matando poco a poco. Solo había dos cosas que no soportaba y eran por la misma causa. Una de ellas era jugar a las cartas, porque ya había agotado el cupo las noches en vela que pasó en la guerra, matando el tiempo en interminables partidas a la vez que agudizaba el oído, esperando que llegara la mañana sin que un camión con hombres armados entrara en la casa y las violaran salvajemente. La otra era ir a misa. Decía que se endemoniaba viendo cómo ciertas personas se daban golpes en el pecho olvidando lo que ella había visto que habían hecho. De pequeño no entendí lo que decía. Hoy la comprendo perfectamente y quizás alguno de mis encabronamientos en esta sección son los suyos.

Solo deciros que la he visto correr detrás de mi padre con una navaja de destripar ovejas. De broma, por supuesto; si le pinchó fue porque mi padre se movió o se asustó y no fue culpa suya. También vi darle un vaso de agua con sal al panadero en una copa de anís como inocentada. Y cuando paró de reírse de las muecas del pobre hombre y le dio un poco de agua para enjuagarse la boca del mal trago, le calzó el segundo vaso de agua con sal. “Joder, si son los inocentes, hermoso. Haber estao más espabilao”. No os quedéis solo con estos momentos. Imaginaos las cosas que quería olvidar para comportarse así.

Estoy seguro que la muerte le pilló mientras dormía. En caso contrario no se hubiera muerto. Por sus cojones. O se hubiera llevado a alguno por delante, os lo aseguro.

Cuajo. Otra familiar, una tátara-algo. Una o dos generaciones antes. Muchos churumbeles, trabajo, poca pitanza. Seguro que os lo imagináis. La comida era sagrada. A su marido le gustaba la caza, era una forma de aportar algo de carne al puchero. Desgraciadamente golpeó el arma con una piedra al incorporarse del puesto y se accionó el disparador de perrillo de la escopeta. Se voló la cabeza. No regresó a comer y salieron a buscarlo por la tarde. A la hora de la cena se reencontraron los hijos y parientes sin éxito en la búsqueda y le preguntaron a la mujer sobre la forma de proceder. Con todo el estoicismo del mundo dijo: “mirad, he pensado que vamos a cenar, que si lo traen muerto ya nos pilla cenaos”. Parece broma, pero pensad lo que te tiene que haber curtido la vida para ser así de práctico.

Y tantos, tantos ejemplos que me podéis aportar cada uno de vosotros y seguro que os evoco. Recuerdo aquella frase de Muñoz Molina en el Jinete Polaco: “con mujeres como aquellas, que hasta tiraban de navaja para degollar franceses y fíjense qué desgraciados gobernantes han tenido los españoles a lo largo de su historia…” Pues eso, a ver si somos capaces de aprender algo. De escuchar a quien tenemos que escuchar. Por cierto, para escuchar tenemos que dejarles hablar a ellas. A ver si va a ser eso.

GUITARRA ESPAÑOLA

Que la boca me sabe a sangre,

niña mía, cuando te escucho.

   Que ya no hay más músicas, contigo;

ni palabras que adornarte:

la boca me sabe a sangre.

   ¿De qué alma sale tu llanto?

No te engañes, viajero.

   Es aquel Dios mendigo

quien rasga tus adentros.

   Que te tiempla la sangre

y te saca los lamentos;

que te sangra la casta

y te llora los sueños.

   Abrazo de amor

para el ciego a la noche,

credo redentor del prisionero.

   Letanía del anciano,

lucero del peregrino.

   Hechizo del gentilhombre

que prende de las honduras

de tu cuerpo de mujer

que se llama soledad…

   Que no hay palabras, niña mía,

que la boca me sabe a sangre…

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DEMENCIA SENIL

Con locura

                     he recorrido océanos de soledad.

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                   Sin mesura,

                     vagando por yermos páramos

                     he seguido el curso de mis ríos interiores,

                     arrojando mi alma descarnada

                     al pozo del recuerdo de tus ojos,

                     otrora azules.

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                   Mucho antes del sueño final

                     ya la arena se escapaba de tus manos,

                     triste letanía de silencios,

                     senil rosario de olvidos

                     hacia el invierno de una playa devastada.

                   Cuando tu alma se escapaba a borbotones

                     por la celosía de tus miradas ausentes,

                     mi animal interior aullaba al aire

                     preguntando POR QUÉ la lenta cadencia.

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                   En el penúltimo latido de la tierra

                     dos lobos solitarios se unen en la última mirada lúcida

                     (se ha de pagar el óbolo para renovar la sangre).

                   Trémula mano, que ayer sostuvo tu alborada,

                     en su última lucidez enardecida te aferra

                     y te entrega el testigo de su soledad,

                     sello inexorable de tu existencia,

                     para que algún día vuelva a girar la rueda.

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                   Por eso, si alguna vez no te escucho;

                     ocurre, que en lo más ignoto de mis adentros,

                     bajo el leve barniz de la ausencia,

                     en la oscura inmensidad de la meseta

                     hay un lobo aullando al cielo.

Hemos fracasado

Dicen que el cerebro humano es increíblemente plástico. Que se adapta a los estímulos recibidos en el aprendizaje para amoldarse al entorno. Por lo visto, cerebralmente no diferimos tanto de un congénere de hace 40.000 años. De hecho, si trasladásemos desde pequeño a uno de nuestros antepasados a nuestros días no notaríamos la diferencia. El problema que tenemos es precisamente el entorno al que hemos sometido a las últimas generaciones, porque el cerebro humano se ha comportado de forma plástica, es su carácter. Y plástico significa que cuando se adapta a una forma ya no puede volver a su posición original.

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Empezamos con toda una serie de reformas educativas basadas en la no competitividad, arrojadas como arma política en vez de ser consensuadas en lo razonable. En premiar a todos con lo mismo (o casi) independientemente del esfuerzo. No sé si fue por evitar a jóvenes generaciones las carencias que pasamos las anteriores, pero el caso es que el resultado no puede ser más devastador. No apunto a culpables, solo indico hechos. La culpa será de Fuenteovejuna.

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No podemos permitirnos como sociedad que, teniendo los mejores medios de la historia, hayamos educado una generación de jóvenes sin valores ni conocimientos de lo realmente importante. Y esos jóvenes crecen y ganan dinero. Llegan a cargos de responsabilidad y entonces pasa lo que pasa. Que se siguen esperando a que les digamos lo que tiene que hacer, o buscan en google la aplicación para darle al botón de “play” y que la vida real se resuelva como por arte de magia. Pero eso no es lo peor.

Hay youtubers millonarios que no quieren pagar impuestos y se piran a Andorra. El argumento del debate que debería suscitarse no es si es que esos impuestos están bien estructurados y gestionados, no. Aparecen estudiantes de la universidad pública con becas diciendo que ellos harían lo mismo si pudieran. Chicos que han recibido tratamientos costosísimos de quimioterapia, esa que sus papás no hubieran podido pagar en USA, diciendo simplemente que hagan lo que quieran. Que cada uno haga lo que quiera.

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Y el problema no es suyo, pobrecitos. El problema es que no saben diferenciar un huevo de una gallina. No saben lo que es la guerra civil, no saben ni quieren saber de política. Se la pela saber cómo se organiza esto. Que cada uno haga lo que quiera, dicen, sin saber la enorme diferencia entre el anarcosindicalismo y el anarcoliberalismo, que es por donde ellos llevarían los tiros si se plantearan honestamente esa postura y sus consecuencias, con la experiencia previa de haberse aplicado en la historia.

Culpa nuestra. Por no saber enseñar la diferencia entre valor y precio. O simplemente el valor de las cosas, lo que cuesta ganar cada cosa y cada idea. El tiempo que hay detrás de cada céntimo, diferenciar lo ganado justamente de lo robado, lo que costaron a otras generaciones cosas que hoy son gratuitas: saber que ese precio fue a veces literalmente sangre.

Mal vamos. Les hemos acostumbrado a una recompensa automática, sin enseñarles a que en el mundo las cosas no funcionan así. Fijaos como se establecen las reglas entre los animales desde el principio de los tiempos. En la naturaleza cuando una especie se vuelve así se extingue sin contemplaciones o es invadida por otra más fuerte que la somete para sobrevivir. Se llama evolución.

No leen. No hacen lo que estáis haciendo ahora. No pueden concentrarse en el protocolo lento de avanzar en las páginas de un libro, que te permite o te obliga a veces a parar y reflexionar. Que te modelaba la mente plástica en un ejercicio de abstracción, de aprendizaje. Solo son capaces de ver videos cortos y estridentes, hechos para no pensar. Estamos perdiendo de este modo la capacidad de aprendizaje como especie, de abstracción de ideas. No de aprendizaje repetitivo de cosas y consultarlo todo en google, eso no es aprender. Me refiero a la capacidad que antes se inculcaba y permitía analizar un problema para poder entender un concepto, poder explicarlo en lo sucesivo y poder aplicarlo en la resolución de problemas que en circunstancias como esta sean lo que nos permita sobrevivir como especie. Lo hemos jodido, porque todo el sistema se adapta a ellos, en mandarles mensajes de esta forma porque son un mercado inmenso, el mercado de los consumidores de mierda del futuro y del presente. Lo terrible es que esta situación conviene mucho a los vendedores de basura, tener una masa enorme de consumidores que no discute, no discrepa. Se cree lo que le dices y te compra las ideas y las porquerías que le metes en vena a través de la telepantalla. Y encima con la idea feliz de que cada uno está haciendo lo que le da la gana.

Son más altos y más guapos. Y nada más, porque eso es todo lo que tienen. Por fortuna todos no son así, hay muchos enormemente nobles y llenos de valores. Pero son nadadores en contracorriente en un rio cada vez más caudaloso. Espero que podáis aguantar mucho tiempo la respiración chicos, os va a hacer falta cuando no estemos aquí. 

Propagación del coronavirus (se les huele y se les oye)

Hace un tiempo escribía aquí sobre la dispersión de aerosoles de coronavirus. Hace pocos días, tarde como otras veces al reconocer la pandemia o la necesidad de mascarillas, la OMS reconoció la transmisión aérea del virus mediante aerosoles. Y posiblemente sea la primera vía de contagio.

Esta circunstancia plantea un cambio a la hora de la lucha cotidiana, la de cada individuo, contra la propagación de la pandemia. Aporta, quizás, algo de luz en un enorme misterio del que nos falta mucho por saber. Enigmas, piezas que no encajan en ninguna posición, evidencias que implican que mucho de lo que creíamos saber era erróneo; que no hemos tenido en cuenta posiblemente lo más importante.

Paradójicamente, esta frustrante situación de reconstrucción detectivesca sin contar con todos los hechos, de escoger el hilo correcto entre infinitas posibilidades, es la que estamos preparados para afrontar aquellos que nos dedicamos a la investigación. Es nuestro medio. No significa que sepamos cómo descubrir la verdad. Simplemente que de los todos los cabos a la vista solemos escoger el más razonable empleando un procedimiento repetitivo, razonable, y que da distinto peso a las diferentes hipótesis en función del tipo de prueba con las que las contrastamos. Seguimos un único procedimiento validado desde hace varios milenios que nos permite avanzar e incluso discutir entre nosotros. Con hechos, con pruebas y argumentos: se llama el método científico. 

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Os recomiendo que no escuchéis a aquellos que no lo aplican, fijaos en los negacionistas. Eligen uno de los cabos porque les gusta su color, simplemente. Asumen ese argumento y lo esgrimen hasta el final, olvidando todos los demás independientemente de que los datos vayan cambiando. Evitando contrastar siempre. Siempre. Como hábito científico diario que puede llevarte a cambiar muchas veces de opinión o a no ser capaz de establecer una clara. Pero sabes cuándo dudas y cuándo no. Como decía Quevedo a través de la mano de Perez Reverte: desconfíen vuesas mercedes de quien es lector de un solo libro.

Y la posibilidad (fijaos que sigo diciendo posibilidad) de que gran parte de la transmisión del coronavirus sea por vía aérea, nos genera algunos cambios en la liturgia diaria de protección. La primera es posiblemente que no es necesario desinfectar las superficies de forma tan agresiva como lo estábamos haciendo hasta ahora. Este hecho hay que cogerlo con pinzas, no quiere decir que lo olvidemos, yo no lo haré. Solo que habrá que hacerlo adecuadamente, y que cuando empecemos a pensar en la cantidad que contaminación que hemos vertido al medioambiente como consecuencia de este procedimiento nos echaremos las manos a la cabeza. Pero bueno, otro daño colateral.

A lo que me refiero es a que nos tenemos que fijar en aquello que no vemos, en el aire. Como causa de aquellos contagios que a veces no éramos capaces de explicar. Y os voy a lanzar una opinión personal que no os va a gustar a muchos de vosotros. Es una conjetura que explica el porqué de tanto contagio precisamente en este país. La lanzo hoy, veremos si tengo razón. Opino que hoy a muchos de los contagiadores es fácil identificarlos: se les huele y se les oye. Cuando todos nos ponemos la mascarilla no hay problemas, pero pensando en los aerosoles hay un momento en el que un tipo de personas tiene barra libre para contagiar a todos aquellos con los que se encuentran en la calle, y legalmente en España sin mascarilla: estoy hablando de los fumadores.

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Si os cruzáis por la calle con un fumador o pasáis por donde ha pasado seguro que podéis oler el humo de su tabaco. No digo ya en un sitio cerrado como un pasillo o un ascensor. El problema es que en la calle está permitido fumar sin mascarilla. Y el humo del cigarrillo no es ni más ni menos que un aerosol como el del coronavirus que puede tardar un buen rato en dispersarse, y eso sin pensar que puede ser un medio perfecto para emulsionarse y estabilizarlo. Es decir, que la norma de fumar a más de 1,5 metros cuando se cumple, no evita que te sumerjas en una nubecita de humo que no ves pero que puede propagar un virus mortal, si el fumador está contagiado. Si te cruzas o pasas por un aerosol con una mascarilla quirúrgica, estás jodido.

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Uno de los países del mundo que menos tasa de contagio tiene es Japón. Curiosamente está prohibido fumar por la calle. Entiendo que si esta reflexión la hago yo ahora cualquiera puede hacerla, y seguro que ya lleva más de un año impresa sobre la mesa de gente importante. El problema es el negocio para el estado de los impuestos del tabaco, el propio negocio de las tabaqueras y otras cosas de las que prefiero no enterarme.

La segunda es la de la gente que habla a voces o grita. Propagan un chorro de aerosol entre 10 y 50 veces mayor que con una respiración normal. Y si llevas puesta la mascarilla mal ajustada estamos hablando de la misma siembra de aerosoles malditos. Paradójicamente en países como Japón o Taiwan (6 muertos totales en un año a causa de la pandemia), no se habla a gritos por la calle. Es de mala educación contestar al teléfono en el metro o en autobús. Y ya no digo bajarse la mascarilla para hablar por el móvil, pegando voces sin darse cuenta que el que llamas tiene teclas en su aparato para regular el volumen si quiere.

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En fin, no os pongo mal cuerpo pero pensadlo, por favor. No acuso a nadie, simplemente os pido que escuchéis mi reflexión. De lo que estoy seguro es que si todo el mundo tuviéramos la mascarilla todo el tiempo por la calle y en sitios públicos, sería equivalente a estar confinados. Y los confinamientos funcionan, ¿verdad? Cuidaos y cuidadnos mucho.

Orgullo

“Sin un cambio de dioses todo queda como estaba». José Luis Sampedro.

Tiempo ha esta losa cargo en mis hombros,

una cadena que me obliga a renegar de mi estirpe.

Banalidad, estúpida entereza que argumenta

sobre el contenido de unas manos vacías.

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Sinrazones que tornan en ley la ceguedad,

el apego a lo que ya ayer fue baldío

frente a lo que debías haber hecho.

Pero dime, hombre de tu tiempo,

¿qué es “hoy” diluido en la historia;

cuál es la brisa que conduce tus pasos,

a quién sigue tu guía,

por qué te mueves donde señala una veleta

que ni siquiera es vieja ni oxidada; simplemente de plástico

y, sobre todo,

cuál es la razón de tu porqué?

¿O acaso temes a tus abismos interiores?

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Contéstame, ¡Grítame!

con qué razón respiras el mismo aire del principio de los tiempos,

cuál es el fin de tus anhelos,

a qué Dios destronarás

para imponerle con desesperación tus ideas.

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Cuando el huracán de los tiempos eternos asole la tierra

y el fuego abrasador devore tu entrañas

dime, hombre manso,

a qué pretil te asirás

sino a ese orgullo que mantiene

fe ciega en tu locura, para continuar

día a día buscando a tu creador

para preguntarle tu razón última.

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Uno de mis héroes (memento)

El sábado murió (se me murió, captad el matiz) un gran amigo, uno de los tres Asterios que quedaban en España, según sus propias cuentas. Fue gran amigo de mucha gente de lo más variopinto, lo cual ya da idea de lo especial que era. Paradójicamente se le puede definir bien con pocas palabras y a bocajarro (de la misma forma que él hablaba): un tío de una pieza. Recopilando reflexiones de sus amigos, una de las mejores personas que hemos conocido entre todos juntos en nuestra vida, y os aseguro que somos muchos y algunos muy viajados.

Asterio Muela (centro) en La Cimbarra

Algunos de vosotros lo conocíais. Pero otros también lo conocíais sin saberlo, porque era una de las personas con las que confeccionaba los retales de mis personajes literarios como Juan García. Algunas de las cosas que he ido escribiendo a lo largo de estos años, en cuanto a vivencias y caracteres extraordinarios, se las tomé prestadas a él.

En realidad era (seguirá siendo) un personaje. Bajito, pero con unas cualidades físicas y morales impresionantes. Las únicas posibles para aguantar tiempos jodidos como los de nuestros abuelos. Las que se perdieron por el camino y las que echamos tanto de menos en estos días blandos de tanta corrección política que nos abocan al abismo.

Hay que hacer lo que hay que hacer, y punto.

Hablaba recio y a bocajarro, con acento de pueblo, de hombre trabajador de los de antes, de los que eran de pedernal. Leal y cómplice de secretos, como ya hoy solo lo son los mejores animales, ningún humano. Lo conocí montando en bicicleta, y al poco tiempo se convirtió en referente de muchas cosas para mi vida. Como alguna vez escribí, es una de las personas con las que cruzaría un infierno, porque sabes que si algo te sucede te llevaría de vuelta sobre sus hombros. Literalmente. Comparad a vuestro alrededor, contad con los dedos a ver si tenéis suerte de extender alguno.

Sahara Bike en Marruecos. En bici siempre el casco

Era peculiar. Recuerdo que hemos compartido bici, muchas cuestas y muchos silencios juntos, y no sabéis lo que eso une. Recuerdo la primera gran aventura en el Sáhara Bike. El día de los casi 100 km por el desierto con el aire en contra lleno de arena que te lastimaba la cara, con los del Land Rover al lado diciendo que subiéramos. Estuve casi la mitad de tiempo esperando que Asterio pusiera pie a tierra para hacerlo yo, pero el cabrón no se bajó. Cuando se lo confesé por la noche me dijo: “Yo también estaba esperando que tú te bajaras para hacer lo mismo”. Esa frase se convirtió en la referencia vital de la andadura de Luis, el doctor de los ajos, y un poco de esa forma acabó la tesis.

Sahara Bike en Marruecos.

Era un portento físico. Tenía unas de las piernas más definidas que jamás he visto, profesionales incluidos. En su honor bauticé un ron cubano que preparaba. Ron Patas Recias. Os adjunto la foto. La gente se le quedaba mirando las piernas en el Camino de Santiago y le decían muy serios “lleva tranquilo a tú amigo”, a pesar de que era él quien estaba desentrenado. Daba igual, él a medida que pasaban los días iba cogiendo forma, mientras que yo acumulaba cansancio. Pasamos Santiago y llegamos a Finisterre, meta hereje del viaje. Y les gritamos “hijos de puta” a los de enfrente. Un figura.

Etiqueta del ron cubano «Patas Recias»

Su leyenda la acabó de fraguar en las lejanas tierras Asturianas, en el intento de subir el Angliru, olimpo del ciclismo. La noche antes salimos de marcha y fue acostando primero a los de Ciudad Real y luego a los de Mieres. Continuó solo y se hizo amigo de medio pueblo. Regresó a las cuatro de la mañana hecho polvo, y yo me dije que al día siguiente ya no hacíamos bici. Se levantó media hora tarde cabreado porque no le habíamos despertado y sí, subimos el Angliru, con resaca. Nos quedamos en la Cuña les Cabres por la nieve. Asterio se quitó la camiseta y se fumó un cigarro para celebrarlo. Con un par. Preguntad por él en Mieres. Lo conocen como el Anglurio y querían presentarlo a alcalde.

Pie a tierra en el Angliru. ¿Qué paha, chaval?

También corría bien. En una San Silvestre lo querían sacar de la salida porque estaba fumando en el calentamiento “venga, fuera los acompañantes”. Casi no se creen que era corredor, “vamos, cachondo”. Hizo una gran marca.

En prueba de running.

Era desesperadamente coherente. No gorroneaba internet en el trabajo. Fue representante sindical, y me acuerdo que criticaba a algún compañero que tomaba medidas a favor de sus propios intereses sin pesar en los demás. Lo tenía claro. Un día hizo huelga porque lo consideraba justo. El solo, pero no se fue a casa. Se plantó con una silla plegable y una nevera toda la jornada laboral en la entrada del trabajo. Hasta salió el jefe a preguntarle si le hacía falta algo. Así es como se gana el respeto la gente. Con hechos, no con palabras. Comparad el panorama.

Jamás se enfadaba. Quizás porque vislumbrabas las cosas importantes de la vida. Como los jarretes y las gachas. Hay que tener cojones para separar a dos chicas bailando juntas en Lekumberri para pedirle salir primero a una y luego a otra. “Vete pa Madrid”“No soy de Madrid, soy de Alcazar. ¿No bailas?”. Por arrojo o porque llevabas un desodorante que se llamaba “Night Attack”, artista.

En Villanueva del Arzobispo. Preparando ruta de Aguasceibas

Leía mucho. Tengo todo salpicado de cosas suyas, plantas o muebles, fotos y recuerdos. Hasta cicatrices de intentar seguiros bajando, cabrones. Uno de tus regalos fue la mejor poesía que he leído desde hace muchos años: las letras de Marea. Gran rockero. Te gustaban esos grupos de música que decías que sacaban las cintas en vinilo rojo para advertir que reblandecían el cerebro. Tuviste como locales de referencia el “Chente” y “la Cueva”, mágicos lugares que aparecen en algunos de mis relatos sobre futbolín. Tuya es la anécdota con Manzaneque que relaté aquí. Te pinté hasta algún cuadro que está firmado con vino.

Te fuiste con expresión plácida, sin querer molestarnos ni preocuparnos a los amigos. Tumbado en el sofá. Pero puestos a liarla, el día que cumplías 52, para fastidiar al de la estadística, para hacerle dudar al nota entre poner 51 o 52. Una última broma, porque al final es to mentira.

Singletrack (ciclable según Capitán Pedales) camino del Mulhacén

Bueno, así son las cosas. Me quedo con las muchas, muchas cosas vividas. Dice Perez-Reverte que las amistades se nutren de rondas de vino, estocadas hombro con hombro y silencios compartidos; y de todo tuvimos mucho. Me vuelvo a avergonzar, con tu misma coherencia, de no ser capaz de sacar un remedio para el cáncer aunque trabajo en ello. Porque las cosas son así de lentas, porque esto es una mierda en la que cada uno se mira el ombligo. Cuánto nos hace falta tener gente como tú. Solo puedo intentar escribir para que algunos chiquetes jóvenes alucinen cuando saquen la película de esto y a lo mejor reflexionen un poco.

Al final quiero pensar que las cosas se repiten y que igual que en Marruecos, tú llegabas una hora antes a meta y cuando llegaba yo ya tenía montada la tienda de campaña. Conociéndote seguro que nos tienes montado algo interesante.  Hasta siempre, amigo. ¡Ahí va chavallll…!. La que nos has liado.

Con un souvenir de Vilarreal. Sería una gran estatua.

La Gran Conspiración

Puestos a hablar de teorías conspiratorias y de fake news (o bulos) asociados, aplicando el principio científico de buscar la causa más simple, llego a una conclusión trivial, demasiado humana, demasiado obvia y tonta como para no ser tenida en consideración. Y que da miedo por todo lo que asocia desde hace mucho: todo este gallinero de locos, todo este mundo de mentiras, de espejismos, de cortinas de humo denso con olor a libro (de historia) quemado, este teatrillo de sombras chinescas donde se representa cualquier cosa para tenernos entretenidos. Para que no pensemos ni nos demos cuenta de la verdad. De que somos esclavos, pero lo más triste es que somos Dioses esclavizados con las propias cadenas que nosotros mismos nos imponemos; porque hemos caído en la trampa más simple con la que se engaña a un niño. Nuestras cadenas son de un acero especial, que es invisible, como el traje nuevo del emperador.

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Pensad por un momento. Paraos. Tener valor a olvidarlo todo y pensar con la simpleza de aquel niño sin prejuicios que descubre que el emperador va desnudo. Parecerá demasiado fácil, pero dadme una oportunidad. Imaginaos un mundo sin enemigos, sin demonios. Sin lobos ni monstruos a los que temer. Un mundo en el que se evoluciona solamente por el valor de las personas, por la empatía y el sacrificio por el grupo; la gran cualidad que nos ha definido como especie y ha hecho que sobrevivamos a epidemias, glaciaciones o a superpredadores más fuertes y más poderosos que nosotros.

Imaginad que esa justicia, que la prevalencia del grupo en equilibrio con la naturaleza no interesa a algunos miembros mezquinos de nuestra especie. Por egoísmo, envidia. Por simple maldad o por complejo de inferioridad. Imaginad que la única forma que tienen ellos para ganar en una sociedad que hasta entonces ha seguido las leyes de la naturaleza, las de la lógica de todas las especies, es pervertirla de la forma más inteligente: dividiéndonos, sembrando dudas entre nosotros, dispersando odio pero evitando que podamos hablarnos de nuevo para darnos cuenta de que todos somos iguales.

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Así, crean los idiomas para no entender a los demás. Trazan las fronteras con líneas invisibles, para que hasta las hojas de roble que arrastra el viento, cuando cruzan del otro lado, nos resulten sospechosas. Inventan las religiones que demonizan a los otros. Aparecen los partidos políticos, para que desconfiemos y odiemos a nuestros vecinos y a nuestros hermanos. Surge el dinero, para poder prestarnos lo que es nuestro y que nunca seamos capaces de devolverlo, relegándonos a la más sutil de las esclavitudes.

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Y os digo amigos, ¿No debe ser esto más simple? ¿No es ilógico que hagamos guerras religiosas para imponer nuestro dios cuando nuestros enemigos también creen en un único Dios? ¿No creemos en lo mismo? ¿No veis que los exponentes de diferentes ideologías políticas extremas disfrutan de las mismas prebendas y que se comportan y enriquecen igual, dándose palmadas en la espalda cuando no los vemos, arrojándonos migajas desde la mesa del gran banquete? ¿Y si no existen religiones? ¿Y si no existen naciones, sino solo sitios por visitar? ¿Y si no existen derechas ni izquierdas? ¿Y si solo existen hombres buenos y unos pocos hombres malos con todo el poder?

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¿Y si a los poco hombres malos les interesa tenernos divididos entre partidos políticos y religiones? Porque los de abajo siempre estaremos en la parte izquierda o derecha de las migajas. Hasta nos enterrarán en sitios apartados y con tradiciones religiosas diferentes, para que la gente que nos quiere no se dé cuenta de que sólo somos la misma arena de un reloj. Mientras tanto, los malvados amasan fortunas e inventan guerras, enemigos, fanatismos y enfrentamientos que nos ciegan de ira y velan nuestros ojos de la más simple realidad. Alimentándose literalmente de nuestra sangre y de la sabia de nuestro planeta, robada a nuestros nietos y a sus descendientes que quizás ya no tengan cabida por su afán desmedido. ¿Y si solo existe el hombre? ¿Y si solo existe el amor? ¿Y si las cadenas que nos atan, las líneas de los mapas, los muros que nos defienden de nuestros vecinos simplemente no existen?

Si nos diésemos cuenta ellos tendrían mucho miedo.

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El pedo de Jenaro

Mayo de 2020, en pleno apogeo de la gran calamidad de la historia, -o eso es lo que piensan algunos-. Unos chicos de quince años transitan por una calle céntrica de una capital. Han vuelto a reunirse después del confinamiento y están contentos. Creen que se han hecho adultos o que merecen una gran recompensa después del comportamiento que han tenido en casa. El virus no les afecta a ellos, y eso parece una señal divina que indica que son invencibles. Vociferan, se abrazan y todos lucen mascarillas por debajo de la barbilla.

Se cruzan con un viejo bajito y achaparrado, con pelo blanco y piernas encorvadas. Lleva calada una gorra de cuadros y camina despacio pero acompasado, que diría Fito. Él sí lleva una máscara bien puesta. Cuando se cruza con los chicos se tira un sonoro pedo que despierta el asombro y la hilaridad de los chavales. No se lo pueden creer. «¡Qué asco! Ese viejo guarro no debería estar en la calle, ¿De dónde se habrá escapado?» Enardecido por la otra inmunidad de grupo, la que te permite actuar protegido por la masa, el más joven de los chicos insulta al viejo poniendo un tono de voz grave, imitando a los gamberros de Tik-Tok. Sus amigos le ríen la gracia y la toman con el anciano. Se ríen de él, le llaman despojo, le dicen que el cubo de basura está un poco más abajo. Entre ellos se animan y el tono de los insultos va subiendo. El viejo aguanta estoico y por contestación se lleva la mano a la cara apuntando el dedo a la mascarilla.

Envalentonado, el que comenzó los insultos dice vociferando que ellos llevan mascarilla, que de qué tiene tanto miedo si le quedan dos días de vida. Le tose en la cara y los amigos estallan a reír. El viejo –se llama Jenaro- no se ha inmutado. Se vuelve a tirar un pedo, se da media vuelta y sigue su camino. «¡Se ha cagao de miedo! ¡Se ha cagado!» Los chicos literalmente lloran de risa, lo persiguen un rato y lo dejan ir cuando se cansan.

Seis meses después recibe la visita de un amigo en una residencia. La mirada de Jenaro, reflejo de su vida que languidece ahora en una silla de ruedas, se está apagando. Lo asoman a la ventana para que pueda hablar con la figura del exterior que está pegada a la reja desde fuera del recinto. Tenía prevista la visita de su nieta, pero esta persona se ha adelantado cinco minutos para verlo un momento. Pese a su estado Jenaro no se queja, da las gracias y aguanta. No reconoce a la persona que tiene delante. Es un hombre un poco más joven que él que le pregunta como está y que le dice que quería venir a verlo desde hace mucho. Sin reconocerlo le dice que está bien, que lo tratan fenomenal, con el mismo tono neutro con el que hablaría desde el infierno. Con la misma mirada apagada. «¿No me conoces? Soy tu primo, ¿No te acuerdas de cuando jugábamos juntos?»

Y de repente Jenaro reconoce a la visita. ¡Luis! Una sonrisa traviesa despierta en su rostro, en el que se iluminan sus ojos. Ya no es la mirada de un viejo, ni tampoco su sonrisa cómplice de juegos, de sueños y amoríos, de tiempos de sudores y penas con Luis. Cómplice de lo que hoy en día no cabe en varias vidas modernas. Luis rompe a llorar ante aquella mirada que sigue manteniendo Jenaro. Ya no hacen falta más palabras entre ellos. Luis mira avergonzado alrededor por si alguien lo ha visto llorar y por si viene la nieta, porque tiene que estar al caer y él se ha colado. Se despide apresuradamente con la excusa de que tiene que ayudar a su mujer a hacer la comida (igual también Luis se ha escapado, reflexionaréis sobre esta matiz más tarde). Y se agarra a la verja con una extraña naturalidad antes de volver sobre sus pasos tras despedirse.

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Al rato llega la nieta y Luis ha recobrado la mirada apagada de antes de la visita. Pero en su mente siguen reverdeciendo los recuerdos, abriéndose los cajones de su memoria. Los de una infancia y un gran amor que fue el mismo para los dos amigos. El de una guerra de por medio en el que te pilla en bandos diferentes. El de luchar en una barbarie sin sentido, pero luchar en definitiva porque era lo que había que hacer. Ser herido en el vientre en la batalla del Ebro y sobrevivir para intentar seguir sobreviviendo en la miseria que lo asola todo. Tener secuelas de la herida hasta que hace unos años te tuvieron que hacer una colostomía que hace que no puedas controlar los gases ni las heces. Todo por luchar por la libertad, todo por conseguir esto. Recuerda ir a visitar a su primo Luis cuando estaba en la cárcel. Nunca lo abandonó pese a que ella lo eligió a él. Entre aquella clase de hombres eso ni se dudaba.

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Él no lo sabe, pero lo chicos tenían el virus y se lo han transmitido a sus abuelos, y estos a muchos de los ancianos de la residencia. Han muerto doce. «Tampoco es para tanto –se dice- fue peor lo del Ebro. O el hambre». La pena es la desidia de todos, especialmente la de los jóvenes. Que no sepan valorar lo que tienen. Que no sepan lo que costó –literalmente sangre-, lograrlo.

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Dos meses después le ponen la vacuna, entre una descoordinación lamentable del transporte del fármaco y de organización de los recursos. Cuando le van a clavar la aguja le acerca la cara al oído del enfermero. Este le acerca la oreja mientras Jenaro discretamente le agarra por los huevos. Y le susurra: «Echarle cojones, coño; que lo tenéis muy fácil, cabrones». Jenaro afloja y el enfermero le pone la inyección con la cara blanca como si nada hubiera pasado.

Ocho meses después Jenaro fallece de lo del vientre. Muere con la misma expresión serena de siempre, acostumbrada a aguantar lo que tocara. Si acaso un poco más sereno, porque pudo transmitir el mensaje que debía para la próxima generación. Yo personalmente, tengo mis reservas de que lo hayamos entendido. ¡Cuánta gente como Jenaro nos hace falta!

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Las Palabras

Oscuridad. Recuerdo el fogonazo y el olor a pólvora o a tierra mojada. Debo recordar las palabras, ser capaz de discernir si esto es un sueño o simplemente fruto de mi imaginación febril. ¿Son reales las imágenes de los camaradas apilados sobre mí en la fosa? ¿El sabor metálico en la boca? ¿Los labios rojos de las mujeres que contemplan las marchas militares? A veces creo recordar a lobos alimentarse de mis despojos tras escarbar pacientes la tierra escarchada, justo al lado del árbol en el que escribimos despedidas destrozándonos las uñas; pero eso no está en las palabras.

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Por fin recuerdo. Las palabras sobre la vida, el faro que había de guiarme regreso a casa en mitad de la ventisca. La verdad. Por fin me sumerjo en el recuerdo, para despertar, consciente por fin. Éstas son las palabras: “La vida son sólo sueños que tienen los muertos…”

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